El legado vasco en Córdoba: tras la huella de una identidad compartida
Argentina es uno de los países con mayor presencia vasca del mundo. Se estima que alrededor del 10% de la población tiene algún tipo de origen en esta nación europea, cuyo idioma, el euskera, continúa siendo un enigma para los lingüistas. En Córdoba, esa impronta es muy palpable y se manifiesta en apellidos, topónimos, atuendos tradicionales y relatos familiares que se siguen transmitiendo. La boina vasca o la txapela fue uno de los aportes más tangibles y generalizados, llegando a ser el elemento que caracteriza a uno de los símbolos más representativos del país: el gaucho.
Por Iñaki Rubio Mendoza para La tinta
A pesar de los ansiosos intentos por avanzar, resulta casi imposible hacerlo. La vereda está colmada y apenas se vislumbra el final del tumulto, que se funde a lo lejos sobre la calle Belgrano. Decenas de personas hacen cola al ras de una fachada rosa de estilo colonial, impacientes por atravesarla. “Siguiente, por favor”. Esas tres palabras del guardia bastan para que Usua Bergara y sus amigos vascos de intercambio en Córdoba callen por un instante y entren por la imponente puerta de madera frente a la que llevan esperando veinte lánguidos minutos.
Avanzan tímidos, entre paredes decoradas de aguayos, ornamentos de todo tipo y fotografías de Eva Perón o el Che, esquivando, a su vez, zapateos, media-vueltas y rombo-giros al compás de la «Chacarera del olvido» que un grupo folclórico canta y baila con desenfreno. Bergara está atónita ante su primera vez en una peña como la de Los Infernales de Güemes, pero no por lo exótico del espectáculo, sino por todo lo contrario. “Es como si estuviera en una romería en mi país, en Euskal Herria. Los payadores parecen bertsolaris, o incluso txikiteros, y su atuendo es muy similar al de los baserritarras o granjeros vascos”, dice, señalando la boina negra de uno de ellos.
En efecto, la boina vasca —en euskera, txapela —, junto a la alpargata y la faja, es uno de los aportes más tangibles y generalizados que los vascos hicieron a la cultura argentina tras siglos de influencia, a la vez que caracteriza uno de los símbolos más representativos del país: el gaucho. Y es que cualquier parecido entre Euskal Herria y Argentina es pura coincidencia, pues esta última es la región con más vascos en el mundo. Según la Fundación Vasco-Argentina Juan de Garay, alrededor del 10% de la población del país es originaria de esta nación europea, unos 4 millones de personas, una cifra que supera la población actual del País Vasco.



Origen incierto
Los y las vascas son el pueblo originario de la actual Euskal Herria, una nación sin Estado ubicada a ambos lados del extremo occidental de los Pirineos. La comprenden siete territorios históricos: Nafarroa (Navarra), Zuberoa (Sola), Nafarroa Beherea (Baja Navarra), Lapurdi (Labort), Araba (Álava), Gipuzkoa y Bizkaia, las cuales, en la actualidad, están divididas dentro de tres administraciones políticas: Iparralde o el País Vasco francés, en el Estado francés, y la Comunidad Autónoma Vasca y Navarra, por separado, en el español. El país es conocido por sus emblemáticos San Fermines de Pamplona, el Festival de Cine de San Sebastián, el Guggenheim de Bilbao o por la icónica ciudad de Bayona.
Se trata de un pueblo con una identidad cultural, lingüística e histórica muy particular, que poco o nada se parece a lo que tiene alrededor. Su joya, el euskera, es un idioma de origen incierto y, según varios investigadores, es la lengua más antigua de Europa aún en uso. Se trata de una lengua perseguida durante siglos, extraoficial en algunos territorios y con cerca de 700.000 hablantes sobre una población de 3 millones de personas, lo que la hace especialmente vulnerable ante el castellano y el francés.

En Córdoba ―como en otras provincias―, hay un Centro vasco-argentino llamado Gure Txokoa y está ubicado en la avenida Colón al 1368. Su presidente es Alejo Martín, quien en el libro Huellas. Inmigración e historia de las colectividades en Córdoba, editado por la UNC, cuenta que los vascos ya andaban por Terranova (Canadá) cazando ballenas y pescado a partir del año 1375. “En Terranova, se habló un lenguaje rudimentario que mezclaba el euskera con lenguas locales, prueba de ello son los nombres de actuales ciudades de la zona que tienen origen vasco, de modo que estos quizás sean unos de los inicios de la diáspora vasca”.
Sin embargo, las primeras migraciones se dieron durante y a partir de la colonización de América. “La gran experiencia marinera de los vascos de la costa y la excelente calidad de las naves cantábricas, que eran las preferidas para la carrera de Indias, les hizo participar en la invasión de América, estableciéndose a partir del siglo XVI”, cuenta el descendiente vasco. Tras la independencia Argentina de la corona española, hubo una segunda oleada de migración, “la causa fundamental fue la particular estructura social de los territorios vascos. La herencia paterna solía recaer en uno de los hijos, no necesariamente en el mayor, lo que relegaba a los demás varones a un papel secundario, del que solo podían liberarse emigrando de su tierra o como clérigos”.
El desplazamiento fue especialmente masivo en el siglo XIX, cuando llegaron la mayoría de los vascos a la Argentina. Lo hicieron en tres etapas: la primera fue principalmente de pastores vasco-franceses, entre 1835 y 1853. Le siguió una etapa post-constitucional entre 1853-1877 en la que muchos emigrantes se instalaron en la pampa húmeda. Fueron más de 200.000 entre 1857 y 1864. Más tarde, entre 1877 y 1914, le siguió otra, después de ser aprobada la Ley de Inmigración Argentina. Finalmente, la tercera ola migratoria se dio luego de la guerra civil española, formada por quienes huían de la sublevación militar de 1936, encabezada por el dictador Francisco Franco. Vinieron tantos que, en 1940, los miembros de la diáspora crearon el Comité Pro-Inmigración Vasca, que avaló el ingreso en el país de miles y facilitó el asentamiento de los refugiados, asegura Martín.
El legado vasco
En cuanto puse pie en tierra firme en Córdoba, los nombres de plazas, avenidas, calles, barrios e incluso pueblos hicieron que me sintiera como en casa, pues gran parte de ellos fueron designados en honor a personas importantes del país que, en algún momento, tuvieron su origen en Euskal Herria. Tanto es así que, en Córdoba, es habitual encontrar topónimos con nomenclatura vasca o relacionada.


Existen al menos diez localidades cordobesas con denominación en este idioma: Bengolea, Berrotarán, Coronel Baigorria, Deán Funes, Idiazabal, Mendiolaza, Olaeta, Saturnino María Laspiur, Sebastián Elcano y Vicuña Mackenna. En la ciudad de Córdoba, destaca el barrio Alberdi, llamado así por el pensador Juan Bautista Alberdi. “Es increíble la cantidad de personas que tienen apellido vasco en Argentina”, dice sorprendida Bergara. Ciertamente, la última edición del libro Familias Vascas en la Argentina, publicado por la Fundación Juan de Garay, recoge más de 24.000 apellidos dispersos por toda la geografía del país. “Hay nombres de familia de origen vasco en todos los estamentos sociales de Argentina y eso demuestra la gran inclusión de los vascos, que no fueron estigmatizados como otras colectividades”, dice el presidente de la colectividad vasca.
Hubo muchas personas de este origen en posiciones de poder, como el presidente Hipólito Yrigoyen, cuyo apellido significa «villa de arriba» en euskera. También destacan personajes como el militar Justo José de Urquiza —lugar de abedules, en vasco— o el fundador de Buenos Aires, Juan de Garay —en euskera, alto o elevado–, con apellidos muy comunes entre los descendientes de los vascos. “En Córdoba, resalta el fundador de la Compañía de Jesús, Íñigo de Loyola, que aunque nunca estuvo en Argentina, tuvo mucha influencia en un lugar tan católico como Córdoba. Otra de las figuras más importantes de origen vasco en la provincia fue el doctor Alberto Maiztegui, quien revolucionó la física argentina con aportes como el libro El nacimiento de la física en el pensamiento griego”, cuenta Martín.
“Al tratarse de personas de gran relevancia, muchos lugares adoptaron sus nombres, generando innumerables topónimos a lo largo y ancho del país, como la provincia de Mendoza, llamada así por el virrey del Perú, García Hurtado de Mendoza, y que significa ‘monte frío’ en euskera”, dice Agustina Madarieta, integrante de Gerora – Asociación Cultural Vasca de Córdoba.


Hoy en día, la mayoría de personas con apellido vasco se ubican en la pampa húmeda, donde se asentaron en el siglo XIX. En Córdoba, también se concentran en los límites de la zona pampeana, al sur de la provincia, como también lo hacen buena parte de los pueblos eusquéricos. En cuanto a los nombres más comunes de este origen en la provincia, destaca el apellido García, aunque ya no está necesariamente relacionado con los vascos: “Se extendió por la península ibérica mucho antes de que llegara a América y ya forma parte de la onomástica española, pero su origen es vasco y significa ‘joven’ u ‘oso’, dependiendo de la interpretación”, dice Alejo Martín.
Conciencia de “lo vasco”
Identificar estos antropónimos resulta a veces complicado, dado que muchos de ellos fueron transformados a la grafía española. “Cuando los vascos llegaron a los puertos argentinos, registraban sus nombres tal y como sonaban, y eso dio lugar a ciertas modificaciones”. No obstante, la mayoría de las nomenclaturas vinieron ya afrancesadas o castellanizadas. El apellido Etxeberri(a), que significa «casa nueva», es un ejemplo de ello: es común encontrarlo en sus variantes castellanizadas o afrancesadas, como Echevarría o Etcheberry respectivamente.
Pese a ello, existen muchos apellidos cuya etimología sigue siendo una incógnita. Es el caso de Jazmín Iphar, compañera de trabajo durante mi pasantía en La tinta: “Yo nací en Chubut. Mi padre fue recibiendo comentarios sobre el origen de nuestro apellido. Una persona le dijo que Ipar, sin h, significaba ‘norte’ en euskera; la h nos confundía, pero siempre tuvimos esa idea. Más tarde, una profesora de Historia de mi facultad me dijo que su origen era árabe, por el fonema /f/ que sugiere la grafía ph. Después supimos que el uso de la h podría estar relacionado con la zona del País Vasco más cercana a Francia”. En realidad, muchos apellidos vascos afrancesados contienen la grafía ph, pronunciada como /p/, por lo que es perfectamente posible que Jazmín Iphar descienda de aquellos pastores vascofranceses que se establecieron en Argentina a mediados del siglo XIX.

Ezequiel Luque, otro de los compañeros en el medio, contó que a uno de sus vecinos lo llamaban el vasco. “A mucha gente se la nombraba por su lugar de origen, ya fuera por problemas de idioma o por otras cuestiones. El vasco era un apodo muy común en la generación que vino por la guerra civil española y la posterior”. Se trataba de un gentilicio que los diferenciaba del resto de los españoles, apodados como gallegos. Los distinguía su carácter trabajador y leal, dando lugar a dichos y expresiones muy arraigadas como palabra de vasco.
“La pelota vasca también es un elemento bastante inconfundible, aunque no esté tan generalizada. Hay muchísimos frontones por toda Argentina y tenemos pelotaris muy buenos en nuestro país; en Córdoba, debe de haber unas 10 canchas. Incluso, hay quien dice que el truco pudo haber venido del mus, un tradicional juego de cartas vasco, pero no está comprobado. Y habrá miles de hilos por los que seguir tirando, pues nos hicimos tan argentinos que permeamos en toda la sociedad, hasta hacer de lo vasco algo puramente argentino”, concluye orgulloso Alejo Martín.
Cuando quieren darse cuenta, Usua Bergara y sus amigas ya cantan y bailan en un latido común con quienes las rodean. Se animaron incluso a bailar una zamba, pañuelo en alto, mientras el porrón de plástico rebosante de Fernet circula de mano en mano. Se fundieron en la fiesta con la misma naturalidad con la que, alguna vez, lo hicieron sus paisanos en Argentina. “¡Gora Argentina! ¡Aguante Euskal Herria!”, gritan a viva voz.
*Por Iñaki Rubio Mendoza para La tinta / Imagen de portada: Gure Txokoa.
