De Nepal a Indonesia: una rebelión global contra las élites
Las revueltas que sacuden desde el Himalaya hasta el Archipiélago revelan un mismo patrón: jóvenes hartos de la corrupción, el nepotismo y las élites políticas desconectadas de la realidad. En Katmandú, la prohibición de redes sociales encendió la chispa; en Yakarta, la represión y la ostentación de privilegios. Dos países distintos, un mismo mensaje: la democracia vacía ya no alcanza.
En Katmandú, miles de jóvenes con uniforme escolar se enfrentaron hace unos días a la Policía, levantando barricadas en Maitighar Mandala y marchando hacia el Parlamento. El aire cargado de incienso y especias fue reemplazado por humo de neumáticos encendidos y gases lacrimógenos. El saldo: 19 muertos en una sola jornada y la renuncia del primer ministro de Nepal, Khadga Prasad Oli.
A más de 5.000 kilómetros de allí, en Yakarta y otras ciudades de Indonesia, manifestantes atacaban edificios gubernamentales, incendiaban parlamentos regionales y saqueaban las mansiones de políticos millonarios. Dos escenas distintas, un mismo trasfondo: la rebelión de una generación contra la corrupción y el secuestro de la democracia por parte de élites enquistadas en el poder.
Lo que ocurre en Nepal e Indonesia no puede leerse como hechos aislados. Más bien, son episodios de un fenómeno mayor: un cansancio global con la política tradicional, que se expresa especialmente entre los más jóvenes. Desde el Himalaya hasta el sudeste asiático, la llamada Generación Z toma las calles no por consignas abstractas, sino por la experiencia cotidiana de la desigualdad, el nepotismo y la corrupción ostentosa de dirigentes que, lejos de representar, parecen vivir en un universo paralelo.

Nepal: la chispa digital
El detonante en Nepal fue aparentemente banal: la decisión del gobierno de bloquear 26 plataformas digitales bajo el argumento de combatir discursos de odio y delitos cibernéticos. En un país donde más del 90% de la población utiliza redes sociales, la medida fue percibida como un ataque directo a la libertad de expresión. La paradoja: solo TikTok quedó exento, lo que generó sospechas de alineamiento con Beijing.
Pero detrás de la prohibición había mucho más. Las redes no son solo entretenimiento: constituyen el espacio de organización y denuncia de una generación que ve su futuro hipotecado. El contraste entre los “nepobabies” —los hijos de políticos mostrando autos de lujo, viajes y fiestas en Instagram— y la vida precaria de millones de jóvenes que deben emigrar o endeudarse para estudiar encendió la mecha. Lo que estalló en septiembre fue la acumulación de años de frustración con una democracia capturada por las mismas caras de siempre.
El trasfondo histórico ayuda a entenderlo. Tras el fin de la monarquía en 2006 y la proclamación de la república federal en 2008, se esperaba que Nepal transitara hacia una democracia inclusiva. Sin embargo, la guerra civil maoísta y la posterior transición dejaron un legado de partidos tradicionales que se reciclaron en el poder sin alterar la lógica de privilegios. Oli, Prachanda, Deuba: nombres repetidos que se alternan en el gobierno como si fueran piezas de un ajedrez manipulado por las élites.
La economía no dio respiro: uno de cada cuatro hogares depende de remesas enviadas desde Qatar, Malasia o India. En 2024, más de 700.000 nepalíes emigraron en busca de trabajo. El desempleo juvenil ronda el 20%. Frente a ese panorama, las imágenes de los herederos del poder ostentando lujos se convirtieron en un insulto insoportable.
Este 8 de septiembre, influencers, artistas y hasta Miss Nepal Earth 2022 se sumaron a las protestas. La renuncia de Oli, apenas 24 horas después, mostró que la juventud nepalí no solo protesta: también puede derribar gobiernos.

Indonesia: la contracultura de la protesta
En Indonesia, el punto de inicio fue el atropello mortal de un conductor de mototaxi por un vehículo policial. En cuestión de horas, el país estalló. Ocho parlamentos regionales fueron incendiados, residencias de políticos saqueadas, símbolos de la élite ridiculizados en redes. Las imágenes recordaron inevitablemente a 1998, cuando la represión en la Universidad Trisakti precipitó la caída de Suharto.
Pero lo que sucede hoy no es una simple repetición de aquella crisis. Es la quinta gran ola de movilizaciones juveniles desde 2019. Primero, contra la debilitación de la Comisión Anticorrupción. Luego, contra la Ley Ómnibus de Creación de Empleo que precarizó el trabajo y debilitó protecciones ambientales. Más tarde, contra medidas fiscales y reformas que beneficiaban a las élites. Cada ciclo dejó huellas, acumulando una subcultura de protesta que se nutre de redes sociales, sindicatos, ONG y colectivos estudiantiles.
El politólogo Edward Aspinall lo resume en una frase: “Las protestas son el resultado del choque entre ‘dos mundos’ de la política indonesia. Por un lado, la política institucional, dominada por clientelismo y dinastías familiares. Por otro, la política de la calle, formada por jóvenes que ya no esperan nada del sistema y expresan su rabia en formas horizontales, rizomáticas, difíciles de cooptar”.
La desigualdad es el combustible de esa rabia. Diputados y ministros ostentan Lamborghinis, bolsos Hermès o esculturas de Ironman en tamaño real, mientras la economía informal se expande y la clase media se encoge. Cuando los parlamentarios votaron aumentarse las dietas, lo hicieron bailando en plena sesión, completamente ajenos a la crisis social que golpea al país. La desconexión entre élites y pueblo es tan profunda que raya el desprecio.

Un patrón común en el sur global
Los paralelismos entre Nepal e Indonesia son claros. En ambos países, la represión estatal no sofocó la protesta: la multiplicó. En ambos casos, el hartazgo se canalizó a través de organizaciones horizontales, difusas, sin líderes visibles que puedan ser cooptados fácilmente. Tanto en Katmandú como en Yakarta, la bronca apunta a un mismo blanco: la corrupción sistémica, el nepotismo dinástico y una clase política que vive en una burbuja de privilegios.
Este patrón no se limita a Asia. En Chile, en 2019, la suba de tarifas del metro encendió una revuelta que terminó cuestionando toda la arquitectura institucional heredada de Pinochet. En Sri Lanka, en 2022, la indignación contra la crisis económica forzó la huida del presidente Gotabaya Rajapaksa. En cada caso, un detonante menor destapa un descontento mayor, acumulado por años.
Lo que conecta a todos estos episodios es que surgen en el sur global, donde democracias jóvenes y frágiles enfrentan la paradoja de reproducir prácticas oligárquicas bajo un barniz electoral. Son sociedades donde las promesas de representación, igualdad y movilidad social quedaron subordinadas a sistemas de privilegios que parecen inmutables.

La nueva internacional de la bronca
Nepal e Indonesia muestran que los levantamientos ya no son monopolio de partidos organizados ni de ideologías cerradas. Lo que se configura es una internacional difusa de la bronca, tejida en redes sociales, alimentada por agravios concretos, encarnada en símbolos de lujo y ostentación que contrastan brutalmente con la vida de la mayoría.
No se trata solo de la caída de un primer ministro o de la presión sobre un presidente. Lo que está en juego es algo más profundo: la posibilidad de construir una democracia que no sea solo un ritual electoral, sino un sistema capaz de ofrecer dignidad.
En el Himalaya y en el archipiélago, en escenarios aparentemente tan disímiles, la juventud nos recuerda una verdad incómoda: cuando las instituciones se vacían de contenido y se convierten en maquinarias de enriquecimiento personal, la calle vuelve a ser el último espacio donde se disputa el futuro.
La pregunta ahora es si estas rebeliones lograrán trascender la furia inmediata y convertirse en proyectos de transformación política. O si, como tantas veces, quedarán como fuegos intermitentes que iluminan brevemente la noche, pero no alcanzan a encender un nuevo amanecer.
*Por Gonzalo Fiore Viani para La tinta / Imagen de tapa: AP/Niranjan Shrestha.
