«El Poder Judicial funciona como una red que está en el quinto subsuelo del infierno y que recién te ataja cuando caíste ahí»

«El Poder Judicial funciona como una red que está en el quinto subsuelo del infierno y que recién te ataja cuando caíste ahí»
13 marzo, 2019 por Leandro Albani

Vivir sin justicia, libro de la periodista Mariana Sidoti Gigli, es un viaje real y descarnado por la historia de Omar Cigarán, el joven platense fusilado por el policía Diego Walter Flores el 15 de febrero de 2013.

Por Leandro Albani para La tinta

El barrio, las calles, las historias, las voces de familiares y amigos, las luces intimidantes de los patrulleros de la policía bonaerense, los aprietes uniformados y los días y las noches de decenas de pibes y pibas que escapan de la pobreza o la marginalidad impuesta son los lazos que se entrecruzan en este libro publicado el año pasado por Editorial Mascaró.

Como si fuera una película que mezcla escenas dirigidas por Quentin Tarantino o el Francis Ford Coppola de Apocalypse Now, el libro de Sidoti no solo recrea la vida de Omar, sino que reconstruye un mapa de la desidia estatal en la ciudad de La Plata, donde sus gobernantes convierten a los jóvenes que son empujados a la calle en poco menos que sombras.


Con apenas 17 años, Omar Cigarán murió como cientos de pibes en este país, acorralado y baleado por la policía, sin opciones de una vida más placentera y justa.


En diálogo con La tinta, Sidoti explica que el libro surgió al conocer el caso de Omar y como su tesis de grado de la carrera de Periodismo en la Universidad Nacional de La Plata. “Sabía que esa investigación no se iba a quedar atrapada entre cuatro paredes de la facultad”, recuerda.

Pero la autora no llegó sin un bagaje previo a la investigación que duró más de dos años. Su militancia en la Olla Popular de Plaza San Martín, organización que trabajaba con niños y niñas en situación de calle, fue tal vez el punto de partida para la concreción del libro. “Participé un poco más de un año y cuando estábamos festejando el quinto cumpleaños de la Olla, en octubre de 2013, conocí a Sandra Gómez, la mamá de Omar –rememora-. Ahí me enteré del caso, que había pasado unos meses antes”.

Ese día, Sidoti escuchó las palabras de Sandra, la historia de su hijo, el que había pasado sus días con sus noches en la Plaza San Martín, y los pensamientos de la periodista comenzaron un proceso de ebullición. “Me puse a pensar en las niñas, con las que más me vinculaba en la organización, que había conocido hacía muy poco tiempo, y conocíamos a sus familias –explica-. Era un trabajo muy de base: era trabajar con las familias de esos nenes que estaban vendiendo o boludeando, jugando, transitando la calle de alguna manera. En ese momento, para mí, fue todo muy obvio: escuchar la historia de Omar y ver cómo había terminado. De pronto, se me venían a la cabeza las imágenes de las nenas y los nenes de la Olla, entonces, me di cuenta de que muchos de ellos podían terminar así. Era una historia cantada”.

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—En el trascurso de la investigación, ¿qué descubrimientos te impactaron más?

—Lo primero que hice fue entrevistar a la familia de Omar. Con Sandra, mantuve entrevistas que no fueron periódicas, pero sí constantes. Fueron dos o tres a lo largo de los dos años y medio que duró la investigación. Pero a Milton, el padre de Omar, lo entrevisté una vez. No es que no me impresiona la fortaleza de Sandra y su activismo, porque es impresionante lo que ella cambió y lo que se activó. Pero me sorprendió mucho Milton, porque no estamos acostumbrados a que los padres hablen de estos casos. Siempre es la madre, tal vez por una cuestión muy machista de que la madre es la que se tiene que poner en la espalda toda la lucha y van a golpear las puertas de los juzgados, hablar con los fiscales, etcétera. Pero hablar con Milton y conocer su historia, ahondar en eso, la complejidad para contar cómo fue la crianza de Omar y cómo fue su propia infancia, todo eso me sorprendió.

Otra cosa que me impactó, y que me sirvió muchísimo para todo mi trabajo periodístico, fue la relación superficialmente igualitaria que mantienen policías y pibes de la calle. Es decir, los códigos mutuos que manejan, las amistades que se pueden llegar a formar y también las guerras, que siempre tienen al mismo ganador. Existe cierta camaradería o ciertos códigos de la calle entre dos actores muy importantes. Ir conociéndolos de a poco me sorprendió y me impactó, porque tal vez tenía el prejuicio de que todo era guerra a la yuta. La realidad no es tan así, es mucho más compleja.

—Esos códigos que los ponen en el mismo plano, ¿cuándo se rompen?

—Esa posibilidad está latente y, por supuesto, se rompe siempre para el mismo lado. A pesar de que los pibes pueden estar enfierrados o tengan una punta por las dudas, el poder lo tiene la policía. Eso es algo innegable, entonces siempre esa posibilidad está al acecho. Pero no se da tan a menudo como nos podemos imaginar, se tejen más relaciones de las que me imaginaba. Después, me fui sacando prejuicios, como que los pibes solo roban para comer. Me saqué el prejuicio de la culpabilidad, de que los pibes tienen que ser inocentes para que nosotros y nosotras los defendamos. Antes de hablar con Sandra y que ella contara la realidad y su verdad de lo que quedó plasmado en el libro, y de que Omar estaba robando en esos últimos tiempos, había leído cosas como que Omar había dejado de robar y entonces lo mató la policía. Como si Omar necesitase no estar robando para que no le pegasen un tiro, como si necesitáramos un inocente para defenderlo. Inconscientemente, muchas veces, lo pensamos, es algo que nos pasa en la militancia en general. Descubrir eso fue muy rico y muy aliviador también.

—¿Cómo fue relacionarte con los amigos de Omar para que contaran sus historias?

—Fue muy distinto y muy particular en todos los casos. Al Chino lo conocía de la Olla, porque venía de lo que era la Banda de la Frazada. Cuando nos juntamos en la Plaza de Tolosa para charlar, tenía una confianza conmigo que quizá otro pibe no la hubiese tenido. Tenía confianza con él para preguntarle ciertas cosas, que no me animé a preguntarle al CG, otro amigo de Omar, al que no lo conocía de antes. Esa entrevista estuvo muy interesante, pero estuvo enmarcada en el contexto de tensión permanente, porque estar en un penal, para la persona que no convive en un penal, es tenso. Es tensa la entrada, la vigilancia que había, era un contexto tenso. Y era un pibe con el que no había entablado una relación previa. Aun así, estuvo buenísimo. Tuvimos una confianza que no me esperaba.

En el barrio, comencé por preguntarle a Sandra con quién podía hablar. Ahí me empecé a vincular con los distintos amigos de Omar. Hay una particularidad, que es que, a partir del caso, formé un vínculo afectivo con uno de sus amigos, salimos un año y medio, y eso me cambió muchísimo. Es pasar de ser sujeta de estudio o investigadora a estar en otro lugar. Me ayudó, me perjudicó, fue todo junto. Pero fue muy interesante, porque, al conocer a esta persona en profundidad, tenés oportunidad de entender cosas que antes no podías desde el rol de periodista.

Con el resto de los pibes del barrio, incluso con los vecinos, fue ir puerta a puerta. Teniendo una fuente previa que te contó una cosa, vas a otra apelando a esa primera. En el barrio, fue más fácil porque ya lo transitaba y me conocían.

—En la historia de Omar y de algunos de sus amigos, aparece la necesidad de hacer algo para que los envíen a un penal como forma de zafar. ¿Por qué pensás que sucede esto?

—Lo dice el Chino, que es una inagotable fuente teórica. El sistema los expulsa constantemente y los induce a que quieran terminar en cana. Para los pibes que no están tan jugados, caer en cana puede ser un garrón. Pero para los pibes que están jugados, caer en cana puede ser una salvación y puede ser un plato de comida, afecto de sus amigos y un cierto alejamiento de las drogas, que es algo relativo. Además, el sistema penal que tenemos, y ahora que se da el debate de la baja de la imputabilidad, tiene un vacío zarpado. Para los pibes que tienen entre 14 y 16 años, si se mandan una cagada grande, existe un vacío total que la Justicia rellena como le parece. Un pibe que tiene entre 16 y 18 años sale de un penal juvenil, como fue el caso de Omar y de muchos otros, y no tiene nada: ni un club de barrio o un lugar que maneje los códigos de ellos y los pueda integrar. No tiene ninguna contención. La familia de ese pibe, mientras estuvo internado, tampoco tuvo ningún tipo de contención o mejora, ni siquiera una política pública que lo afectara en lo más mínimo. El pibe vuelve a su barrio donde están los mismos transas de siempre, porque la policía se lleva a los pibes, pero nunca a los transas. Es una muerte anunciada o la cárcel, que es la otra posibilidad.

—¿Existe algún cambio en las políticas públicas hacia los jóvenes en La Plata desde lo que sucedió con Omar?

—Cero o te diría que hasta menos, en términos de políticas públicas por parte del Estado. Desde la militancia o el activismo social, se han intentado algunas cosas, pero es muy difícil, porque tener que dialogar con los funcionarios para conseguir cosas es que siempre te las nieguen. El libro habla de la gestión de Pablo Bruera como intendente, que no profundizó en políticas de niñez de ninguna manera. Todo lo contrario y no solo por el hostigamiento que sufren los pibes, que considero que es una política por omisión, pero, a su vez, es activa, porque, al no prevenir, estás permitiendo que suceda. Y también hay una política de desfinanciación en cuanto a la niñez.

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—Frente a la problemática que tratás en el libro, ¿cómo ves que se desempeña el Poder Judicial?

—El Poder Judicial funciona como una red que está en el quinto subsuelo del infierno y que recién te ataja cuando caíste ahí. Tenés una Justicia contencioso-administrativa a la cual la provincia no le hace caso ni parece que le va a hacer caso en algún momento. Tenés fiscales o jueces piolas, pero la estructura es el funcionario que te dice “querusa” si venís del barrio Hipódromo o si venís con un caso como el de Omar.

El Poder Judicial es una red que ataja las cosas cuando ya están a punto de terminar o cuando ya terminaron. A las familias que sufren este tipo de casos, la justicia nunca les va a dar una reparación. En todas las instancias previas que Omar tuvo en su vida, la justicia nunca lo ayudó, incluso teniendo una medida de amparo a su favor.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

*Por Leandro Albani para La tinta / Imagen de portada: Colectivo Manifiesto.

Palabras claves: gatillo fácil, La Plata, Omar Cigarán, violencia institucional

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