Salir, volver ¿a dónde?

Salir, volver ¿a dónde?
26 septiembre, 2018 por Redacción La tinta

Por Bernardo Penoucos para Agencia Pelota de Trapo

La incertidumbre acecha y la realidad golpea: ¿dónde vuelven los pibes, los miles de pibes detenidos en las cárceles bonaerenses? ¿Qué barrio los espera? ¿Qué instituciones, se supone, están funcionando para que el puente entre el encierro y la libertad permita una proyección distinta o esa «resocialización» tan mentada y renombrada por la opinión pública?

«Al Andrés le mataron el hijo, dicen que en una salidera, estaba drogándose con todo y parece que perdió. Ya es el segundo». Andrés cumplió su condena el año pasado y salió en libertad, caminando y con un buzo bajo el brazo; salió de la Unidad 2 de Sierra Chica con lo puesto y cargando en el cuerpo los golpes, la cárcel y el HIV sin tratamiento que se contagió estando encerrado.

El regreso a sus pagos sería largo. Un colectivo desde el penal hasta Olavarría y allí esperar algún otro colectivo que lo lleve hasta el gran Buenos Aires, más específicamente, hasta Villegas, La Matanza.

Andrés cumplió 16 años encerrado como parte de su última causa, pero, antes de esto, ya venía cumpliendo otras condenas también por robo. Salir y entrar, encierro y libertad. El año pasado, salió con estudios secundarios completos y estudios superiores casi finalizados.

Mientras cumplía esta última condena, su hijo murió en otro penal, en una de las tantas peleas a poncho y faca que recorren los patios y los pabellones de las cárceles provinciales. Hace unos días, acaba de morir, en la calle, su otro hijo.

«Cómo debe estar el Andrés, parece que vendió lo que tenía y se fue de Villegas. Perder un hijo debe ser terrible, pero perder los dos debe ser un dolor insoportable», me dice Carlos mientras fumamos en silencio y dejamos que el sol caliente un poco la frialdad de la cárcel y la honda tristeza de la conversación.

Andrés fue compañero de estudio de Carlos, amigo, «rancho» y cuando Andrés obtuvo su libertad, fue todo celebración, porque Andrés había cambiado, decían sus compañeros, y casi se había recibido y salía a la calle «con otra cabeza, para no regalarle más tiempo a este lugar asqueroso», como dijo cuando le llegó esa notificación de la libertad.


Pero Andrés se encontró con una calle agria, dura y furiosa. Andrés se encontró con instituciones vacías que ni se enteraron de que él salió y se chocó con un contexto sociohistórico crítico. No pudo, en la calle, terminar sus estudios terciarios y se subió a manejar un taxi 12 horas por día, 14 horas por día, 16 horas por día.


Andrés se encontró con un barrio estallado; atrás había quedado el aislamiento, atrás habían quedado los golpes y los traslados arbitrarios en camiones ciegos, atrás había quedado el ruido de candados y el disparo de escopetas, los gritos de los pibes golpeados y desnudos, y los gritos del silencio profundo de la cárcel. Atrás el dolor, pero adelante, también.

Hace poco menos de dos semanas, el otro hijo de Andrés también murió, se supone, que en una salidera bancaria. Su hijo tenía 18 años y consumía todo lo que podía. Andrés lo acompañaba a una Iglesia evangélica y estaba feliz porque hacía días que no consumía. Hace poco menos de dos semanas, se enteró de su muerte y decidió mudarse de barrio, de localidad y, seguro, de mundo también.

Miles de pibes caen en el encierro y los muros le dan continuidad a las sombras que, en la calle, también arrastraban. Sombras de antes, sombras en el encierro y sombras en el horizonte.

Hace rato que el sol les es negado a los miles de pibes que habitan sobreviviendo al sistema carcelario de la crueldad y, también sin sol, la pálida realidad que los espera para seguir camino una vez en la calle.

Hijos que se mueren demasiado temprano, policía que sigue hostigando aún con una condena cumplida, medios de comunicación que afinan cada vez más la maquinaria de la estigmatización, opinión pública que sigue rompiendo los cuerpos rotos que a la cárcel entran o que de la cárcel salen, con suerte, vivos.

Andrés debe seguir llorando la muerte de su hijo, debe mirar el cuerpo del hijo que no pudo criar, del hijo que no vio crecer, del hijo que no vio jugar porque él, mientras la niñez de los suyos, contaba días en las muchas cárceles que estuvo.

Andrés debe llorar la muerte de su hijo, de su segundo hijo muerto y debe mirar al cielo para que deje de llover por lo menos un día, un segundo, un respiro.

*Por Bernardo Penoucos para Agencia Pelota de Trapo. / Fotos: Dirección de Comunicación. Ministerio Público Fiscal

Palabras claves: cárceles

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