En vida, el desencuentro entre la persona y su contexto

En vida, el desencuentro entre la persona y su contexto
16 mayo, 2018 por Gilda

Por Manuel Allasino para La tinta

En vida es una novela de Haroldo Conti publicada en 1971. Constituye tal vez la apuesta literaria más alta del escritor. Es una historia urbana en dónde se narra el desencuentro del individuo con todo lo que lo rodea. Los personajes son gente simple, que lucha por conseguir el sustento para hoy, tal vez para mañana. Más allá de esa meta, el futuro es incierto. Y no sólo en el terreno material sino también en el amor, la amistad y la salud.

Sin compasión, Haroldo Conti describe y retrata tanto la ciudad como a sus marginales, esos seres desdichados y perdedores que pasan el tiempo en una oficia piojosa del Pasaje Barolo, en los boliches del Bajo o en los rancheríos vecinos al río. Ni Oreste, personaje principal, ni sus compinches del vino -Roque, el inquieto Paco, el gordo Sixto y Pino-, tienen una causa, más bien están entregados a la caída.

“Encendió un cigarrillo y echo la silla para atrás. Allí estaba la noche y aquellos dos ricos tipos se volvían un momento hacia este Oreste un millón de años más viejo y lo saludaban con sus jarros en alto. Pino encendió el farol y su sombra saltó a través de la ventana. Después apareció Roque, tal vez esa misma noche. Había refrescado y se despertó. Vio la claridad del amanecer a través de la persiana. Recién algo después reparó en Roque. Estaba sentado en la punta de la cama, recostado contra la pared de madera, fumando un miguelito. Al moverse, el perfil cobró cierta pálida animación. Roque descolgó un piloto y lo echó sobre la cama. Oreste recuerda siempre aquel rostro flaco y contraído que se inclinaba sobre él, en el recuerdo. Probablemente Paco lo había encontrado lo mismo que a él, la noche de un sábado cualquiera, y habían compartido algunas de esas generosas desventuras que afligen a los borrachos. Después el rugiente paseo por la costa, la curva, el letrero que balancea el viento. Desde entonces Roque viene todos los sábados, alrededor de las ocho. Entraron algunos tipos. Uno de ellos saludó a Oreste con la cabeza. Tomaron asiento en la mesa grande del fondo. Pino trajo dos jarros, un platito con porotos y un mazo de barajas españolas. Desde la ventana Oreste ve el farol rojo que cuelga sobre la curva. El viento lo sacude y los árboles cambian de lugar. El viento trae voces y ruidos. Todavía hay música por el lado de El Barrilito pero lo cierto es que no se ve un alma”.

La novela describe una ciudad que a los personajes se les vuelve ajena y hostil. Son hombres duros, solitarios,  y que habitan el Bajo de Buenos Aires, los suburbios. Esa zona portuaria en la que una ciudad puede ser cualquier ciudad. Allí, entre bares y prostíbulos, buscan mitigar la soledad al son de una rumba o de un bolero.

“Mientras esperaba el colectivo tomó un café en un vasito de plástico y fumó un cigarrillo. Tenía la Torre de los Ingleses justo enfrente. Siempre que miraba esa torre se acordaba del viejo. Habían subido una vez, en el 47, y el viejo se pegó un susto fenomenal. Todavía en aquel tiempo veía la ciudad con ojos de forastero. Oreste, se entiende, porque su padre lo fue toda la vida. El Parque Japonés con aquellos viejos y ornamentados mecanismos, de otra especie, sin duda, que en su recuerdo giraban cada vez más lentos y más grandes, el Jardín Zoológico que, en cambio, parecía empequeñecerse con cada visita hasta que por fin se redujo en su memoria a lo que probablemente es en la realidad, una puerta de un verde mugroso y, detrás, un jardín polvoriento con algunos animales achacosos. El puerto no había cambiado pero el puerto no tiene nada que ver con esta ciudad. Hacía rato que los había separado en su cabeza. Estaba también la recova de Leandro Alem (no ésta, que en apariencia resulta la misma), una ciudad subterránea con olor a frito y racimos de botines y libros también subterráneos como Los Placeres de la Alcoba, La Virgen Seducida o Las invertebradas del colchón, las fotos de Gardel con cara de plástico o del almirante Langdorff. Había vuelto algunas veces ahí, se había cruzado con el recuerdo de su padre, pero ya no era lo mismo, no veía aquel lado de las cosas.  El colectivo se interpuso entre él y la torre y un tipo con cara de bronca le preguntó si subía y él quiso explicarle, hubiera querido explicarle pero el tipo trepó al colectivo y los demás subieron detrás de él mientras Oreste trataba de calzar un pie en el estribo.  Oreste salta del colectivo en Paseo Colón y Venezuela porque el desgraciado para una cuadra más allá y trepa por Venezuela con la cabeza gacha sin ver otra cosa que el pedazo de cemento y luego el pedazo sucesivo de vereda que se mete bajo sus zapatos y siempre sin mirar se hace a un lado después de la esquina para evitar el hoyo que abrieron hace dos años (el borde del hoyo pasa efectivamente a su lado) y luego de la vidriera con productos abrasivos, que salta en su cabeza como una diapositiva, siente el hueco de la puerta que sigue inmediatamente, y ahora viene la otra vidriera, válvulas y robinetes –otra diapositiva- y recién entonces levanta la cabeza y sin cambiar el paso entra en su casa, mejor dicho, en el edificio con paredes grises hasta el cielo que de alguna manera es su casa”.

Oreste es un porteño de cuarenta años que tiene un matrimonio rutinario, dos hijos que lo ignoran y unos amigos decadentes que lo llevan a antros de mala muerte a esperar el nuevo amanecer que nunca trae nada de nuevo. Hasta que día aparece Margarita en su vida, y con ella comienza una transformación en Oreste. Por primera vez él elige algo en su vida, y no le importa si Margarita sale todas las noches. Ella es un refugio, una huida, un retorno al pasado que, irremediablemente, siempre fue mejor. A su vez, con la llegada del amor, comienza un abandono de sus lazos afectivos que no es consciente. La gente se le deshace en las manos como una flor marchita. Se mueren los amigos o abandonan Buenos Aires sin que estos hechos consigan arrancarle de los labios más que un: “así es la vida”. El único que parece reclamar su rol de padre y adulto responsable es su hijo Marcelo. Pero él también parece conformarse con las vagas mentiras que Margarita le cuenta a la entrada de la casa sin dejarlo pasar.

“El cielo parece de cemento pero un resplandor amarillo cuelga de una lejana pared, detrás de las primeras línea de edificios. Oreste echa con firmeza un pie adelante. El chorro que atraviesa secretamente la mañana, el flujo y el reflujo de las voces, el ondulante resuello de la ciudad y arriba, rozando los edificios más altos, las frías nubes de otoño que navegan en convoy, todo eso, un día cualquiera del tiempo, lo marea significativamente. Cruza Sarmiento de un salto. Algo más adelante, un tipo le pone un papel en la mano. <<¡Por fin en Buenos Aires! Gran Serpentario BARNUM. Conozca las serpientes de cascabel – de la cruz – coral – yarará – boas constrictoras reinas de la selva>>. Su abuelo solía decirle <<serpentone>>. Era una palabra divertida, aunque nunca entendió a qué se refería exactamente su abuelo. El abuelo ahora es esa palabra y aquellos lentos pasos sobre el patio con la parra de uva chinche. El tránsito se había embotellado en Cangallo y Pueyrredón. Dos tipos se putean inspiradamente de un coche a otro. <<¿Las víboras pican con la cola o con la lengua? ¿Maman a las mujeres o a los animales? ¿Las ahuyenta el ajo?>>.  La pared de la estación está cubierta de carteles de una punta a la otra. Es una pared de papel y tinta, una piel de signos y letras que cambia constantemente. Hasta la mitad de afiches que denuncian la <<conspiración judío – plutocrático – comunista>>. Desde la otra punta, desde Bartolomé Mitre, un tipo con un tarro y brocha viene pegando otros carteles con la propaganda de la famosa y acreditada sastrería Super, especialista en el <>. Más arriba chorrea una leyenda de alquitrán: <>.  La mancha de luz ha desaparecido de la pared que se ha vuelto un macizo de sombras. Oreste se detiene un momento y observa aquella negra pared. Luego cruza la calle entre los coches y los colectivos que avanzan ciegamente, acelerando y frenando cada dos metros”.

Haroldo Conti no sólo sabe de lo que habla sino que además sabe contarlo. Eso queda reflejado en esta gran novela, en donde el erotismo asoma como estallido para después volver todo a una soledad sin fondo.

 

Sobre el autor

Haroldo Conti nació en 1925 en Chacabuco, provincia de Buenos Aires. Fue maestro de escuela primaria, profesor de latín, empleado bancario, piloto civil, nadador, navegante y guionista de cine. Se graduó en filosofía. En 1956 publica la pieza de teatro Examinado. Cuatro años más tarde recibe un premio de la revista Life por su relato “La causa”. En 1962 gana el premio Fabril con su primera novela, Sudeste, y se convierte en una de las figuras de la llamada “generación de Contorno”. Publica después las novelas Alrededor de la jaula (Premio Universidad de Veracruz) y En vida (Premio Barral, cuyo jurado integraban Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez) y los libros de cuentos Todos los veranos (Premio Municipal), Con otra gente y La balada del álamo carolina. Colabora con la revista Crisis. En 1975 publica Mascaró, el cazador americano, que merece el premio Casa de las Américas. El 4 de mayo de 1976, tras el golpe militar, fue secuestrado y desaparecido.

*Por Manuel Allasino para La tinta.

Palabras claves: En vida, Haroldo Conti, literatura, Novelas para leer

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