Sin importar lo que traiga el futuro

Sin importar lo que traiga el futuro
30 junio, 2017 por Redacción La tinta

Por John Berger

Vayan al lugar de los hechos, observen, investiguen, informen, rescriban, redacten una versión final que se publicará y será leída en extenso (aunque uno nunca sepa en realidad qué es lo ancho y qué lo angosto). Vuélvanse escritores controvertidos, uno de los que son amenazados con frecuencia, pero que también reciben respaldo: alguien que escriba del destino de millones de personas, mujeres, hombres, niños. Los acusarán de arrogancia pero sigan escribiendo, sigan desmadejando esos proyectos de los poderosos que provocan más y más inmensas tragedias evitables. Hagan notas, crucen y vuelvan a cruzar el continente, sean testigos de la evidente desesperación, continúen publicando y arguyendo una y otra vez, mes tras mes, hasta que los meses sumen años.

Pienso en ti, Arundhati Roy. Y no obstante contra lo que protestamos, lo que advertimos, continúa incesante y sin freno. Continúa irresistible. Continúa cual si existiera en un silencio inquebrantable y permisivo. Continúa como si nadie hubiera escrito una sola palabra. Así que nos preguntamos: ¿cuentan las palabras? Y habrá ocasiones en que nos regrese una réplica que diga: las palabras aquí son como las piedras que les ponen en los bolsillos a los prisioneros amarrados antes de echarlos al río.


Analicémoslo: toda protesta política profunda es invocar una justicia ausente, y la acompaña la esperanza de que en el futuro esa justicia quede establecida; esta esperanza, sin embargo, no es la razón primera para protestar. La gente se manifiesta porque no hacerlo es demasiado humillante, demasiado aplastante, demasiado letal. La gente protesta (monta una barricada, toma las armas, se va a huelga de hambre, se toma de las manos para gritar o escribe) con el fin de salvar el momento presente, sin importar lo que traiga el futuro.


Protestar es negarnos a ser reducidos a cero y a que el silencio se nos imponga. Por lo tanto, en el preciso momento en que alguien hace una protesta, por hacerla, se logra una pequeña victoria. El momento, aunque transcurra como cualquier otro momento, adquiere un cierto carácter indeleble. Se va y sin embargo dejó su marca. Lo principal no es que una protesta sea un sacrificio efectuado en pos de un futuro alternativo más justo. Lo principal es la redención del presente —algo que parecería no tener consecuencias, que parecería ser una acción inconsecuente [sin lógica, desconectada del futuro, “irrelevante”]. El problema es cómo vivir una y otra vez con la supuesta ausencia de consecuencias, con lo inconsecuente.

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“En realidad”, replica Arundhati, “la cuestión aquí es: qué hemos hecho con la democracia, en qué la convertimos, qué ocurre con una democracia desgastada por completo, a la que se le vació de contenido hasta hacerla hueca; qué ocurre cuando cada una de sus instituciones hizo metástasis y formó algo peligroso; qué ocurre ahora que la democracia y el libre comercio se fundieron en un solo organismo predatorio con imaginación tan constreñida y flaca que gira casi en su totalidad en torno a la idea de maximizar las ganancias. ¿Será posible revertir este proceso? ¿Puede algo que ya mutó regresar a ser lo que alguna vez fue?”

¿Cómo vivir con lo inconsecuente? El adjetivo es temporal. Tal vez entonces la respuesta posible y adecuada sea espacial y habría que acercarnos y acercarnos a aquello que redimimos del presente (y que habita en los corazones de quienes se niegan a aceptar la lógica de ese presente). En ocasiones, un narrador puede lograr esto mismo.


En una historia la negativa de quienes protestan se vuelve grito salvaje, la rabia, el humor, la iluminación de las mujeres, hombres y niños. Las narraciones son otro modo de volver indeleble un momento, porque cuando las historias son escuchadas se interrumpe el flujo unilineal del tiempo y que algo no tenga consecuencias pierde totalmente su sentido.


Antes de ser asesinado en el Gulag, el poeta ruso Osip Mandelstam dijo eso precisamente: “Para Dante, el tiempo es el contenido de la historia que uno siente en un solo acto sincrónico. Y de un modo inverso, el propósito de la historia es mantener junto el tiempo, para que todos seamos hermanos y compañeros en la misma búsqueda y en la misma conquista del tiempo”.

*Extraído de Bento’s sketchbook, John Berger, Pantheon Books, Nueva York, 2012 / Traducido por Ramón Vera Herrera para La Jornada
**Foto de portada: Colectivo Manifiesto

 

Palabras claves: John Berger

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