Lo que pudo y lo que puede Locche

Lo que pudo y lo que puede Locche
3 septiembre, 2018 por Redacción La tinta

Fue nuestro profesor de Literatura de segundo año quien, a pesar de no haber ido nunca a ver una pelea de Locche y de no mencionar jamás el nombre de Locche, nos explicó a Locche. Nos explicó exactamente que la literatura estaba en el mundo para atrapar lo que no se puede atrapar de otro modo. Fue él quien nos avisó que la crónica deportiva era o podía ser eso mismo, literatura.

Por Ariel Scher

Nuestro profesor de Literatura del segundo año era bajito como Nicolino Locche, esquivaba las trampas de los otros como Nicolino Locche y en su trabajo era idéntico a nadie, también como Nicolino Locche. Fue él, a pesar de no haber ido nunca a ver una pelea de Locche y de no mencionar jamás el nombre de Locche, quien nos explicó a Locche. Nos explicó exactamente que la literatura estaba en el mundo para atrapar lo que no se puede atrapar de otro modo. Por eso, Locche. Con Locche, el boxeador, no pudieron sus rivales porque le tiraban golpes y no lo encontraban, porque era una porción del mundo que se esfumaba cada vez que otro boxeador pretendía hallarla, tocarla, golpearla. La literatura consiguió lo que no pudieron esos rivales: capturarlo. A Locche no le pegaron, pero lo narraron bien.

Fue nuestro profesor de Literatura de segundo año quien nos avisó que la crónica deportiva era o podía ser eso mismo, literatura. Y quien nos impulsó a leer a Emilio Lafferranderie, El Veco, uruguayo, el periodista con metáforas en las manos al que le tocó cubrir la consagración mundial de Locche frente a Paul Fuji, en Tokio y el 12 de diciembre de 1968. Mágico Veco, que contó la pelea, el viaje, Japón, las emociones y los secretos en una sola e increíble nota en la que alcanzaba una sola e increíble frase para contar, además, a Locche, desde entonces Intocable. Locche: «El hombre que le puso pétalos de rosa a los callos de boxeo».

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Tal cual. Tal cual, tal cual, tal cual, como repetía nuestro profesor de Literatura de segundo año cuando nos mostró un texto de Osvaldo Ardizzone, otro maestro de las páginas de deportes, que, en 1963, tipeó: «No arranca Locche. No habla. Sólo se ríe con toda la dentadura blanca y pareja». Toda la dentadura blanca y pareja que le detectó Juan de Biase, otro cronista poético, cuando explicó que ese boxeador fumaba a escondidas, ocultando los cigarrillos, pero no la ingenuidad, con un rostro de «pibe sorprendido en falta». O, como agregó el mismo De Biase, a centímetros de Nicolino, el día sublime de Tokio: «¿Fanfarronería? No, simplemente Locche. Él era así. Despreocupado para todo, seguro, divertido. Vivía como peleaba. Un personaje único».

Y nada más literario en Locche que eso que se les escurría a los adversarios del ring y no a los buenos socios de las palabras: su estilo, su lógica victoriosa de vencer sin pegar, su sello irrepetible de hacer del boxeo un ajedrez en el que los puños resignan su papel dominante. Tan campeón de la observación como Locche de los combates, lo consignó fenómeno Juan Sasturain: «Locche rehuía el combate, pero no era precisamente un cobarde. Se trataba, como en el arte de la guerra oriental, de una saludable decisión estratégica». Útil Locche para más cuestiones que desalentar a sus colegas de oficio bravo hasta sacarles el aire y la voluntad de atacarlo: Sasturain apeló a esa mirada sobre Locche para dar cátedra sobre qué es y qué no es borrarse en la vida.

Desalentador de contrincantes, sí. Y alentador de literaturas. De la de Osvaldo Soriano, quien suscribió en 1972: «Porque a Locche el boxeo le importa poco. Quiere vivir y parece que no le molesta que los demás vivan». De la de Abelardo Castillo: «Porque Locche ha hecho del boxeo un medio de expresión: un lenguaje. Un modo de comunicar algo a veinte mil personas». De la de Cicco: «Era como un atleta tan veloz que corría los últimos cien metros en puntas de pie haciendo pito catalán». De la Ulises Barrera: «Un verdadero radar humano». De la de Horacio Pagani: «Si no mataba una mosca, ni aún con esos brazos gruesos y macizos que parecían rellenos de algodón». De la de Gustavo Cordera: «Para no lastimarme / aprendí a esquivar / me siento campeón / como Locche en Japón».

Fue, por supuesto, nuestro profesor de Literatura de segundo año el responsable de que entendiéramos que Locche boxeaba al revés que lo que suponíamos que era el boxeo y, a pesar o a favor de eso, formaba parte de las horas de la gente, querible y popular. Aquel profesor nos abrió Libro de Manuel, de Julio Cortázar, en la página de una confesión: «Todo eso del entusiasmo y la manía está bien mientras apunte a lo más alto, porque a mí los entusiasmos de los hinchas de San Lorenzo o de Nicolino Locche, para no hablarte de las papas fritas, me dejan más bien inamovible». Pura literatura, por cierto, dado que, fuera de su condición de autor, Cortázar incluía a Nicolino entre sus boxeadores favoritos.

El destino feo de muchos profesores consiste en no certificar que muchos de sus alumnos se siguen sintiendo sus alumnos aunque el tiempo borre el lazo cotidiano. Así que nuestro profesor de Literatura de segundo año no vio cómo unos cuantos de nosotros sonreímos al ubicar el apellido de Locche en la pluma del colombiano Alberto Salcedo Ramos, quien pinta fantástico al campeón argentino en una biografía de su vencido y vencedor, Kid Pambelé, que se llama El oro y la oscuridad. O, tampoco, al toparnos con Locche en las imaginaciones de Martín Caparrós («-No me digas que ese de ahí es Nicolino Locche», se sorprende uno de los personajes de Los Living) o de Martín Kohan, en Segundos afuera. Sí, desde luego, ese profesor nos hizo oír, aunque sin pensar en el boxeo, a Chico Navarro, entonando Un sábado más, el tema que patenta como nada y como nadie lo que representaba ese tipo: «Que hoy pelea Locche en el Luna Park».

Bah, como nada y como nadie es mucho. Porque de la significación de Locche escribieron los expertos en boxeo más certeros de la Argentina, desde Emilio Ferés hasta Daniel Guiñazú, desde Ernesto Cherquis Bialo hasta Jorge Mórtola, desde Carlos Irusta hasta Osvaldo Príncipi. Pero la magnitud más acabada la dimensionó, una vez más, el Negro Fontanarrosa, cuando una multitud lo esperó en su Rosario al regresar de un viaje premiado: “A esta altura, ya puedo esperar cualquier cosa. Este fue un festejo a lo Nicolino Locche, con camión de bomberos y todo”.

Locche nació el 2 de septiembre de 1939 y murió el 7 de septiembre de 2005. Todo en Mendoza. O sea que no es raro que su interlocutor dilecto para transformarlo en oraciones, en fábula, en película, en ternura completa, haya sido otro mendocino. «Boxeador-torero-Gandhi-Chaplin», se arrimó a definirlo Rodolfo Braceli, periodista, escritor, un señor capaz de articular verbos para fabricar magia. También así: «En el terrible circo, Nicolino fue arrojado a los leones. Para sobrevivir, no trató de degollarlos. Y qué cosa, los leones tampoco se lo comieron. Se pusieron a conversar con él».

Algo más: Braceli se subió a un cuadrilátero para enfrentar a Locche durante cuatro rounds, en un ensayo enmascarado de pretensión de artículo para una revista que, en el fondo, cobijaba la ilusión de acertarle un golpe. Le sucedió lo que a casi todos. Ni lo rozó. Con los guantes, claro. Con las palabras, en cambio, lo alcanzó entero.

Lo que puede la literatura, diría, con razón y con pasión, nuestro profesor de Literatura de segundo año.

Nosotros, con la gratitud que merecen los buenos profesores, apenas haríamos un agregado: lo que pudo y lo que puede Locche.

*Por Ariel Scher

Palabras claves: Boxeo, literatura, Nicolino Locche

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