Ultraprocesados: drogas y soberanía alimentaria

Ultraprocesados: drogas y soberanía alimentaria
6 mayo, 2022 por Redacción La tinta

Entre los ultraprocesados y las drogas, aparecen cruces que amplían la reflexión. En esta columna, indagamos en la soberanía alimentaria, el autocuidado de la salud y la agricultura como nexo con el alimento y los psicoactivos. Opina Virginia Ventura, médica, ecofeminista basada en plantas e integrante del Espacio de Trabajo por la Soberanía Alimentaria (ETSA).

Por María Felicitas Habarna para Revista Mate

Ultraprocesados: sustantivo, plural. Formulaciones industriales elaboradas a partir de sustancias derivadas de los alimentos o sintetizadas de otras fuentes orgánicas. La mayoría de estos productos contiene pocos alimentos enteros o ninguno.

La palabra ultraprocesado no está en el Diccionario de la Real Academia Española.

La Ley de Etiquetado Frontal en Argentina fue reglamentada en marzo, dice cafeína por todos lados. Según la OMS, “tal vez la droga recreacional más usada sea la cafeína”. ¿Qué tanto asumimos el uso de este psicoactivo para optimizar el rendimiento? Ese fue el objetivo de la creación del coffee break. Dato no tan aleatorio: se dice fue propuesto por un grupo de mujeres noruegas a fines del siglo XIX, pero nadie está del todo seguro. De cualquier manera, la cafeína es epicentro de encuentros sociales diversos; también está en el mate, amargo y retruco.

“Nunca vas a entender lo que la cafeína te hace hasta que la dejes”, le dijo Roland Griffiths (investigador de psicodélicos) a Michael Pollan (otro investigador de psicodélicos) y así lo contó este último en el podcast Joe Rogan Experience. Michael Pollan dedicó varios libros y mucho tiempo al estudio y análisis del uso de psicodélicos, a las plantas y a la comida. El autor de “Cómo cambiar tu Mente” o “Tu Mente bajo Plantas” también es bastante twittero.

Para ahondar entre estas conexiones de comida, estimulantes y actos soberanos sobre nuestros consumos, intercambiamos con Virginia Ventura sobre esta cruzada temática que discute la nutrición. Es médica y ecofeminista basada en plantas. Co-fundadora de la Red de Profesionales para el estudio del Cannabis (establecida en 2019) e integrante del Espacio de Trabajo por la Soberanía Alimentaria (ETSA).

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—¿Qué es la soberanía alimentaria y cómo nos atraviesa en el bienestar de nuestra vida cotidiana?

—El término Soberanía Alimentaria fue usado inicialmente por la Vía Campesina en el año 2007, quienes la definieron como “el derecho y responsabilidad de cada pueblo a decidir sus políticas y estrategias de producción, distribución y consumo de alimentos, a fin de garantizar una alimentación cultural y nutricionalmente adecuada y suficiente para toda la población, minimizando el deterioro de los recursos para generaciones futuras”. De esta definición, se pueden desprender estos tres conceptos: Derecho, Responsabilidad y Decisión.

La alimentación adecuada es un derecho humano, que tiene desde hace muchos años marcos normativos ya establecidos: el derechos a la salud, a la información, la declaración internacional de los derechos del niñe, etc. Son obligaciones internacionales, o sea que lo que tenemos que lograr es apropiarnos de esos derechos que ya existen y exigir que el Estado los garantice, entendiendo que todos estos derechos están por encima de cualquier interés económico y/o político, y son las máximas que deben regir nuestros modelos sociales.

Tenemos una responsabilidad para con nuestros consumos en general.  Decir “consumo responsable” implica que nuestras decisiones de compra, más allá de la comida, tengan en cuenta los efectos ambientales y la justicia social que esa compra implica. Por eso es importante que tomemos decisiones responsables y conscientes para asumir este rol de forma activa. Hay que saberlo: a la hora de elegir alimentos, el consumidor no la tiene nada fácil porque hemos perdido el contacto con los verdaderos productores de comida y los reemplazamos por góndolas, llenas de “productos comestibles” que se disfrazan de sanos y reemplazan la comida casera y los alimentos frescos, que son los que deberíamos consumir en mayor cantidad.

Decisión, para decidir conscientemente, tenemos que tener información adecuada y en nuestra vida cotidiana eso no está garantizado, hay mucha confusión con respecto a qué es y qué no es un alimento sano. Ahí es donde nos damos cuenta que la responsabilidad individual no es todo y que hay una responsabilidad empresarial, institucional y estatal que no está siendo asumida.

—¿Cuál es la relación entre los hábitos nutricionales y las prácticas de autocuidado en salud?

—La alimentación es la base de todo. Desde hace muchos años, soltamos el paradigma del “genoma humano” como marco de conocimiento para explicar nuestras enfermedades, esa era una forma muy determinista y simplista de analizar nuestra salud. Ahora sabemos que lo que realmente determina nuestro estado de salud es la Epigenética, que explica cómo se regula la expresión de nuestros genes a partir de influencias ambientales. ¡El ambiente es todo!: aire, comida, rayos UV, tóxicos, microbios… Y también están nuestras propias emociones, todo eso interactúa continuamente con nuestro cuerpo modificándolo. Obvio que no podemos controlar todo desde nuestras prácticas cotidianas, pero la alimentación es algo en lo que podemos trabajar un montón.

“Deja que la comida sea tu medicina” – Hipócrates

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(Imagen: La tinta)

A la cerveza la descubrieron en la Antigua Mesopotamia. Más tarde, los egipcios la usaron como alimento en contextos de labor o religiosos. Esta intencionalidad de que la malta fuera una fuente de valor energético y nutricional fue creciendo hacia distintas direcciones culturales, por ejemplo: el Oktoberfest. La cerveza marcó un hito en la humanidad, ya que apareció intrínsecamente asociada a los primeros asentamientos de la civilización, una economía basada en la agricultura. Estas fueron las civilizaciones fluviales, las que usaron la cerveza primero como medicina. El vino y la birra convivieron cuando la Antigua Grecia simbolizó al vino como status quo. Ya en ese entonces, el vino se comercializaba por tierra y por mar.

Más adelante en el tiempo, el colapso del Imperio Romano y el alza del Imperio Islámico le quitó el vino a la Eucaristía, fue prohibido y la tradición griega siguió buscando otras formas de supervivencia en el Cristianismo.

David Nutt escribió en su libro, “Drink?” (2020): “La industria de las bebidas sabe que el alcohol es una sustancia tóxica. Si se descubriera hoy, sería ilegal como alimento. El límite seguro de alcohol, si aplicara los criterios de las normas alimentarias [inglesas], sería una copa de vino al año. ¿Tomaría un nuevo medicamento si le dijeran que aumentaría su riesgo de cáncer, demencia, enfermedades cardíacas o que acortaría su vida? No lo tocarías. Pero el alcohol tiene un lugar especial en nuestra cultura”.

“Comer es un acto de agricultura” – Wendell Berry

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(Imagen: Nacho Yuchark)

¿Hay relación histórica entre la agricultura y las sustancias psicoactivas (como la cafeína) o drogas lícitas (como la cerveza)?

—Creo que no podemos separar ningún consumo humano de nuestra cultura. Hace 10 mil años aproximadamente, apareció la agricultura y eso cambió radicalmente la historia de los sistemas alimentarios. Junto con la agricultura, vino también la domesticación de muchas otras plantas que con prueba y error fuimos aprendiendo a usar para nuestro beneficio. Entre ellas, muchas con capacidad psicoactiva. Los usos y las concepciones que tenemos de algunas sustancias fueron cambiando de la mano de procesos históricos, en donde se mezclaron cuestiones políticas, económicas, religiosas e, incluso, xenófobas, que poco o nada tenían que ver con la verdadera peligrosidad de la sustancia en cuestión. Sin ir más lejos, sustancias como la cafeína, aunque nos suene ridículo, estuvo prohibida en algún momento. Y por otro lado, tenemos plantas que todavía cargan con un manto de oscuridad, cuando en realidad son herramientas con una potencialidad increíble para llevar adelante nuestros procesos de salud y enfermedad.

—Hablemos del “bajón”. El estereotipo es que el apetito voraz que genera la marihuana sería algo que afecta a quienes la fuman, pero el aceite de cannabis también regula el apetito. ¿Qué sucede en nuestro cuerpo cuando hablamos de bajón?

—Es bien conocida esa capacidad de la marihuana de estimular el apetito particularmente por alimentos ricos, palatables. El estímulo lo produce el THC a nivel del hipotálamo actuando sobre los receptores CB1, que son los que tenemos en mayor abundancia en el cerebro y que forman parte de lo que conocemos como sistema endocannabinoide (SEC), presente en todos los animales vertebrados. Dentro del sistema de regulación del apetito, el SEC tiene una gran presencia; es parte de lo que llamamos “fenotipo ahorrador”, por lo que, cuando es estimulado, tiende a activarnos para ir en busca de comida. El SEC es un gran modulador, su acción es fundamentalmente la de llevarnos todo el tiempo al punto “óptimo” de nuestras funciones fisiológicas, por lo que sus acciones no son lineales. Por esto, los consumidores crónicos de cannabis no tienen más peso que la población general, aunque uno esperaría lo contrario debido a este estímulo por comer. Esto sucede por muchos motivos, uno de ellos es por la regulación a la baja del sistema endocannabinoide con el consumo crónico (como que se “apaga” el sistema). También las dosis altas de THC terminan haciendo lo contrario, producen hipofagia y anorexia. A su vez, otros cannabinoides tienen efectos distintos sobre nuestro apetito, como el CBD que regula las acciones del THC modulando el hambre y la poco conocida THCV que también produce saciedad y tiene efectos en nuestra glucemia.

—¿Qué rol tendría el cannabis en tanto herramienta de trabajo nutricional y de soberanía alimentaria a la vez?

—La planta de cannabis tiene potencial para ser usada en el abordaje de enfermedades metabólicas, producidas básicamente por cuestiones nutricionales y de nuestro ambiente. Son las llamadas Enfermedades Crónicas no Transmisibles y abarcan la obesidad, diabetes, trastornos de colesterol, hipertensión, entre otras. Su potencial está dado por la capacidad de estimular o no el apetito, la formación de ácidos grasos y el uso de glucosa en nuestro organismo, entre otras cosas, y eso depende, en parte, de la composición de los preparados que se utilicen, por lo que decía anteriormente que cannabinoides como CBD o THCV tienen efectos positivos en nuestro metabolismo. Es importante entender que, si bien el cannabis puede ser una herramienta más soberana, más sustentable, más amigable con el medio ambiente que otras, sigue sin ser una solución. En el caso de las enfermedades metabólicas, lo que debemos trabajar a fondo es la base de nuestros sistemas alimentarios. Por eso es que la soberanía alimentaria está íntimamente ligada con la soberanía medicinal y sanitaria de una población, porque todo empieza ahí.

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(Imagen: A/D)

Plantar, hacer desde la tierra nuestra medicina

Ir de la fitoterapia clásica a la fitomedicina tiene un costo científico que requiere desolonizarnos; entender cómo la medicina moderna se construyó desde el reino vegetal y sobre saberes de muchos pueblos que hoy ya no están.

Debemos reconocer el potencial de desarrollo productivo agroecológico que tiene la Cannabis Sativa L, que sigue siendo el sueño de Manuel Belgrano. Esta planta puede cultivarse a lo largo y ancho del país, siendo capaz de resistir nuestra diversidad de biomas.

Hay mucha tradición en la comida argenta: la parrilla, la birra, el vino. Historias salteadas en revueltos culturales inmigrantes. Que la comida reúne, no hay dudas. Luego están las horas de sobremesa que giran en torno a consumos ya no tan nutricionales, se extiende el vino, se toma un café o un té, y alguien se prende un pucho o un porro en un patio “para la digestión”. En las vueltas de la historia de las drogas, la tradición del té y la cannabis compartieron la misma farmacopea. Dato curioso: el té llegó a valer más que el dinero en papel.

Así como la cerveza fue un hito de la antigüedad, la Coca-Cola fue quizás el invento moderno que mejor supo sortear los impuestos y las reglamentaciones; justo a tiempo para pasar de ser un brebaje que prometía beneficios para la salud a una bebida recreacional, a simple vista, inofensiva.

Desde la revolución que produjo la agricultura en la humanidad hasta la actualidad, el alimento y los psicoactivos tienen un lugar central en nuestra cultura y son herramientas que permiten gestionar nuestra salud. La soberanía es la aguja que atraviesa este telar que, como nos decía Vir, se vincula con los derechos humanos, la responsabilidad colectiva y las decisiones políticas.

*Por María Felicitas Habarna para Revista Mate / Imagen de portada: A/D.

Palabras claves: Alimentación, soberanía alimentaria

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