¿Desarrollo para quién? ¿Trabajo para qué?

¿Desarrollo para quién? ¿Trabajo para qué?
17 abril, 2018 por Redacción La tinta

A partir del avance extractivista en Tariquía y otros territorios bolivianos, surgen las preguntas por las dos palabras mágicas esgrimidas por parte de sus impulsores como moneda de cambio y convencimiento. Trabajo y desarrollo.

Por Raquel Gutiérrez para Zur

 

Preguntas que gritan, urgencias que brotan…

regenerando sentido común entre nosotras.

Dos preguntas inmediatas surgen una vez que se conoce lo que ha venido ocurriendo en Bolivia en relación al amenazante avance del extractivismo petrolero sobre lo que en años previos se consagró como “Áreas protegidas”, y que tan bien nos explican Claudia López y Paloma Tórrez en su reciente trabajo publicado en ZUR.

Las preguntas se amplifican cuando terminamos de mirar el video sobre el reciente “Encuentro de Mujeres en Resistencia” en Bolivia, realizado como parte del gigantesco esfuerzo de miles de mujeres durante el #8M-2018, también en Bolivia. Estas miles de acciones siguen cimbrando al patriarcado capitalista y colonial que estamos confrontando y diluyendo en común con nuestras luchas, encuentros y voces pues, como dicen las compañeras del TIPNIS: “somos espinas” que nos vamos clavando en los pies del monstruoso capitalismo colonial, operado de manera misógina y patriarcal. ¡Somos muchas espinas! ¡Podremos detener su marcha!

¿Desarrollo para quién?

Lo que se aclara es que la ampliación tanto de la “frontera” agrícola como de la petrolera, eléctrica e industrial, junto a grandes procesos de expropiación y despojo que concentran riquezas y ganancias en manos ajenas; también ha detonado pequeños o medianos procesos privados de acumulación de capital en nuestros países e incluso, a veces, en nuestros territorios. Tales procesos privados de acumulación de capital -similares a los protagonizados por los cocaleros desde hace muchos años y desde dónde fundaron una parte de sus críticas al modelo neoliberal clásico-, han alterado fuertemente el mapa de la confrontación en Bolivia y en América Latina. La actividad económica capitalista a gran escala, cuyo avance conquista y coloniza los territorios que aun contienen riquezas concretas, en ocasiones abre opciones económicas, siempre parciales y contingentes, a específicos y fuertemente corporativos segmentos de dirigentes y funcionarios, militares y civiles. Gran parte de tales segmentos, en Bolivia, está compuesto mayoritaria -aunque no únicamente- por varones que responden -o pertenecen- al MAS.

La rica y diversa mirada de las luchas feministas renovadas, transmitida por ambos documentos, destaca el mayor problema que nosotras, en muchas tierras y espacios estamos percibiendo y confrontando: que la agresiva ofensiva de conquista y colonización capitalista en marcha sujeta con pesadas cadenas tanto a los diversos territorios en peligro, como a las tramas comunitarias que ahí reproducen sus vidas. Los sujeta a los flujos transnacionalizados del capitalismo más poderoso hoy desbocado en la reconquista de todo lo que encuentra, a través de los intereses financieros que es el único lenguaje que hablan.


Nosotras ya sabemos que donde hay más violentas cadenas de sujeción capitalista, colonial y patriarcal es cuando y donde la fragilidad para la reproducción de la vida se incrementa de manera exponencial, incluyendo por supuesto, la amenaza a nuestra propia vida en tanto que mujeres. Como en muchos lugares del continente, se vuelve a gritar el grito de lo que ahora se sabe: “¡Desarrollo es destrucción!”. Y lo destruido es aquello que nos ha sostenido hasta ahora y, muchas veces, también somos destruidas nosotras mismas.


Así, volvemos a vislumbrar cómo, lo que de manera miope y cortoplacista se presenta como “compromiso de mejora”, como “lucha contra la pobreza”, o como “ofertas de empleo”, no es más que el añejo ejercicio de hacer creer que la punta del iceberg es el bloque de hielo completo. De confundir la parte por el todo. Confundir, a propósito, lo que es una contradictoria y tensa trenza de intereses privados -de distintas escalas- y presentarlo como si esto fuera el “interés nacional”, las “decisiones soberanas del Estado”, o cualquier otra fanfarronería hiperbólica, es un desacierto que, a estas alturas, raya en lo criminal.

Como otras veces, en y más allá de Bolivia, el más peligroso de los nuevos “espejitos y cuentas de vidrio” que los nuevos conquistadores-colonizadores exhiben, buscando anular la capacidad política de las comunidades bolivianas que habitan zonas protegidas, es la “oferta de empleos”. El seguimiento detallado de la manera cómo dos posiciones confrontadas y asimétricas han ido dando pasos para impulsar sus antagónicos horizontes políticos, presentado tanto por López y Tórrez como por las voces reunidas en el Encuentro de Mujeres en Resistencia, alumbra lo que ocurre con renovadas luces.

Desde ahí brota con fuerza una segunda pregunta: ¿Trabajo para qué?

La cronología de eventos compartida por López y Tórrez registra los pasos y tiempos de la zaga del horizonte político supuestamente estatal-nacional, que lo que hace es ligarse de manera cada vez más densa y en condiciones de subordinación más agudas al capital hidrocarburífero transnacionalizado. Esta historia vuelve a contarnos, una vez más, la reactualización de la vieja cultura cipaya, del administrador subordinado, colonizado y colonizador. Por otro, desvela la tenaz historia de esfuerzos protagonizados por mujeres y varones arraigados en Tariquía desde hace algunas décadas, quienes han sostenido la vida en condiciones de gran precariedad, atravesando experiencias muy heterogéneas -como la migración temporal a la Argentina- hasta encontrar abrigo y arraigo en esa amplia y fértil “reserva natural”. Las voces de Tariquía se “encuentran” con las de las compañeras de Rositas, con las de las luchadoras del TIPNIS, tan agredidas, tan tenaces y dignas.

La historia que relatan es parecida: dibujan cómo un mosaico denso de familias ha producido una trama de interdependencia, en condiciones de escasez de riqueza abstracta, y de amplia disposición de riqueza concreta. Tienen una vida y una cultura propias, trabajan mucho a sus ritmos para sostener la vida colectiva porque conocen donde habitan y al territorio las amarran, también, vínculos de cariño y respeto. No tienen demasiado dinero, pero de ninguna manera mendigan. A eso le tienen miedo: a que vuelvan a despojarlas y las empujen a la miseria que obliga a mendigar. No van a permitirlo.

En Tariquía, por ejemplo, tal como nos dicen, hay espacio para vivir. Tariquía es una vasta cuenca de altura variada compuesta de un bosque húmedo -secundario mesófilo- donde además, hay mucha agua. Las familias campesinas en Tariquía pueden disponer -y de hecho disponen de- ganado, siembran para el autoconsumo combinando estas actividades con algunos cultivos para el mercado regional -principalmente maní, que en ocasiones se vende en Padcaya. Las mujeres, por lo demás, se han involucrado en proyectos de apicultura y ahora tienen abejas que producen miel de alta calidad.

En fin, en Tariquía hay familias y dentro de esas familias hay mujeres que sostienen la vida colectiva en condiciones suficientemente aceptables para que ellas mismas crean que vale la pena defenderlas. Igual que en el TIPNIS, igual que en Rositas y en la región de El Bala.

Valdría la pena añadir, por supuesto, que el trabajo asalariado es escaso. También conviene hacernos cargo de que el trabajo asalariado, en las actuales condiciones, es casi siempre un mal necesario. Conviene considerar todos estos problemas. Sin embargo, ¿será que los más bajos escalones del trabajo asalariado es lo único a lo que podemos aspirar? ¿Es eso lo único que nos merecemos? ¿Horas y horas de trabajo mal pagado en condiciones muy violentas a cambio de todo aquello con lo que ahora contamos? Por supuesto que NO. Y si no estuviéramos viviendo este dramático tiempo de violencia contra nosotras y nuestras familias, tendríamos capacidad para también pensar en cómo resolverlo.

El problema de la escasez de trabajo asalariado es hoy un gran problema sobre todo para los varones jóvenes. Para las mujeres jóvenes también lo es, aunque no es el centro de nuestros asuntos: quizá nuestro problema principal es mantenernos vivas y enteras en medio de la violencia criminal, capitalista y patriarcal, contra nosotras desatada en medio de la brutal ofensiva expropiadora que vivimos.


De todos modos hay que volver a preguntarnos: ¿Es deseable un “desarrollo” que privilegia la conversión obligatoria de los varones jóvenes -y eventualmente de algunas mujeres jóvenes- en capital variable para las actividades extractivas cuyas ganancias se concentrarán en manos de quienes deciden los destinos de este planeta? ¿Es lúcido presentar como conveniente este tipo de “desarrollo” y como valioso este tipo de “trabajo”? ¿No podemos colectivamente abrir otros caminos y otras posibilidades? Sólo hablan desde la cerrazón rígida y engañosa quienes una vez más no quieren ni escuchar la voz de las mujeres ni entender la experiencia histórica que se alumbra y se vuelve audible a través de sus palabras.


La época en que la trenza capitalismo y patriarcado del salario fue más o menos estable articulando asalariamiento masculino y familia obrera se ha extinguido. Quedan vestigios, por supuesto, pues como en todos los procesos metabólicos que sostienen las tramas de interdependencia los cambios no suceden de manera repentina. Sin embargo, como lo documenta una gran cantidad de literatura, esa forma de vida anclada al patriarcado del salario está en vías de extinción. ¿Por qué insistir entonces en que esto es lo conveniente? ¿Qué intereses obscuros se defienden? ¿Qué problemas graves se busca ocultar? ¿Cómo va a ser conveniente que se destruya un lugar cálido, húmedo y generoso donde centenares de familias han organizado de manera estable la reproducción de la vida, a cambio de que algunos de los varones jóvenes de esas familias tengan eventualmente algún trabajo precario y mal pagado en alguna de las socias de YPFB que se asienten en la zona?

Claro… desde el gobierno, el MASismo repetirá mil veces que “es por nuestro bien”… Eso es lo que dice siempre el macho violento y ambicioso que quiere controlarnos al tiempo que, viviendo de nosotras, se empeña en desconocernos. Así nomás. Ya vendrá a llorar como hombre lo que no supo defender como mujer. Y no hablo sólo de Lula.

Desde el gobierno, cada vez más impotente y más obediente a los socios que le pagan, también se dirá que en todas estas luchas y resistencias, “son los intereses de pocos” los que se contraponen a los intereses de muchos… en esta aritmética patriarcal y colonial hay un tramposo engaño. Es viejo el truco de los engreídos y colonizados “dirigentes” o “jefes” que no ven más allá de la acumulación del capital: el interés de muchos pretende “ser representado” por los pocos, cuando monopolizan en el gobierno la prerrogativa de fijar las decisiones públicas. Olvidándose casi siempre de quienes han puesto siempre el cuerpo.

Sin embargo, cuando las muchas concretas, dispersas y distintas dicen que no les gusta el monopolio de la decisión política que se ha construido en esta última década -como el 21 de febrero de 2016-, entonces se construye otro argumento para establecer que los intereses de uno, del UNO, de quien pretende ostentarse como síntesis patriarcal del colonialismo-capitalista basado en el extractivismo que existe en Bolivia, son más importantes que los de muchos… ¿Por fin? ¿Son más importantes los intereses de pocos o de muchos? ¿Hay que considerar los intereses de UNO por sobre los de muchos? ¿O vice-versa? ¿O los intereses de muchxs -concretxs y distintxs- tienen que sintetizarse y disolverse en los de pocos que, sin embargo, se pretendan hegemónicos? ¿No son acaso muchos los que están incómodos en Bolivia -y en el continente entero- con lo que está ocurriendo? ¿No es el caro y vacío dispositivo político de la representación política partidaria el que hace que los intereses de muchos se desvanezcan y que los de pocos consigan disfrazarse, aparentando ser los de muchos? ¿No permite también entonces que pocos hablen a nombre y título de muchos?

Si… ya sé, estos son los viejos problemas de las ciencias políticas… Si, pero hay que volver a visitarlos porque  lo que están mostrando las luchas renacidas de las mujeres, los múltiples feminismos populares en Bolivia y en otros países, es que no se puede seguir aceptando esa democracia vacía y vaciada o, como señalan María Galindo y Paul Preciado, esta “democracia sin cuerpo”.

Las luchas de las mujeres en América Latina, y también los esfuerzos de las compañeras de Tariquía y de las que asistieron al Encuentro en Bolivia, son parte del flujo de rebelión que hoy avanza incontenible. Desde ahí se está mostrando, también, la falsedad de la síntesis democrático representativa que nos asfixia, al tiempo que nos defendemos y autocuidamos de la persistente amenaza de destrucción de cualquier equilibrio en nuestra vida cotidiana. Confrontamos una vez más, como muchas mujeres lo han hecho a lo largo de la Historia del capitalismo colonial, la separación de nosotras y nuestras familias con nuestros medios de existencia. Ahora sabemos que esta violenta separación, descrita tan claramente por Silvia Federici en su trabajo clásico, está agrediéndonos a todas.

Por tales razones, no es casual que cuando en 2015, las compañeras de Tariquía recién supieron de los “cambios” legales sobre el uso de sus territorios -que supuestamente deciden los que pretenden representar a muchos, pero que a la larga responden a UNO; ellas hayan ido a preguntarles a las compañeras de los territorios guaraníes, cómo les ha ido a ellas y qué ha ocurrido en sus vidas. Lo que aquellas compañeras les mostraron como lo peor, fueron los tremendos problemas de la contaminación del agua y el conjunto de enfermedades que se desatan tras la irrupción de las petroleras. Por eso, entre otras cosas, las mujeres de Tariquía no quieren admitir así, inconsulta y dócilmente lo que diga UNO. Por eso no le creen. Por eso han reactualizado sus ganas de luchar y sus capacidades para ello: saben que son muchas. Ya las han visto, han conversado con ellas y se saben en sintonía con otras luchas. “Somos como las espinas” y somos muchas.

¿Qué vamos a hacer quienes no vivimos en Tariquía o en algún otro de los territorios agredidos? ¿Cómo vamos a ir cultivando nuestros encuentros? Eso es lo que yo me pregunto, intuyendo que en algún momento, también vendrán a despojarnos nuevamente a nosotras y, como ellas…. no estaremos solas.

*Por Raquel Gutiérrez para Zur.

Palabras claves: bienes comunes, Bolivia, Derechos Humanos, economia, extractivismo, Géneros

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