Invocación subversiva de María Escudero: «Nestlé»

Invocación subversiva de María Escudero: «Nestlé»
21 agosto, 2020 por Gilda

¿Quién fue María Escudero? Los textos que siguen son menos la reconstrucción biográfica de una artista que la invocación de su corrosivo fantasma, una interrogación abierta y en tiempo vivo sobre la geografía poética y política de Córdoba desde la perspectiva de su memoria. Parte II.

Por Josefina Hibakusha para La tinta

1

1956. María Escudero tiene 30 años o por ahí. Está en Buenos Aires, a donde llegó de Córdoba, a donde llegó de Jesús María, a donde llegó de Cruz del Eje, a donde llegó gritando de la profundidad de un vientre. Ahora, está en el puerto. Mira el río, la noche, los barcos dormidos. El silencio atravesado por las ratas. Los marineros sonámbulos. Inhala humedad, exhala sombras: pisa el pucho. Se trepa a un barco negro y se oculta en su estómago. Lleva consigo una mochila, una guitarra, ningún dinero y los pulmones gordos de canciones. Se acurruca entre unas cajas. Se abraza al carbón de quebracho que le quema el pecho. Tiempo atrás, vio actuar a Marcel Marceau en un escenario de Buenos Aires: ahora, se va a buscarlo a París. 

2

Con las noches, los pasos se aquietan: María asciende a cubierta en busca de aire. Se despeina, le regala la cara al viento, ¿sonríe? Deja que las lágrimas de sal le bañen el rostro quemado, la boca sedienta, los párpados gordos. Así un rato largo. Así un rato fuera del tiempo. Así un rato hasta que desenfunda su guitarra abollada. Y frente al mar negro y un millón de ojos de luz, le habla al océano las canciones viejas de su infancia, que vienen desde atrás, desde la oscuridad de los montes. Cada noche así. Hasta que el barco llega a Francia. 

3

María deambula por las calles de París, ciudad imaginada en las siestas aburridas de Jesús María, cuando con los ojos masticaba las páginas de un Balzac mal traducido en la biblioteca pública («Mis primeros viajes fueron los libros”). Deambula como nadando, inmersa en el paisaje de un idioma que no habla. De pronto, se siente descompuesta. Le duelen los dientes, se lleva la mano a la boca: los dedos manchados de sangre. Escorbuto, le diagnostica un médico parisino de mal humor, que le indica reposo. María parpadea, niega. Que eso es imposible, que no tiene dónde, que acaba de llegar. El médico la mira como a una vaca. María le sonríe con dientes rojos. El médico le extiende una dirección y el nombre de una mujer que –le dice– la puede recibir.

4

Entre mareos y vómitos, María trastabilla por París hasta que llega a “Nestlé”, una casa vieja llena de putas parisinas: viejas algunas, embarazadas otras, debutantes algunas. También llenas de bebés, que crían entre todas, como si vinieran del vientre de cada una (del vientre colectivo). La casa es, a la vez, sala de parto, guardería y escuela. De ahí, Nestlé, por eso, casa Nido. También geriátrico para las jubiladas, que viven en la casa medio como abuelas honorarias mezcla con consejo de ancianas, también como pedagogas del oficio para las que se inician, a las que les transmiten sus secretos, sus manualidades sin manual.

5

Las putas cuidan de María. Le dan cama, comida, le enseñan el idioma. María, a cambio, les lee su Balzac, les canta sus folklores, les enseña teatro. Organiza las clases en círculos, como una tarde, allá en Jesús María, leyó que hacían los antiguos soldados iraníes antes de cada batalla: montados en sus caballos, formaban un círculo y, entonces así, todos como iguales, sin distinción de rango, se juraban protegerse de la muerte. Así María coordina, entonces, sus primeros grupos de teatro, de putas parisinas y en círculos. Así en círculos, retribuye sus favores, sus cuidados y prefigura su futuro, su reflejo de mañana (“Todos somos putas”, dirá después, ya en Quito, arrugada ya como aquellas abuelas del placer y el arrebato).

6

Primero, consigue trabajo en una fábrica. Después, de claqué en un teatro. Así logra meterse a los escenarios parisinos, a los que aplaude una y otra vez, noche tras noche, hasta despelecharse las manos, hasta volverse ritmo en la multitud. Pasa el tiempo. Recibe en París la visita de una amiga actriz, porteña, casada con un francés de apellido Tinayre. “Así no”, le dice Mirtha, y le consigue un puesto de corresponsal en una revista femenina de moda. Con la que María viaja por Europa, escribiendo crónicas rosas bajo seudónimo. Hasta que, finalmente, llega a Marceau y comienza a trabajar con él. Periplo que la devuelve a Córdoba, una mañana, mucho después. Otra historia.

7

«Esta historia se llama Nestlé», me dice Silvia Villegas. Estamos en Güemes, en la cocina del Teatro La Luna. Es un mediodía caluroso de finales de octubre. La Chacha Alvarado ceba mates, comemos criollitos con miel. Silvia aclara que cuenta la historia tal como a ella se la contó María, una noche de rones allá en Quito, en el noventa y algo: advierte que muy probablemente no sea cierta, como casi nada de lo que María contaba de sí. Mitómana compulsiva. Pareidolia desatada. Alzheimer prematuro. Silvia termina de decir lo que tiene para decir y revienta en una risotada que no es suya, sino del fantasma que le leuda en la boca. Mónica Carbone y Graciela Albarenga se arriman. Graciela me pide fuego: muerde un pucho, escupe el humo, pregunta de qué hablamos. De la Escudero, le digo. Sonríe: «La que tenía la magia”, dice. Y el fantasma le engorda la boca: “La magia de llevarte para el otro lado de las cosas”.

*Por Josefina Hibakusha para La tinta.

Palabras claves: cordoba, María Escudero, Música popular argentina, Teatro

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