Un método anacrónico para conjurar fantasmas
Desde que La Libertad Avanza gobierna, su promesa se resume en una acrobacia: caminar sobre la cuerda del equilibrio fiscal hasta que lleguen las buenas nuevas. En su nombre, irrumpió el ventarrón vetador de agosto. ¿Qué puede decirnos esa ventolera sobre el presente cuando la cuerda se estira, se afina, la promesa no llega y, para buena parte de la sociedad, el equilibrio ya no es posible?
Por Guido Montali para La tinta
“Hay que pasar agosto” es un dicho popular al que, desde este 2025 en Argentina, podemos sumarle ―además del frío y el viento― los vetos presidenciales. El mes amaneció con fuertes ráfagas que se llevaron puestas tres leyes aprobadas por el Congreso: aumento a jubilaciones, moratoria previsional y emergencia en discapacidad. Pero como lo previó Juan Falú, el viento es un fantasma que confiesa cosas a su paso.
Hace ciento ochenta años, en 1845, Sarmiento recurrió a un método para pensar Argentina: invocar a la sombra de Facundo para develar los dilemas del país. La tercera acepción de “sombra” en la RAE (que nos tiene sin cuidado, pero sirve para esta columna) arroja los sinónimos de fantasma, espectro, espíritu. Difícil no evocar a otro famoso espectro (o fantasma, según la traducción): aquel con el que Marx y Engels abren el Manifiesto Comunista en 1848. O el que Weber describió en 1904 como espíritu del capitalismo. En todos los casos, se trató de recurrir a entes asociados al género fantástico o llanamente a sábanas y trapos, como llaves para abrir algo que cifraba la vida social en un momento histórico. Es una metodología en desuso, pero convincente. Vamos a utilizarla porque creemos, lector, lectora, que en ella hay una entrada posible a nuestra actualidad.
Un espectro recorre nuestro tiempo, el del individuo que se construye a sí mismo. Sombra terrible te invocamos para que, con tus méritos privados, rindiendo en billeteras virtuales, puedas contarnos de qué está hecha la promesa de tu próspera libertad, que es solo tuya, por voluntad emprendedora.
En un discurso en el Banco Interamericano de Desarrollo a fines de febrero, el presidente de Argentina afirmaba: “El Ministerio de Capital Humano tiene toda una connotación en términos económicos y en términos sociales. En términos sociales es: no te voy a regalar el pescado, te voy a enseñar a pescar. Y si tenés una empresa que saca pescado, mejor todavía”. Aprovecho la invitación de Javier Milei sobre la “connotación en términos sociales”, para hablar de la sociedad la economía no basta. El problema no son los términos económicos, sino las imágenes sociales implícitas en los términos económicos. Entre ellas, el tipo de individuo y las orientaciones de sus acciones.

Conviene, es sabido, no exotizar el presente. Danilo Martuccelli muestra cómo las imágenes de individuos que se construyen a sí mismos, que se sostienen desde su interior y por su propia valía, son uno de los ganchos más efectivos del Occidente moderno. Como tal, exceden coyunturas, son tendencias de largo plazo, aunque, en determinadas circunstancias, esas imágenes se potencian, coagulan con fuerzas políticas. Como ahora, en Argentina. Y es en estos momentos cuando invocar las sombras de los individuos permite interpretar siluetas, contornos, perfiles: formas que sugieren algo más que lo que está a simple vista. Como Facundo para Sarmiento. Consignamos, entonces, cuatro siluetas espectrales del individuo que invocamos, ese que se construye a sí mismo: la desencajada, la mercantil, la responsabilizada, la independizada. Bastará decir que no se excluyen ni son exhaustivas.
La desencajada: todo espectro tiene vínculos con la materialidad, aunque termine olvidándolos. De acuerdo a datos del INDEC reconstruidos por Julia Soul, Luis Campos y Julia Campos, entre 2016 y 2024, el 80% de los nuevos empleos creados en Argentina fueron no registrados o por cuenta propia. Y actualmente, cerca de la mitad de lxs trabajadorxs son también asalariados no registrados o cuentapropistas. Como advierten lxs autorxs, décadas de precarización y reestructuración “transformaron al mercado de empleo en una constelación de categorías que ya no responden meramente a la línea divisoria entre formalidad e informalidad”. Entre sus varias consecuencias, esa constelación heterogénea y fragmentada, con las dificultades que genera para la organización colectiva, permite inteligir el avance de la individualización de la experiencia social. Un proceso que hace crecientemente opaco, difuso, el reconocimiento con otrxs, cuando los “encajes” en posiciones sociales en función de la inserción laboral pierden fuerza explicativa de la propia experiencia.
Opacidad e individualización remiten a la segunda proyección espectral: la mercantil. El argumento es más bien simple (y repetido). Se convoca al individuo como ente atomizado a construir el propio éxito. A producirse. A valorizarse. El espacio de sociabilidad es el mercado y allí encontrará la respuesta a la fortuna o el descarte. Competir es la acción lógica de la sociabilidad mercantil y, si no alcanzan las competencias para competir, necesitará más de las primeras para lo segundo: formación continua e incesante, soft skills, adaptaciones creativas a distintos ámbitos y circunstancias. Y pluriempleo (bastante). En conjunto, una subordinación a la lógica mercantil, a pensarse como cosas que pueden incrementar su valor de cambio. Ser un capital humano. Y así, imaginar que pueden resolverse individualmente problemas estructurales, como enseñó Ulrich Beck.
Tercera silueta del espectro: la responsabilizada. Ante la promoción del tipo de sociabilidad mercantil y la “desgarantización” de soportes para la reproducción de la vida por la contracción de instituciones y políticas públicas, se ejerce cada vez más presión sobre los individuos. Aunque, va de suyo, sus impactos se distribuyen desigualmente. De nuevo con Martuccelli, no es solo que el individuo se sienta responsable de lo que hace, sino de todo lo que le pasa. En una época donde se tiende a asumir relaciones individualizadas con el futuro, los éxitos se festejan como goles propios, pero asimismo la decepción, el malestar o la exclusión corren el riesgo de interiorizarse. O privatizarse. Y, también es sabido, difícilmente el malestar se politiza si no es compartido, si no encuentra otros canales de expresión más que la autorresponsabilización o la asignación de culpas en horizontal.
Pero, claro, el espectro se alimenta de incentivos ideológicos: el aliento a su no dependencia o, de otro modo, a su forma independizada. Nobles legados modernos como la autonomía o libertad, cuando se asientan en la sociabilidad mercantil, estrechan afinidades con el individuo que se construye a sí mismo. Darse las propias leyes, desatarse de restricciones, vertebran un imaginario donde lo social es obstáculo al crecimiento personal. La mala noticia es que esa ficción no tiene asidero empírico: la individualización se produce por mecanismos que son exteriores a los individuos. Más fácil: estamos sostenidos por un conjunto de apoyos sobre los que construimos nuestras vidas. Lejos de ser lo opuesto a la individualización, por ellos se producen: redes, dependencias asimétricas, relaciones desiguales, soportes, capitales, recursos.

Un tejido que indica nuestras posiciones en el espacio social, que siempre es relacional. Todxs nos valemos de esas exterioridades, aunque haya quienes las reconozcan más que otrxs y aunque también algunos de los apoyos pretendan ser ocultos y otros caigan en la estigmatización (no casualmente, las más de las veces con un sesgo de clase). Acaso sea menos heroico, pero esto permite mostrar la insoportable fragilidad del ser social: ilustrar alrededor de los individuos todas las interdependencias de sus trayectorias. El aire no es espacio vacío, tampoco socialmente.
Ha pasado agosto. El viento espectral confesó cosas: que la debilidad es constitutiva de los individuos (como el sauce de la canción de Falú) y que, aunque todo sea un estropicio, en su lomo de distancias anidan otras interpretaciones de eso que todavía podemos llamar sociedad. No se trata solo de pinchar la ficción de los individuos que se autosostienen, de tironear de la sábana del invocado, sino de contribuir a un mejor relato. El divertimento de conjurar las formas del fantasma nos lleva a cerrar así: lo que se da en llamar “crueldad” también es el auspicio, en tanto programa de gobierno, de una individualización desigualmente desprotegida. Aunque se pretenda tamizar el acceso y el reconocimiento de derechos bajo la retórica del déficit, remiten a otra cosa: son las formas elementales por las que las sociedades advierten que los individuos no pueden construirse a sí mismos por simple voluntad. Solo una reducción de lo social al absurdo habilita afirmaciones sobre la aberración de la justicia social por su traducción en gasto público o el alardeo por las cosas que Federico le rompe al Estado. O no alcanzó el presupuesto para la caña a jubiladxs y personas con discapacidad, o el problema es radicalmente otro.
*Por Guido Montali para La tinta.
