La aparición del sentido

La aparición del sentido
23 octubre, 2017 por Redacción La tinta

Por Mario Santucho para Revista Crisis  

La confirmación de que el cuerpo encontrado en el río Chubut pertenece a Santiago Maldonado supone un vuelco decisivo en el caso que mantiene en vilo al país hace más de ochenta días. La desaparición del joven militante tuvo lugar en el marco de la represión desplegada el primero de agosto último. Pronto sabremos el motivo y las circunstancias de su muerte y comenzará entonces una decisiva discusión, ahora sí en base a certidumbres, sobre las responsabilidades políticas y judiciales del caso.


Hasta aquí primó la opereta, el amarillismo, la suposición. ¿Habrá tiempo y virtud para la elaboración social de una imagen de justicia? ¿Estaremos a la altura del reclamo de una familia que, otra vez, porta con dignidad la vivencia de la víctima?


Lo sucedido a Maldonado es un compendio de los principales dramas que atormentan el presente de nuestro país. Vale la pena un rápido repaso para tomar dimensión de lo que está en juego.

El trasfondo es un agudo conflicto social protagonizado por una nueva generación mapuche que pugna por revitalizar la dignidad de su pueblo. El método de lucha que permitió este resurgir indígena es la recuperación de territorios en propiedad de trasnacionales y magnates extranjeros. La relación de fuerzas es de una asimetría abrumadora: en Cushamen se enfrentan poco más de una decena de jóvenes activistas contra una de las más poderosas corporaciones del planeta, la “progresista” Benetton. Santiago hizo suyo el riesgo que corren diariamente los mapuche. Su muerte está cargada de sentido.

El hecho represivo que tuvo lugar el primero de agosto estuvo a cargo de la fuerza de seguridad estrella del estado argentino en el siglo XXI. Gendarmería fue históricamente menospreciada por el Ejército, pero en los últimos años se desprendió de su tutela para asumir la tarea de policía interior que las Fuerzas Armadas tiene prohibida (por ahora). A diferencia de la corrupta Policía, estrechamente vinculada a los negocios ilegales que pululan en los territorios, Gendarmería fue ganándose la confianza de los distintos gobiernos. Ahora cargarán con el escarnio de un operativo violento e ilegal que causó la muerte de un joven luchador por una causa justa. Resulta fundamental que el sistema político argentino ponga un límite explícito a este tipo de accionar, que criminaliza la protesta en búsqueda de un “enemigo interno”. De lo contrario, la intensificación del enfrentamiento parece inevitable.

La actuación del Gobierno Nacional es una muestra cristalina del cinismo que caracteriza al poder político. Salta a la vista el compromiso de la administración Macri con los dueños de la tierra en la Patagonia. Y el intento por traducir los términos del conflicto al lenguaje imperial del terrorismo. Dos elementos que alcanzan para mensurar la responsabilidad del Ejecutivo en el trágico final. Este modo de entender la conflictividad excita al fascismo que anida en la sociedad y chorrea como la mierda por las cloacas mediáticas. Para decirlo con simpleza: no se puede gobernar en defensa de los intereses de los poderosos, y al mismo tiempo aparentar sensibilidad para con las víctimas. Más temprano que tarde pagarán caro por este cruel careteo.

La aparición del cuerpo de Santiago a solo cinco días de las elecciones nacionales otorga una cuota extra de dramatismo. Y estimuló las especulaciones al máximo. El caso Maldonado es un cimbronazo de la estructura de sentido en la que estamos inmersos, que a falta de mejor nombre denominamos “posverdad”. Vivimos subsumidos en una máquina semiótica de producción de certezas, donde la verdad pasa a ser secundaria e incluso sospechosa. El sórdido vínculo entre los servicios de inteligencia y los medios de comunicación, la permanente utilización de las redes sociales para todo tipo de operaciones berretas, las impresionantes cadenas de odio colectivo que circulan, enturbian la experiencia misma del dolor. No es casual que quien quedó en offside por varios metros haya sido la política estelar del republicanismo posmoderno: Elisa Carrió, casi dos décadas mandando fruta para deleite del electorado, tuvo que pedir perdón por la canallada de esquilmar a la víctima.

Para los Organismos de Derechos Humanos y quienes participamos en las luchas por la memoria y la justicia, el caso Maldonado también constituye una encrucijada fundamental, de la que no saldremos indemnes. Durante los 78 días que Santiago permaneció desaparecido se activaron resortes sensibles que aludían al peor de los escenarios. La aparición del cuerpo y los primeros indicios revelados por la autopsia ponen en entredicho las hipótesis construidas en un contexto de encubrimiento por parte del Gobierno Nacional, y de inoperancia de la Justicia. De corroborarse estas evidencias habrá que reformular las conjeturas y aprender profundamente del suceso. Es urgente renovar la capacidad de investigación política en contextos de impunidad y peligro, ese trabajo artesanal y meticuloso de la inteligencia colectiva que consiste en recolectar información y conectarla con rigor, resistiendo la tentación de producir respuestas fáciles para el regodeo en el microclima. Alguien dijo hace mucho tiempo que la verdad es siempre revolucionaria: ¿tiene vigencia este apotegma? La pregunta no es retórica. Desde el punto de vista político quizás convenga mantener en pie nuestras certezas, sobre todo si consiguen hacer mella en los consensos generados desde el poder. Pero hay algo más importante que la política: es la ética.

Estamos ante un acontecimiento en extremo angustiante, que nos enfrenta a los fantasmas del pasado pero al mismo tiempo nos introduce en un escenario completamente nuevo. Es obvio que no estamos ni por cerca ante una dictadura. Pero todo parece indicar que la democracia cada vez se parece más a una pesadilla.

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Foto: Colectivo Manifiesto

*Por Mario Santucho para Revista Crisis.

Palabras claves: Santiago Maldonado

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