“Medio Oriente no está condenado a la violencia eterna”: la mirada de un joven internacionalista sobre la región más convulsionada del mundo

“Medio Oriente no está condenado a la violencia eterna”: la mirada de un joven internacionalista sobre la región más convulsionada del mundo
Rocío Daghero - La tinta
31 julio, 2025 por Rocio Daghero

Selim Lamas tiene 21 años y es estudiante de Relaciones Internacionales. Hace tres meses regresó de un viaje por países de Oriente Medio, el cual le permitió experimentar todo lo que había estudiado y leído sobre la zona. Marcado por su historia personal y su ascendencia árabe, en esta entrevista desarrolla una postura crítica sobre la actualidad del conflicto desde una mirada analítica y joven.

Por Rocío Daghero para La tinta

Selim Lamas viajó a Egipto y Jordania, estuvo en las calles de El Cairo los días previos al cese al fuego en Gaza ―de principios de año― y, particularmente, en Amán, capital de Jordania, país limítrofe a Palestina e Israel, a tan solo unos pocos kilómetros de Jerusalén. El día del cese al fuego también estaba ahí. Hasta entonces, había escuchado en los medios y en el ámbito académico que los países árabes habían perdido interés en Palestina. Pero encontrarse en el lugar le sirvió para entender que, por más que algunos gobiernos de algunos de los Estados de la región se volvieron indiferentes, la gente de a pie no. Cuenta que en las calles de Amán abundan banderas y símbolos palestinos, y que ese día las manifestaciones fueron totalmente pacíficas. 

—¿Qué te llevó a interesarte por Medio Oriente?

―Mi motivación principal es la política internacional, esa dimensión de la política que afecta a ciudadanos de todos los países y, sin embargo, generalmente no se puede interferir mucho en ella. Me parece importante estudiarla para saber en dónde estamos parados, sobre todo en el mundo actual, donde la política no se reduce a las fuerzas internas, sino que es relevante ver lo que pasa afuera.

En lo personal, mi nombre proviene de familiares que tuve en esa región. Siempre me pregunté cuál era mi relación histórica con ese lugar y, a medida que fui creciendo, aprendí cada vez más. Por ejemplo, entendí que la mayoría de la población es musulmana y yo vengo de una rama árabe cristiana. Empezás a ver que las cosas no son solamente blancas o negras, sino que es una zona multicultural con un montón de aristas y poblaciones que durante mucho tiempo convivieron en paz. Eso siempre me llevó a pensar y querer saber más de cómo vive realmente la gente.

Medio Oriente históricamente fue el centro del mundo y atravesada por un montón de tensiones y conflictos no solamente étnico-religiosos, sino principalmente políticos. Y en particular, Israel-Palestina, que nos atañe más de lo que pensamos: Argentina es el país de América, después de Estados Unidos, con una mayor comunidad judía y Chile, uno de nuestros vecinos más importantes, es el país de América Latina con la mayor comunidad palestina. Así que, queramos o no, son temas que también nos involucran como ciudadanos.

—¿Qué es para vos Medio Oriente? ¿Cómo definirías la región y sus tensiones?

―Primero, es importante entender que en Medio Oriente no son todos lo mismo. Existen muchas poblaciones diferentes, tanto por su carácter étnico como religioso y lingüístico; hay árabes, hay persas, hay iraníes, hay túrquicos, hay judíos. Religiosamente, no es lo mismo el islam chiita que el islam sunita ni las poblaciones drusas, ni los hebreos ni la gran cantidad de comunidades cristianas de distintas denominaciones. Hasta lingüísticamente son distintos: los árabes hablan árabe, los iraníes hablan farsi y los judíos hablan hebreo.

Todas estas poblaciones distintas, durante mucho tiempo, estuvieron todos bajo un mismo país, por ejemplo, durante el Imperio otomano. Después vinieron los conflictos del colonialismo y la etapa de entreguerras y posguerras. Hay que ver el conflicto no como una situación homogénea ni monolítica ni estable, sino que es de carácter dinámico y que no siempre fue así. Se puede desarmar y deconstruir. No hay que pensarlo en términos maniqueos de unos contra otros, en un lugar donde muchas veces fueron todos parte de una misma comunidad política que hoy está disgregada y en constante tensión.

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Ruinas de un castillo medieval cruzado abandonado en el desierto, Jordania. Imagen: Selim Lamas.

—¿Cuáles dirías que son las claves para entender lo que pasa hoy en Medio Oriente? ¿De dónde deviene su conflictividad permanente?

―Primero, hay que entender cómo se llegó hasta la actualidad. Todos los Estados que hoy están en conflicto, excepto quizá Irán, son Estados modernos creados principalmente después de la Segunda Guerra Mundial y en el periodo de entreguerras por las Naciones Unidas. Quedaron así constituidos por los retazos que dejó el colonialismo. No son Estados que existieron históricamente de esa manera. Por ejemplo, Irak, Siria, Jordania o el Líbano son países que aglutinaron poblaciones totalmente distintas para crear Estados modernos en el sentido que hoy los entendemos, que no están necesariamente vinculados por un hilo conductor con los Estados del pasado que muchos hoy quieren reivindicar. No son conflictos constitutivos y las poblaciones actuales tampoco son culpables de lo que pasó en el pasado. 

—¿Creés que hay una narrativa dominante en Occidente sobre Medio Oriente?

―Sí, y es una narrativa dominante eurocéntrica. Nos queda claro hasta en el nombre: “Medio Oriente” o “Próximo Oriente” es porque es medio camino o próximo para los europeos. Siempre se analizó desde esa perspectiva. Poco se habla de que, durante el Imperio otomano, existía la Pax Ottomana, donde los judíos convivían en paz con las poblaciones musulmanas y había poblaciones cristianas que también vivían tranquilamente dentro del imperio. No estoy haciendo una reivindicación de ese régimen, porque luego cometió genocidios contra armenios, asirios y griegos. Pero la forma de vida era distinta a la actual y fueron los países europeos, sobre todo Francia y Reino Unido, los que llegaron y se repartieron esos territorios, principalmente por sus recursos naturales como el petróleo. Cuando se fueron, lo hicieron sin dejar ninguna salida pacífica.

Por ejemplo, cuando se parte el mandato británico de Palestina en 1948, el Reino Unido se retira al primer día que puede y no plantea ninguna responsabilidad sobre un territorio que administró durante 20 años. Además, siempre dejamos de lado las presiones de otras potencias. Mucho se habla de Estados Unidos y Europa, pero Irán y Rusia también utilizan estos países como sus proxies para resolver sus propios conflictos. No es solo Occidente. En la región, hay potencias musulmanas como Arabia Saudita y Turquía, que financian uno u otro bando según sus intereses.


Nos llegan las noticias más mainstream, donde quieren venderte la idea de un conflicto interno entre “bárbaros y civilizados”. Nunca contemplan el influjo que históricamente tuvieron las grandes potencias para que todo llegara a este punto en una región que, antes, vivía más en paz que ahora.


—Si hablamos específicamente de Israel y Palestina, ¿cómo ves el rol de la comunidad internacional hoy?

―Siento que la comunidad internacional todavía no está ejerciendo su rol, sobre todo la ONU. Después de la invasión de Rusia a Ucrania, el sistema de seguridad colectiva y los principios de no uso de la violencia y de no intervención quedaron totalmente debilitados. Hoy vamos en camino a un mundo multipolar en el que un bloque ejerce sanciones, pero siempre hay otra salida que habilita el conflicto. 

En el caso Israel-Palestina, la comunidad internacional se ha mostrado muy tibia en muchas aristas. Por un lado, para sancionar las violaciones al derecho internacional, y por el otro, para detener la atroz vulneración de los derechos humanos en la región, tanto por parte de Israel como también de las organizaciones Hamás, la Yihad Islámica, los Hermanos Musulmanes. Deberían buscar una forma de solucionar la crisis humanitaria gravísima que hay en Gaza.

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Montañas de Cisjordania, vistas desde la orilla jordana. Imagen: Selim Lamas.

A veces se quieren parar en un punto medio, pero hay actos que son indiscutibles: violaciones al derecho internacional como el ataque de Israel a Irán ―aunque se hable de legítima defensa preventiva, eso no existe en el derecho internacional público― o la detención de un barco extranjero en aguas internacionales que llevaba ayuda humanitaria. También los asentamientos ilegales de población israelí en Cisjordania, que fueron acordados como territorio palestino en los Acuerdos de Oslo. Incluso la administración de los Altos del Golán, considerado por las Naciones Unidas como un territorio ocupado desde la guerra de los Seis Días en 1967. Además, la construcción de la barrera israelí de Cisjordania, un sistema de vallas y muros de hormigón, se adentra sobre zonas cisjordanas y no sobre la línea verde que demarca la frontera entre Israel y Palestina según el armisticio árabe-israelí de 1949. 

—¿Qué impacto creés que tiene el conflicto en Medio Oriente ―especialmente después del 7 de octubre― en la sociedad argentina?

―Argentina, sobre todo con los últimos avances en la infraestructura petrolífera de extracción y distribución en Vaca Muerta, tiene una gran oportunidad como proveedora de hidrocarburos, algo que hay que analizar. A nivel social, creo que, después del 7 de octubre, hubo un breve despertar de interés que luego se fue apagando y, si bien es un tema presente entre quienes seguimos la política internacional, para muchos se volvió de nicho. 

De todos modos, la comunidad judía en Argentina es la más grande de América Latina y la segunda de América, y la comunidad árabe es numerosa, principalmente en el norte del país. Los debates suelen ser conflictivos y dicotómicos, y esas posiciones no hacen más que seguir polarizando una sociedad como la nuestra, que ya tiene sus complejidades, y generar esta tensión discursiva es seguir enfrentando posiciones excluyentes sin buscar el debate por la solución del conflicto. Se termina entrando en una discusión violenta donde se termina dañando al otro.

—¿Cómo te parece que nuestra generación se vincula con la política y los conflictos internacionales, en este caso, Medio Oriente? 

―Por más que pueda tener sus claros y oscuros, nuestra generación sí está politizada, sobre todo después de la pandemia. El conflicto en Medio Oriente es un tema que en particular llama mucho la atención a diferencia de Ucrania y Rusia, o en su momento Armenia y Azerbaiyán. Pero creo que este conflicto en particular está siendo, de manera llamativa, muy popular. Y posiblemente tiene que ver con la conectividad global, que es más fuerte que en otras épocas. Tener noticias más verídicas o menos verídicas de manera instantánea hace que la fuente de información se retroalimente constantemente. 

Principalmente, nos informamos a través de redes sociales, que tiene su lado muy positivo como su lado negativo. Al tener en tu mano una ventana al mundo, como es tu celular y que te permite recibir noticias directas de una persona que lo está viviendo, que te muestra un video de algo que está sucediendo en Medio Oriente en tiempo real, sí, es una comunicación muchísimo más directa, pero, al mismo tiempo, los peligros con las fakes news y la tergiversación algorítmica son cada vez mayores. Me parece que Twitter es un fenómeno muy importante y muy llamativo, se crean muchos submundos y nichos que parecen universos enteros. Que pueden ayudar a fomentar que la gente se pueda comunicar sin tener que pasar por el filtro de los medios oficiales que muchas veces responden a uno u otro tipo de poder.

También nos encerramos en burbujas donde nuestros sesgos de autoconfirmación se dan de manera permanente. Sí, puede ser que recibamos noticias más “reales, videos reales, hechos por gente real”, pero, al mismo tiempo, nuestro algoritmo termina fomentando que solo recibamos el lado de la película que queremos ver, además de que, al día de hoy, el nivel de violencia y toxicidad en el que se ha vertido esta red social es bastante notorio.

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Panorámica desde el monte Nebo, con Jordania e Israel de fondo. Imagen: Selim Lamas.

—¿Qué reflexión final te gustaría dejar?

―Que los conflictos en la región, nuevamente, son principalmente de origen político y geopolítico, si incluimos en el análisis a las grandes potencias extrarregionales. No digo que la dimensión étnica, religiosa, cultural o social no tenga cabida, porque las causas son multidimensionales. Pero esta experiencia que tuve, por más personal y no generalizable que sea, me demuestra que, en situaciones similares, hay países en la región que viven en paz y otros que no.

Para mí, lo más importante es no pensar este conflicto en términos absolutos, creyendo que las cosas siempre fueron así en la región y, por lo tanto, siempre van a ser así. Y por más que es muy difícil pensar una paz inmediata, sobre todo por haber sido una región que se vio enmarcada en luchas fratricidas muy violentas durante los últimos 70 años, es una paz a buscar en el mediano plazo y a lo que hay que llegar sin presiones extranjeras.


No necesariamente se llegará a la paz imponiendo democracias liberales en términos occidentales. No porque se abogue por autocracias o teocracias, sino por otra forma de llevar adelante una convivencia pacífica entre la comunidad política de todos. Estados como Omán y Jordania me parece que son un ejemplo del mismo. La prueba está ahí, hay países en la región que viven en paz y no necesariamente están condenados a matarse entre sí.


*Por Rocío Daghero para La tinta / Imagen de portada: Selim Lamas.

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Palabras claves: Israel, Medio Oriente, Palestina

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