«Si el sistema es injusto en la calle, imaginate ahí adentro»

«Si el sistema es injusto en la calle, imaginate ahí adentro»
13 marzo, 2018 por Redacción La tinta

Carnada lanzada al estanque mediático, se enteró que era un “karateka” agresor de policías mirando la TV. La xenofobia comenzó a golpearlo más asiduamente tras sus días en prisión pero el internacionalismo, que milita, suele amortiguar los golpes. Conocedor de su barrio, César Arakaki también tuvo que caminar los pabellones de Marcos Paz tras la represión del 18 de diciembre. La construcción de un perfil que le es ajeno por parte de los medios masivos hace que confíe en los alternativos para contar lo que vivió en la cárcel, cómo logró formar sus convicciones y qué se siente hablar al respecto “cuando en cualquier momento puede volver”.

Por Carlos Sanabria y Javier Chateau para Derrocando a Roca

El chino

—¿Sabés por qué todos los japoneses ponían tintorerías? Porque vos para lavar la ropa no necesitás hablar mucho, sabés que te la van a dar sucia y que la tenés que devolver limpia. Hablás poco, por eso se lo recomendaban, no es que Japón estaba lleno de tintorerías…

El “chino” César Arakaki nos recibe en el local central del Partido Obrero en el barrio de Once. Bajo un sol que se irá despidiendo a lo largo de la charla, cuenta su historia. Su rostro, junto al de Dimas Ponce, está en miles de panfletos del Partido Obrero que primero pedían su liberación, y ahora su desprocesamiento. Fueron veintiséis días en el penal de Marcos Paz que hoy le parece “que pasaron volando”, pero fueron interminables.

Es hijo de japoneses que emigraron luego de sufrir la devastación que dejó la segunda guerra mundial. Su madre lo hizo a los doce años y su padre a los diecisiete. Eran de Okinawa, una isla donde se dio una de las últimas batallas antes de la rendición del Imperio de Japón y le costó la vida a más de 100 mil personas. Se conocieron acá, en el centro okinawense, y tuvieron cuatro hijos. Primero vivieron en Villa Lugano. César era chico, recuerda que era todo tierra, aún cerca del centro y de la Villa 20. Hasta que se mudaron a Caballito, a tres cuadras del Parque Rivadavia. Ese sería su lugar, allí crecería y empezaría a patear la calle, alejado de las normas y la estricta educación japonesa. Eran los ’80 alfonsinistas y “el chino” empezaba a hacerse conocido en el barrio y en la cancha de River. Luego llegaría el primer poster del Che en su habitación, la lectura atenta del libro “La historia me absolverá” de Fidel Castro, y la militancia.

—Aprendí a caminar la calle, incluso cuando caí detenido conocía gente que estaba en Marcos Paz. Tenía la seguridad que iba a estar todo bien porque cuando caminás bien la calle se sabe, y está todo bien si entrás con respeto.

Crimen y castigo

César es preciso al hablar y mantiene un mínimo acento japonés. Le dio vergüenza hacerse conocido y que miles de compañeros y compañeras pidieran por él. En un primer momento el fiscal Moldes lo acusó, junto a Dimas Fernando Ponce, por “intimidación pública” y “lesiones graves”. Sin embargo, por falta de pruebas esas figuras fueron desestimadas, aunque Moldes volvió a solicitar la prisión preventiva para ambos por “lesiones y atentado contra la autoridad”, delitos menores y excarcelables. Pero César no se confía, describe algunos detalles de su vida en la cárcel aunque se detiene abruptamente.

—Mucho no tengo que hablar, en cualquier momento puedo volver. Este es un gobierno represor, necesitan un chivo expiatorio.

Lo sucedido el 18 de diciembre en Plaza Congreso no se puede comprender sin recuperar la furiosa represión de las fuerzas de seguridad cuatro días antes, cuando se pospuso el tratamiento de la reforma previsional. Esa tarde, una vez cancelada la sesión, empezó una cacería. Seis horas después, decenas de personas habían sido detenidas, golpeadas e incomunicadas por tener la mala suerte de cruzarse con alguna de las motos de la policía y gendarmería que tenían vía libre por parte del presidente y la ministra de seguridad para saciar su sed de violencia. Por eso el 18 las columnas tenían que estar firmes y no dispersarse.


Luego de horas donde los medios masivos de comunicación se dedicaron a construir una imagen de manifestantes salvajes arrojando piedras y policías temorosos e indefensos para contar con el apoyo de la opinión pública, se inició una nueva avanzada represiva.


—Cuando empiezan a dispararnos, retrocedimos dos cuadras, pero las motos nos rodeaban por los costados. Era un sánguche dónde estábamos metidas 200 mil personas. No te podías ir a ningún lado y ellos disparaban a la cara. Así perdieron un ojo mi compañero Roberto “Barba” Álvarez y Horacio Ramos del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL)

El rostro de César se haría conocido todo el país. Una foto suya sosteniendo dos pedazos de pancartas en la que se ve un policía caído delante de él se difundió rápidamente. Y el periodismo sensacionalista hasta le inventó un nuevo apodo: “el karateka”.

—Me agarran porque tengo la cara descubierta. Si hubiéramos planificado la violencia me hubiera tapado el rostro como hacen los policías. Nos defendimos y me hago cargo de esa defensa, queríamos que no se vengan encima y que dejen de disparar. Yo no me iba a ir de la columna, yo defiendo a mis compañeros. Teníamos el derecho a manifestarnos.

El policía que aparece en la foto había caído previamente por un piedrazo, “por un objeto contundente” como declaró él mismo. César lo vio caer, pero le dijo a otros policías que estaban cerca que se lo lleven, incluso otro manifestante apareció por detrás y ayudó a cargarlo. Horas después, al llegar a su casa, César prendió el televisor y se vio en la pantalla. La historia era otra. Si quería podía haber agredido al policía, lo podría haber pisado en el suelo. Pero no, eso lo hacen ellos. Las imágenes de Alejandro “Pipi” Rosado, un chico cartonero de 19 años al que le pasaron por encima con una moto policial son la prueba.

El proceso

César Arakaki es actor. Venía difícil la cosa durante el 2017, no había mucho laburo, sumado a que el trabajo actoral es precario, con contratos cortos y sin continuidad. Pero tenía trabajo para la segunda quincena de enero. Lo habían llamado de Pol-Ka para formar parte de la novela “Simona” e incluso solicitado su número de vestuario y de calzado. Pero no pudo ser, estaba detenido en Marcos Paz. Para su vida laboral, siente que la cárcel lo perjudicó, aunque sueña que algún productor se la juegue y lo contrate aunque sea para “hacer de malo”. A pesar de tener una relación cercana con los medios por su trabajo, desistió invitaciones para contar su historia en los programas “periodísticos” de mayor rating en la actualidad, esos de panel, donde se hace culto a la opinología y la ignorancia.


«Ahí la pregunta es acusación, no te dejan hablar. Los medios son financiados por la clase política y empresaria y solo tiran mierda a la sociedad. Por eso los recibo a ustedes, a los medios comunitarios que se siguen manteniendo independientes».


Pero la foto de César que se había masificado no formaba parte de ningún casting. Al otro día de conocerla se puso “a derecho”, a disposición del juez de turno, y a los cinco días llegó la orden de detención para él y Lucas, un compañero de militancia que aparecía en fotos de facebook haciendo pintadas con César, pero que no había participado en la movilización ya que estaba trabajando. La noche anterior se juntaron en el local central de Partido Obrero y decidieron presentarse al otro día en Tribunales. Durmieron en la comisaría 46 y en Comodoro Py se separaron. Lucas fue liberado porque pudo probar que no estaba en el lugar de los hechos y a César lo trasladaron a Marcos Paz. Estaba seguro de que lo iban a cagar a palazos, y cuando llegó al complejo penitenciario supo que los palos los venían recibiendo, hacía días, pibes detenidos desde el 14 de diciembre. Aún hoy quedan tres personas encarceladas y 18 procesados por “delito de atentado o resistencia a la autoridad”

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Fotografía: Mauro Russo.

Memorias del subsuelo

—Los 26 días estuve en un pabellón de conducta donde conviven 50 personas. Cada uno tenía una celda individual que se cierra a las diez de la noche y se abre a las ocho y media de la mañana. El día lo pasás en un pabellón donde cada mesa es un rancho y no podés ir de un rancho a otro, solo cuando te invitan. Con los tuyos desayunás, charlas y cenás. Por razones políticas estaba yo solo, pero en otro pabellón estaban Luis D’Elía y Fernando Esteche. De Vido también estaba, pero en un pabellón VIP, como todos los garcas.

—¿Y cómo te incluiste a un rancho para no estar solo?

—Cuando llegué se me acercó Jorgito Serrano, que había militado en Franja Morada pero estaba detenido por otras circunstancias. Me dijo que iba a ranchar con él y que íbamos a hablar de política. Dentro de lo malo, no la pasé mal, pero es feo estar encerrado, no se lo deseo a nadie, es un trato inhumano. El detenido sale peor, resentido, la familia es muy maltratada. Ahí tenés que empezar a manejar otro tipo de códigos, no me maltrataron pero es muy difícil insertarse.

Dentro del penal la tarjeta de teléfono tenía mucho valor. Era el “cable a tierra” de César, y por teléfono charlaba un rato con sus seres queridos y contaba cómo estaba de ánimo. Cada día se difundían sus palabras en las redes sociales, especialmente en un grupo de facebook que armó su compañera Celia Burgueño, pidiendo por su liberación.

—Eso se respeta mucho y son capaces de pelearte con una faca por una tarjeta. Adentro una discusión mínima se puede transformar en una bomba. Hasta que no salga sangre no interviene nadie, entre los compañeros nos separamos pero los del sistema penitenciario dejan que te mates. Si es injusto el sistema en la calle, imaginate ahí adentro.

Que el nombre de César apareciera en los canales de televisión podía crearle peligro dentro del penal. “Ser importante” puede generar envidia y muchos comentarios. Allí aprendió a observar y medir todo: cómo hablaba, caminaba, se expresaba, quién lo venía a visitar e incluso cuántas cosas le traían. No podían ser muchas, debía tener cuidado porque en el pabellón había pibes necesitados, sin familia y que habían sido torturados.

—Esos pibes no pueden ser buenos. Hay mucha bronca ahí. El sistema los necesita así.

“Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”, dice el artículo 18 de la Constitución de la Nación Argentina. En Marcos Paz “el Chino” podía hablar con el guardia, ese “seguridad” que trabaja ahí todos los días y hasta parece un preso más. Pero los peores son los de requisa, los que te hacen salir al pasillo, andan armados y te tienen que maltratar. Son los que disfrutan sentirse más arriba que los presos, los que se sospecha que nacieron para torturar. Con ellos no se puede hablar y una vez por mes caen al pabellón y a las celdas para dar vuelta y romper todo

—Te ponen en bolas y te revisan sin decir una palabra. Tienen cascos, te pueden pegar y no ser reconocidos. ¿Quién se entera de lo que pasa día a día en las cárceles? ¿A quién le interesa? Por eso está el que sale y vuelve. A su vez, hay más gente en las cárceles, más delincuentes por necesidad.

Durante el relato de sus días en la cárcel, a César por momentos se le quiebra la voz, pero lo disimula bien. Cuenta que se le hacía difícil dormir. No solo por el calor agobiante en la celda, sino porque tenía miedo de ser “entregado”. Estaba ahí adentro por supuestamente agredir a personal de la Policía Federal. En el penal estaba rodeado de compañeros de ese oficial al que los medios decían que César había querido matar. Algunos se lo hacían sentir, otros le decían que ya estaba, que “lo que pasó quedó ahí”.

Las mil y una noches

La libertad llegó un martes, en el horario de visita. César no sabía cuándo iba a salir y con el correr de los días no se había acostumbrado a la cárcel, pero sí adaptado. Había entendido la rutina, los códigos y aprovechaba el tiempo para leer. Se vio con su compañera y ella le dio la noticia. No era oficial, pero lo había escuchado en la radio. No se quería ilusionar, necesitaba la confirmación del juez.

—Venga Arakaki, puede irse. Estamos en horario de visita, ¿prefiere terminarla o irse ya?, le preguntó el encargado.

No lo dudó, fue a su celda, dejó algunas cosas para compañeros del pabellón y se llevó muchos de los libros que le habían regalado durante los veintiséis días. Hoy en día se sigue sintiendo raro. Recibió abrazos en la calle, recuerda especialmente el de un jubilado que le dijo “gracias por luchar” y el de un puestero peronista de Parque Rivadavia que le regaló un libro de Stephen King para su compañera, fanática del autor estadounidense.

Sin embargo, César no quiere que lo frenen, camina con cuidado. Su compañera Celia fue muy agredida a través de las redes sociales. “Peruana de mierda, volvete a tu país”, fue una de las frases más suaves que le dedicaron. Difundieron su nombre e incluso la dirección de su casa en La Matanza donde vive con sus hijos. Celia no es peruana, pero lxs cobardes que agreden desde el anonimato no necesitan pruebas de sus afirmaciones. César sonríe cuando recuerda que a él le también le dijeron “chino de mierda”.

—Les hubiera encantado que sea un “chino de supermercado” a quien defenestrar. Hay gente con mucho odio y xenofobia. Hoy tengo que sacar turno para el psicólogo. Mi compañera también estaba por obtener un trabajo y no la llamaron después de todo esto. Nosotros somos gente de la clase trabajadora que necesitamos eso porque tenemos que vivir y estamos luchando por lo que nos corresponde.

La charla con César Arakaki termina casi en la oscuridad, pero la tenue luz nos alcanza para que nos muestre el tatuaje que se hizo recientemente y que el tatuador decidió no cobrarle. En su pecho se lee “rōnin” que refiere a la leyenda japonesa de los 47 samurais que en el año 1701 vengaron a su amo matando al funcionario de gobierno que lo obligó a cometer el seppuku (ritual de suicidio) y luego continuaron llamándose a sí mismos samuráis a pesar de no tener amo, lo que estaba prohibido en la época. La palabra remite a una historia que ejemplifica el código de honor samurái pero en la actualidad también se utiliza en Japón para caracterizar a los jóvenes que a pesar de no pasar las pruebas de fin de año en la escuela (y que en muchos casos generó suicidios), siguen luchándola.

*Por Carlos Sanabria y Javier Chateau para Derrocando a Roca. Fotografía: Mauro Russo.

Palabras claves: César Arakaki, Partido Obrero, Reforma previsional, represion

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