La condena de Bolsonaro desata un carnaval fuera de época

La condena de Bolsonaro desata un carnaval fuera de época
15 septiembre, 2025 por Redacción La tinta

En un viernes diferente de lo habitual, el pueblo brasileño salió a las calles para celebrar un juicio histórico, el del expresidente Jair Bolsonaro.

Por Fernanda Zwirtes para La tinta

“¡Fue condenado! ¡Aquel que decía que no era sepulturero, fue condenado!”.

El hombre sonríe. Finaliza el audio que envía por su celular. Ajusta en la cabeza el casco, abrocha la mochila roja con el logo de una aplicación de delivery de comida y sube a la moto. Arranca el vehículo, acelera y desaparece de la vista para realizar otra entrega. Es jueves, 11 de septiembre de 2025, alrededor de las 18 h. Unas horas antes, cerca de las 15:50, la ministra del Supremo Tribunal Federal (STF), Cármen Lúcia, en un juicio histórico, votó por la condena del expresidente Jair Bolsonaro. El mismo que declaró “no ser sepulturero” en abril de 2020, en respuesta a un periodista que lo cuestionaba sobre la cantidad de personas muertas por Covid-19 en Brasil.


Además de él, el voto condenó a otros siete aliados en la Acción Penal n.º 2668, que juzga la trama golpista. Por mayoría simple, sumando tres de los cinco votos, por primera vez en la historia de Brasil, un exjefe del poder ejecutivo brasileño fue juzgado y condenado por intento de golpe de Estado. “Se aró un terreno social y político para sembrar el grano maligno de la antidemocracia”, definió la jueza Cármen en su voto. Jair Bolsonaro obtuvo su condena por la voz de la única ministra mujer en el juicio.


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Al caminar por las calles de Florianópolis, es posible ver personas siguiendo la transmisión en vivo del juicio, en un intento de equilibrar la ansiedad por el desenlace con la comprensión del lenguaje jurídico de la alta corte. Las palabras “condena”, “juicio” y “Bolsonaro” comienzan a escucharse con efervescencia después del mediodía. La expectativa flota en el aire: solo resta el voto del ministro Cristiano Zanin. Cármen Lúcia fue la penúltima ministra en votar, en una intervención breve y objetiva que duró alrededor de una hora y cuarenta minutos.

Su colega Luiz Fux, que votó el día anterior, no tuvo tanta celeridad. En 14 horas de discurso, condenó únicamente a Mauro Cid, exayudante de órdenes de Bolsonaro, y a Walter Souza Braga Netto, general de la reserva y exministro de la Casa Civil, por intento de abolición violenta del Estado democrático de derecho. Fue el único en discrepar de la posición de los demás ministros. “Echó a los colegas a los lobos”, relataron fuentes exclusivas a periodistas de CNN Brasil y fue el único que no tuvo la visa estadounidense revocada como represalia de Donald Trump.

La impaciencia de las 14 horas dio paso a la sorpresa por la brevedad del voto de Cármen, seguido por el discurso de Cristiano Zanin, que duró dos horas y cuarenta minutos, y condenó a los ocho acusados. Ya es final de la tarde: el movimiento de personas cerca de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC) aumenta. Alrededor de las 18:10, la primera sala del STF comienza a juzgar la dosimetría de la pena de los acusados. El desenlace se adelanta un día ―se preveía que el gran final tendría lugar el viernes. Se escucha el arrastrar de sillas en los bares más cercanos, que comienzan a recibir clientes antes de lo habitual para un jueves. Los ojos atentos a las pantallas cuentan los minutos. Se transmite el juicio en vivo en los bares, como se hace en época de Copa del Mundo en el país del fútbol. Sin embargo, hoy, específicamente, la victoria es otra.

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Aproximadamente una hora después, se dicta la sentencia.


Jair Bolsonaro es condenado a 27 años y 3 meses de prisión, por liderar una organización criminal armada, intento de abolición violenta del Estado democrático de derecho, golpe de Estado, daño calificado y deterioro de patrimonio protegido.


Parte de aquellos que celebraron la decisión no aguantaron esperar al viernes ―día en que, culturalmente, se sale a las calles para distraerse―. Entre una y otra cerveza, poco se comenta sobre los demás acusados, también sentenciados a penas privativas de libertad. Lo que está en boca del pueblo esta noche, además del alcohol, es el nombre de Jair Bolsonaro. Junto a la palabra “condenado”.

“No puedes estar triste hoy, ¡es un día histórico!”, comenta una joven a su amigo durante el almuerzo. Es mediodía del viernes. En las mesas del restaurante universitario, el tema aún no ha muerto. Entre el arroz y los frijoles, servidos religiosamente todos los días, se hacen planes para la noche ―la mayoría irá al centro de la ciudad, donde se concentran los bares de samba, rock y pagode―. Un bar promete 50 litros de cerveza gratis.

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Durante el transcurso del día, es posible notar personas caminando apresuradas, algunas vestidas de verde y amarillo. Los mismos colores que, poco tiempo atrás, eran utilizados por los seguidores de Jair Bolsonaro, incluso por él mismo, en un intento clásico de performar un patriotismo simbólico. En las calles, vendedores comercializan camisetas estampadas con la figura del expresidente tras las rejas. Las campanas de la Catedral, ubicada en el centro histórico de la ciudad, anuncian el fin de la jornada laboral: son las 18 h del viernes. Pero, incluso antes de que el día de trabajo termine oficialmente, las calles ya estaban llenas. “Hoy va a ser un carnaval”, dice Olívia, 24, estudiante de geografía, mientras espera el autobús que la llevará al terminal central. Ella y su amiga, Maria Eduarda, 24, también visten verde y amarillo.


“Ah, qué pena. Los 50 litros de cerveza gratis se agotaron en 20 minutos”, comenta otra joven en la parada de autobús. A pesar de la decepción momentánea, no es motivo para desesperarse. Abundan promociones en los bares. Uno de ellos emite la factura con una imagen de dos manos esposadas haciendo el gesto de pistola ―comúnmente practicado por Bolsonaro―. Debajo de la imagen, se lee “Papuda”, nombre popular del Complejo Penitenciario de Papuda, en Brasilia (DF), que ya recibió acusados de gran repercusión política, como Eduardo Cunha y José Dirceu, y puede ser destino del expresidente, en caso de que vaya preso en régimen común.


Al llegar al centro de la ciudad, la escena es carnavalesca. La cantidad de personas en las calles dificulta caminar libremente. En las manos abundan vasos de cerveza, caipiriña, whisky con energizante, cigarrillos de los más variados contenidos, tragos con vodka barata y, esporádicamente, la cintura de alguien. El ruido es ensordecedor: hay grupos de percusión tocando tambores, que se mezclan románticamente con el sonido de clarinetes y trompetas que suenan a unos metros de distancia.

La temperatura que marcaba quince grados y el viento sur, que anunciaban un frente frío, no penetraron en la multitud. El calor del movimiento y de la danza impone al frío marítimo. Se tocan canciones ya conocidas, un repertorio que va de las marchinhas de samba al funk de Anitta. Intercalados con gritos y consignas que piden, pero también ordenan: “¡Sin amnistía!”.

“Está siendo increíble. Pero nunca vi tanta gente en mi vida”, responde apresurada una joven que atiende uno de los bares más concurridos. Su frente está sudada y agiliza el pedido de otra chica que pidió tres caipiriñas de una sola vez. La fila para comprar alguna bebida tiene al menos veinte personas y no disminuye. El escenario se repite en la extensión de las calles paralelas a la avenida Hercílio Luz y a la Plaza XV de Noviembre. En ellas, la demografía se confunde en una mezcolanza de rostros. La multitud es tan heterogénea que no permite descripciones fáciles ―es realmente un carnaval―. Hay jóvenes con el típico bigote brasileño y cabello cortado al estilo de los años 70, ancianos que, a pesar de las condiciones impuestas por la edad, están bailando samba, niños en brazos de sus madres que permanecen serenos y alegres en medio de la fiesta. Rockeros, sambistas, alternativos, pagoderos y, se arriesga a decir, hasta amantes de la música clásica y erudita estaban en las calles bailando y celebrando.

En medio de tanta gente, no perderse de las compañías mientras se transita apretado entre tantos cuerpos se vuelve difícil. Henrique, 21, estaba en medio de la multitud desencontrado. “No sé si voy a poder encontrar a mi gente tan fácilmente, pero estoy feliz de que Bolsonaro se fregó”, dice. Apurado, se mete entre la multitud y sigue calle abajo. “Pero es eso, ¿no? El pueblo que no conoce su historia tiende a repetirla”, grita, ya algo alterado, y pronto desaparece entre la gente. La opinión de Henrique da una pista de que la celebración no es un optimismo ciego, sino un alivio ―quizá hasta paliativo―. Hay quienes usan la expresión “reparación histórica”. La noche es de fiesta, eso es innegable, pero hay hechos que ni el alcohol ni la euforia pueden esfumar. Es la primera vez que militares como Bolsonaro y los demás acusados son juzgados y condenados por crímenes contra la democracia. Ella, que respira joven y delicada en las líneas de la historia brasileña.

Es imposible no rememorar las escenas de destrucción que encabezaron el 8 de enero de 2023, profanando diversos símbolos de la historia y la democracia del país. O incluso los 700.000 muertos durante la pandemia, víctimas de un sistema de salud precarizado y, sobre todo, de la desinformación y la inercia del gobierno de la época. Aún hay lagunas históricas: los presos, muertos y torturados durante los 21 años de dictadura militar, y la impunidad de sus asesinos y torturadores. Período que generó el embrión del militarismo contemporáneo presente en el ala conservadora brasileña ―el rizoma de Jair Bolsonaro―.

En la noche del viernes, cada quien que allí bailaba estuvo a pocos pasos de ver sus derechos fundamentales violados con el intento de golpe de Estado. “Hoy es el día más feliz de mi vida”, afirma un joven que, coincidentemente, perdió a su padre, militante comunista durante la dictadura militar brasileña, hace exactamente cuatro meses. Para él, lo que ocurrió en este viernes carnavalesco también es memoria. Preguntado acerca de qué contará a su futuro hijo sobre este día, habló de esperanza. “Hoy es el día en que Brasil expulsó a los fantasmas de su pasado”, afirmó, emocionado, entre un sorbo y otro de cerveza.

*Por Fernanda Zwirtes para La tinta.

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Palabras claves: Brasil, Jair Bolsonaro

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