México: La crisis en la frontera sur

México: La crisis en la frontera sur
27 junio, 2019 por Tercer Mundo

Las fronteras mexicanas son los pasos obligados para los miles de migrantes que intentan llegar a Estados Unidos sufriendo la represión y la persecución.

Por Manuel Aguilar Mora para Sin Permiso

Pocos días después del nefasto viernes 14 de junio, en Ojinaga, una lejana y pequeña población localizada en la frontera norte entre Chihuahua y Texas, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en su discurso seguía insistiendo en la justificación de su catastrófica postura: “La crisis que acabamos de pasar con nuestros vecinos cuando nos amenazaban con el cobro de impuestos a las mercancías que producimos (…) fue una crisis pasajera, transitoria. No caímos en la trampa de la confrontación porque no queremos pelearnos con el gobierno de Estados Unidos, mucho menos nos vamos a pelear con su pueblo”.

Unos días antes se había logrado el nefasto acuerdo que Donald Trump le arrancó al gobierno de México con sus descarados chantajes, convirtiendo a éste en su guardián fronterizo, no sólo en la frontera norte sino 3.000 kilómetros al sur, o sea también en la frontera con Guatemala y Belice.

Pero AMLO sigue creyendo con su pragmatismo chato que se trató de una “crisis pasajera” y que la confrontación con el gobierno de Trump “era una trampa”, cuando fue una realidad mundialmente conocida y que, por tanto, según él, fue correcto “no pelear”, o sea capitular. Veamos cómo de ninguna forma se trata de una crisis “pasajera”, cómo la “confrontación” seguirá dándose y cómo la capitulación ha sido peor que una derrota. De ésta es posible recuperarse, pero la capitulación es la expresión de una incapacidad orgánica para luchar que no quedará impune.

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La siembra de vida

Haciendo honor al acuerdo con el gobierno de Trump, una semana exacta después de haberse realizado, rápidamente el gobierno de AMLO se apresuró a poner en práctica una política migratoria a tono con el sentido del acuerdo; sentido por completo diferente al que había anunciado y ejercido hasta la crisis de junio. Se cambió al jefe de Instituto Nacional de Migración (INM), que fue sustituido por el ex director penitenciario de uno de los reclusorios de la Ciudad de México.

El cambio se sintió de inmediato en la frontera de Chiapas con Guatemala: se inició la detención de migrantes, que en una semana se elevó a 1.000 por día. Pero el despliegue de seis mil “guardias nacionales” -en realidad soldados y marinos con un nuevo uniforme, policías federales y agentes del INM, impresionante como ha sido, provocando incluso los aplausos del mismo Trump-, está lejos de ser suficiente para detener el proceso de migración hormiga que en esa frontera sur, aunque tres veces más corta que la norte (poco más de 1.000 kilómetros), es mucho más porosa y difícil de vigilar, pues se despliega en su mayor parte en territorios de selva tropical que se extienden por una vasta zona que, por arriba de las “fronteras nacionales”, se extiende por la Península de Yucatán, los estados mexicanos de Tabasco y Chiapas, y el grupo de países conocido como “el triángulo violento centroamericano”: Guatemala, El Salvador y una parte de Honduras. O sea, la región que habitan actualmente en forma mayoritaria las poblaciones descendientes de la antigua civilización maya.


Presurosos como deben ser para tener buenos resultados en el primer chequeo de las tareas de freno del flujo migratorio que les ha impuesto Washington para los próximos 45 días, los gobiernos de México y El Salvador realizaron su primera cumbre entre los presidentes de ambos países el 20 de junio pasado. AMLO se reunió con Nayib Bukele en Tapachula, la población fronteriza más grande de la frontera de Chiapas con Guatemala. Para AMLO, el convenio bilateral firmado con el presidente salvadoreño “es un ejemplo de colaboración para el desarrollo y la fraternidad universal”. Este giro retórico inusual en el discurso político plano y superficial de AMLO, expresa un sentimiento optimista sin mucho fundamento, pues en realidad lo conseguido es muy modesto todavía. Se trata, en realidad, de un primer episodio del programa Sembrando Vida, que tiene como objetivo crear en El Salvador 20 mil empleos y que empieza con los 30 millones de dólares que, de inmediato, se entregaron a Bukele para sembrar árboles en un territorio de 50 mil hectáreas.


El triángulo de la violencia

Sin embargo, la situación se perfila mucho más compleja en el resto del “triángulo de la violencia” centroamericano. Honduras y Guatemala se encuentran en una situación muy diferente, pues se trata de países en plena crisis social y turbulencia política. Los objetivos para la “siembra de vida” en estos países se confrontan a crisis mucho más agudas que la que atraviesa hoy El Salvador.

Guatemala está en plena campaña electoral, enrumbada hacia la segunda vuelta electoral para el mes de agosto entre la candidata que se perfila como la ganadora Sandra Torres y el segundo lugar de las votaciones de la primera vuelta, Alejandro Giamattei. Tres presidente anteriores guatemaltecos han pasado por la cárcel acusados de las peores prácticas de corrupción posible. En la primera vuelta se presentaron cerca de veinte candidatos a la presidencia. Los escándalos de corrupción no son los únicos. El crimen sigue carcomiendo todos los orificios del tejido social. Guatemala es un país profundamente afectado por las consecuencias nefastas de los años de horror vividos durante la dictadura militar más mortífera de América Latina, que ensangrentó al país desde 1960 hasta prácticamente 1990.

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Honduras, el tercer país del “triángulo”, cumple este año una década de inestabilidad social y conflicto político. La miseria, la violencia, la impunidad y la corrupción se han enseñoreado de este país cuyo pueblo, de nueve millones de habitantes, ha demostrado hasta la saciedad con sus luchas, su indómito espíritu de rebeldía, que se resiste a seguir siendo el prototipo de “república bananera” que el imperialismo le impuso con su dominación. El golpe de Estado contra Manuel Zelaya promovido y apoyado por el gobierno de Barack Obama y su secretaria de Estado Hillary Clinton en 2009, ha sido la última intervención cruda imperialista que detonó el largo periodo de insubordinación nacional contra la dictadura del militar Juan Orlando Hernández (JOH) surgida del golpe. Éste, con su reelección reciente, ha conseguido mantener en ebullición la lucha contra su despotismo corrupto.


Honduras es el país que se ha convertido en el eslabón más vulnerable del “triángulo”, la fuente principal de migrantes de las caravanas que salen de Tegucigalpa y San Pedro Zula, dispuestas a recorrer miles y miles de kilómetros en su deseo de huir de su miserable condición de humillados y oprimidos en busca del “sueño americano”. Debiendo enfrentar en su largo trayecto multitud de obstáculos: desde sed y hambre, la violencia de las bandas que los explotan y la represión de las fuerzas policiacas y militares centroamericanas y mexicanas, hasta llegar finalmente a enfrentar el muro fronterizo entre México y Estados Unidos, y los campos de concentración de la “border patrol”.


Aunque no estrictamente vinculado a los planes antimigratorios de los gobiernos de México y Estados Unidos, en Centroamérica no se puede pasar por alto la situación explosiva que atraviesa Nicaragua, directa vecina del “triángulo violento”, con la decadencia y agonía de la dictadura del binomio Ortega-Murillo. Situación que también es fuente de migrantes no sólo hacia Costa Rica, sino hacia el norte. Un factor más que complica y hace más profundo el atolladero centroamericano

El atolladero de la frontera sur

No será fácil que los buenos propósitos del gobierno de AMLO puedan ser puestos en práctica por gobernantes tan corruptos y autoritarios como los mencionados. Más bien, la militarización de facto que se ha impuesto a lo largo de la frontera sur de México con Guatemala y Belice tiene las semillas de conflictos violentos de todo tipo. Es una frontera que es directamente vecina de los territorios donde han surgido los municipios (“los caracoles”) dominados por el EZLN. El EZLN no se ha desarmado. Ha declarado una tregua pero no ha dejado las armas y, aunque cercado desde hace años, el ejército no ha violado abiertamente sus territorios. Esta situación puede desaparecer con la militarización de facto que implica el blindaje de la frontera sur para frenar el flujo migratorio. Las consecuencias de estos posibles conflictos son enormes. Esta militarización de la zona zapatista ha sido ya denunciada mundialmente por centenares de intelectuales, personalidades y diversos personajes de todo el mundo, encabezados por Noam Chomsky, Boaventura De Souza, Hugo Blanco, Michael Löwy, seguidos por muchos otros tanto mexicanos como de otros países y organizaciones democráticas y socialistas de todo el mundo.

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A las profundidades de esta caótica situación se han adentrado AMLO y su gobierno, aceptando la tarea que Trump le ha dado de ser su asistente migratorio, ligándolo directamente a los objetivos del intervencionismo y autoritarismo imperialista en la región, nutriendo al mismo tiempo las conflictos internos nacionales.

Así, volviendo al principio de la visión chata de AMLO, según la cual el viernes 14 de junio el no presentar “pelea” a Trump fue la manera más inteligente de enfrentarlo, se puede apreciar que hoy el gobierno mexicano es parte de un atolladero centroamericano (con directas repercusiones nacionales) en que se hundirá más y más de la mano del ogro rubio de Washington. Y como advirtió Porfirio Muñoz Ledo al gobierno de AMLO, si Trump es reelegido, pues “ya valimos”.

*Por Manuel Aguilar Mora para Sin Permiso

Palabras claves: Estados Unidos, México, migrantes

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