Tampoco en la Campaña al Desierto: ni errores ni excesos

Tampoco en la Campaña al Desierto: ni errores ni excesos
26 diciembre, 2019 por Redacción La tinta

La misma terminología excusatoria acuñada por la última dictadura, fue utilizada por los apologistas del genocidio mapuche. Como se preparó y consumó el arresto del lonco Purrán así lo demuestra.

Por Adrián Moyano para En Estos Días

No sé si Carlo Guinzburg está al tanto de la Campaña al Desierto, pero una recomendación que hizo durante una visita a la Argentina en 2007, parece directamente dirigida a develar la trama auténtica de aquel despojo: “[…] me parece que la verdad debe ser puesta en discusión. Entonces, es necesario partir dudando, porque de ese modo menos cosas se dan por descontadas y se enriquece la búsqueda. En ese sentido, sostengo que lo verdadero es un punto de llegada, porque debemos contar con lo falso y lo ficticio: debemos contar no sólo con la posibilidad de que los testimonios sean mentira sino también de que sean estereotipados, que sean un elemento de ficción, en cierta manera, algo que traiciona la realidad, la deforma. De modo que llegar a la realidad histórica es algo que implica este complicado proceso por el cual de la relación entre lo verdadero, lo falso y lo ficticio emerge una verdad”.

El italiano, paladín de la llamada microhistoria, se haría un festín con los textos de Juan Mario Raone, historiador militar autodidacta cuya palabra era santa hasta no hace mucho en Neuquén y Río Negro, cuando a nadie se le había ocurrido todavía desentrañar la médula colonialista y genocida de la “gesta” roquista. Su persistente reivindicación del avance del Ejército -del cual fue parte en el siglo XX- le permitió ingresar a la Academia Nacional de la Historia, entidad que no se fijó en su formación académica para otorgarle membresía.

Cuando a instancias de la última dictadura cívico militar se reunió el Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, 40 años atrás, Raone participó con un texto al que tituló “Los indígenas del Neuquén en la época de la campaña del general Roca”. Para su descripción, trazó un esquema antojadizo por el cual dividió a sus objetos de estudio en “Los Indígenas de la Zona Norte”; “Los Aborígenes de la Zona Central”; y de manera previsible, “Las Tribus de la Zona Sur”. Decimos antojadiza porque inmediatamente antes del avance de las tropas, nadie pensaba todavía en términos neuquinos, ni siquiera administrativamente. Además, los inminentes agredidos tenían sus propias representaciones sobre el territorio, al cual denominaban Waisuf Mapu (Territorio del Borde); Pewen Mapu (Territorio del Pewen); Pikun Mapu (Territorio del Norte) y Willi Mapu (Territorio del Sur), pero sus límites no se constreñían a las actuales jurisdicciones provinciales. Tampoco a las nacionales. Además, ningún mapuche se consideraba a sí mismo “aborigen de la zona central”. Las subjetividades eran otras.

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La captura de Purrán

En términos de Guinzburg, la deformación de la realidad en la que incurrió Raone en su artículo alcanzó su máxima expresión al reconstruir la captura del lonco pikunche Purrán, cuya ruca se estimaba “a seis leguas del fuerte”, según el Diario de la 4ta División del Ejército en la expedición de 1879. La posición en cuestión se transformó luego en el emplazamiento de Chos Malal. Hasta el año anterior a la invasión, Purrán o Pran mantenía acuerdos formales con Carmen de Patagones. Raone atribuyó el cese de los entendimientos “a la actitud del referido cacique, que pese a las notas enviadas por el teniente coronel Uriburu, en su avance hacia el río Neuquén, no concurrió a ratificar los tratados y arreglar el lugar de asentamiento de su tribu, como lo especificaba la Ley 215; por el contrario, hizo juntas con caciques en abierta actitud hostil” (Raone 1980: 222). Cabe destacar que la fuerza que comandaba Uriburu incluía un batallón de infantería, al Regimiento 7mo de Caballería, dos compañías de guardias nacionales y hasta una sección de artillería de montaña con cuatro cañones. Comprensible que el lonco pikunche prefiriera mantener distancia. Para ratificar los tratados en vigencia no hacía falta tamaño despliegue bélico.

Pero “la ficción” brilla por sus negaciones en el párrafo siguiente: “En 1880, parte de la Brigada con guarnición en el fuerte Cuarta División realizó una campaña por la cordillera neuquina. Una de las columnas estaba al mando del entonces sargento mayor Manuel Ruibal, quien se anoticia por parientes del cacique que estaba refugiado en las nacientes del Bío Bío, por lo que se llega hasta la zona y le envía parlamentarios para concertar un nuevo tratado de paz, pero por un error de interpretación de la señal convenida con un piquete que había destacado en previsión de algún ataque de los indígenas, los soldados iniciaron un tiroteo que terminó con la muerte de varios indígenas y la dispersión de la tribu, que se encontraba río de por medio. Purrán fue tomado prisionero y llevado a Chos Malal y luego a Buenos Aires, confinándoselo en Martín García, de donde volvió a Chos Malal traído por el Ejército, fugándose hacia Chile, en donde vivió sosegado hasta su muerte” (Raone 1980: 222).


¿Todo por un error? Nótese cómo los apologistas de la Campaña al Desierto participaron de la terminología que luego acuñaría la última dictadura para intentar una justificación del Terrorismo de Estado: errores y excesos. Pero en el caso del apresamiento de Purrán, las propias fuentes militares desmienten la piadosa hipótesis.


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Premeditación

Guillermo Pechmann contaba con 14 años en 1878, el año que Julio Roca había pedido para preparar su invasión sobre el territorio mapuche libre. Ingresó al Ejército como cadete y en enero de 1880 formó parte de las tropas que se dirigieron a las nacientes del Biobío, donde según los informes que tenían sus superiores, se habían refugiado Purrán y su gente. En los últimos días del mes, uniformados y pikunche quedaron a la vista, sólo separados por las aguas del histórico río, es decir, en la jurisdicción chilena del presente. Después de tres días en los que intercambiaron mensajes y misivas, el gran lonco accedió a conferenciar con Ruibal, quien lejos estuvo de incurrir en un error. Pechmann: “Sería la una del día cuando se dispuso que ensilláramos los caballos, luego el mayor separó diez hombres elegidos y al trompa cabo Pedro Castro, les designó un lugar oculto distante 60 metros más o menos del punto donde se celebraría la reunión, allí debían permanecer juntos y cuerpo a tierra y el trompa delante de éstos con la corneta lista, y la vista fija en el mayor, todos con sus carabinas cargadas, luego agregó (Ruibal): cuando yo me encuentre sentado en rueda con todos los indios, un momento después, me sacaré el sombrero con la mano izquierda, y me pasaré la derecha por la frente pretextando calor, en ese mismo instante el trompa tocará diana y al pique de la corneta cargarán con la mayor rapidez sobre los indios, matarán a los que puedan y tomarán vivo al cacique Purrán, aunque sea a costa de sangre, lo conocerán fácilmente, porque será el que esté sentado a mi derecha” (Pechmann 1980: 39). Inclusive, Ruibal encargó personalmente “al cabo Baigorria y al soldado Juan Flores, hombre de mucha fuerza, la lucha con el cacique, evitando en lo posible de herirlo”, completa el testimonio del por entonces, joven militar.

Su reconstrucción de los hechos habla explícitamente de emboscada, la que finalmente tuvo sangriento éxito. Después de 15 minutos de farsa, se desencadenó el drama:


“De todos los indios que pasaron (el Biobío) acompañando al cacique Purrán, sólo éste salvó su vida, los demás fueron sacrificados o se ahogaron”, admitió Pechmann. Incluso, su relato expresa que los heridos fueron ultimados. Sólo en la delegación, fueron 24 los muertos mapuches pero además, los soldados abrieron fuego sobre las tolderías, sitas del otro lado del río. Ni errores ni excesos: vocación genocida.


Pechmann publicó su pequeño libro en 1919 y mereció al menos, dos reediciones. Al comentar su aparición, Proto Ordoñez, quien llegó al grado de general, juzgó que “la captura del valiente cacique Purrán, efectuada por los medios y en la forma que Ud. refiere, resulta completamente irregular, inaceptable porque acusa una deliberada y flagrante violación de leyes y principios de ética inmutables que es imperioso cultivar, respetar y admirar. […] Sucesos de esta clase debían forzosamente exacerbar la guerra, ya de suyo cruel y llevarnos al resultado alcanzado; el exterminio de una raza varonil y fuerte, cuyos hijos habrían servido al país provechosamente. Ya no cabe sino deplorar tan funesto e irreparable error” (Pechmann 1980: 85).

En su artículo para exaltar la Campaña al Desierto, Raone citó como fuente el librito del “Cadete X” -así firmó Pechmann en su primera versión-, de modo que no pudo no leer cómo sucedió en realidad el apresamiento de Purrán y la masacre de su gente. Que atribuyera los sucesos a un “error de interpretación de la señal convenida” ya no es ficción, como sugería Guinzburg, sino una tremenda “posibilidad de que los testimonios sean mentira”.

*Por Adrián Moyano para En Estos Días

Palabras claves: Campaña del Desierto, Dictadura, genocidio, Julio Argentino Roca, mapuches, pueblos originarios

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