En lucha: asamblar el movimiento estudiantil
Con una guerra ideológica declarada contra lo público, el mileismo avanza en la precarización de la educación superior mediante recortes masivos y narrativas que deslegitiman lo común. La ofensiva neoliberal, articulada desde un tecnopopulismo beligerante, exige al movimiento estudiantil reconfigurar las herramientas: actualizar asambleas, marchas y tomas, pero también construir una máquina de comunicación que reinstale la defensa de lo público como eje simbólico y político de una nueva narrativa democrática. Una vez más, una encrucijada: profundizar el conflicto ante los embates sistemáticos del gobierno nacional o buscar vías de consenso institucional.
Por Marcos Javier Funes y Sofía Germanier para La tinta
El contexto de la lucha
El movimiento estudiantil se encuentra una vez más en una encrucijada: profundizar el conflicto ante los embates sistemáticos del gobierno nacional o buscar vías de consenso institucional. En este marco, lo primero es ampliar las convocatorias y darle a todas las decisiones un cariz fundamentalmente democrático: de abajo hacia arriba. Así, hay un trasfondo acerca de la revolución democrática en términos nacionales, por los retrocesos observados ante el avance de la derechización de lo estatal y la agresión sobre lo público, y de las transformaciones académicas y políticas que nuestra UNC necesita, que no pueden faltar en el horizonte de los debates de fondo que como claustro tenemos que instalar y resolver.
Por segundo año consecutivo, la administración de Milei ha vetado la recomposición del presupuesto universitario, aduciendo falazmente que esto afecta al equilibrio fiscal. No conforme con esto, antes del anuncio del presupuesto, realiza recortes masivos sobre el área educativa, que siguen precarizando la educación pública. En números: la Secretaría de Educación perdió $120.000 millones. Los recortes alcanzaron a los programas de Gestión y Asignación de Becas a Estudiantes ($44.000 millones); Desarrollo de la Educación Superior ($40.000 millones) y, finalmente, Infraestructura y Equipamiento ($12.000 millones).
En este clivaje, es importante destacar que la Argentina no atraviesa una crisis, sino una “policrisis”: un conjunto de crisis que se concatenan entre sí. La policrisis se caracteriza por constituir un sistema de retroalimentación entre crisis que tienen origen en un ámbito, pero hacen ruptura o efecto en otros, generando una complejidad difícil de desenmarañar. La estatalidad argentina, antes de Milei, y sin dudas profundizada por su administración (a veces muy a conciencia), está funcionando en este marco de policrisis. Esta podría ser la forma de concatenación de la derrota en las elecciones en Buenos Aires con otra posible derrota en las nacionales de octubre.
Resaltamos el tacticaje que aplica el gobierno, porque esto hace ya harto evidente que La Libertad Avanza no vino a dar una batalla cultural, sino una guerra ideológica. Se comprueba un sistemático ataque a todo lo público, también a cualquier idea asociada a lo social o al mundo simbólico del progresismo.
Las consecuencias concretas ―en términos de políticas públicas― de esta orientación belicista de lo político son: el deterioro de la distribución del ingreso con un consecuente aumento de la desigualdad, la pérdida de calidad de vida de los sectores medios y medios bajos, y la permanente precarización de amplios sectores asalariados formales e informales, con pérdida de derechos fundamentalmente para los sectores populares.


Diferenciamos entre batalla cultural y guerra ideológica en el sentido de que la primera insinúa cierto pluralismo por ser una disputa encuadrada dentro de lo cultural como un espacio donde la disidencia puede ser alojada, al margen de las pretensiones de hegemonía ideológica de algunos actores. Lo segundo significa un conflicto discursivo y simbólico infinito donde se busca la eliminación llana de la narrativa de derechos del anterior ciclo progresista, el achicamiento sistemático del Estado social de derecho y la ruptura permanente de la Constitución como articulación normativa de la sociedad argentina. En la lógica amigo-enemigo, la amenaza existencial que es el enemigo debe ser necesariamente eliminada porque allí se construye la propia probabilidad del derecho a ser, a existir y a darse una identidad.
Sumado a esto, ya era toda una curiosidad que un populismo de derecha siguiera a uno de izquierda en el ejecutivo nacional, y más allá de la virulencia discursiva, el rasgo distintivo de las fuerzas del cielo es ser hijas de su época: un tecnopopulismo. Es una lógica política que articula elementos de populismo y tecnocracia; no es simplemente una estrategia retórica ni un estilo ideológico, sino una forma estructural con efectos directos sobre cómo se organizan los actores políticos y cómo compiten por el poder en las democracias occidentales. Posee también una dimensión tecnopolítica, que hace al carácter fundamentalmente digital de su construcción política y de sus métodos de comunicación. Sin embargo, la faz tecnocrática es fundamental: implica la aplicación de recetas de gobierno que se caracterizan como científicas, independientemente del contexto en el que se operan. Por eso, Milei puede apelar con efectividad a ideologías como la escuela austríaca: un corpus teórico marginal que jamás ha sido aplicado ―salvo en el nuestro― en ningún país.
La disputa por los imaginarios
Durante el 2024, este gobierno construyó su legitimidad alrededor de la gobernabilidad de la baja de la inflación, además de la lógica de outsider que representaba el mileismo. Sin embargo, la subjetividad del ajuste, que había contado con cierto consenso de la opinión pública, empezó a mostrar sus limitaciones con un mensaje contundente en las elecciones legislativas de la Provincia de Buenos Aires. Lo más importante allí no es tanto la paliza electoral, sino un nuevo hartazgo social que busca expresarse políticamente.
Entonces, lo que está en juego es quién o quiénes podrán articularse con esa afectividad, con esa subjetividad que deriva de una herida pública en otra, para darle forma de organización social y proyección política con poder de transformación.

Hay una serie de tensiones discursivas que se configuran sobre el trasfondo de debates que se insinúan en nuestras prácticas asamblearias y hacen a nuestra capacidad de darnos una narrativa política propia: nuestra concepción del cambio social, el rol de los movimientos sociales y los estilos de desarrollo. En la medida que no profundicemos y mejoremos la calidad de la discusión política, estas cuestiones de contenido sin resolver nos dejarán siempre a merced de que otros inscriban nuestra narrativa.
El otro riesgo latente es caer en simplismos donde sobre la reflexión o en simbolismos que la sociedad rechaza, ya sea por su incapacidad de expresar la coyuntura o por el desgaste que figuras o espacios políticos le han impuesto. Necesitamos ideas y discursividades con capacidad de convertirse en aquello que Ernesto Laclau definía como significantes vacíos (significados que aúnen diferencias e integren la heterogeneidad). Cuando en política no se disputa el diccionario político, la identidad está siempre en entredicho por los marcos de sentido de los adversarios; esto es grave porque dificulta enormemente la construcción de una identidad propia, pero, sobre todo, la constitución de un conatus con capacidad de hacer y construir sentido hacia afuera. Necesitamos que la identidad estudiantil-universitaria haga eco en la sociedad como el movimiento social que es. En la dialéctica de las articulaciones y los diálogos, encontraremos los acentos para profundizar y los errores para corregir.
En el caso específico de la lucha universitaria, es importante comprender a qué tipo de fenómeno nos enfrentamos. A partir del despliegue del conflicto del año pasado, hemos desarrollado herramientas clásicamente asociadas a los sectores estudiantiles: las asambleas, las tomas y las marchas. Sin embargo, por el desgaste del sistema político y la modificación del espacio simbólico que este gobierno ha operado (pero que también se comprueba internacionalmente), esas herramientas han perdido capacidad de comunicar, profundizar y articular conflictos. Esto, más que abandonarlas por completo, nos interpela a realizar actos de reconstitución imaginativa, a crear y recrear espacios y cajas de herramientas. Estas formas más típicas del siglo XX necesitan ser actualizadas fundamentalmente en el plano comunicacional, pues es ahí donde su impacto se constituye como menos efectivo. Sobre todo porque el sentido del Estado como el principal garante de los derechos se ha invertido: hoy, el gobierno es el principal agresor de los derechos sociales y de lo público como concepto. Ese es el sentido semiótico de fondo que debiera orientarse y articular nuestra estrategia en el corto, mediano y largo plazo.
El mileismo ha operado una profundización de la neoliberalización del Estado, con antecedentes en la gestión Macri y la gestión Menem. Utilizando ese sustrato, han convencido a amplios sectores de que la lógica de lo público debe ser reemplazada por la lógica de lo privado. Por eso, nuestro mensaje debe operar siempre en contraposición a esta simbolización que sacraliza al mercado y deprime lo común.
Si la Universidad, entre otras cosas, es un nodo principal de producción de cultura de una sociedad, nos debemos eternamente a esta lucha sin cuartel por los significantes que organizan el imaginario social.

A la disputa de las calles y al asamblaje de los cuerpos, necesitamos sumarle una máquina de comunicación que nos instale en el centro de las disputas por los sentidos que articulan lo público, la educación y el Estado.
Para esto, hay dos planos en la lucha que no podemos escindir al costo de sufrir una derrota tanto conceptual como política: el plano de la crítica institucional (a las instituciones que transitamos) y el plano de lo instituyente (instituir nuevas prácticas, imaginar nuevos futuros). La crítica es de carácter fundamental (moviliza) y lo instituyente no puede menos que ser permanente (organiza). Unidos estos dos planos, le dan al activismo político una ubicación dentro del contexto, pero, sobre todo, conectividad con su tiempo y proyección de futuro. Sobre esto se constituyen las líneas de fuga que pueden sacarnos del callejón de los límites de sentido que el neoliberalismo, como régimen subjetivo, nos impone y que este gobierno se dedica a bombardear diariamente como sentido común establecido. Hay que romper con el inmovilismo que se disfraza como realidad inamovible.
Necesitamos producir y multiplicar los asamblajes entendidos como configuraciones móviles de elementos heterogéneos, que producen formas de organización, afecto y resistencia, siempre tensionados entre la apertura y la institucionalización.
Si a las medidas de impacto no les sumamos disputas subjetivas, sentidos simbólicos, construcciones conceptuales, hilación de ideas e imaginarios, la profundización del conflicto estará siempre enmarcada como una política marginal incapaz de articular, potenciar o sumarse a las corrientes sociales que están fermentando en nuestro entorno, pero que no encuentran interlocutores cuyos mensajes expresen también sus realidades.
Hay que recorrer los afectos y lo afectivo, pero fundamentalmente, plasmar de una vez por todas que la potencia del futuro está más en nuestras disposiciones que en los límites siempre mezquinos que algunos gobiernos vienen a cristalizar. La tarea de nuestro tiempo es convertir la universidad pública en un movimiento de movimientos.
*Por Marcos Javier Funes y Sofía Germanier para La tinta / Imagen de portada: Ezequiel Luque para La tinta.
