Cagar y civilizar
Nueva pirámide de ingresos. Entrá y fijate cuánto tenés que ganar para no cagar en un balde. ¿Qué tienen que ver los inodoros con la civilización?
Por Gonzalo Assusa, en Sociograma, para La tinta
Dicen que la sociedad debiera ser juzgada por cómo trata a sus presos. Creo que también deberíamos ser juzgados por cómo cagamos y hablamos de nuestras heces.
No existe exceso posible en volver cuantas veces haga falta al texto con el que Guillermo O´Donell pintó en una sola frase a la cultura política argentina: “Y a mí qué mierda me importa”. Si Pierre Menard lo volviese a escribir hoy, el título más adecuado sería “Andá a cagar”.
“Cagan en un balde”, defecó Lucas Salim, empresario desarrollista CEO del grupo PROACO y vicepresidente de la Cámara de Desarrollistas Urbanos de Córdoba. Y continuó vía tuit: “Y votan a los que les roban en la cara. Son burros, son brutos, son pobres por como votan, pero están acostumbrados a que ‘el patrón’ político les regale una chapa y con eso les alcanza. El conurbano bonaerense es una cloaca en todo sentido, hoy gana la casta, los medios, los curros y el choreo. Y bueno, a tomar decisiones se ha dicho. Esto es Argentina, que nunca entenderías… le deseo a los bonaerenses 25% de inflación, desabastecimiento, más desnutrición infantil así la próxima aprenden a votar”.
El problema con el patrón es que sea político. El 25% de inflación coincidía con la época en que el salario promedio en Argentina era el más alto de toda la región. ¿Y el deseo? El deseo es que cambien el voto, no que dejen de cagar en un balde. Como en el caso de la cheta del Nordelta o de la indignada porque una mujer compraba alfajores con la Tarjeta Alimentar, “cagan en un balde” no es una denuncia, sino una llamada al orden civilizatorio, un orden que nos deja fuera. Es una llamada al orden desde el trono, con el control del fuego, el agua, el gas y la luz.

Andan preocupados por la crisis civilizatoria. Porque ya no leemos, porque la cultura de la inmediatez esto o aquello. Por la falta de certezas y de proyectos de futuro y la sobra de reels. Por el avance de las pseudociencias y el individualismo, por la pérdida de un centro de gravedad y el desencantamiento del mundo. Yo creo fervientemente que la crisis civilizatoria se manifiesta cuando la principal preocupación de una persona en un lunes post-electoral es acopiar papel higiénico. Crisis civilizatoria es que el precio inflado y la falta de stock de esa celulosa culera haya sido el principal enemigo del Socialismo siglo XXI en nuestro continente.
Porque todo bien con los países del primer mundo, con sus editores de corrección política, con sus monedas fitness y sus policías ilustrados en derechos humanos, con sus siete tachos de distintos colores y su basura con más categorías que el dólar. Con sus autos que contaminan menos que el Philip dié del encargado de mi edificio. Pero ¿qué clase de primer mundo es un mundo sin bidets? ¿Para qué quiero una parcela en la luna si en la luna no hay bidets? Al fin y al cabo, ¿qué es la Argentina sin birome, tres copas mundiales, un puñado de nobeles y bidet en cada hogar? Donde hay una necesidad (de cagar), nace un derecho (al bidet y la cloaca).
Freud encontró la sociogénesis de la cultura en el primer y fundante acto de represión: el control de la micción (aguantarse el meo) fue condición para el control del fuego. Sin domar el fuego, no hay cocción ni creación de utensilios de metal, no hay desarrollo, no hay producción. Sin aguantarse, no hay cultura (del aguante). Este mismo acto (como lo imaginó el mismo austríaco) se repite en la psicogénesis de cada individuo: aprender a aguantarse las ganas es el acto fundante de la formación de la norma y el superyó. Avisar y perder los pañales es crecer. El que aprende a aguantarse tiene la aprobación del padre (y por extensión, de la sociedad). La foto que retrata para toda la Generación X ese instante en el que empezamos a ser personas con moral, en el que aprendimos a sentir placer por el cumplimiento normativo, es la de niños sentados en inodoros. La civilización empieza ahí, en el inodoro.
Crisis civilizatoria es que los nombres de los modelos suenen a asociación libre de Giordano durante un desfile: Meridian, Ona, Dama Senso, Happening, Beyond, Inspira. ¿Qué clase de cínico perturbado nombra un modelo de inodoro como “Inspira”? Traful, Fontana, Adriática, Mónaco. Culero aspiracional.

En Carne y piedra, Richard Sennett hizo la historia de los rediseños urbanos y de los giros copernicanos en la tecnología del descanso para mostrar que eso que llamamos “individuo” no tiene nada de natural y que implicó un sinnúmero de dispositivos para su construcción social. Desde producir sillones más cómodos hasta reacomodar las butacas y la disposición de los pubs para que, en lugar de encontrarnos, contemplemos la vidriera del afuera y la nuca del otro pasajero, aislándonos y adormeciéndonos.
Pero ninguna transformación tan significativa para la creación de ese Frankenstein que es el individuo moderno como la privatización y el aislamiento del acto de cagar: “La defecación se convirtió en una actividad privada en el siglo XIX —al contrario que un siglo antes, cuando era habitual charlar con amigos mientras uno se sentaba en una chaise-percé bajo la cual había un orinal—. En el aseo, que ahora contenía un baño, un lavabo y un retrete, uno se sentaba tranquilamente, pensando, quizás leyendo o bebiendo algo, sin ser molestado. Este mismo retiro era posible en sillones en otros lugares más públicos de la casa, sillones en los que una persona exhausta después del trabajo tenía derecho a no ser molestada”. La jerarquía de la estructura social moderna empieza ahí, en el trono.
Andá a cagar. Ludwig Feuerbach se quedó corto y a Marx le faltó una doceava tesis. No solo somos lo que comemos. También somos el modo en el que cagamos. Y hasta hoy, los empresarios se contentaron con contemplar las cacas y de lo que se trata es de construir las cloacas.
*Por Gonzalo Assusa, en Sociograma, para La tinta / Imagen de portada: Gonzalo Assusa.
