Juan Grabois: “La verdadera grieta sigue siendo la desigualdad”

Juan Grabois: “La verdadera grieta sigue siendo la desigualdad”
5 octubre, 2017 por Redacción La tinta

Juan Grabois es dirigente nacional del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). Con vínculos con el Papa Francisco, aborda la realidad de su sector, las luces y sombras que dejó el ciclo kirchnerista y tira pistas sobre los caminos que el campo popular debería transitar si el objetivo es construir una nueva mayoría, capaz de enfrentar en el plano político a lo que define como “un populismo de derecha con un poder comunicacional sin precedentes”. Estuvo en Córdoba para participar de las jornadas “99”, en el panel “Hacia una Segunda Reforma: la universidad y los movimientos populares”, junto a Diego Tatián.

Por Camilo Ratti para Alfilo

Grabois camina desorientado por el desierto de Ciudad Universitaria un sábado a la siesta, en busca de sus entrevistadores. Luego de un cruce de llamados, finalmente lo consigue con la ayuda de un compañero que oficia de guía, por un territorio casi desconocido para la militancia de base. Motivo por el cual aterrizó en Córdoba para compartir con Diego Tatián el panel “Hacia una Segunda Reforma: la universidad y los movimientos populares”. Cuesta reconocerlo, porque viste y calza como vive: austeramente. Cualquiera que no lo hubiera visto en la tele defendiendo los derechos de los laburantes frente al elenco mediático más concentrado, pensaría que es uno más de los miles de pibes que estudian o trajinan cotidianamente los pabellones y espacios que Filosofía y Artes comparten en este sector de la ciudad. “Yo hago lo que me digas, soy una pluma al viento”, me había dicho el día anterior Grabois, 34 años, hijo de clase media, profesor de Teoría del Estado en la Facultad de Derecho de la UBA y secretario de formación del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), que integra la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). Sin ningún vedetismo, y después de saludar al grupo de estudiantes que almuerza en ronda unas empanadas antes de la charla, se entrega a un reportaje que irá confirmando lo que sabíamos de quien dicen -él no lo confirma del todo-, tiene línea directa con el Vaticano: humildad –hasta en la ropa que viste –, lucidez en su análisis y la firme convicción de que militar con los pies en el barro no sólo no es antagónico de lo primero, sino una práctica necesaria e indispensable para que la política sea una herramienta –auténtica, posible, cercana al pueblo– de transformación social. Hasta revolucionaria, arriesga quien se sienta en un banco de madera con las piernas en equis a responder preguntas:

“Empecé a militar a fines de 2001, principios de 2002, en una organización que se crea al calor de la crisis, en medio de las jornadas del 19 y 20 de diciembre que anticiparon el fin del gobierno de la Alianza. Al principio éramos un núcleo de 30 o 40 trabajadores cartoneros que hacían su tarea en el barrio de Almagro, y que venían de la zona sur del conurbano para mezclarse con vecinos y estudiantes de ese barrio porteño, donde se organizó una olla popular con militantes que participaban de las asambleas barriales”, rememora Grabois a modo de introducción. “Era la época del que se vayan todos, donde la política era mala palabra. De ese primer encuentro se fue creando una fraternidad en la lucha, ni siquiera por condiciones dignas de trabajo, si no por el mero respeto al hecho de laburar de gente que con hijos a cuestas se rompían el lomo para ganarse el pan, mientras sufrían la opresión de la mafia policial, que les cobraba el 50 por ciento de lo poco que ganaban”.

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Foto: Colectivo Manifiesto

En aquel tiempo de pobreza récord y represión policial que nos había legado la dictadura y el menemismo, un jovencísimo Grabois se metía de a poco en la realidad de los “nadies”. “Se creó un núcleo fuerte que después se fue expandiendo, gran parte cartoneros de Buenos Aires y del sur del conurbano, y luego los que venían en tren de la zona norte del conurbano. Todo eso es lo que llamamos la Economía Popular, trabajadores excluidos que de manera inconsciente no cuajaba con la idea de ‘trabajador desocupado’, porque estaban ocupados en el reciclado, en la basura, en todo caso estaban excluidos de los derechos laborales. Lo que no tenían era efectivamente empleo, que implica una relación de dependencia, la forma paradigmática que adoptó el trabajo en el siglo XX: el trabajo asalariado, los trabajadores del Cordobazo, los obreros peronistas, industriales. El trabajo que garantiza estabilidad laboral, y que lucha por el convenio colectivo, los aumentos, todo lo que enterró la aparición del neoliberalimo en el mundo”.

Todo este cambio económico mundial que se da a partir de la revolución tecnológica, es lo que va a dar origen y razón de ser al MTE. “Aparece un fenómeno estructurante que es la exclusión del mercado laboral, porque el sistema ya no necesita absorber a la totalidad de la mano de obra, y deja afuera del proceso productivo rentable a una porción creciente de la clases trabajadora, que se va inventando su propio trabajo, pero que es un trabajo que al no tener un patrón que refleje esa relación bilateral, carece de derechos”.

—¿El kirchnerismo contribuyó a que creciera la organización?

Entre 2003 y 2007 la situación económica mejoró considerablemente, los índices insoportables de pobreza e indigencia se redujeron, se reactivó una parte considerable del mercado laboral y se reactivó el consumo interno. En ese sentido, la emergencia se revirtió pero, en un sentido más estructural, siguió existiendo una porción de trabajadores excluidos del crecimiento económico, con tasas de 5, 6 y 7 por ciento de crecimiento del PBI anual. Ese beneficio no llegó del mismo modo a todos. Compañeros y compañeras permanecieron en la pobreza estructural, que mejoraron porque se consolidaron sus experiencias organizativas. En algunos casos con acompañamiento del Estado, en otros con indiferencia y en otros incluso con resistencia. Es difícil hacer un análisis uniforme entre el Estado y las organizaciones populares de base en el período, porque fue cambiando en distintas etapas y dependía mucho de los funcionarios, pero sí te puedo decir que no hubo una estrategia de políticas sociales para institucionalizar el sector de la economía popular, y restituir los derechos de esos compañeros.

—¿Por qué?

Porque existía la falsa creencia, tanto en el Ministerio de Trabajo como en el Ministerio de Desarrollo Social, de que el crecimiento económico iba a permitir una expansión del mercado laboral, que así como creó 5 millones de puestos de trabajo, iba a crear otros 5 millones más y que nuestros compañeros se iban a poder incorporar en relación de dependencia o ingresar a una fábrica. Eso no sucedió, ni podría haber sucedido porque el modelo de acumulación de capital que existe en Argentina y en el mundo en el siglo XXI, es un paradigma tecnocrático muy distinto al de sustitución de importaciones o el de mano de obra extensiva, que vivimos en la primera mitad del siglo XX.

—¿Cómo explicas que los trabajadores, que mejoraron considerablemente su situación con el gobierno anterior, votaran en un número importante un proyecto que en estos veinte meses de gestión se muestra claramente anti obrero?

Creo que pasó algo paradójico: nuestros compañeros votaron en su gran mayoría al kirchnerismo, prácticamente no votaron a este gobierno de Cambiemos, y son los más desfavorecidos o los que no se beneficiaron tanto con el kirchnerismo en términos económicos.

—¿Y por qué los que más se favorecieron, no lo votaron?


Si vos le das alpiste, alpiste, alpiste a alguien, al final se termina creyendo que es un pajarito. Si el proyecto político plantea la centralidad del consumo como meta del modelo económico, el consumismo inevitablemente te lleva a una lógica individualista, donde vos pasas de querer tener el Iphone 5 al Iphone 7, y ningún modelo popular te va a dar el Iphone 7, porque para que algunos tengan eso, otros no tienen que tener zapatillas.


—¿Entonces?

Creo que en muchos procesos latinoamericanos, sobre todo en Argentina, Brasil y Ecuador -cosa que no pasó en Bolivia-, es haber planteado, sobre todo en Argentina y Brasil, los países con más desarrollo capitalista, el beneficio para los sectores populares era solo tener acceso a los bienes de consumo, sin una idea del buen vivir. Y el desarrollo humano integral no se reduce al consumo, que es una de sus dimensiones, pero el consumo excesivo puede ser perjudicial desde el punto de vista ambiental, espiritual. Entonces, cuando ya sentís que en términos de consumo un modelo no te puede dar más, querés una cosa más moderna, más relacionada con los centros de poder internacional, porque lo otro te queda viejo, querés el modelo más nuevo. En cambio, los sectores más empobrecidos veían que todavía podían crecer, que tenían espacio para la movilidad ascendente, y así se dio la paradoja de que los que fueron menos favorecidos por el modelo anterior, o por lo menos proporcionalmente fueron menos favorecidos, lo votaron y los que se favorecieron económicamente, no lo votaron.

Foto: Irina Moran

—¿Qué rol juega ahí la dirigencia sindical, que hoy se muestra tibia y hasta dispersa en un momento de retroceso laboral, de pérdida de fuentes de trabajo y amenaza de flexibilización pos electoral?

La lucha sindical y la lucha social están fuertemente disociadas de la lucha política. En la realidad, en el pueblo, están lejos, y tienen lógicas distintas. Por eso cuando los dirigentes sociales se presentan a elecciones les va mal, y los dirigentes sindicales peor. Y eso no quiere decir que no tengan base, sino que los compañeros los quieren para la pelea sindical o social, porque en la política partidaria superestructural se juegan reglas de marketing, es otro universo. Entonces, no creo que la dirigencia sindical haya tenido un rol determinante en términos electorales, creo que no pincha ni corta. Es más, tanto la dirigencia sindical como la dirigencia social le hubieran hecho un gran favor al gobierno anterior peleando más, no menos.

—Pero peleaban el impuesto a las ganancias, lo cual puede haber sido una equivocación del kirchnerismo no salir de esa discusión, ¿qué opinás?

Fue un error, pero el actual secretario de la CGT, (Juan Carlos) Schmidt, que es muy buen tipo, muy inteligente, logró que la CGT obtuviera cosas de este gobierno, y la CTEP también, a partir de luchas o advertencias de medias de fuerza. La ley de Emergencia Social es un ejemplo y la actualización del mínimo no imponible también, hubo una actualización significativa. El problema es que la orientación macroeconómica genera –y esto Cristina lo había dicho con claridad-, menos empleo. Vos tenés empleados que pagan menos, pero tenés menos empleo. Schmidt, que tiene una visión menos corporativa del sindicalismo, en su último discurso planteó como prioritario dentro de la CGT la pelea del estrato más bajo de la clase trabajadora, que son nuestros compañeros, eso es un gran avance, por lo menos en términos de conciencia. Porque si la pelea se reduce al 20 % de los que pagaban impuestos a las ganancias, el movimiento obrero representaría solo a ese sector, que es la aristocracia obrera, minoritario, que trabaja y se rompe el lomo como todos los demás, pero que por estar en actividades más rentables tiene salarios más elevados.

—¿Es posible la unidad, además de necesaria?

La reunificación en términos organizativos y de lucha de un clase trabajadora totalmente atomizada, es indispensable no sólo para mantener los derechos que hay, sino para la reconstrucción de la columna vertebral de un futuro movimiento político que permita la unidad del campo popular, y con ello alcanzar una profundidad mayor en términos de justicia social.

—¿Cómo construís un proyecto político con los sectores que ustedes representan? Me refiero a pasar del plano reivindicativo a la lucha por el poder, a la ofensiva…

Yo no sé cómo se hace, pero sé cómo no se hace. No se hace confundiendo los dos planos de discusión. Las herramientas de lucha reivindicativa son para eso, lo que no quiere decir que los dirigente sociales y sindicales no deban hacer política, pero no se puede usar una central sindical o una confederación como la CTEP, para un proceso político partidario, porque es como clavar un clavo con un serrucho, para eso está el martillo.


El sentido de una organización de carácter gremial es dar la pelea en el plano social y económico con un gobierno amigo o un gobierno enemigo, porque las contradicciones sociales no se resuelven con que haya un gobierno popular o progresista, porque las contradicciones tienen que ver con la desigualdad de la sociedad, que es independiente del gobierno.


Nosotros sabemos que en cualquier país del mundo, los gobiernos tienen mucho menos poder en relación a las corporaciones. Entonces, el gobierno puede inclinar la balanza en una disputa, pero uno no puede renunciar a la lucha, ni dejar la iniciativa en manos del poder político institucional, porque enquilosa la dinámica social. Nosotros tendríamos que haber reclamado más al gobierno anterior, no lo hicimos para no hacerle el juego a la derecha, pero fuimos demasiado permisivos, dilapidamos oportunidades.

Foto: Colectivo Manifiesto

—¿Cuáles?

Haber urbanizados las villas o asentamientos. En la argentina hay 4100 villas y asentamientos, después de doce años de gobierno popular, con gente muy buena al frente de los organismos responsables. Ni siquiera hubo un relevamiento de las villas, todos los compañeros estaban y siguen colgados de la luz, ninguna tiene cloacas. Se hicieron un montón de esas obras en barrios de clase media, pero en las villas no, gas natural ni que hablar, agua en algún lugar, pero hasta ahí. Este sector, que debería ser la prioridad de la agenda política de cualquier gobierno popular, se mantuvo estructuralmente empobrecido. Tampoco hubo una política nacional para los cartoneros, que son cientos de miles, para los costureros, vendedores ambulantes, para ese tercio de la clase trabajadora que realiza una actividad laboral propia en extrema precariedad, incluidos los campesinos. Fueron políticas parciales y poco priorizadas. Desde ese lado hay una crítica al gobierno de Cristina, pero también una autocrítica a nuestras incapacidades de disputar más la orientación de esas políticas, lo que no quiere decir que no valoremos lo que se hizo, eh.

—Frente a esa autocrítica y en relación a las elecciones, que estamos muy cerquita, ¿habría posibilidad de generar diez o quince puntos claves, que puedan representar a ese sector que vos mencionas?

La CTEP tiene que ser prescindente del proceso electoral hasta que no exista un proyecto que unifique al campo popular, pero tiene un programa que tiene mucho que ver con este diálogo con el Papa Francisco y la idea de las tres T: Tierra, Techo y Trabajo, que lo han tomado algunos grupos y partidos. A nosotros nos parece bien que lo tome cualquiera, el peronismo, la izquierda, el kirchnerismo, porque se va instalando. El planteo tiene un sentido, un contenido y un destinatario. Hay un sujeto social que no tiene las T en cantidad y calidad suficiente, y ese sujeto social está en un territorio bastante definido y son los que viven en estos 4100 asentamientos, los trabajadores de la economía popular, los campesinos y los pueblos originarios. Para llevarlo a cabo se necesita un programa de profunda reforma agraria, profunda reforma urbana, que es la integración urbana, y una reforma laboral que dignifique la economía popular. Es el programa que estamos planteando, que tiene una integralidad, porque si las condiciones de existencia en el campo mejoran, mejoran las condiciones de existencia de la villa, que en muchos casos es producto de la expulsión del campo. Nuestro planteo tiene un componente ambiental y cultural en términos de respeto absoluto a la dignidad de cada persona, sobre todo los más vulnerables, que son los que más retrocedieron en este último año y medio.

—El macrismo llegó con la promesa de cerrar la grieta, pero lejos de lograrlo, hay cada vez más división y enfrentamiento…

Si vos me decís qué es lo mejor del proceso político anterior, creo que es un elemento cultural. Cuando empecé a militar en 2002 en la esquina de Bulnes y Cabrera en Palermo Viejo, a la familia cartonera le decían “negro de mierda ándate de acá», y en 2008 eso no pasaba más. Y no pasaba porque el proceso cultural hizo que eso no estuviera bien. No se puede decir paraguayo de mierda, boliviano de mierda, es políticamente incorrecto, está mal. No se puede hablar alegremente de represión, aun cuando tuvimos a un secretario de seguridad como Berni, que era un desastre, que además reprimía, no era la política oficial, era una desviación, había un discurso oficial que planteaba que el vínculo entre Estado y movimientos sociales no puede ser de represión. Eso se ha deteriorado muchísimo, ha surgido un discurso que cada vez es más fuerte, que podríamos tipificar como un populismo de derecha, que implica un mensaje hacia la clase media argentina, que es la más grande, aunque los pobres son entre el 30 y el 35 por ciento (según quien lo mida).


Pero hay un 65 por ciento no pobre al que el gobierno le dice “la culpa de tus problemas es de ese 35 por ciento”, porque son vagos, porque son chorros, porque son mafiosos, porque son choriplaneros, por esto y esto otro. Esa enemistad social tiene consecuencias que este gobierno no quiere ver, porque la verdadera grieta en nuestra sociedad no es entre k o anti k, es la posibilidad que haya un grupo de adultos que estén linchando a un niño y se los aplauda, o que sea reivindicado socialmente.


Esa animalización o canibalización de la sociedad y agresión contra los pobres o los excluidos en el plano cultural, es gravísimo y la causa principal de las situaciones de represión y violencia social que se van incrementando. Y no porque haya un plan sistemático, sino porque el discurso del gobierno da carta blanca a sus fuerzas de seguridad y a las pulsiones más reaccionarias de un sector de la sociedad. Esa pérdida de respeto hacia los sectores más pobres -hasta con un tufillo de revanchismo- es profundamente dañina y yo creo que hasta más peligrosa y dolorosa que el ajuste económico.

Juan, los medios y el macrismo

Aunque su nombre y su rostro se multiplicó por miles a partir de sus intervenciones mediáticas en contra de la estigmatización y discriminación que sufren los que componen el universo que defiende, y por el cual milita, el entrevistado es reacio a las preguntas sobre sí mismo, porque es consciente del mareo que genera en muchos dirigentes la excesiva y protagónica exposición mediática. Con las precauciones del caso –incluido algunos consejos de muchos de sus compañeros de ruta después del último y promocionado raid mediático-, no esquiva el bulto:

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Foto: Colectivo Manifiesto

—¿Quién es Juan Grabois?

A mí no me gusta hablar mucho de mí, pero yo soy un militante social, soy abogado, y pertenezco a una generación que tiene una vocación de transformación revolucionaria de la sociedad. Que no sabe muy bien cómo hacerlo, pero que está tratando de buscar los caminos para construir una alternativa al sistema capitalista.

—Y en función de eso, ¿Cómo caracterizas al macrismo, que es una cosa nueva, por lo menos nacionalmente?

Creo que es un populismo de derecha. Un populismo de derecha con un poder comunicacional sin precedentes, tanto por la capacidad y los conocimientos de manipulación de sus técnicos y asesores, como por el respaldo del aparato comunicacional hegemónico.

—¿Podría existir y gobernar sin ese aparato?

No, de ninguna manera.

—Lo que no quiere decir que sean sólo los medios la razón de su triunfo y su gestión, aclaro…

Sin los medios no hubiera ganado las elecciones, pero no los medios Clarín, sin Twitter, sin Youtube. El macrismo es una organización política profundamente patronal, vinculado a los sectores concentrados pero adaptada al sistema comunicacional del siglo XXI, mientras que la mayoría de las fuerzas políticas tradicionales no están adaptadas a ese formato comunicacional, y no precisamente por aferrarse a determinados principios, sino porque no han tenido la capacidad de reconvertirse. Y esta profesionalización marketinera de la política ha logrado captar ciertas cosas que hay en la sociedad, que el resto de los espacios políticos no capta. Ciertas aspiraciones de los sectores medios que desde los sectores más ideologizados de la política más tradicional, basada en programas, no se entienden, o que se toman como superficiales o secundarios.


Estamos gobernados por un modelo que empalma con el individualismo posmoderno, con la idea de posverdad, donde no importa mucho si es verdad o mentira, pero que parezca verdad. Te pueden decir cualquier barbaridad de Grabois, de Milagro Sala o Delía, no importa si es verdad o mentira, importa que este o aquel es un hijo de puta, que es algo que ya pensabas de antes y entonces esa información te refuerza tu propia burbuja, que va en sintonía con la idea de la burbuja tan vinculada a las redes sociales, donde todos son del mismo palo, lo que te hace perder la capacidad de tener pensamiento crítico. Y la hegemonía en ese mundo sectario la tiene el poder hegemónico.


—¿Qué ambicionás, te imaginas siempre en la lucha social, te gustaría integrar algún espacio político?

No lo he pensado, sinceramente, porque también mi generación, mi sector en el que me formé, tratamos de no pensar las cosas en términos individuales. Yo a lo que aspiro es a que la acumulación de poder popular en las organizaciones comunitarias de base, se convierta en la nueva columna vertebral de un movimiento revolucionario en la sociedad argentina, que permita restablecer determinados equilibrios en términos de igualdad económica, justicia social, integración latinoamericana, tomando las mejores cosas que hicieron los gobiernos populares anteriores y enfrentando los sectores que no quieran perder sus privilegios, eso es un poco el desafío.

*Por Camilo Ratti para Alfilo / Fotografía de portada: Irina Morán

Palabras claves: CTEP, economía popular, Juan Grabois

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