Primera entrega: Emmanuel Carrére

Primera entrega: Emmanuel Carrére
13 mayo, 2024 por Vir del Mar

Ciudad de Buenos Aires, 13 de mayo de 2024

Hola, ¿cómo estás? Bueno, es una pregunta que, en estos tiempos que nos tocan, quizás nos haga soltar una exhalación amarga. Yo puedo decir que, dentro de todo, estoy bien. Ando enamorada y eso ayuda a hacer refugio. 

Pero no te escribo para contarte sobre eso, también estoy contenta porque sale esta primera carta para hablarte de un libro que leí hace poco y me quedó en el paladar (los buenos libros, para mí, se quedan en la piel o en la boca). El libro es Yoga, de Emmanuel Carrère. Me quedé pensando, particularmente, en esos hábitos o prácticas que sostenemos durante gran parte de nuestras vidas. En su caso, es la meditación, que practicó a lo largo de treinta años.

Treinta años persiguiendo la calma y la profundidad estratégica, treinta años contándome mi vida como una escapatoria de la confusión y como la construcción paciente de un estado de quietud y ensimismamiento beatífico, treinta años creyendo en ello a pesar de las caídas y las depresiones, y al final del camino, cuando la vejez se acerca y yo tenía una casa, una familia, lo tenía todo para ser juicioso y feliz, me encuentro acostado en posición fetal, solo en una cama con apenas sitio para una persona, en la casa vacía de una mujer sola y perdida que se ha ido sin dejar dirección, ella también a alguna parte del hemisferio sur. No es un resultado muy brillante. No es muy buena publicidad para el yoga. Pero me equivoco al decir esto: el yoga no tiene nada que ver, el problema soy yo. El yoga tiende a la unidad, soy yo el que está demasiado escindido para alcanzarla. Un día en que Hervé y yo caminábamos por senderos de montaña, más arriba del Levron, nos hicimos esta pregunta: ¿todo el mundo puede hacer yoga? ¿Todo el mundo tiene una vía de acceso a la unidad, a la luz, a la zona secreta e irradiante en el interior de sí mismo? Llegamos a la conclusión provisional de que sí: aunque permanezca oculta, esta vía existe para todos; de lo contrario el yoga no sería el yoga. El pensamiento del Levron tiende al happy end. Aun así: ¿una esquizofrénica como la hermana de Erica puede hacer yoga? ¿Alguien cuyo núcleo está hecho trizas? ¿Alguien como yo, una de cuyas mitades es enemiga de la otra?

El libro empieza con una confesión que guarda la llave de lectura. Nos cuenta, con una escritura que va entre el ensayo y la intimidad más descarnada, que el germen fue escribir un libro sobre el yoga, “risueño y sutil”, pero que en el medio sufre una separación, uno de sus amigos es víctima de la tragedia de Charlie Hebdo, es diagnosticado con bipolaridad tras una internación en un hospital neuropsiquiátrico, y pierde a su editor de los últimos 35 años. Sí, una banda. La escritura tiene una ligereza que nos permite habitar esa narración de infortunios que él propone como un espejo de su propia vida: “Tengo una convicción, una sola, relativa a la literatura, bueno, al género de literatura que yo practico: es el lugar donde no se miente”. La escritura como el lugar de la verdad. Qué hermoso eso, ¿no?

Me desvío porque la lectura continúa aunque el libro ya esté cerrado y este es uno por el que sigo paseando, que en sus trescientas veinte páginas tiene muchos lugares en los que quedarse a pastar y digerir. Pero ¿por qué quedarme con los hábitos y prácticas que sostenemos a lo largo de nuestras vidas? Claro que no hablo de atarnos los cordones o cepillarnos los dientes, sino aquellas prácticas o hábitos que quedan por fuera de la productividad, que operan en otros niveles, que nos dan sentido.

Lo repito: la meditación es todo lo que ocurre interiormente durante el tiempo en que permaneces sentado, inmóvil y en silencio. El aburrimiento es meditación. El dolor en las rodillas, en la espalda, en la nuca es meditación. Los pensamientos parásitos son meditación. Los gorgoteos del estómago son meditación. La sensación de que pierdes el tiempo con un rollo de espiritualidad barata es meditación. La llamada telefónica que preparas mentalmente y las ganas de levantarte para contestar es meditación. La resistencia a este impulso es meditación, pero no ceder a él, sin embargo. Es todo. Nada más. Todo lo que hay de más sobra. Si se hace regularmente, diez, veinte minutos, media hora al día, lo que ocurre durante el tiempo en que estás sentado, inmóvil y en silencio cambia. La postura cambia. La respiración cambia. Los pensamientos cambian. Todo esto cambia porque todo cambia, de todas formas, pero también porque lo observas.

Esto es algo que me resuena en un lugar personal. Hace un tiempo me di cuenta de que, en el afán de sostener mi vida desde la autogestión, convertí mis prácticas ociosas en trabajos: me gustaba actuar y estudié Teatro en la universidad, me gustaba leer y fui librera, me gustaba escribir y trabajé como redactora en una agencia de publicidad, me gustaba cocinar y tuve un emprendimiento de dulces. ¡Qué pesada! Casi todo eso, además, estuvo atravesado por las redes sociales. Pero creo que no es algo que suceda porque soy una criatura especial con problemas para gestionar el tiempo libre, sino que es una cuestión generacional que mezcla la falta de tiempo, la necesidad de ser especiales, y la férrea convicción de que es posible “trabajar de lo que nos gusta”. Esta es una sospecha: un trabajo te puede gustar más o menos, pero la responsabilidad y la obligación hacen que las pasiones se licúen. Cuando imaginé ser librera, tenía más que ver con mi disfrute por leer que con hacer excels y pagar a proveedores. Mejor conservar los placeres y el ocio en sus lugares, ¿no?

Hay un segundo punto, y son las redes sociales. Esa necesidad de mostrar lo que hacemos, de que sea fotografiable, likeable, que genere una reacción en lxs otrxs. ¿Te acordás de que en la pandemia todas hacíamos yogur y pan? ¿Viste que la mayoría de las personas que entrenan se presumen? ¿O que cuando empezás un taller te dan ganas de mostrar algo de eso que estás haciendo? Si no lo publicamos, no existe, dicen. Entonces, me pregunto —quizá también porque Emmanuel abre su intimidad y escribe un libro entero sobre su práctica de meditación—, qué lugar estamos dejando a nuestros oficios secretos, a nuestros hábitos del placer, a nuestros espacios personales de observación. Porque, finalmente, ponemos el foco en cómo nos ven, y no en cómo observamos nuestros propios procesos a lo largo del tiempo, incluso en cómo nos historizamos.

No moverse en absoluto requiere una gran concentración. Para lograrlo recurro a una técnica de yoga: lo de fuera lo empujas hacia dentro y lo de dentro hacia fuera. La piel hacia los músculos, los músculos hacia los huesos, los huesos hacia la médula. Y a la inversa: la médula hacia la superficie de los huesos, los huesos hacia el músculo, el músculo hacia la piel. Expansión y retracción al mismo tiempo. Movimiento centrífugo y movimiento centrípeto al mismo tiempo. Repicar y estar en la procesión. Aunque tratándose de la médula hace falta demostrar un poco de imaginación, de este modo consigo sentirme como si me atenazara un torno y, aprisionado así, reprimir el impulso de levantarme a fumar otro cigarrillo, que es el síntoma y el alimento de mi angustia.

El libro no habla solo del yoga, sino que esta práctica sirve como una constante en la que Carrère se observa atravesando las peripecias de ese momento de su vida (esa suerte de resumen escueto que hice al principio). Otras cosas de las que podría haberte hablado en esta carta: cómo es la memoria que construimos sobre/con lxs amigxs, la escritura como verdad, las dificultades de escribir sobre nosotras mismas si eso involucra la intimidad de otrxs, las experiencias del cuerpo medicalizado, y cuantas aristas más despierte en lxs lectorxs. 

Te cuento un secreto: una de esas prácticas íntimas que sostengo hace unos años es la costura. No soy genial cosiendo, ni le dedico siempre las mismas horas, pero me divierte y relaja, me ayuda a pensar y puedo pasar toda una tarde concentrada hasta terminar una prenda, sin siquiera registrar el hambre. Voy sumando habilidades de a poco, intuitivamente a veces, y otras tomando clases, o sacándome algunas dudas con mi amiga que sabe del tema. ¿Vos? ¿Tenés algún oficio, práctica o hábito secreto?

Nos leemos la próxima.

Con cariño,

Vir del Mar.

Suscribite-a-La-tinta

Palabras claves: Emmanuel Carrère

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