Relicto: reservas del sur de Córdoba o el sueño de la llanura

Relicto: reservas del sur de Córdoba o el sueño de la llanura
Camila Vazquez Perfil
15 septiembre, 2025 por Camila Vazquez

En esta segunda entrega de mi columna «A favor de la fantasía», se trata sobre mirar, preservar e imaginar la llanura.

Por Camila Vazquez para La tinta

Alguna vez sentí esto antes y voy a sentirlo después: recorrer la reserva es una especie de meditación. Un efecto onírico de la llanura. Los gauchos que te preguntan: ¿has visto unas vacas? Los cuarenta caballos que cruzan el río y hacen un western local. Los carreros. Las areneras. Los jilgueros, la monjita blanca, las lechuzas, los caranchos, el naranjero, los teros. Los cuises y algún zorrito. El talar del Chocancharava, el molle de curtir, el piquillín. Los espinillos que ya despuntan y hacen su elogio a esta región que lleva su nombre. Los incendios que cada tanto amenazan. La memoria del antiguo basural. El río que cambia su sendero: sus paleocauces, su rastro anterior. El gran meandro como un templo al inicio de la reserva. Su geología arenosa, rojiza.


Tardé años en saber esto: que existe un reserva provincial de usos múltiples, ubicada detrás de la Universidad Nacional de Río Cuarto, en la localidad de Las Higueras. La conocí en 2020 cuando, después de meses de pandemia, se permitían ciertos paseos. Desde entonces, vengo en bici muy seguido. Pincho la cámara cada vez. Cada vez, me parece estar frente a una joya, en medio de este territorio que la literatura nacional ha dado en llamar desierto. Pero es monte: contra el glifosato y la soja. Una historia de revolución. 


Vuelvo a pensar en la meditación cuando la escucho a Virginia Mosconi, bióloga de la Universidad Nacional de Río Cuarto, investigadora en proyectos afines al Laboratorio de Ornitología de la UNRC y fotógrafa. Algo en su tono me recuerda aquella caminata que hicieron los poetas al borde del Chocancharava hace unos años atrás, el río que los conquistadores llamaron Cuarto, como un homenaje al propio río. Virginia no entiende por qué la llamo a ella para conversar sobre esto. Hay muchas organizaciones en este territorio, incluso una mesa que nuclea a grupos de investigación, fundaciones, espacios de activación ambiental: la Mesa del Chocancharava. Hablamos de los Guardianes del Espinal y de la Fundación Conydes que están trabajando con mucho compromiso desde hace algunos años en la zona. La respuesta que tendría para darle me avergüenza: es que estoy pensando más en la fantasía, en lo que dice o imagina la gente sobre un lugar.  En cambio, digo que me conmueven las fotos que saca de la reserva y es totalmente cierto. Estoy buscando un registro mediado por la percepción sobre este lugar. No únicamente un saber científico.

Virginia habla y el viento parece que va a arrancarnos. Dice que trajo libros y, frente al gran meandro, me cuenta de su trabajo en una adscripción. Quiere saber cómo se comportan las poblaciones de aves del centro de Argentina a lo largo del tiempo. Dentro de la meditación que impone el río, se abren otros niveles parecidos al sueño: las aves que ella investiga no son las de esta reserva, aunque seguro estén aquí y allá, sino las de otra reserva ―¡hay otra!―, la reserva urbana de la UNRC, el Bosque Autóctono «El Espinal». Es decir que dos reservas ubicadas en la misma región conviven y casi se pliegan sobre sí. 

Un perro que se llama Pampa nos visita y todo el ambiente parece decir que sí, que la llanura ―aunque enfurecida en los vientos de agosto― sueña y ejerce este derecho de bosque. Virginia me dice que antes, cuando era chica, pensaba que naturaleza era algo hacia lo que había que ir, algo que estaba afuera. Nació en General Deheza, donde no había naturaleza, sino campo. Así lo plantea. Campo versus naturaleza. Hasta que estudió biología y descubrió que algo de lo natural pervive y está cerca. A veces, literalmente ahí, detrás de la universidad. Hablamos sobre el rechazo hacia la llanura: eso que se escribió en los libros que fundaron el país. Ese odio que dictaminó que aquí no había nada y, como la nada es plana, no hubo nada que arrasar. Vacío. Todo por sembrar.


Si la nada no es un paisaje, entonces se pueden imponer pinos, siempreverdes, álamos, eucaliptus y demás especies exóticas. Si la nada no es paisaje, entonces es posible someterla a la peor crueldad: en pocos años, regarla de soja y de maíz, insuflarla de glifosato. Y antes, extirpar a sus pobladores: humanos y no. 


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Reserva Corredor Chocancharava. Imagen: Vir Mosconi.

Hablamos sobre cómo la cultura incide en la mirada. Cómo, durante siglos, se vio aquí la nada. Cómo los habitantes de esta ciudad nos perdimos esta otra lectura: la que crece guacha, si se la deja, al borde del río. Virginia dice la palabra relicto y yo recuerdo un poema de Melisa Gnesutta: como el relicto de un bosque de quebrachos/ que se apaga. Relictos, parches, cúmulos escasos de montecito cada tanto, en medio de la llanura. Recuerdo una oración que nos hacía analizar la profesora de Gramática I: de tanto en tanto, un árbol raquítico.

Virginia dice que, cada vez que va al pueblo, busca los baldíos, los potreros, la maleza que se hace paso. Dice que encuentra belleza en este caos que se contrapone al orden del campo: lo medido, lo controlado. Saca libros de su mochila. Lee una cita de Los llanos, la novela de Federico Falco: La pampa es un paisaje duro, exigente, para nada bucólico. La noche negra. La tierra dura. El viento. El viento. El calor sin una sombra. Sin reparo. La grandeza. El cardal. Los años de cardos. La sal en la tierra seca del bañado (…), la inundación, la seca, la isoca, las langostas, las tormentas que pasan, el agua que no viene. El llano es duro. Y sigue leyendo: Escribir sobre la pampa es también escribir sobre mojones, agrimensores, precios, valores, la necesidad de que alguien recorte, de que alguien mida. 

Dice que se vino enojada de Deheza, con odio hacia la hiperproductividad de los sojeros. Dice que se fue reconciliando ahora que lleva una vida nómade entre el pueblo y la ciudad. Tiende a resignarse: ¿y si este fuera ahora nuestro único territorio? Pero en seguida algo, una chispa, la enciende y vuelve a decir: a veces pienso, no sé si será, que los relictos son como una pequeña revolución del monte. Una muestra de que así fue nuestra tierra. Virginia está pensando en los orígenes. Pero también en lo que es: si se lo deja, el monte vuelve. Ella que estuvo afuera, dice que volvió y aplicó, contra todo mal pronóstico, a CONICET. Dice que quiere estudiar en Latinoamérica y que quiere estudiar acá, esta llanura. 

Tiene un recuerdo: los antepasados. Como en el caso de Falco, Virginia nombra a los abuelos migrantes que vinieron refugiándose del hambre y la guerra, que no fueron terratenientes, sino peones. Que tuvieron huertas. Dice que no siempre trabajar el campo fue este desquicie. Tiene dudas sobre una pariente en el árbol familiar, tiene la sospecha de que fue aborigen. Entonces saca otro libro y muestra un mapa de la Trapalanda, esa ciudad imaginada por los conquistadores que podría o no haber sido el imperio de los ranqueles. Lee otra cita sobre ese y otro pueblo, el comechingón. Sobre las etapas nómades y las etapas de asentamiento: también practicaban acá la ganadería y la cosecha. Le gustaría saber cómo fue este suelo para ellxs. Piensa que la reserva es una muestra de aquellas visiones.

Hacia el final, salimos de una reserva, el Corredor Choncharava, para entrar la otra, el Bosque Autóctono de la UNRC. En la frontera entre las reservas, están los cuises. Los padres se asustan primero y tenemos suerte de ver al bebé, que se quedó solito en el camino. Estamos frente a una galería natural: desde acá, se ve el río cuarteado, como expuesto en sus arterias. Se ve un sillón y atrás unos caballos. En esta reserva hay basura porque fue antes un basural. Ahora, quedan trabajando las areneras ―sus peones― y algunos cuidadores de animales rurales. Me dice que, a diferencia de la visión que se tenía hace algunos años, las reservas actuales ―esta de usos múltiples y la reserva urbana de la UNRC― buscan integrar a la comunidad que allí vive, regular las actividades que se realizan, pero no poner a la naturaleza en el pedestal de lo impoluto. Que las personas podamos estar en ella, vivir con ella. 

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Imagen: Camila Vazquez.

Ahí está el río, pando. Pero estuvo alto no hace mucho, crecido. Se comió la costa. La reserva se hace cada vez más angosta con las crecidas. El paisaje mutante. Otra vez, esa belleza que se contrapone al orden. Lo inesperado. Cruzamos y Virginia me muestra estos senderos que nunca vi y que existían a la par de las clases de Literatura Argentina I, cuando estudiaba a los varones de la generación del 80 que dijeron que aquí estaba el desierto. Me cuenta sobre el anillado de las aves, sobre las redes: cómo hacen para estudiarlos y liberarlos. Hablamos de Vinciane Despret e intentamos reproducir algunas de sus ideas: que las aves ritman el paisaje y que esa es una forma de habitarlo. Que no siempre cantan por comida, pelea o amor. A veces lo hacen para nada. Que llegan a incluir el tiempo del río ―cuando hay― en su canto. Que a veces componen con el canto de otra especie. Hacen una canción. Biología pura, dice. Comprobar a menudo que los datos que se relevan no sirven necesariamente para algo. Que ocurren. Hablamos de la monjita blanca que está al ingreso de la reserva: esa no se deja estudiar, comenta un poco triste. No es como las ratonas o los chingolitos.


El viento crece con la tarde y el sol está rosa entre los moradillos de esta otra reserva. Pienso otra vez en la meditación, en la llanura y en el vacío. Los datos vacíos. En el vacío como elogio. Lo que no produce. El rasgo salvaje que no siempre es útil y que, en eso, se parece a la poesía. Ahora lee una cita sobre fotografía. Hace un collage con palabras de otrxs para decir por qué mira como mira este territorio.


*Por Camila Vazquez para La tinta / Imagen de portada: Vir Mosconi.

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Palabras claves: A favor de la fantasía, Bosque Autóctono El Espinal, Reserva Corredor Chocancharava, Universidad Nacional de Río Cuarto

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