El piloto y la trampa: la Ferrari de Menem

El piloto y la trampa: la Ferrari de Menem
Esteban Viu - La tinta
18 julio, 2025 por Esteban Viu

Cada auto guarda una época, un nombre y una cicatriz. En una serie de crónicas, voy a reconstruir el vínculo entre máquinas icónicas y los personajes que las condujeron, cruzando motores, poder y memoria en el asfalto de la historia argentina. En esta primera entrega de la columna Garage argentino, la Ferrari de Menem.

Por Esteban Viu para La tinta

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La Ferrari es mía, me la donaron a mí, ¿por qué la tengo que donar?

La frase fue de Menem, presidente de Argentina en 1991. La Ferrari a la que se refería era una “donación” que recibió de Massimo del Lago, un empresario italiano interesado en quedarse con la licitación para construir una autopista. El auto en cuestión era una 348 TB, una dádiva de líneas finas, estéticamente abrumadora: color rojo, con aberturas que simulaban branquias a los costados y el logo de Ferrari en la trompa. No era lo suficientemente discreto para lo que necesita una coima. Menem, mucho menos. 

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La indignación no tardó. La oposición exigía que el presidente rematara el auto y que el dinero fuera al Hospital de Niños.

—No la voy a subastar, la voy a traer para exhibirla acá —decía risueño Menem, con esa picaresca que usaba como cortina de humo. Cerraba así el breve encuentro con la prensa.

La Ferrari es una foto de los 90, este modelo en particular fue lanzado en 1989 y revolucionó a todos con su estilo agresivo. Una máquina suntuosa, como metáfora de todo lo que hubiera querido ser la patria menemista. La 348 TB era también una radiografía íntima de un presidente seducido por los motores, al que le habían descubierto su parte vulnerable. Fue el único jefe de Estado argentino que logró cerrar tres temporadas consecutivas con la Fórmula 1 (1995-1997) y fue piloto en algunas etapas del rally nacional. Los motores encendían, literalmente, sus instintos más bajos.

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Los 90 fueron la década de oro de la televisión argentina y las andanzas de Menem en su cavallino llegaron hasta la mesa de Mirtha Legrand.

Yo creo que, si fue una donación al presidente, puede quedársela. Tiene que haber otras formas de ayudar a los hospitales, al de Niños como tantos otros —dijo Juan María Traverso, el piloto, como queriendo poner algo de cordura en medio del ruido.

Una Ferrari no podía —ni debía— resolver la falta de insumos en un hospital público. El debate era curioso, incluso, extravagante: si debía donarse la máquina italiana o no. Pero nadie preguntaba por qué un presidente recibía una Ferrari de un empresario con intereses en juego.

Siempre quedó flotando si el regalo era para Menem o para la Presidencia. Él aseguraba que le pertenecía. En los papeles, la situación era algo confusa también, figuraba a nombre de “Carlos Menem – Presidencia de la Nación”. La oposición desempolvó un viejo artículo legal que indicaba, vagamente, que los obsequios al presidente eran propiedad del Estado. En teoría, el auto debía quedar para usos oficiales.

Yo soy muy respetuoso de las leyes. Quedará para el Estado. Pero, por el momento, la piloteo yo, je —dijo Menem, semanas después, también en la mesaza argentina, arrancando una sonrisa cómplice a su anfitriona.

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Lo del respeto por las leyes era, al menos, dudoso. Dos semanas antes, había manejado el superdeportivo desde la Quinta de Olivos hasta Pinamar —370 kilómetros— en menos de dos horas, promediando 200 km/h en algunos tramos. Sin pagar un solo peaje. Y como para no dejar norma sin corromper, antes de salir de la residencia presidencial, el riojano levantó el teléfono fijo y discó un número. Cuando atendieron, en su tonada característica, solicitó que por favor cerraran la Ruta 2, que une Buenos Aires con la Costa Atlántica, hasta su llegada a la ciudad balnearia de Pinamar. Al bajar del auto en destino, un cronista lo encaró:

—¿Es cierto que manejó a 200 km/h y tampoco pagó peajes?
—Sí, es cierto, pero soy el presidente, ¿quién me va a decir algo?

En esa lógica —la de la impunidad blindada—, se vendieron armas ilegalmente y explotó la planta militar de Río Tercero.

Enzo Ferrari, fundador de la marca, decía que si le pedías a un niño que dibujara un auto, lo pintaría de rojo. Rosso corsa, lo llaman en Maranello. Enzo había logrado, casi sin querer, que sus autos fueran algo más: objetos de deseo. Producciones limitadas, diseños afilados como cuchillas y un abanico de variaciones del rojo. De este modelo, la 348, solo se fabricaron 8000 unidades.

La primera que llegó a Argentina lo hizo con Massimo del Lago, empresario y donante de favores. No ganó la concesión que quería, pero sí fue parte de un escándalo de corrupción que puso en jaque las reservas de gas y petróleo de Río Negro.

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El ruido fue tanto que Menem —acaso por consejo o cálculo— decidió subastar la Ferrari. El Banco Ciudad la vendió por 1000 millones de australes, unos 100.000 dólares de entonces. La compraron tres socios que tenían la intención de rifarla, pero el costo del ticket espantó al público. Se la vendieron a una empresa mendocina, bodegas Garbín, dueña del vino en caja “Pico de Oro”. Durante tres años, pasearon la Ferrari por todo Cuyo como estrategia de marketing para llevar la marca al primer puesto en ventas. Y lo lograron. Al cabo, la “nave” fue sorteada y ganada por un vecino de Ciudad Evita, que la vendió por 97.000 dólares.

El deseo de velocidad no es solo cosa de autos. En este país, el poder siempre quiso ir más rápido que la ley. En los años 90, un auto podía funcionar como símbolo y síntoma. La Ferrari roja —esa burla con motor— fue, más que un regalo, un espejo.

Y en ese espejo, como en los cuentos, lo que devuelve no es un reflejo. Es un país entero. Con su cinismo. Su vértigo. Y su amor por la trampa que brilla.

*Por Esteban Viu para La tinta.

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Palabras claves: Carlos Menem, Ferrari, Garage argentino

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