#ColumnaTrava: Tengo que contarte algo

#ColumnaTrava: Tengo que contarte algo
22 julio, 2022 por Vir del Mar

Salir del clóset es una experiencia que las personas de las comunidades LGBTIQNBA+ atravesamos en varias ocasiones de nuestras vidas. Porque no basta con esa gran escena de «¡No es mi amiga, mamá!» o la de «Mamá, papá, soy gay». Esa misma escena se repite en vínculos de amistad, ámbitos educativos, laborales y un largo etcétera. Ni te digo si esa especie de etiqueta identitaria muta: la vida se vuelve una especie de Crónicas de Narnia mezcla de Alicia en el país de las Maravillas y no cesamos nunca de atravesar puertitas, roperos, cajoneras, estanterías y ventanas. ¡Agotador, Noorrrmita!

Por Vir del Mar para La tinta

¿Qué tiene que ver el ropero con todo esto?

Bueno, el origen no es tan claro. La internet, nuestra mayor autoridad, dice que quizás tenga que ver con esta mezcla de cosas: por un lado, con la frase en inglés skeletons in the closet, algo así como nuestra tener un muerto en el placard o los famosos trapitos sucios que pertenecen al ámbito de la privacidad del hogar. Las rarezas no se sacan de casa, pareciera decir la moral, al menos hasta el siglo pasado. Por otro lado, está la idea, también en inglés, del coming out, que después será completada como coming out of the closet. El término se usaba para referirse a las chicas de clase alta que se presentaban en sociedad como nuevas postulantes al matrimonio. Este mismo sentido después se lo apropia la cultura del ballroom y el coming out pasa a ser la presentación de jóvenes LGBT en esos eventos.

Viajemos al pasado

Año 2007, Gran Hermano estaba en la tele. Yo era unx pequeñx snob que, en vez de realities, miraba I-Sat y pensaba que esa distinción de consumos balanceaba con inteligencia e interés todas mis faltas a la heteronorma. Para ponerle una imagen: el Winnie Pooh con smoking. La cosa es que ese año, cuando yo tenía unos quince años, en el programa aparece un participante que se asume gay. Y de repente, un revuelo. Porque no era Fabián Gianola siendo una caricatura de nuestras identidades, era un pibe común y corriente, una referencia cercana. Entonces, una amiga me cuenta que este participante, cuyo nombre no me acuerdo, confiesa en la casa que a los dieciséis había salido del clóset.

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Ahí la cosa se pone seria para mí. En medio del debate público que se da en la TV, empiezo a pensar que hay una fecha límite, que ese secreto a voces que me nombra maricón es algo que tiene que salir de mi boca antes de que sea demasiado tarde. «Te tengo que contar algo», le digo a mi mejor amiga. Y no puedo, no puedo enunciar las palabras, todo mi mundo se pone en riesgo. Decido escribirle en un papel el tan temido: «Soy gay». Suena de fondo “Todos me miran” de Gloria Trevi, de mi espalda sale propulsada una bandera de arcoíris y, de repente, sé voguear. Mi amiga me dice lo mismo que me dirá después mi hermana: «Sí, ya lo sabía». La noticia se disemina al resto de los miembros de la familia. A todxs les preocupa que eso que ya sabían o suponían sea una verdad contundente. Empiezan a tener reuniones en las que yo no estoy y deciden qué hacer. Ahí empieza mi camino por la terapia: señora, tenemos un problema.

¡Yo no tengo nada en contra de los gays, pero que no se besen en público!

Frases como: «¡Siempre quise un amigo gay!», «Ay, pero ni se te nota que sos lesbiana», «Preferiría verte muertx antes que travestidx» y «¡Qué desperdicio que seas gay/torta/trans», entre otras célebres ocurrencias que podrían ser los títulos de nuestras pesadillas, son distintos modos de reaccionar ante nuestras salidas del clóset. Son, además, modos de volver algo que pertenece al orden de lo íntimo –la identidad y la orientación sexual– un motivo de debate público. «Ay, Vir del Mar, ¿no estarás exagerando? Ya te dije que no tengo nada contra los gays, si yo tengo un amigo gay…». Bueno, Norma, vamos a pensarlo un poco.

Paula Sibilia estudia hace tiempo el vínculo entre lo íntimo, lo privado y lo público. Particularmente en su libro La intimidad como espectáculo, hace una división de esas tres esferas de vinculación del yo. Lo íntimo es lo que es de unx para unx mismx, el mundo interno, eso que, de ser contado, ingresa al territorio de la confesión. Lo privado sería algo así como lo íntimo compartido, territorio de lo doméstico, lugar en el que suceden las primeras salidas del clóset: la familia se configura, en nuestras experiencias, como el primer censor en relación al muerto en el placard. Este es el primer paso en el que lo íntimo pasa a ser dominio de otrxs que tienen un falso derecho a opinar e (im)posibilitar un proceso porque suponen que esa verdad les afecta. Y por último, lo público tiene que ver con el contacto social. Y aquí ingresa la hetero-cis-norma que supone, por un lado, que todxs estamos cómodxs con el binario de género varón-mujer, que es obligatorio y que se basa en los genitales con los que nacemos; y por otro lado, que siempre debemos estar atraídxs por las personas del sexo contrario. Ambas cosas tienen que ver con determinar una función en la situación reproductiva, si no… ¡se va a acabar la especie! Y si la especie se acaba, el sistema se queda sin consumidorxs.

Bueno, cuando la sociedad nos exige salir del clóset, nos empuja a develar nuestra intimidad. Parece que las personas de las comunidades cuir le debemos al mundo una verdad y una explicación. De algún modo, eso que confesamos les pertenece. Como estamos rompiendo las reglas, tenemos la obligación de aclarar cuál es nuestra condición, nuestro estado y deseo, para que otrxs puedan delimitar su postura moral. Con mayor delicadeza o torpeza, algunxs eligirán celebrarlo y otrxs nos mandarán al infierno, o nos pedirán que cuidemos nuestras formas y gestos de cariño en público.

¿Y el orgullo? ¿Y el glitter? ¿Y Ricky Martin?

Pensemos en un ejemplo contrario. Nadie viene un día y nos dice: «Tengo que contarte algo. Soy heterosexual». Saaaalvo que se lx presuma homo/transexual y eso sea un problema para esa persona, y sienta que tiene que aclarar que pertenece a las filas reproductivas correctas. Porque, recordemos, hasta hace no mucho tiempo, tanto la homosexualidad como la transexualidad eran consideradas enfermedades mentales y también perseguidas por la policía. Entonces, nos encontramos con prejuicios que siguen en pie y funcionan en la construcción de sentido.

En la otra vereda del debate público sobre esta esfera de la intimidad que sale a luz, tenemos al orgullo. Quienes decidimos salir del clóset debemos sentir ganas de celebrar permanentemente quienes somos y luchar por nuestros derechos, como Ricky enarbolando la bandera del arcoíris. Ocultarlo genera algunas fricciones: la gente piensa que no confiás en ellxs, se sienten insultadxs porque dudás de su progresismo, se enojan porque gustan de vos y no les avisaste que no les vas a dar bola, o parece que seguimos perpetuando los prejuicios. Entonces, hay que ponerse el glitter y cantar “I Will Survive” arriba del techo para que todxs lxs vecinxs sepan.

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La cosa es que ser gays, maricas, tortas, travas, no binaries, intersex, cuirs es una parte de nuestra identidad. Una parte que suele ser muy importante para nosotrxs y a partir de la que generamos comunidad, trincheras en las que sentirnos cómodxs y podemos compartir nuestra experiencia ante el dolor que nos genera el mundo. Son esos los lugares en los que construimos nuestras alegrías. Pero no tenemos la obligación de contar todo el tiempo cómo nos definimos o con quiénes cogemos. Los procesos son personales y esa intimidad es algo que podemos elegir compartir dependiendo de las personas, los ámbitos y nuestras ganas. 

Hay contextos en los que esa “confesión” pasa a tener más peso que nuestras habilidades para un trabajo, pone en duda nuestra condición de salud, presupone los modos que elegimos para vincularnos y pasamos a ser “el trolo del barrio”. Y si así fuera, nadie puede venir y sacarnos del clóset, ni opinar ni intentar validar o invalidar nuestros procesos. Lo que resta hacer, entonces, es simplemente respetar a las personas y callarse la boca. Norma, vos usás suéteres de macramé y yo no te ando opinando. Así que hacé lo mismo.  

*Por Vir del Mar para La tinta / Imagen de portada: Vir del Mar para La tinta.

Palabras claves: Columna Trava, Vir del Mar

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