Nieve, encierro y un panorama inestable 

Nieve, encierro y un panorama inestable 
25 marzo, 2020 por Gilda

Por Manuel Allasino para La tinta

Nieve es una novela del escritor turco Orhan Pamuk, publicada en el año 2002. Una obra realista y con un fuerte posicionamiento político sobre las contradicciones que aprisionan en algunos lugares del mundo islámico. 

La novela de Pamuk es atractiva y reveladora. Ka, un poeta y periodista turco recién llegado de una larga estadía en Alemania, se dirige a Kars, una remota ciudad en el nordeste de Turquía, en la frontera con Armenia, por un encargo periodístico: averiguar por qué se suicidan tantas mujeres y, de paso, cubrir las elecciones municipales en donde el partido islamista es el favorito. Ya en Kars, Ka se reencuentra con una antigua compañera y todo parece reflotar de nuevo. La fuerte nevada genera una situación de encierro e impide las comunicaciones con el exterior. Es el escenario propenso para que la tensión estalle. 

nieve-literatura“Las señales de tráfico no se podían leer porque las cubría la nieve. Cuando la ventisca comenzó a golpear con fuerza, el conductor apagó las luces largas y el interior del autobús se oscureció mientras que la carretera se hacía más clara en la penumbra. Los pasajeros, atemorizados y sin hablar entre ellos, miraban las calles pobres de los pueblos bajo la nieve, las luces pálidas de casas destartaladas de un solo piso, caminos ya cerrados que llevaban a lejanas aldeas y los barrancos que las farolas apenas iluminaban. Si hablaban lo hacían en susurros. El compañero de asiento de Ka, en cuyo regazo se había quedado dormido, le preguntó también en un susurro a qué iba a Kars. Era fácil darse cuenta de que Ka no era nativo de allí. -Soy periodista -musitó Ka… Eso no era cierto. -Voy por las elecciones municipales y por las mujeres que se suicidan -Eso sí que lo era. -Todos los periódicos de Estambul han publicado que el alcalde de Kars ha sido asesinado y que las mujeres se suicidan -dijo su compañero de asiento con un fuerte sentimiento que Ka no pudo descubrir si era orgullo o vergüenza. Ka habló de vez en cuando a lo largo del viaje con aquel delgado y apuesto campesino con el que volvería a encontrarse tres días más tarde en Kars mientras los ojos le lloraban bajo la nieve en la calle Halitpasa. Se enteró de que había llevado a su madre a Erzurum porque el hospital de Kars no era lo bastante bueno, que se dedicaba a la ganadería en una aldea cercana a Kars, que se ganaba a duras penas la vida pero que no era ningún rebelde, que -por misteriosas razones que no podía explicar a Ka -se sentía triste no por él sino por el país y que estaba contento de que alguien tan culto como Ka viniera desde el mismísimo Estambul a interesarse por los problemas de Kars. Había algo noble en su simple manera de hablar y en su actitud mientras lo hacía que despertaba respeto en Ka. Ka sintió que la mera presencia del hombre le daba tranquilidad. Ka recordaba aquella tranquilidad, que no había sentido en sus doce años en Alemania, de cuando le gustaba comprender y tener cariño a alguien más débil que él. En momentos así intentaba ver el mundo a través de la mirada de la persona por la que sentía compasión y afecto. Cuando lo hizo ahora, Ka se dio cuenta de que le tenía menos miedo a la interminable tormenta de nieve, de que no caerían rodando por un barranco y de que, aunque fuera tarde, el autobús acabaría por llegar a Kars. Cuando el autobús llegó a las nevadas calles de Kars a las diez, con tres horas de retraso, Ka fue incapaz de reconocer la ciudad. No pudo descubrir dónde estaba ni el edificio de la estación que había aparecido frente a él el día de primavera en que había llegado veinte años atrás en un tren a vapor ni el hotel República, con teléfono en todas las habitaciones, al que le había llevado el cochero después de pasearle por toda la ciudad. Todo parecía haber sido borrado, haber desaparecido bajo la nieve.  El par de coches de caballos que esperaban en la estación le recordaban el pasado pero la ciudad era mucho más triste y pobre que la que Ka recordaba haber visto años antes.  A través de las ventanas congeladas del autobús, Ka vio edificios de cemento como los que se habían construido por toda Turquía en los últimos diez años, anuncios de plexiglás, iguales en todos sitios, y carteles electorales que colgaban de cuerdas extendidas de un lado al otro de las calles”.

El narrador es un amigo de Ka. Se anuncia, desde el comienzo de la novela, como un narrador omnisciente que conoce la historia desde el inicio hasta el final. Su punto de vista corresponde con el de Ka: ambos son poetas y gente educada con manejo de la cultura occidental. Sin embargo, no estuvo con Ka en Kars. Lo que sabe, lo ha reconstruido en un viaje que realizó a propósito para informarse. Este recurso literario es muy acertado y logra producir un gran suspenso. Anunciar cosas que van a pasar genera expectativas y, si ocurren, otorga credibilidad a la historia. 

“Al salir de la Sociedad de Amantes de los Animales a las dos y cuarto, Ka pensaba en cómo podría agarrar a Ipek y huir de Kars. En el mismo piso que la sede provincial del Partido de la Prosperidad, a dos puertas de distancia (entremedias estaban la casa de té Los Amigos y la sastrería Verde), se encontraba el bufete, ahora con las luces apagadas, del antiguo alcalde del Partido del Pueblo, Muzaffer Bey. A Ka le daba la impresión de que la visita que había hecho aquella mañana al abogado se situaba en un pasado tan lejano que entró en la sede del partido sorprendido de estar en el mismo pasillo del mismo edificio. La última vez que Ka había visto a Muhtar había sido hacía doce años. Después de abrazarse y darse los besos de rigor, se dio cuenta de que había echado barriga, de que tenía canas y de que el pelo se le caía, pero eso ya lo suponía, en realidad. Tal y como le ocurría en los años de universidad, Muhtar seguía sin tener nada de especial y en la comisura de los labios le colgaba el sempiterno cigarro de aquel entonces. -Han matado al director de la Escuela de Magisterio -le dijo Ka. -No ha muerto, acaba de decir la radio -le contestó Muhtar -Y tú ¿cómo lo sabes? -Estaba sentado, como nosotros, en la pastelería Vida Nueva, desde la que te ha telefoneado Ipek -Ka le narró los sucesos tal y como los habían vivido. -¿Llamasteis a la policía? -preguntó Muhtar -¿Qué hicisteis luego? Ka le respondió que Ipek había vuelto a casa y que él había ido directamente allí.  -Quedan cinco días para las elecciones y el Estado está intentando cualquier cosa para tendernos una trampa ahora que ha comprendido que vamos a ganar -dijo Muhtar -Es política de nuestro partido en toda Turquía defender los derechos de esas hermanas nuestras que se cubren.  Ahora le pegan un tiro al miserable que no permite que las jóvenes pongan el pie en la Escuela de Magisterio y un testigo que se encontraba en el lugar de los hechos viene directamente a la sede de nuestro partido sin ni siquiera avisar a la policía -adoptó una expresión amable -Por favor, ahora llama a la policía desde aquí y cuéntaselo todo -le alargó el auricular del teléfono a Ka como el dueño de una casa que se siente orgulloso del aperitivo que ofrece al invitado. En cuanto Ka tomó el auricular, Muhtar miró en una agenda y marcó el número. -Conozco a Kasim Bey, el subdirector de seguridad-dijo Ka. -¿De qué lo conoces? -le preguntó Muhtar con una suspicacia tan evidente que a Ka le puso nervioso. -Él fue el primero a quien me llevó esta mañana el periodista Serdar Bey -le estaba explicando cuando la operadora comunicó de repente a Ka con el subdirector. Ka le contó los hechos de los que había sido testigo en la pastelería Vida Nueva tal y como los había vivido. Muhtar dio un par de pasos apresurados y torpes y con unos remilgos desmañados acercó la oreja e intentó escuchar al mismo tiempo que Ka. Ka, para que pudiera oír bien, apartó el auricular de su oreja y lo acercó a la de Muhtar. Ahora cada uno podía notar la respiración del otro en la cara. Ka no sabía por qué le hacía partícipe de la conversación que estaba manteniendo con el subdirector de seguridad, pero tenía la impresión de que eso era lo mejor. Volvió a describirle otras dos veces al subdirector de seguridad el cuerpo bajito del atacante, cuya cara no había podido ver en ningún momento.  -Venga aquí lo antes posible para que le tomemos declaración -le dijo el comisario con voz bienintencionada.-Estoy en el Partido de la Prosperidad -dijo Ka -Iré en cuanto pueda. Se produjo un silencio. -Un segundo -Ka y Muhtar oyeron que el comisario apartaba el teléfono de la boca y hablaba en susurros con alguien”.

El protagonista de la novela, Ka, ha sido criado en la capital de Turquía, es un poeta culto y sensible, un intelectual con todas las letras. Su manera de ver el mundo es más cercana a Occidente, aunque reconoce en él la presencia de una cultura local islámica de la cual se ha alimentado por el hecho de haber crecido en su país. Se considera un ateo, pero el relacionarse con muchos militantes islámicos durante sus días en Kars le genera algunas dudas. Pero, a fin de cuentas, lo que realmente moviliza a Ka no son los planteamientos políticos o religiosos, sino el amor. Es un romántico perdido y la belleza de Ipek lo puede. Ella es la razón por la cual realiza cada movimiento, a pesar del contexto, a pesar de la nieve, a pesar de todo.  

“En cuanto entró en la habitación del hotel, Ka se quitó el abrigo. Abrió un cuaderno de hojas cuadriculadas con las tapas verdes que había comprado en Frankfurt y comenzó a escribir el poema que se le estaba viniendo a la mente palabra por palabra. Se sentía tan cómodo como si estuviera pensando lo que otra persona le susurraba al oído, pero al mismo tiempo entregaba toda su atención a lo que escribía. Como nunca antes había escrito un poema así, con tanta inspiración y de una tirada, en un rincón de su mente había ciertas dudas en cuanto al valor de lo que escribía. Pero también veía con los ojos de la razón que el poema era perfecto en todo según le iban saliendo los versos y aquello aumentaba su entusiasmo y su alegría. Ka escribió treinta y cuatro versos así, dudando muy poco y dejando algunos espacios vacíos en algunos lugares, como si se tratara de palabras que no había podido oír bien. Compuso el poema con todas aquellas cosas que poco antes se le habían pasado por la mente alguna vez. La nieve que caía, los cementerios, el perro negro que correteaba alegre por el edificio de la estación, muchos recuerdos de la infancia, el Ipek, que se le había ido apareciendo ante los ojos según aceleraba los pasos de vuelta al hotel con una sensación de mezcla de felicidad e inquietud.  Llamó al poema . Cuando mucho después pensara en cómo había escrito aquel poema, se le vendría a la mente un copo de nieve y decidiría que, si ese copo de nieve representaba en su forma su propia vida, el poema debía de hallarse en algún lugar próximo al centro y en el punto donde se explicara la lógica de la vida.  Como ocurre con el poema en sí, resulta difícil asegurar cuántas fueron resultando de la simetría oculta de su vida, misterios que este libro intenta resolver. Cuando Ka estaba a punto de terminar el poema, fue hasta la ventana y comenzó a contemplar en silencio la nieve que caía fuera con elegancia a grandes copos. Percibía en su interior la sensación de que si contemplaba la nieve terminaría el poema exactamente como debía. Llamaron a la puerta, Ka la abrió y olvidó los dos últimos versos del poema, que estaban a punto de venírsele a la mente, para no volverlos ya a recordar durante toda su estancia en Kars”.

Nieve de Orhan Pamuk es una novela con una fascinante narrativa que ayuda a entender las complejidades del mundo de hoy. Pamuk logra, a través de las páginas, lo que muchos intentan sin éxito en la literatura: comunicar la  melancolía.

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Sobre el autor

Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, nació en Estambul, Turquía, en 1952. Cursó estudios de arquitectura y periodismo, y ha pasado largas temporadas en Estados Unidos, en las universidades de Iowa y Columbia. Es autor de ocho novelas: Cevdet Bey ve Ogullari (1982; Cevdet Bey y sus hijos, inédita en español), La casa del silencio (1983; Debolsillo 2006), El castillo blanco (1985; Mondadori 2007, Debolsillo 2008), El libro negro (1990; Debolsillo 2008), La vida nueva (1995; Debolsillo 2009), Me llamo Rojo (1998; Debolsillo 2009), Nieve (2002; Debolsillo 2011) y El museo de la Inocencia (2008; Mondadori 2009, Debolsillo 2011), así como de los libros de prosa Estambul. Ciudad y recuerdos (2005; Mondadori 2006, Debolsillo 2007), La maleta de mi padre (2006, Mondadori 2007) y Otros colores (1999; Mondadori 2008). Su éxito mundial se desencadenó a partir de los elogios que John Updike dedicó a la novela El castillo blanco. Desde entonces, ha obtenido numerosos reconocimientos internacionales: el Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia, el Premio Grinzane Cavour en Italia y el Premio Internacional IMPAC de Irlanda, los tres por Me llamo Rojo. En 2005, recibió el Premio de la Paz de los libreros alemanes. Con la publicación de Nieve, novela por la que, en 2006, fue galardonado con el Prix Médicis Étranger y que aborda el tema de la confrontación entre la cultura occidental y la oriental, Orthan Pamuk pasó a ser objetivo predilecto de los ataques de la prensa nacionalista turca. La obtención del Nobel de Literatura consolidó definitivamente su proyección internacional y sus libros ya se han traducido a más de cuarenta idiomas. 

*Por Manuel Allasino para La tinta.

Palabras claves: literatura, Nieve, Novelas para leer, Orhan Pamuk

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