Del aula al pueblo con Las malas

Del aula al pueblo con Las malas
2 junio, 2020 por Redacción La tinta

Por La isleña del charo para La tinta

“Y no fue tan verdad, porque esos juegos al final
Terminaron para otros con laureles y futuro
Y dejaron a mis amigos pateando piedras”.
El baile de los que sobran – Los prisioneros.

En el mes de agosto del año 2019 en algún pueblo cordobés —donde, efectivamente, la mayoría votó a Macri—, me encontraba haciendo mi primera suplencia en la materia de Lengua y Literatura. Trabajaba con los años de tercero y cuarto del secundario, eran mis primeras experiencias, me bamboleaba entre querer ser una profesora al estilo de la película la sociedad de los poetas muertos y mis otros costados de humanidad; que tienen días malos, con cansancio y monotonía.

La misión era que les chiques leyeran, que escribieran aunque fuera un párrafo. Les compraba las fotocopias y las dejaba encima de sus escritorios. La fotografía de un aula en pleno invierno es dura, amanece con suerte después de las primeras horas de clase. No se puede salir mucho al patio y algunos comenzaban su mañana, igual que yo, con más de una hora de viaje en colectivo.


Probé con algunos cuentos de Cortázar, de Walsh, grandes autores, su lectura movilizó alguito en el aula. Pero, a continuación, quiero contar el volcán de sensaciones y movimientos que estalló sobre el aula y el pueblo, cuando leímos el primer capítulo de la novela Las malas, con mis estudiantes de cuarto año. Parece que este vulcanismo de Camila Sosa Villada no dejó ninguna roca en su sitio dentro de la helada invernal.


La leímos de forma grupal, a viva voz, algunas chicas, mientras leían, obviaron las palabras soeces. Uno de los chicos no podía creer que, en la literatura, con mayúscula, se encontraran palabras como: “pija” o “travestis perras”, me pedía el libro completo y sacaban fotos de las páginas para hacerlas circular por las redes. A otros no les gustó, incluso, recuerdo que algunos se amotinaron afuera del aula porque no querían escuchar más la lectura de la novela. Otro me preguntó si la escena sexual en la carpa del niño que vendía helados se relacionaba “con eso de la ESI”. Salí muy emocionada del aula, creía, en ese momento, que al territorio del aula lo podíamos habitar (en confidencia) con mucha libertad. Igualmente, en esta institución, reinaba el buen ambiente laboral y las directivas no entorpecían la labor docente, hasta entonces.

Al día siguiente, me encontré con la sorpresiva visita de seis madres y un padre de familia. Estas mujeres y ese hombre pidieron reunirse conmigo. El director no estaba, pero colegas y parte del personal de la escuela estuvieron a mi lado —a su manera, intentaban defenderme—. Fue una charla muy difícil. Las escuché y, con la cadencia de mi tonada tropical, intenté calmarlas. Quería relativizar sus posturas. Pero no hubo caso, muchas de ellas eran testigos de Jehová, así que me preguntaron por mi maternidad, porque, si yo era madre, era inconcebible que pusiera a sus hijes a leer sobre el colectivo trans. ¿Será porque, como dice en la novela, “la imagen de una travesti con un niño en brazos es pecado para esa gentuza”?. Una de las madres me contó que no había podido dormir ni ir a trabajar pensando en las barbaridades que su hijo estaba leyendo en la clase de lengua.

—Profesora, tantas cosas lindas en la literatura y usted trae esto, ¡PORNOGRAFÍA! fue lo que le trajo usted a mi hijo, él ni siquiera ha tenido relaciones sexuales.

El hombre nunca habló, no hacía falta, con el alboroto de esas mujeres, era suficiente. Pensé que, con el uso de mi tonadita amable, se iban a calmar un poco, pero la respuesta fue:

—Le pedimos que respete nuestro país y nuestra cultura.

Además, afirmaban, sin preguntar, que yo era Venezolana. Era una suerte de juicio de brujas a la temática travesti y, de paso, a la profesora extranjera.

Son curiosos y tendenciosos los usos y apropiaciones del discurso de la cultura, en este caso, de la manera más conservadora y atada a la tradición, me hicieron pedir disculpas en el aula por la lectura de Las malas y firmar una nota —eso me dolió— donde por encima de cualquier ley nacional se superpone la ley consuetudinaria asociada a la cultura del pueblo. La nota institucional que firmé advertía que las clases no deben tener tendencias ideológicas, de diversidad sexual e identidad de género.

—Profe, pero ese lenguaje no tiene nada de nuevo, así hablamos nosotros—dijo una de mis estudiantes.

Otro respondió a la pregunta de análisis sobre la maternidad travesti así: es igual a todas, le dieron cariño, comida y ropa al bebé. Emocionada, fui a su silla y le dije: eso que escribiste es un análisis desprovisto de prejuicios, te felicito. Como cualquier adolescente, asintió indiferente y siguió distante del mundo del aula con sus auriculares. Hubo otras cosas reconfortantes como cuando el profe de química más lindo que he visto me susurró: Profe, busqué a Camila y aprendí a desmontar prejuicios, usted no se equivocó.

La lectura de ese primer capítulo de Las malas fue un acontecimiento en el pueblo. La mujer que servía café en la escuela me abrazó y me dijo:

—¡Ay, profe! Acá nunca pasa nada y esas mujeres que vinieron no tienen nada que hacer en la casa.

El hombre de la fotocopiadora afirmó: Profe, de ahora en adelante, a leerles caperucita roja. En la sala docente, se escuchaba a una colega decir: A leerles Sor Juana Inés de la Cruz, nada transgresor. Aunque esa monjita mexicana, en su momento, también fue transgresora.

La novela saltó de las aulas y del material pedagógico a las calles del pueblo, supe que uno de los trabajadores de la ferretería más grande del lugar leyó con asombro el capítulo. Después, me contaron que esa horda de mujeres se apareció un domingo en la casa del director a comer criollitos y hablarle del tema, querían mi suspensión. Incluso, hablaron acerca de ir a la radio y comentar la cuestión.

La escena escolar y pueblerina que tuvo lugar con la novela de Las malas me hizo comprobar el poder de la literatura que potencia las puertas del acontecimiento, nos abre las sendas de lo imprevisible. La literatura es capaz de ser el lugar donde se relata la hermandad travesti. Y, a diferencia mía, esas letras no le tienen miedo —igual que las protagonistas de la novela— a la mirada inquisidora de esas madres. Quienes bajo el desconcierto del volcán que hizo erupción en sus costumbres, igual cumplieron la consigna de mi clase y leyeron el primer capítulo de la novela. Nada fácil lograr la lectura atenta y a viva voz de 14 páginas en un aula del secundario y, menos, la lectura en casa de algunas madres de familia.


La ficción y la realidad se conjuran de manera insospechada —como el sentimiento de lo fantástico—, hablar de esas marginadas del parque Sarmiento de la ciudad de Córdoba me llevó a vivir en carne propia la llegada de una horda inquisidora de seis mujeres representantes de la honorable cultura de un pueblo.


Sabrás, Camila, con dolor y mejor que nadie, a lo que me refiero con esa honorable cultura. Porque emerges, igual que esas madres, de un pueblo pequeño. Pero como un volcán que no deja quieta —ninguna piedra— de la cultura agarrotada, en alguna sierra, de esta provincia gorila. Entonces, parafraseo a la respuesta de una amiga y a un dicho popular apócrifo: Ladran, Camila, señal que cabalgamos.

*Por La isleña del charo para La tinta / Imagen de portada: Colectivo Manifiesto.

Palabras claves: Camila Sosa Villada, Las malas, literatura

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