Filosofía, un juego de niños

Filosofía, un juego de niños
18 junio, 2020 por Redacción La tinta

Por Roque Farrán para La tinta

La filosofía no es una disciplina abstracta o erudita, sino una práctica concreta que incide de manera directa en la formación de los sujetos: desde la temprana infancia hasta la muerte. Es cierto que, a veces, esa función clave de formación no es despejada claramente por quienes cumplen la tarea filosófica en rigor: hay una filosofía espontánea de los sabios que puede suscitar equívocos. Por contrario, hay quienes creen que el uso de conceptos no afecta ni transforma, o que los años por sí solos –la experiencia acumulada– dan autoridad, o que decir “cuerpo” es mágicamente hacerlo, etc. Nada de eso: el cuerpo, como el pensamiento, se hacen a través de conceptos. El concepto es vida, cuerpo y juego en el mismo gesto de anudamiento. Por supuesto que el concepto de perro no ladra, el de círculo no circula y el de sujeto no sujeta, al contrario, libera. Como se dice cómicamente desde la tradición materialista. Pero la distinción no tiene que llevarnos a confusión: que no sean lo mismo la cosa y el concepto no exime a este último de mostrar cómo funciona la cosa y, llegado el caso, transmitir ese sutil efecto de sentido que, si no ladra, puede morder; que, si no circula, puede estallar; que, si no sujeta, puede desbarrancar irremediablemente. Como afirmamos desde cierto materialismo psicoanalítico o lingüístico, si se quiere. Mejor, entonces, anudar bien el concepto a la cosa que vive y al cuerpo que insiste en jugarse: lo serio y lo lúdico se comunican en el concepto más complejo.

Hace poco, escuché una charla muy divertida y seria a la vez (esto puede suceder) entre mi hija y su prima: una no quería jugar el juego que la otra le proponía y, entonces, esta le devolvía un argumento que ya había escuchado de aquella “no me pongas condiciones, vos siempre te enojás para que yo haga lo que vos querés”, lo gracioso es que, en este caso, tomaba solo la primera parte, “no me pongas condiciones”, que significaba, lisa y llanamente, “hagamos lo que yo quiero”. Me hizo acordar a los libertarios. Pero también a mi viejo. Una categórica afirmación que solía lanzarnos era: “No me pongan condiciones”, lo cual, normalmente, significaba: “Hago lo que se me canta”. Luego, con Badiou, también aprendí que había otro modo de pensar las condiciones y que estas eran indispensables: no simples términos contractuales, sino que respondían a procesos materiales y, por tanto, eran elegidas libremente bajo su coacción singular. Un poco como en Spinoza: ¿Cómo es que aquello que nos determina, bajo cierta necesidad ineluctable, puede también hacernos libres? Quizás, el pensamiento filosófico más complejo sea como el de los niños inventivos y sensibles, es decir, puede captar lo real y lo material en juego antes de entrar en la dinámica inhibitoria de las contradicciones sociales o el simple: “Hago lo que yo quiero”. El pensamiento de un niño no es necesariamente caprichoso o inexistente.

Preciado hace una anotación que nos puede ayudar a visibilizar esto: “En Francia, el 26 de agosto de 1976, un pequeño grupo de mujeres, entre las que se encuentran Cristine Delphy y Monique Wittig, llevan a cabo una parodia callejera, inspirada en las acciones de teatro de guerrilla, en la que rinden homenaje a la mujer del soldado desconocido: ‘Hay alguien todavía más desconocido que el soldado desconocido: su mujer’, reza la pancarta”. Yo diría que, incluso, hay alguien más desconocido que el soldado y su mujer: el niño de ambos. Tan desconocido que, sea exaltado por la sociedad de consumo o destruido por la construcción crítica historicista, es ignorado en su singularidad irreductible.


De nuevo: singularidad que entraña, en tanto vida, cuerpo y pensamiento. Un niño no es el objeto ideal del modelo familiar burgués ni es una simple construcción social pasible de ser manipulada según los deseos adultos; un niño es, ante todo, la encarnadura de la potencia infinita que todavía no se nos ha sustraído del todo, pese a nuestra consumada imbecilidad adulta.


Lo sé por experiencia propia, esto va mucho más allá de la remanida frase “aprendamos de nuestros niños”: mejor, escuchémoslos y aprendamos junto a ellos los modos de enseñar siendo absolutamente responsables de cómo nos co-constituimos. Los niños nos exponen a nuestras propias rigideces y limitaciones, pero también nos muestran que podemos dejar de ser tan imbéciles, por amor a ellos y a nosotros mismos. Yo diría, incluso, que no hay filosofía viva que no sea con niños, es decir, no la hay sin ese ethos fundamental de interrogación que ellos nos (re)suscitan. Ello despierta un deseo o conatus que hay que saber escuchar, sin reducir a molicie adulta.

No era el caso de Foucault, al menos, a fines de los 70, cuando dice cosas muy groseras sobre la sexualidad infantil. Sin dudas, el concepto de población no se ajustaba al caso singular. No por casualidad se encontraba ante un impasse sexual con todas las letras, literal y literario: su Historia de la sexualidad había quedado suspendida en el enfoque productivo del poder, expuesto en el Tomo I, y parecía no haber salida para la crítica. Pero un cambio de enfoque y problemática se aproximaba. Los otros dos Tomos recién serían publicados el año de su muerte y mostrarían apenas una parte de ese viraje emprendido en los 80: las prácticas de sí, el cuidado de sí, el gobierno de sí y de los otros. La sexualidad es allí solo una parte del cuidado de sí, ya no se trata de inscribirla junto a otras conductas en dispositivos de saber-poder, sino de cómo los sujetos pueden acceder a su propia formación en un proceso de autonomización creciente. No sabemos qué habría dicho de la niñez en este nuevo paradigma que se abría, pero, sin dudas, no hubiese avalado la pedofilia simplemente para objetar los mecanismos de control de las poblaciones. Sucede que había descubierto otros tantos modos de asumir la responsabilidad y la importancia de la abstinencia en las prácticas de sí antiguas: ante la comida, la bebida, los lujos, las lecturas, la ira, los infortunios, la enfermedad, la muerte e, incluso, la sexualidad. Nadie, mucho menos un intelectual o investigador, está exento de cometer errores (incluso aberrantes); el asunto es tener el coraje de rectificarse a tiempo.

Sin dudas, los acosos, los abusos, las violaciones son un asunto muy serio que afecta a la sociedad en su conjunto. No podemos hacernos los distraídos ni minimizar estos actos de ningún modo, tampoco delegarlos a especialistas en derecho o salud pública. La posibilidad misma de constituir una erótica del pensamiento, un modo de transmisión honesto intelectualmente, está en juego. La afectividad no es un asunto menor en la enseñanza y la investigación, el aumentar nuestra potencia de obrar y generar afectos alegres es clave para la práctica filosófica. Si bien son cuestiones que ha visibilizado, sobre todo, el feminismo en sus luchas políticas y reivindicaciones, si deseamos sostener la capacidad de invención y juego del pensamiento, con toda su seriedad, lo primero que tenemos que hacer es dejar que caiga definitivamente lo que tiene que caer. Para que algo nuevo emerja, así, de la mano de nuestros niños. La invisibilización de la violencia, incluso, la dificultad para nombrarla y responder a ella con valor, es correlativa a la imposibilidad de pensarnos como causa adecuada de lo que nos afecta.

*Por Roque Farrán para La tinta / Imagen de portada: A/D.

Palabras claves: filosofía, niñxs

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