Allí, donde viven los dioses: «El viaje de Chihiro»

Allí, donde viven los dioses: «El viaje de Chihiro»
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18 septiembre, 2025 por Sasha Hilas

El Cineclub Municipal Hugo del Carril, para la función tintera del mes, nos trae una de las grandes películas de animación de nuestro tiempo, El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no Kamikakushi / 千と千尋の神隠し). Obra del aclamado director de animación japonés Hayao Miyazaki. Galardonada, entre otros premios, con un Oscar a mejor película de animación, El viaje de Chihiro narra la aventura de una niña en el mundo de los dioses, cuando cruza con sus padres un túnel abandonado.

Por Sasha Hilas y Gonzalo Escamilla para La tinta

Miyazaki impuso al mundo un estilo de animación singular: une la sencillez con un detallismo minucioso, despliega grandes composiciones musicales ―de la mano de Joe Hisaishi― y revela tanto la abrumadora belleza de la naturaleza como el encanto de los paisajes urbanos imperfectos. También nos ha dado héroes y heroínas inusuales por su simpleza y coraje, alianzas entre lo humano y lo no humano, expresiones del amor que reavivan la esperanza en él y formas de justicia orientadas a la reparación. Su obra subraya el valor de la naturaleza, no como objeto de consumo o recreación, sino como un territorio con vida, que tiene sus propios motivos para existir indiferentes al ser humano.


El viaje de Chihiro es una aventura deslumbrante en el mundo de los dioses. Con una ternura inusitada, la trama también retrata el pasaje de la infancia hacia la siguiente etapa, junto con la fuerza latente en aquello que parece débil o impotente, como una niña pequeña enfrentada al mundo de los dioses.


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Imagen: El viaje de Chihiro.

Chihiro, una niña de diez años que se muda de ciudad junto a sus padres, carga desde la primera escena con la nostalgia de lo que deja atrás y se resiste a los cambios que le tocan vivir. Al mismo tiempo, se convierte en la voz de la sensatez cuando sus padres, sin saberlo, se internan en el mundo liminal de los dioses. Recta y sencilla, valiente sin ostentación y desprovista de segundas intenciones, Chihiro encarna un tipo de heroísmo poco frecuente.

El nombre Chihiro (千尋), que significa “mil brazas de profundidad”, ya anuncia la hondura de la protagonista, capaz de convocar la ayuda de otros personajes gracias a su transparencia. En el universo de los dioses del sintoísmo, Chihiro deberá salvar a sus padres aceptando las reglas que lo rigen y entra a trabajar en una casa de baños de lujo administrada por la hechicera Yubaba. Allí teje vínculos con Lin y Kamaji, compañeros de trabajo, con los dioses que visitan la casa de baños y con el enigmático Haku, aprendiz de Yubaba.

Ese tránsito entre mundos y etapas se inscribe también en el cambio de nombre: cuando Yubaba rebautiza a Chihiro bajo el carácter Sen (千), “mil”, la convierte en algo anónimo, como si estuviera designando el código o el número de una trabajadora más. A decir verdad, el robo del nombre recorre la trama como un hilo rojo: al perderlo, los personajes quedan sometidos al control de Yubaba. Haku, el primer aliado de Chihiro, hace tiempo olvidó el suyo, pero conserva el de ella y se lo devuelve como un secreto a resguardar. En ese gesto, la historia convierte la pérdida y el recuerdo del nombre en un mismo movimiento, que señala un camino profundo y espiritual de autodescubrimiento.

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Imagen: El viaje de Chihiro.

Mucho se ha dicho sobre la lectura de El viaje de Chihiro como una adaptación libre de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. Esa comparación suele despertar una búsqueda ansiosa de paralelismos, como si se tratara de un juego de mamushkas. Sin embargo, su título original en japonés abre otras puertas de lectura y nos conduce, como tantas películas de Miyazaki, hacia la cultura japonesa y su historia. Mientras en nuestras latitudes la conocemos como El viaje de Chihiro, en Japón, su título es Sen to Chihiro no Kamikakushi (千と千尋の神隠し), cuya traducción literal sería “La desaparición de Sen y Chihiro por los dioses”. El término kamikakushi (神隠し) tiene una larga tradición en la cultura japonesa: designa un tipo de rapto divino que explicaba la desaparición de niñxs, quienes podían perderse para siempre o regresar tiempo después con recuerdos borrosos.


De allí que El viaje de Chihiro combine lo fantástico con un sustrato de tradiciones y relatos ancestrales. Esa mixtura entre la imaginación singular y la reverencia por la cultura popular japonesa convierte a Hayao Miyazaki en un creador de universos únicos, dotados de una profundidad y una verosimilitud poco comunes.


En un movimiento espiralado dentro de la filmografía de Miyazaki, El viaje de Chihiro dialoga estrechamente con su última película, El niño y la garza, que narra a su vez el paso hacia la madurez de Mahito. Chihiro y Mahito parecen mirarse a través de una fina membrana del tiempo, como dos niñxs que recorren un camino profundo de autodescubrimiento y reparación.

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Imagen: El viaje de Chihiro.

Sin lugar a dudas, ver El viaje de Chihiro en pantalla grande es redescubrir la capacidad del cine para tejer alianzas, narrar el amor y la amistad, crear mundos y transformarnos. Veinte años después de su estreno, volver a ella es, como dice Zeniba a Chihiro, recordar que “nada de lo que ocurre se olvida, aunque tú no puedas recordarlo”. De algún modo, al igual que Chihiro, siempre se puede volver a lo que parecía perdido.


La belleza del relato se despliega, las imágenes rozan nuestra sensibilidad, la música toca el corazón y nos sorprende descubrir, como si fuera un recuerdo recuperado, la fascinación y el encanto que El viaje de Chihiro provocó aquella primera vez.

Función tintera: «El viaje de Chihiro»

Viernes 19 de septiembre, 20:30 h en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (Blvd. San Juan 49, Córdoba capital).

*Por Sasha Hilas y Gonzalo Escamilla para La tinta / Imagen de portada: «El viaje de Chihiro».

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Palabras claves: Cineclub Municipal Hugo del Carril, Miyazaki

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