Sacá la mano forro, que salimos de la cocina

Sacá la mano forro, que salimos de la cocina
18 diciembre, 2018 por Redacción La tinta

Por Emilia Pioletti

Anoche me iba a poner esta pollera para ir a escuchar música con mis amigas. La muestro por que se ve que necesitan todas las pruebas posibles para creer en la palabra de una mina.

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Como iba en subte, sola y desistí. Me cambié. Me cambié por este short, más largo, menos ajustado para no pasar un mal momento en el transporte público o caminando por la calle. Me da bronca el patriarcado actuando desde adentro mío, en una especie de profecía autocumplida contradictoria, una alienación que aunque quiero, no puedo evitar. Se me metió el monstruo adentro y cedí.

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Pasé una noche hermosa, vi una banda espectacular en un espacio con gente de ideas copadas, compañeres, bancadores de las causas sociales que muches abrazamos.

Durante todo el recital, un grupo de pibes estaba particularmente muy pesado,alcoholizado, saltando, gritando, molestando al resto del público, sobre todo a las mujeres, dado que eran casi todos chabones (casualidad o no, las minas usualmente no somos el grupito molesto de ningún espectáculo. Son pibes.) Cuando quise frenar a uno de los pibes porque estaba tirándome cerveza en la cabeza, me dijo “Perdón fue sin querer, igual yo no soy Juan Darthes“. Dijo eso, y están todes les que me acompañaban anoche de testigo. De esa forma solapada, quiso decirme “igual, no exageres”. Ante mi reclamo, él trajo una alegoría para disciplinarme a mí. Backlash.

Durante todo el show, los encargados de seguridad hicieron poco y nada para controlarlos. Despúes me dirían que no los sacaron del recital “para evitar que se caguen a trompadas afuera”. El riesgo de que se lastimen entre ellos afuera, era peor que el riesgo de que nos hicieran algo a todes les presentes adentro del lugar. Interesante jerarquía.


Cuando terminó, como en todo evento se armó cierto tumulto de personas para salir. Me levanté de mi butaca y uno de los chabones pesados venía atrás mío. Me metió una mano en el culo. Me di vuelta y le dije que me había tocado el orto, que qué hacía. Me lo negó, ni me miró a la cara y dijo: “cualquiera, no hice nada”. Se lo volví a repetir y me esquivaba la mirada y seguía avanzando como si yo no estuviera gritándole con la voz quebrada. Miré a la novia del chabón y le dije lo que había hecho. Me lo negó y se rió, como quien naturaliza, quien “sabe que él es así”. Siguó caminando. Me largué a llorar de la impotencia, odiando que me pase siempre eso porque siento que debilita mi reclamo, baja la calidad de mis argumentos y no quiero que logren eso, no quiero darles el privilegio de mostrarles mi vulnerabilidad.


Cuando el chabón me niega haber sido él, yo dudé. Dudé de mi misma. ¿No habrá sido otra persona y lo estaré acusando injustamente? ¿No habré sentido otra cosa yo? Y tuve que acallar mi mente sola: “Mili, lo viste, te metió una mano entera en el culo y te lo apretó. No, eso no es sin querer. Eso es un manoseo intencional. Fue él”. Pero lo primero que hice, con el patriarcado hablando desde el peor y más peligroso lugar que puede hablar que es desde adentro mió, fue dudar de mí. Porque todos dudan de nosotras. Siempre. Entonces capaz yo soy la que está loca. Logran hacerte creer eso.

¿Por qué lo hacen? ¿por que estaban alcoholizados? ¿por qué el alcohol es un atenuante en los acosadores y un agravante en las acosadas? ¿En serio después de todo lo que estamos viviendo tenés la impunidad y la estupidez mayúscula de tocarme el orto? Lo hacen por que pueden, por un sentido de “dueñidad” sobre los cuerpos de las mujeres, por que el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente propiedad, objeto a disposición, objeto sobre el cual legislar, desear y hacer a su voluntad, bajo su poder. Recuerdo con vergüenza y espanto, que de adolescente, que te tocaran el culo en un boliche era natural y hasta debías sentir una especie de halago: era la validación de tu valor, a través de esa mano, un hombre te legitimaba como objeto de deseo, te etiquetaba como “linda” según sus parámetros, te elegía. A los 16, la respuesta siempre era una risita cómplice y sumisa y nada más. Ninguna se quejaba. La lógica del cuerpo de la mujer en la estantería de un supermercado de la vida nocturna era así.

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“Tranquila amiga, dejame a mí”. Estaba con una amiga que me abrazó, me acompañó y ayudó a reclamar a quienes correspondía la seguridad. En medio del reclamo, se mete una chica, de nuestra edad, 30 años. A decirme que “tranquilizate, yo banco la causa, pero hay que tener paciencia, no podemos reclamar así todo”. A mí, que me acababan de meter una mano entera en el culo, me vino a decir que me calme, que sea más sumisa, que me calle la boca y que reclame pero en voz baja. De nuevo calladita. Hay que ver cómo el pacto machista halla cómplices en las mujeres también, que por descreimiento y negación y porque es dificil ver que el chabón que tenés al lado es un acosador, lo niegan. Pasa con las familias de violadores que niegan rotundamente los hechos, PASA. Y a no confundirse: los machos buscan complicidad y coartadas entre ellos, Darthes llamó al ex novio de Thelma para eso y no lo consiguió. Es el pacto de victimarios. Yo busqué en ella una complicidad de las víctimas, de las pisoteadas, de las acosadas desde que tenemos memoria. No lo encontré y fue doloroso ver cómo me daba vuelta la cara y se reía. El orden patriarcal es el enemigo a derrotar, y a veces tiene cara de mujer.


Pero ya no más. En medio del momento horrible, me sentí acompañada, escuchada, protegida por mi amiga. Ella tomó la palabra que yo no podía expresar porque estaba llorando de la bronca y cada vez que quería volver a hablar, me quebraba. Yo, con casi 30 años, empoderada, feminista, consciente de mis derechos, lloré. Una mujer adulta, quebrada, de nuevo. Como cuando tenia 17 y un chabón me tocó sin mi consentimiento en un depósito. El calor de la amistad femenina está subvirtiendo todo, el amor está cambiando todo, esa pedagogía de la ternura, de la sensibilidad, contra la pedagogía de la crueldad.


Les encargades del lugar, nos escucharon, pidieron disculpas y ofrecieron llamar y hacer una denuncia. Lamentablemente, una acción que da nulos resultados cuando el acosador ya se había ido del lugar y ninguna persona encargada de la seguridad se ocupó de buscarlo, frenarlo. Agradezco igualmente la escucha y la preocupación.

Hay que cambiar los dispositivos de seguridad en los lugares con asistencia masiva porque es en uno de los lugares en donde más riesgos corremos de ser manoseadas. El tumulto, el anonimato de la masividad, es caldo de cultivo para las manos de los machos. Hay que pensar que es algo por demás habitual, y que es necesaria otra estrategia: tal vez incluir mujeres en la seguridad, identificadas, para saber a quién reclamar y cómo. Para que al menos, el miedo al castigo, desaliente el acoso. Hasta que se den cuenta, genuinamente, que manosear pibas está mal. No sé, sólo tiro ideas porque la seguridad de los lugares, en manos sólo de chabones, ya no funciona. No saben qué hacer frente a tu reclamo, ni qué decir, ni cómo contenerte. Nadie salió a buscar al chabón que yo señalé. Nadie.

El chabón que me tocó, tenía en su bolso, atado, un pañuelo verde por el aborto legal y pidió junto a mí y el resto, por distintas causas y reclamos sociales que surgieron en el recital. Los machistas acosadores están en todos lados. En los movimientos sociales, escudados detrás de un pañuelo fingiendo ser aliados feministas, acompañando en las marchas. Es tiempo que los espacios dejen de “construir futuro” sin nosotras o con una pinkwasheada insultante.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

Porque, una vez más, nuestra integridad queda relegada, no es prioridad. Porque, una vez más, bajamos la cabeza ante algo que aparece como mayor, más estratégico más necesario. Una vez más, ciudadanas de segunda.

Porque después, te meten una mano en el orto.

Figurada y literalmente.

No queremos más revolcarnos en el victimismo, tampoco que el miedo cambie de bando, o exigir nuestra porción en el derecho al castigo, o que el poder de opresión cambie simplemente de manos. Es más grande que eso. “Mujer salva mujer y muestra al mundo lo que tiene que cambiar. No hay un príncipe valiente. Hay política, que es más lindo, más heroico y más verdadero. La mano salvadora viene de nuestra amistad y alianza. No queremos solamente consolar a una víctima que llora. El punto es cómo educamos a la sociedad para entender el problema de la violencia sexual como un problema político y no moral. Cómo mostramos el orden patriarcal, que es un orden político escondido por detrás de una moralidad.”, dice Rita Segato. Esa mano es la que queremos. Queremos cambiarlo todo. Queremos construir un mundo distinto. No queremos más esta humanidad.

Nunca contarán con la comodidad de nuestro silencio de nuevo.

Hasta acá llegamos. Se acabó.

*Por Emilia Pioletti / Foto de portada: Rebelarte.

Palabras claves: feminismo, Mirá cómo nos ponemos, Patriarcado

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