Tierra del Fuego: la trampa de la industria del salmón
Referentes de la Comunidad Costera y de la Cátedra libre de Soberanía Alimentaria de la UNTDF advirtieron que la producción industrial de salmones pone en riesgo la biodiversidad, la salud humana y la cultura local. Si bien la provincia aprobó en 2021 la primera ley en el mundo que prohíbe esta práctica, ahora proyectos libertarios y oficialistas buscan flexibilizar la normativa ambiental.
Por Florencia Díaz para La tinta
La discusión sobre la producción industrial de salmones en Tierra del Fuego vuelve a generar polémica. Desde el año 2021, la provincia cuenta con la Ley 1355 que prohíbe la cría y producción de tres tipos de salmónidos con el fin de proteger los recursos naturales, los recursos genéticos y los ecosistemas lacustres y marinos. La primera ley en el mundo que protege estos recursos. Pero la norma no fue reglamentada y ahora tres proyectos de ley buscan modificarla.
Se trata de los proyectos legislativos presentados por los bloques Republicanos Unidos (331/24 “Proyecto de Ley de Producción Acuícola Provincial”), La Libertad Avanza (143/25 “Proyecto Ley modificando la Ley 1355”) y Forja, que responde al Ejecutivo provincial (247/25 “Proyecto de Ley modificando la Ley 1355”).


La iniciativa legislativa del gobernador Gustavo Melella habilitaría la salmonicultura en todos los cuerpos de aguas como, por ejemplo, zonas del océano Atlántico y en tierra mediante sistemas RAS (recirculación cerrada), a excepción en el canal de Beagle, al cual protege. En cambio, el proyecto de la Libertad Avanza sostiene la prohibición en el mar, pero habilitaría que se instalen en tierra, mediante el sistema RAS, por ejemplo. Los sistemas de recirculación acuícola (RAS) son un tipo de plataforma de producción acuícola terrestre que se utiliza para criar una variedad de especies acuícolas, incluido el salmón del Atlántico, en un entorno que se declara “enteramente controlado».
Desde la Asamblea de la Comunidad Costera de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur y en diálogo con La tinta, Carla Wichmann sostiene que la producción de salmones a escala en el mar requiere la construcción de jaulas con una profundidad equivalente a un edificio de 10 pisos en donde se concentran cerca de 60.000 salmones por jaula. “Por producción, hay entre 6 y 10 jaulas, así que estamos hablando de unos 600.000 salmones para redondear para abajo”, dice Wichmann.
¿Por qué la salmonicultura divide a Tierra del Fuego?
Según señala la integrante de la Asamblea, en estas condiciones, los salmones son alimentados con ultraprocesados que se elaboran a partir de harinas de otros peces o de insectos con conservantes, aditivos y químicos. Son medicados con antibióticos y antiparasitarios, y viven hacinados.

“Es una de las megaindustrias que más antibióticos utiliza, con registros de hasta un kilogramo por tonelada de salmón. Esto genera resistencia bacteriana en la población humana, una de las preocupaciones más grandes a nivel mundial en términos de salud pública. Además, los animales acumulan dioxinas, PCB y otros tóxicos que se depositan en quienes consumen su carne, y tienen efectos cancerígenos y hormonales”.
Algunos de los efectos que atentan contra el ecosistema marino tienen que ver con el modo de producción que implica la acumulación de fecas (heces), cadáveres de los salmones que van muriendo, plásticos, antibióticos, alimento no procesado en el fondo marino.
“Ese fondo marino con el que estaban todos fascinados en el streaming de CONICET, bueno, la salmonicultura lo destruye porque esa acumulación genera condiciones sin oxígeno, por tanto, todo lo que vive en el fondo marino, cuando hay una salmonera, muere”, indica Carla.
Las condiciones de hacinamiento y la sobremedicación también pueden generar enfermedades propias de ese entorno, así como en las interacciones con otras especies que están en ese ecosistema y pueden producir contagios y propagación de enfermedades.

Otro de los efectos adversos que menciona Wichmann es el escape de algunos salmones: “El salmón para este territorio es una especie exótica, entonces, cuando se escapan, depredan todo lo que hay a su alrededor y ocupan un lugar bastante elevado dentro de la cadena alimentaria. Se alimentan de langostas, centollas y peces más pequeños, y afectan a las especies nativas, por la depredación o por la competencia de espacio y alimento”.
Por último, señala que la producción intensiva de salmones favorece la proliferación de la marea roja. La marea roja implica la proliferación de una serie de microalgas que desarrollan una toxina que es peligrosa para los vertebrados: “Si una persona, por ejemplo, consume un mejillón que ha acumulado esta toxina, puede terminar con afecciones respiratorias, cardiovasculares e incluso con la muerte”.
Condiciones de trabajo en salmoneras
Carla además advierte que la salmonicultura implica condiciones laborales sumamente precarias y riesgosas, sobre todo, para los buzos que realizan inmersiones en aguas heladas y a gran profundidad, sin respetar tiempos de descompresión: “Esto provoca enfermedades crónicas como la osteonecrosis disbárica y un promedio de siete muertes por año, según lo registrado en Chile en los últimos 12 años”.
A estos riesgos, se suman los impactos ambientales de la industria, como el reciente derrame de hidrocarburos de la empresa Australis, que evidencian las consecuencias graves del modelo extractivo vinculado a la cría intensiva de salmones.

Por otro lado, asegura que requiere un enorme consumo energético que Tierra del Fuego no está en condiciones de sostener y menciona que, incluso en países con altos estándares tecnológicos, el sistema RAS ha generado fallas y mortandades masivas, lo que anticipa un escenario aún más problemático para nuestro país.
Impacto cultural
Sabrina Zalazar es nutricionista e integrante de la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego. En diálogo con nuestro medio, dice que una producción intensiva de alimentos con destino a la exportación “disminuye gravemente las posibilidades de construcción de soberanía alimentaria en nuestro territorio”.
“Los saberes populares, campesinos e indígenas en cuanto a la pesca y recolección de frutos de mar son reemplazados por los intereses económicos de empresas transnacionales y funcionarios públicos que buscan desvalorizar los saberes locales para insertar matrices productivas importadas de otros países, debido a la incapacidad de los gobiernos de construir con la comunidad sus propias matrices productivas locales posibles”.

Entre la sostenibilidad y la desconfianza
Entre las ventajas que destacan del sistema RAS —que se intenta impulsar desde diversos sectores políticos—, aseguran que existe un control de la temperatura, limpieza y salud. Mientras que su principal desventaja es el alto costo y la necesidad de personal especializado. En contraste, la cría en jaulas marinas es más barata, pero libera desechos y químicos al fondo marino, provocando contaminación, marea roja y enfermedades que afectan a otras especies.
En este escenario, la provincia impulsa una ley de acuicultura que fomente el cultivo de mejillones, truchas, algas y salmón en sistemas RAS. Según el economista Federico Rayes, criar salmones en tierra cuesta entre USD 15.000 y 20.000 por tonelada, frente a los USD 5.000 a 7.000 en mar, aunque representa un producto premium y más seguro para el ambiente. Además, investigadores del CONICET, como Gustavo Lovrich, apoyan estos sistemas por su capacidad de reutilizar desechos como fertilizante o biogás.
Si bien el gobierno provincial y diferentes sectores políticos apuestan a modificar la ley con capacitación e investigación confiando en que la acuicultura en tierra será sostenible, otros advierten sobre los riesgos de repetir viejas historias de extractivismo disfrazadas de modernidad.
*Por Florencia Díaz para La tinta / Imagen de portada: A/D.
