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16 abril, 2021 por Redacción La tinta

La gente está enfrentando el agotamiento pandémico con diversos métodos: desde los comestibles con marihuana pasando por el ejercicio, la glotonería hasta la lectura del Éxodo.

Por Sarah Lyall para The New York Times

Como a muchos de nosotros, a la escritora Susan Orlean le cuesta concentrarse en estos días. “Buenos días a todos”, tuiteó recientemente, “pero especialmente a la frase que acabo de reescribir por décima vez”.

“Me siento como en arenas movedizas”, dijo por teléfono desde California, donde ha estado en una especie de arresto domiciliario durante el último año. “Estoy muy agotada todo el tiempo. Hago mucho menos de lo que hago normalmente —no viajo, no me entretengo, solo me siento delante de la computadora— pero logro hacer mucho menos. Es una dinámica completamente nueva. Tengo más tiempo y menos obligaciones, pero hago mucho menos”.

Podemos llamarla crisis pandémica de productividad, de voluntad, de entusiasmo, de propósito, o un ataque de hastío existencial relacionado con el trabajo, provocado en parte por la constatación de que sentarse en la misma silla, en la misma habitación, mirando la misma computadora durante doce meses seguidos (¡y contando!) ha hecho que muchos nos sintamos como zombis, aproximaciones poco inteligentes de nuestras antiguas versiones productivas.

¿Qué hora es? ¿Qué día es? ¿Qué hemos hecho en octubre? ¿Por qué estamos delante del refrigerador mirando un viejo diente de ajo? Hace poco me pasé media hora luchando para recordar una palabra del defectuoso sistema de memoria que ha sustituido a mi cerebro prepandémico. A veces, cuando intento escribir un simple correo electrónico, siento que solo estoy hilando palabras inconexas, como guisantes en un plato, con la esperanza de que acaben formando frases. ¿Estoy entusiasmada con mi trabajo diario en este mes de abril de 2021? Debo decir que no.

“El malestar, el agotamiento, la depresión y el estrés han aumentado considerablemente”, afirmó Todd Katz, vicepresidente ejecutivo y responsable de prestaciones colectivas de MetLife. El estudio más reciente de la compañía sobre las tendencias de las prestaciones a los empleados, realizado en diciembre y enero, reveló que los trabajadores en general se sentían notablemente peor que el pasado mes de abril.

En parte, la investigación se basó en entrevistas con 2651 empleados. En total, el 34 por ciento de los encuestados declaró sentirse agotado, en comparación con el 27 por ciento del pasado mes de abril. El 22 por ciento dijo estar deprimido, en contraste con el 17 por ciento del pasado abril, y el 37 por ciento dijo sentirse estresado, frente al 34 por ciento.

“La gente dice que es menos productiva, que está menos involucrada, que no se siente tan exitosa”, dijo Katz.

No es una broma. Por supuesto que, en este año tan malo, hay diversos grados de pérdida: pérdida de hogares, de salud, de ingresos; la muerte de familiares y otros seres queridos; la ausencia de seguridad.

En la más reciente Encuesta del Pulso de los Hogares, realizada por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, el 37 por ciento de los encuestados declaró sentirse ansioso o deprimido (en 2019, la cifra fue del 11 por ciento). Considerando la situación en general, las personas que tienen trabajo son afortunadas. Pero eso no significa que el trabajo sea fácil, o divertido.

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(Imagen: Adam Maida)

“Me siento frita”, dijo Erin H., coordinadora de redes sociales y eventos en una universidad del medio oeste de Estados Unidos, cuyo trabajo solía inspirarla y entusiasmarla, pero actualmente parece un cóctel desagradable de aburrimiento, pavor y agotamiento. (Pidió que no se utilizara su apellido para no molestar a sus empleadores). Tarda más en terminar las cosas, dijo, en parte porque no quiere hacerlas.

“Me he quedado sin ideas y no tengo ninguna motivación para llegar a un punto en el que me sienta inspirada”, escribió en respuesta a un llamado de The New York Times para que la gente describiera sus retos relacionados con el trabajo durante el mes trece de la pandemia. “Cada vez que suena la llegada de un correo a mi bandeja de entrada, siento una sensación de temor”.

Nada de esto es sorprendente, dijo Margaret Wehrenberg, experta en ansiedad y autora del libro Pandemic Anxiety: Fear, Stress, and Loss in Traumatic Times. Un año de incertidumbre, de sentirnos azotados entre la ansiedad y la depresión, de ver cómo se marchitan las predicciones de los expertos y se retrasan los objetivos, ha hecho que muchas personas tengan la sensación de que viven en una especie de niebla, con el mundo coloreado de gris.

“Cuando las personas están sometidas a un largo periodo de estrés crónico e imprevisible, desarrollan anhedonia conductual”, explicó Wehrenberg, es decir, la pérdida de la capacidad de sentir placer en sus actividades. “Y así se vuelven letárgicos, y muestran una falta de interés, y obviamente eso influye muchísimo en la productividad”.

Casi 700 personas respondieron a las preguntas del Times, y el panorama que describieron fue el de una fuerza de trabajo al límite de su capacidad colectiva. Leímos los testimonios de un clérigo, un pastelero, una enfermera de la unidad de cuidados intensivos, un agente de libertad condicional y un trabajador de comida rápida. Analistas de presupuestos, bibliotecarios, directores, estudiantes universitarios encerrados en sus habitaciones de la infancia, gestores de proyectos, becarios, agentes inmobiliarios: su estado de ánimo era sorprendentemente similar, aunque sus circunstancias fueran diferentes. Como dijo una de las encuestadas, sin importar cuántas listas haga, “siempre regreso a la costumbre de estar en piyama todo el día”.

“No creo que exista nadie que no admita que el último año ha sido el más difícil que han experimentado”, dijo Elizabeth Abend, de 41 años, en una entrevista. Como jefa de recursos humanos en una pequeña cadena de gimnasios boutique, Abend, que vive en Manhattan, se ha enfrentado a una serie de desafíos: tener que decirles a los empleados ocasionales que no hay trabajo, navegar por la incertidumbre de cuándo y cómo reabrir, además de explorar la transición hacia nuevos servicios digitales. También ha tenido que lidiar con la soledad, la muerte de su amado perro, su propia lucha contra la COVID-19 durante la primavera pasada y, según ella, la necesidad “de comportarse como un ser humano adulto, pagar cuentas, comer y todo eso, en medio del agotamiento de tener nuestro mundo entero en la cabeza”.

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(Imagen: Adam Maida)

“Demasiadas cosas me cuestan mucho más trabajo del que mi cerebro puede manejar”, dijo: enviar correos electrónicos de rutina, cepillarse los dientes después de cada comida, leer una novela. Ha comenzado a beber café en una taza estampada con la frase: “La apatía es lo mejor”.

“Se siente como las etapas del duelo de Kübler-Ross, rebotando a tu alrededor en una especie de círculo. Siento que he pasado por todas al menos dos veces”, dijo. Sin embargo, asegura que le encanta su trabajo. “Y estoy bien, no estoy muerta”.

Natasha Rajah, profesora de Psiquiatría de la Universidad McGill, especializada en la memoria y el cerebro, dijo que la duración de la pandemia —la monotonía interminable unida a la ansiedad aguda— había contribuido a una sensación de que el tiempo avanzaba de forma diferente, como si este último año fuera una experiencia larga, nebulosa y agotadora que durara para siempre y fuese atemporal. El estrés y el tedio, dijo, han entorpecido nuestra capacidad para formar nuevos recuerdos significativos.

“Definitivamente, hay un cambio en la forma en que la gente relata sus recuerdos y experiencias cognitivas”, dijo Rajah. “Tienen menos detalles alegres sobre sus recuerdos personales, y más contenido negativo en sus recuerdos”. Según el experto, esto podría significar que la gente ahora tiene más dificultades para formar recuerdos funcionales y prestar atención, con “una capacidad reducida para retener las cosas en sus mentes, manipular los pensamientos y planificar el futuro”.

Si a esto le añadimos la soledad generalizada, el aislamiento social, la ansiedad y la depresión, dijo, no es de extrañar que tengan problemas para concentrarse en el trabajo.

“Honestamente, me pasa algo extraño. A veces, cuando estoy escribiendo me detengo y me quedo mirando la pared”, dijo Valerie M., candidata a un doctorado en psicología clínica en Míchigan, quien pidió que no se usara su nombre completo porque no quería que sus empleadores supieran cómo le va durante la jornada laboral. “Mirar la pared contribuye a la distorsión del tiempo. Me digo: ‘Pasé todo el día y realmente no hice nada’. No se trata de que no haya hecho nada divertido. Es como, ‘ni siquiera sé lo que hice’”.

El estrés prolongado tiene ese efecto, afirmó Mike Yassa, profesor de neurociencia y director de la Iniciativa Cerebral UCI en la Universidad de California, en Irvine. “Podemos tolerar el estrés en pequeñas cantidades, pero cuando se extiende durante el tiempo es muy peligroso”, dijo. “Interrumpe nuestros ciclos de sueño y las rutinas regulares en actividades como el ejercicio y la actividad física, todas esas cosas hacen que sea muy difícil que el cuerpo sea resiliente”.

La resiliencia parece escasear, especialmente porque las cosas básicas como hacer ejercicio, vestirse y hacer un esfuerzo por parecer entusiasta en Zoom se han quedado en el camino.

“Mi cerebro simplemente no puede concentrarse el tiempo suficiente para formar oraciones completas”, escribió el director de subvenciones de una organización sin fines de lucro en respuesta a las preguntas del Times. Un estudiante universitario dijo: “Estoy tan agotado que incluso este formulario es demasiado, demasiado largo”.

En nuestro cuestionario, les preguntamos a las personas cómo han intentado combatir esa sensación de malestar. Algunos meditan, recurren al “alcohol o a los productos comestibles con marihuana”, caminan, hacen la cama o retoman alguna práctica espiritual. (“He estado recurriendo mucho a la historia del Éxodo”, escribió un clérigo).

Sin embargo, en general, nadie sabe cómo hacer que este extraño periodo sea más llevadero. “No lo sé”, escribió una persona. “Si lo descubren, díganmelo”.

*Por Sarah Lyall para The New York Times / Imagen de portada: Adam Maida.

Palabras claves: aislamiento social, covid-19, cuarentena

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