Sopa de Wuhan en boca de Dieguitos y Mafaldas

Sopa de Wuhan en boca de Dieguitos y Mafaldas
5 mayo, 2020 por Redacción La tinta

¿Cómo informarse cuando lo que sobra es información? ¿Cómo pensar en tiempos de confusión? ¿Qué capitalismo vendrá? Agencia Paco Urondo entrevista a Dora Barrancos, Jorge Alemán, María Pía López y Horacio González.

Por Norman Petrich y Agustín Pisani para Agencia Paco Urondo

Dado el contexto que nos presenta la pandemia del COVID-19 y, en forma particular, nuestra situación de aislamiento social preventivo obligatorio, nos pareció prudente y necesario realizarles una serie de preguntas a referentes e intelectuales a los cuales solemos acudir, cuando de construir pensamiento colectivo se trata. Es un intento de poner sobre el paño una futuridad tangible más allá de las barricadas que se levantan en estos tiempos.

En la siguiente nota contamos con las perspectivas de Horacio González, sociólogo, docente, ensayista, ex director de la Biblioteca Nacional; María Pía López, socióloga, investigadora, ensayista, docente y ex directora del Museo del Libro y de la Lengua; Jorge Alemán, psicoanalista y escritor, docente del Nuevo Centro de Estudios Psicoanalíticos y miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano en España, la Escuela Europea de Psicoanálisis y la Asociación Mundial de Psicoanálisis; y Dora Barrancos, socióloga, magister en Educación, doctora en Historia, investigadora y actual asesora presidencial “ad- honórem”.

Dora Barrancos-Jorge Alemán-María Pía López-Horacio González
(Imagen: Agencia Paco Urondo)

—Agencia Paco Urondo: Para el intelectual o referente del pensamiento ¿es un momento para “pasar desapercibido entre la multitud” o debería intentar aportar una reflexión otra o alguna propuesta concreta en el marco de la infodemia preponderante?

—María Pía López: Quienes tenemos el oficio de escribir o producir interpretaciones, tenemos también una suerte de exigencia en situaciones críticas, allí donde nuestras vidas se ven trastocadas y es necesario narrar lo que sucede y también establecer hipótesis. No porque portemos mayor claridad, sino porque es nuestro oficio y aunque a veces lo que hagamos sean balbuceos, andemos un poco a tientas, no deja de ser necesario que a una situación así se la acompañe con una textualidad. En estos días circularon dos escritos muy hermosos, uno de Ana Longoni (en la revista Anfibia) y otro de Grisel Pires do Barros (en el blog Escritores del mundo). Longoni cuenta su enfermedad (infectada por el virus) a partir de un síntoma, la pérdida de olfato, pero alrededor de esa narración construye un universo en el cual está muy presente el deseo de futuro. Pires do Barros recopila un conjunto de expresiones y actitudes de niñes, y en ese registro de la experiencia se permite pensar el dolor y la angustia adulta. Pienso que esos textos son fundamentales para cualquier comprensión de lo que es esta situación que estamos atravesando. Hay otros, que están más abocados a un análisis general o a proponer proyecciones de lo porvenir. No son superfluos, por el contrario: es necesario pensar qué viene, qué rasgos de otras lógicas de organización social se dibujan en este momento excepcional. La proliferación textual y la búsqueda muy consistente de argumentaciones filosóficas, la pregunta por el porvenir instalada alrededor de las estrategias para contener la enfermedad, son fundamentales y lo son porque una sociedad no se regula solo por el saber médico y científico: su pulso político exige polifonía, confrontación de perspectivas, imágenes diversas, alertas críticas. Si no existieran esos esfuerzos, estaríamos ante un monólogo sanitarista que puede ser exigido en una cierta coyuntura pero que sería dañino para pensar la complejidad de la vida en común. Y también la vida de cada persona, porque la salud y su defensa es sólo un aspecto de lo que nos hace vivir. 

—Jorge Alemán: Me parece que no es un momento para pasar desapercibido ni tampoco para adueñarse de todo el sentido de la pandemia, queriéndola envolver en la propia teoría. Creo que sí hay que intervenir, hay que tratar de hacer una serie de propuestas para pensar lo que va sucediendo pero, como de costumbre, pensando desde la coyuntura. como decían Althusser y Maquiavelo. No en la coyuntura sino desde la coyuntura y aceptando, entonces, las limitaciones de la misma.

—Dora Barrancos: Creo que es casi una obligación contrarrestar la infodemia, pero hay que seleccionar los repertorios porque es casi imposible hacerlo de manera constante y sobre todo eficaz. Esa selección, justamente, pondera cuáles son las cuestiones con las que tenemos más experticia, más afinidad y más conocimiento. Es muy difícil que alguien que no está por dentro de un problema pueda ser exitoso en desenmascarar las fake news o la noticia maliciosamente vertida. Se trata de tener mayores competencias para evidenciar la mala fe con que ha sido construida. Desde luego, hay falsificaciones que pueden no requerir que se las ausculte con mucha pericia, si ha habido o no un determinado acontecimiento en un determinado lugar pues ahí se trata simplemente de testimoniar.

—Horacio González: Al emplearse la palabra referente, las cosas se complican un poco. No recuerdo bien cuándo apareció esta expresión de la lingüística para “referirse” a la representación otorgada por alguien, por terceros, dejamos así, a una persona determinada. Reemplaza el término representante, dirigente o gobernante, pero lo diluye o lo difumina de manera que se adecue al enunciador más o menos casual, más o menos permanente, de algunas orientaciones culturales que se consideran significativas. ¿Quién determina su significación? Es un problema comunicacional -que involucra decisiones de los verdaderos referentes no visibles en determinados medios-, en el que no voy a entrar. Interesa en cambio la cuestión de “pasar desapercibido en la multitud” o si se debiera expresar “proposiciones concretas”. La alternativa es dramática, porque -personalmente-, me gusta tanto hundirme en el anonimato como expresar algo que me guste y le guste a los demás. Estas dos últimas cosas no coinciden necesariamente. Por eso llevo esta cuestión a la instancia del lenguaje. Hablar significa poseer una apoyatura previa, originada en el lenguaje que adquirimos y que yace preparado a nuestras espaldas para nuestro uso particular. Pero también significa el intento más o menos balbuceante de conseguir una mínima coherencia ante lo desconocido, para explicar tanto la sobreabundancia de voces o para obtener alguna explicación que contribuya a pensar esta penumbra mundial en la cual subyacemos, no obstante, estridente en sus pánicos. Lo primero corre el riesgo de la jerga, lo segundo el de la improvisación. El drama de todos los supuestos referentes -en lingüística será no quien habla sino aquello de lo que se habla y exige el signo correspondiente para ser comprendido-, es que no se sabe si triunfa en ellos (o en nosotros) la jerga que poseemos y nos posee, o la improvisación que creemos no tener y tenemos. Hablar entonces es elegir alguna de estas circunstancias peros sin que lo percibamos. En suma, sería mejor refugiarse en el silencio, pero es difícil si no imposible hacerlo.

—APU: ¿Hay cambios superestructurales o, por lo menos, consecuencias ideológicas para nuestras sociedades, cuáles destacarías?

—DB: Creo que cuando se atenúe el azote del coronavirus asistiremos a muchas transformaciones en el orden internacional. No estoy segura, en absoluto, que el sistema capitalista quede averiado de muerte, aunque es muy probable que sobrevengan ciertos pactos para limitar la saga, ahora incontrolable, del capitalismo financiero. De hecho, ya se dice que hay mucha liquidez en el mundo, en este momento. Hay una cuasi parálisis de la producción y probablemente se vuelva sobre la vieja costumbre de fabricar mercancías. Lo que parece más cierto, en todo caso, es que la monovalencia de los preceptos neoliberales están retados, que ya no será fácil la argumentación para hacer esmirriado el Estado, y que brotarán probablemente algunas fórmulas propias del perdido “estado de bienestar”. Por de pronto. me parece irreprimible que el timón de la gobernabilidad esté más volcado a la distribución, como ya aparece en los países europeos, pues lo que más ha puesto en evidencia la actual convulsión es la dimensión escandalosa de la desigualdad. 

—HG: El pavor invisible, el temor al contacto, el barbijo que protege tanto como separa. Los rostros conservan siempre algo de la realidad póstuma que nos empeñamos en abandonar. No siendo el velo o el foulard de las culturas de Oriente, nuestros barbijos hacen del rostro una cuestión sanitaria, reemplazando su expresividad e incluso su misterio. Pero es inevitable que lo hagamos, salgo para el supermercado ya, con mi barbijo, aceptando que el Coto ponga una pistola en mi cabeza para saber si tengo alguna fiebre sospechosa.

—MPL: Si no podemos imaginar el fin del capitalismo, lo que aparece como horizonte mundial es distópico: mercancías y dinero libres de humanos virósicos, teletrabajos intensos y nuevos modos de expansión de la productividad, ciudades regimentadas y espacios públicos vacíos, controles migratorios exhaustivos y fronteras cerradas. Cómo se gestiona la emergencia es una decisión que pone en juego imágenes de la sociedad futura: si bien es un paréntesis extraordinario no puede desprenderse de su condición de laboratorio. Si hoy se discuten impuestos de urgencia al capital o bajas de salarios es porque nada de lo que se decida es inocuo y afecta solo a lo que transcurra en estos meses, sino que abre la experiencia que podrá ser considerada en tiempos ordinarios. Laboratorio de modos virtuales de trabajar y enseñar, de circuitos de gestión, de vaciamiento del espacio público, de trato con el roce corporal. No sé qué cambios quedarán luego de la situación extraordinaria. O más bien, sé qué lo que quede resultará del ejercicio de tensiones y disputas, de las peleas por afirmar unas u otras lógicas: las de resolución mercantil y reposición disciplinaria o las que surgen de una consideración de las capacidades del Estado como impulsor de políticas públicas y de su articulación con una vitalidad plebeya, comunitarista, que piensa los cuidados de otro modo los cuidados.

—JA: Me parece que van a ser cuestiones que van a ir mucho más lejos que meros cambios superestructurales. Van a suceder transformaciones ideológicas, como lo sugiere la pregunta, e incluso creo que algunos de los principios civilizatorios a través de los cuales hemos habitado el Occidente contemporáneo pueden quedar definitivamente apestados. Ahora no lo podemos anticipar pero veremos que nuevos estilos de vínculos humanos surgen después de esto.

—APU: ¿Nos serviría como sociedad revitalizar el concepto de “Comunidad organizada”, en qué sentidos?

—JA: Por supuesto que nos sería muy útil el concepto de comunidad organizada, está formulada en el año 49, en un contexto en donde Perón critica la insectificación colectiva del comunismo y el individualismo posesivo del capitalismo. Propone delante de una audiencia de filósofos importantísimos de Europa su tercera posición justicialista, basada en el humanismo cristiano. No sé si el humanismo cristiano tiene, hoy día, los suficientes recursos intelectuales para ser el soporte de la comunidad organizada. A la vez, la comunidad es un espectro, hay que siempre entender que hay que mantener una tensión interna entre tres términos: Estado, Sociedad y Comunidad. Es decir, la responsabilidad del Estado, la manera de que en la sociedad se dan determinados antagonismos, inevitablemente; y la manera en que la comunidad se organiza a través de agrupaciones militantes. 

—MPL: No creo que sea necesario recuperar esa idea. Me parece que la pandemia pone en primer plano la vulnerabilidad de cada quien y la cuestión de que no hay salida individual, sino que siempre somos entramades con otres, en ese sentido, nuestra condición comunitaria. Sin embargo, la comunidad no exime de antagonismos, ni de conflictividad. No creo que a esa vulnerabilidad se la confronte con una suerte de nacionalismo integral, cuasi bélico, si no que es ocasión de pensar qué queremos que exista bajo el nombre de Argentina. Para no volver a una normalidad que para muchas personas es despojo, coacción, privación y muerte.

—HG: Pongo para la revitalización del concepto de comunidad organizada varias precondiciones. La principal, reconocer su paradoja. Puede invocárselo, pero admitiendo, como diría Laclau, que es necesario pero imposible. Ambos términos pueden funcionar en común, pero como un desperfecto. Si la comunidad se organiza, cae en una posibilidad de asfixia. Si la organización se hace comunitaria, cae en un presunto intento de entrar en una masilla dúctil con una oculta autoridad que no se declara a sí misma. “Comunidad organizada” es el gran recuerdo de un texto anónimo y que a la vez fue asumido por alguien muy notorio al que de ninguna manera le diría que era un “referente”. Ese hombre era un drama en carne viva. Si aceptamos que era así, eso mismo -ese sutil desperfecto-, es la comunidad organizada.

—DB: Sí, claro. Es un concepto que consagró Perón sobre la base de su agudo análisis de las sociedades contemporáneas que oscilaban entre la concentración y la distribución. Perón recapituló lo que debía ser el Estado impedido de exonerar por completo al mercado. Es una fórmula que caracteriza muy bien el ciclo del Estado de Bienestar. Desde luego, se trata de una receta que media entre el capital y el trabajo, pero indica que hay hacer más justa la distribución, y que allí donde no alcanzan las medidas y los contrapesos, no hay que dudar en una directa intervención estatal para prodigar ingresos y elevar la condición de las mayorías. Es tan simple como eso y estoy segura de que ya en este momento difícil del nuevo rumbo impreso en nuestro país a partir del 10 de diciembre, no ha dejado de haber evidencias de la convicción mayor: el combate a la desigualdad, a la injusticia social.

*Por Norman Petrich y Agustín Pisani para Agencia Paco Urondo / Imagen de portada: Silvia Lucero.

Palabras claves: aislamiento social, coronavirus, sociedad

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