«Los policías tienen más en común con otros grupos sociales de lo que estamos dispuestos a aceptar»

«Los policías tienen más en común con otros grupos sociales de lo que estamos dispuestos a aceptar»
2 julio, 2018 por Redacción La tinta

Por Paz Azcárate para Almagro Revista 

¿Qué distingue a un policía del resto de los grupos sociales? Muy temprano en su carrera académica, Mariana Galvani se hizo esta pregunta y la convirtió en el faro de toda su investigación. Egresada en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, comenzó a estudiar a la Policía para su tesina de grado, que luego se publicó bajo el nombre La marca de la gorra. Trabajó como consultora del Estado en temas de Seguridad y hoy es docente de la carrera en la que se formó. En su último libro, Cómo se construye a un policía (Siglo XXI Editores) Galvani avanza sobre el armado del know-how del oficio y del bricolaje de ideas sobre los “otros amenazantes” que brotan del sentido común y que históricamente fueron vagos, delincuentes, lunfardos, anarquistas, terroristas y los más contemporáneos jóvenes delincuentes. He aquí un pequeño spoiler del trabajo de Galvani: la épica de ser el guardián de la ley y el orden es un condimento necesario para cocinar un policía.

Pero también, Galvani entiende que más allá de su rol social, ser policía es un trabajo. Es por eso que encarar esta investigación le demandó, antes que nada, abandonar posiciones de buenos-versus-malos y enmarcar la labor policial en el entorno contradictorio en el que se desempeña. Esto es, el de una sociedad que le demanda protección, vigilancia, y resolución de conflictos para los que no está preparado, pero que también ve con malos ojos la violencia que ejerce para cumplir ese rol.


“Los policías tienen más en común con otros grupos sociales de lo que estamos dispuestos a aceptar, especialmente cuando esa semejanza nos remite a los sectores de bajos ingresos y al mundo de los trabajadores”, advierte Galvani y nos pone frente a la idea de que nunca seré policía puede ser más una afirmación de privilegios que el verso que canta un adolescente contestatario.


Mariana-Galvani-Investigadora-policia

¿Existe algo así como la vocación policial?

—En todos los trabajos que tratan sobre las personas aparece muy fuerte la idea de la vocación, se presenta como un compromiso moral que es más fuerte que lo que tiene que ver estrictamente con el trabajo. Esto es así con muchos trabajadores del Estado, porque a los policías hay que pensarlos de ese modo. Entonces esto es igual también con los docentes. Tener vocación, sumado a una cuota de algo heroico de entregar la vida por el “orden”, se convierte en una razón para entrar a la escuela de policías pero también para hacer el trabajo de todos los días. Sin embargo, cuando conversás con ellos lo que aparece es que entrar a la Policía se les presentó como una opción laboral muy concreta. No hay algo así como un “gen policial”, pensemos que hablamos de una formación con beca, que cuando terminás te garantiza un trabajo fijo, que tiene una jubilación. Son aspectos que en algunas trayectorias aparecen muy atractivos teniendo en cuenta el resto de las alternativas posibles.

Pero a diferencia de lo que ocurre con otros empleados del Estado, un policía tiene la capacidad de intervenir con algún grado de violencia en determinadas situaciones. De por sí, de portar un arma en la vía pública que no es poco.

—Si querés lo más específico de un policía es la posibilidad de la muerte. De la suya y de las que pueda producir él en su quehacer. Por eso a los caídos, adentro de la Policía eventualmente se los construye como mártires. Hay un acto de entrega, de arrojo y sacrificio que entre lo que ellos manifiestan cuando hablan de su trabajo es todo. Acá la idea de la muerte se emparenta y queda justificada por la de la vocación: institucionalmente el trabajo policial no aparece como algo que se hace por un salario, sino que se convierte en una entrega de dar todo de sí hasta el final.

Vos hablás del “loco” como una figura funcional adentro de la fuerza que puede suspender la legalidad y ser considerado un héroe entre sus compañeros, y al mismo tiempo ser expulsado por la institución por los “errores” que cometió. ¿Leés el caso Chocobar en esa clave?

—Chocobar es un producto raro porque pertenece a una de las policías más “progresistas”, si querés. Como planteo, después podemos reflexionar si más bien se trata de un emplazamiento y que como tal la Policía siempre va a cumplir la misma función. Pero la de Avellaneda en particular fue una de las primeras policías locales con una argumentación en Derechos Humanos.

Solo que en este caso, a diferencia de lo que pudo pasar bajo otra gestión de Seguridad, lo que hizo no fue señalado como un error sino celebrado.

—No tanto, pensemos que la Justicia siguió su curso: Chocobar está preso y va a seguir preso. Macri no lo defiende, defiende una forma de la gestión de la seguridad y crea una falsa ilusión de bancarlo. No dijo “lo voy a indultar más allá de la decisión de la Justicia”. Dejó que eso siga su curso. Aunque sí aprovecharon para refritar un viejo enemigo, un “nosotros contra ellos”, que es algo que todas las gestiones reciclan. Esta en particular intentó construir su enemigo político con la RAM primero y no tuvo éxito, no caló tan hondo. Sucede igual con el narcotráfico. Siempre están intentando instalar un enemigo que pueda justificar una intervención más cruda. Chocobar es un “loco” reconocido por el poder político, pero, a diferencia de lo que pasó con Santiago Maldonado que le costó caro a la Gendarmería, en Chocobar socialmente hay un héroe, cae bien.

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Foto: Colectivo Manifiesto

¿Cómo se habla de Derechos Humanos en las escuelas de la Policía?

—Todas tienen por un lado la parte de formación escolar y por otro la de campo. La parte teórica está dada por variedad de profesionales de muchos campos distintos y la parte de campo que tiene que ver con el quehacer policial tiene un mensaje de: “Bueno, lo que ustedes aprenden en el aula está bien, pero esto es lo que te sirve para ser policía”. Eso no significa que a algunos policías no les incomode su rol, pero tampoco pueden hacer mucho para cambiarlo. Por ejemplo, lo que pasó en el Borda bajo la gestión de Macri en la Ciudad: llevan a los policías, los exponen sin necesidad y buscan la foto que necesitan. Tiene una forma de televisar esos conflictos que legitima su propio accionar.

¿Qué tipo de vías podrían servir para canalizar ese malestar?

—Hay un problema que es grave y es la imposibilidad de sindicalizarse. Salvo el Grupo Especial de Operaciones Federales (GEOF), que tiene una instancia para manifestarlo, un policía no puede quejarse formalmente más que ante su jefe y su jefe tiene un montón de formas de sancionarlo. Si el policía se niega a cumplir una orden, queda solo en su reclamo. No tiene la opción de agruparse y peticionar un cambio o manifestar que está en desacuerdo con cómo se hizo lo que se hizo. De la misma imposibilidad de sindicalizarse deriva el problema de que a la institución le aparecen los conflictos cuando estallan, cuando están amotinados. Nunca saben qué les pasa, qué problemas tienen, lo que vende el oficial es “mi tropa está de esta manera”, pero las autoridades nunca llegan a saber qué pasa por debajo de eso.

También para canalizar conflictos internos, pienso en el caso del cadete de policía riojano.

—Bueno, en la gestión de Garré, por ejemplo, se prohibieron los bailes. ¿Cómo cuenta un aspirante a policía que a la noche lo levantan a las 4 de la mañana y lo hacen correr hasta que se agota? Lo sacan de la escuela. Hubo una iniciativa para estos casos, una especie de 911 para denunciarlos, pero es una salida muy individual y no hay manera de que alguien te proteja si querés hacer un reclamo y nada te garantiza que hacerlo no se te vuelva en contra.

¿Cómo funciona esto en otros países?

—En Uruguay están sindicalizados. En Francia también, aunque con una forma menos tradicional o distinta a la que conocemos nosotros que es asamblearia, tienen espacios donde pueden plantear cosas con las que no están de acuerdo. Por supuesto no es la solución a todos los problemas y después me podés decir que los sindicatos se burocratizan y es verdad, pero el argumento de la “corrupción” para imposibilitar la sindicalización no tiene sentido si pensamos que existen sindicatos que no son corruptos y que, por otro lado, ningún policía necesita estar sindicalizado para ser corrupto.

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Foto: Colectivo Manifiesto

—¿Hubo algún proyecto concreto para cambiarlo?

—Siempre hay proyectos desde los propios policías, pero es una medida bastante impopular y nunca consigue avanzar.

Teniendo en cuenta que aunque cada vez hay más policía en la calle el nivel de conflicto también va en aumento, ¿vale la pena imaginarse una fuerza de seguridad “mejor” o hay que pensar directamente en otro tipo de institución más efectiva en ese sentido?

—A todos los problemas sociales, el Estado responde con más Policía. Incluso a la cuestión del desempleo, porque la Policía es un gran generador de puestos de trabajo al mismo tiempo que te permite aumentar el control social. El problema es que hoy atienden a un montón de conflictos, incluso en mucho mayor medida que lo que los ocupa el tema del delito.

Un policía hoy interviene en cuestiones para las que no está preparado, como peleas familiares, en escuelas, en casos de violencia de género. Incluso no tienen herramientas como conocimiento de reanimación cardiopulmonar o atención primaria en accidentes, que por supuesto no es su culpa. De hecho, a veces colaboran en esos casos porque le ponen onda, si querés, pero más allá de que puedan separar a dos personas peleando el conflicto en sí no pudieron resolverlo.

Por otra parte, todos los discursos que se utilizan para justificar ese aumento de la policía también generan pánico. La gente vive con tanto miedo y bronca, a un punto en el que en algunas situaciones lo más “humano” que podés hacer es llamar a la Policía porque son capaces de linchar a un pibe por robar un celular. Como conclusión, generaste miedo, paranoia y pusiste en la calle, ahora con cierto envalentonamiento para trabajar ilegalmente, a un montón de policías que mayormente van a tener que resolver problemas que atañen a psicólogos, psicopedagogos y trabajadores sociales, más allá de todas las instancias que fallaron previamente para que alguien salga a robar.

*Por Paz Azcárate para Almagro Revista.

Palabras claves: Abuso policial, Mariana Galvani, policia

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