Cuarta entrega: Federico Falco
Lunes 9 de septiembre de 2024, Ciudad de Buenos Aires
Hola, ¿cómo estás? ¡Qué hermoso que se acerque la primavera! Guardar las colchas pesadas, los abrigos, apagar las estufas, dar lugar a los shores, las faldas, las remeras manga corta, los hombros besados por el sol, los colores. Y bueno, recibir las alergias también, ja.
No solo yo me alegro de la llegada de la primavera, también lo hace el protagonista de Los llanos, novela estacional del cordobés Federico Falco, que logra en septiembre hacer su siembra para la huerta de verano. Me advirtieron: es aburrida al principio, tenés que tener paciencia, tarda en llegar y al final hay recompensa. Desde el primer momento, quedé atrapada en la quietud de esa llanura que se parece tanto a los paisajes en los que crecí.
Detrás del galponcito de Luiso pasa un camino. Ahí termina el campo y, enseguida, del otro lado del camino, empiezan a aparecer entre los yuyos altos una serie de construcciones a medias abandonadas, galpones, silos, tolvas viejas, acoplados. Si me asomo por sobre el cerco de ligustrines y siempre verdes puedo verlos. Antes, hace muchos años, me cuenta Luiso, ahí funcionaba una fábrica de quesos. Ahora, toda esa parte está abandonada y más atrás, del otro lado del campo, han instalado un criadero de cerdos. Es por eso que a la casa, cuando el viento sopla desde el sur, a veces llegan ramalazos de olor a chancho que todo lo envuelven. Olor a chancho. Olor a comida fermentada. Olor a mierda. No es algo que me moleste. En mi pueblo, cuando yo era chico, cada vez que había viento sur, el aire se llenaba del olor del criadero de chanchos de Guastavino. «Va a cambiar el clima, hay olor a chancho», comentaba entonces la gente en la panadería. «Refrescó, no viste qué olor a chancho», se gritaban unas a otras las mujeres mientras barrían las veredas.
Así que este olor me recuerda aquel, vuelve más casa esta casa, acorta el paso del tiempo.
Un hombre se muda al campo tras separarse de su novio, un amor fundamental en su vida. Se concentra en hacer una huerta. Intenta escribir cuentos, duela, siembra rabanitos, fracasa, aprende los tiempos y las mañas de la naturaleza. Escribe sus diarios: eso que leemos, el lugar donde aflora su memoria. Todo sucede con la lentitud propia de la llanura, de esos horizontes donde el campo se parece al mar, una extensión que en la mirada forma una línea infinita. En esa invitación a clavar la vista en el horizonte, soportar el calor del verano y el frío extremo donde nada brota, la novela pasa y el hombre se vuelve uno con el campo, entonces, la magia de la escritura sucede, él es su paisaje y en la mirada aparecen los recuerdos. Establece con la tierra, con la casa y la vida en Zapiola una relación de espejo, procesos que suceden con el paso de los meses y que reflejan el duelo. Como en la huerta, revuelve la tierra, siembra, espera, se pudre, composta, aprende, vuelve a intentar.
El miedo al horizonte.
El miedo al vacío, al sinsentido, a la rutina. A caerse muerto una mañana cruzando la plaza y no tener nada entre manos para ofrecer a cambio.
¿Por eso me fui lejos de este horizonte?
¿Por eso vuelvo a rodearme de horizonte?

Te dije en la carta pasada que íbamos a hablar de amor porque el dolor es algo fundamental en esta novela, crece también entre acelgas, hinojos y gallinas cluecas. Dirás, amor y dolor no son lo mismo, y tendrás razón. Pero el dolor es siempre el riesgo, el fantasma de la entrega, el abismo que se abre ante nosotrxs cuando ese otro o esa otra ya son pura ausencia. El repaso rumiante de las escenas de ruptura ocupan gran parte del vacío solitario del narrador. Como las vacas, pasa esos recuerdos por diferentes estómagos, los desmenuza, los mastica, los regurgita. Intenta responderse por qué pasó esto, en qué momento, cómo. Logra darse algunas respuestas, así como logra también hacer su huerta, hacer un amigo en el pueblo, hacer su vida de nuevo en medio del escombro.
Un mediodía, ya vivíamos en la casa nueva. Yo había escrito toda la mañana y entonces tenía un par de horas libres antes de empezar con los talleres de la tarde.
Recorrí los negocios de siempre: tomé un café en mi bar favorito, pasé por la verdulería y compré rúcula, paltas, tomates, los primeros alcauciles de la temporada. Fui a la carnicería, traía una barra de pan fresco en el bolso que colgaba de mi hombro, volvía cargado. Bolsas en ambas manos, el almuerzo resuelto. Era un día de mucho sol, pero no hacía calor. Recuerdo perfectamente en qué vereda, frente a qué casa.
Fue un instante. De pronto, a raíz de nada, pude ver me a mí mismo desde afuera y entendí que era feliz, completamente feliz. Que la felicidad era esos días, esas rutinas, esas peleas mínimas por la ropa sucia o por quién regaba las plantas, ese «yo cocino, vos lavás los platos», ese quedarse dormido mientras Ciro leía, ese planificar con alegría qué película íbamos a ir a ver al cine y cuál íbamos a bajar por torrents para mirar el viernes siguiente, fumados, después de haber cogido un rato largo.
Qué difícil desmalezar el dolor de la memoria, qué difícil encontrar horizonte en el horizonte. Es, como en la novela, un proceso lento, con sus tiempos y sus estaciones: se siembra en una para cosechar en otra. Barthes se pregunta: ¿por qué es mejor durar que arder? Y podría ser una pista para atravesar la quietud en la que nos sumerge la tristeza del desamor. Ver, más allá, la gratitud de esa excepcionalidad de encontrarse con alguien y amar.
¿Un poco cornuda, como dicen los jóvenes? Puede ser.
Nos leemos la próxima.
Vir del Mar
PD: Mi novio, que me prestó este libro, me compartió un hexagrama del I-Ching sobre la espera, en relación al tiempo que esta novela propone. Dice: “Esperando sin preocuparse y teniendo confianza, se ejerce una influencia manifiesta; Insistir es beneficioso. Es conveniente cruzar el río grande”.
Imagen de portada: Pablo José Rey.
