«Canela» y la importancia del propio deseo

«Canela» y la importancia del propio deseo
14 mayo, 2020 por Gilda

La ópera prima de la directora muestra la construcción de la identidad de un arquitecto y padre que decide convertirse en mujer casi a los 50 años.

Por Juan Pablo Cinelli para Página/12

Como ocurre con las ficciones, encontrar un buen protagonista también es determinante para el éxito de un documental, al menos en términos narrativos. Y Canela, ópera prima de la directora Cecilia del Valle, tiene a una extraordinaria. Ella es una mujer trans que tomó la decisión de cambiar su identidad casi a los 50 años, una edad infrecuente dentro de una comunidad cuya expectativa de vida en la Argentina es de alrededor de los 35 años, según datos del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo).

Pero el caso de Canela tiene muy poco que ver con el promedio de la población trans. Antes del cambio ella fue un arquitecto exitoso en su ciudad natal, Rosario, donde también se desempeñó como docente universitario. Nada de eso se modificó cuando decidió convertirse en mujer, contando además con el acompañamiento de sus hijos, quienes parecen haber aceptado con naturalidad la decisión de su padre. Lo mismo ocurre con las personas con las que trata cotidianamente por trabajo, universo donde los restos de su parte masculina aún se asoman, pero siempre con gracia.

Es cierto que la historia de Canela parece un cuento de hadas si se la compara con las de otras chicas trans; sin embargo, ella siente que su recorrido aún no está completo y ese es el punto de arranque de la película. “La materia prima de la arquitectura es el espacio”, le dice ella a sus alumnos de la universidad, citando a Frank Lloyd Wright, fundador de la arquitectura orgánica. “La verdad está en el espacio interior y no en las paredes que lo cierran”, profundiza. Y aunque hace referencia a nociones básicas de su profesión, también habla de sí misma. De la construcción de esa identidad, levantada sobre los vestigios del hombre que decidió dejar de ser, justamente a partir de una necesidad interior a la que fue preciso revestir con nuevas “paredes”, que reflejaran aquello que desde adentro pugnaba por dejarse ver.

Sobre el final de esa secuencia, la docente también alerta a sus alumnos acerca de la importancia de “la razonabilidad de los proyectos”. Dicho de otro modo: un edificio puede verse muy lindo en los papeles, pero si no es posible construirlo no es más que una ficción. Y es de eso de lo que la película se ocupa, del recorrido de la propia Canela analizando “la razonabilidad” de su proyecto de modificar radical y definitivamente su cuerpo, a partir de una operación transgénero. Proceso en el que la protagonista enfrenta la difícil contingencia de darle a su deseo un marco preciso y razonable, ya que un error de cálculo puede hacer que la estructura (ella misma) se venga abajo.

Canela casi puede verse como un opuesto complementario de otro gran documental, El silencio es un cuerpo que cae, en el que la directora Agustina Comedi narra la historia secreta de su padre, que ella recién descubrió tras su muerte. Al contrario del papá de Comedi, quien ocultó su homosexualidad y se obligó a cumplir con el rol tradicional del hombre/padre de familia, Canela consigue dar el salto al que la impulsa su deseo. Pero también tiene la dicha de saber que cuenta con el apoyo de sus hijos, quienes lo acompañan con paciencia y son comprensivos con su proceso, aunque eso no les impide ponerle algunos límites al padre cuando a este lo desbordan sus impulsos.

En ese punto, la película de Del Valle consigue retratar, sin subrayados, las complejas implicancias que conllevan cambios personales tan profundos. Porque a pesar de que Canela decidió abjurar de su identidad de hombre para aceptarse mujer, no puede evitar seguir siendo un papá para sus hijos y un hijo para su madre. Es algo que la protagonista acepta como una posibilidad factible a partir de la decisión que se atrevió a tomar. Y es que, aunque busque consejo en médicos, psicólogas, amigas y hasta en sus hijos, en última instancia lo único que importa es su propio deseo. De la imposibilidad de transferir a un tercero la responsabilidad de esa decisión también parece hablar Canela durante una clase, cuando le explica a los futuros arquitectos el concepto marxista de sustitución del esfuerzo, o delegar en otros el trabajo que uno mismo debe hacer. Del Valle retrata a Canela y sus circunstancias con una ternura que es poco usual. Y siempre con humor, tomando una saludable distancia del tono dramático de muchas películas de temática afín.

Podés verla en la sala virtual de la plataforma puentesdecine.com

*Por Juan Pablo Cinelli para Página/12.

Palabras claves: Canela, Cecilia del Valle, Cine, identidad de género, LGBT

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