Mujeres rebeldes zapatistas

Mujeres rebeldes zapatistas
3 mayo, 2017 por Redacción La tinta

Nada hay tan subversivo e irreverente como un grupo
de mujeres de abajo diciendo, diciéndose: “Nosotras“.
Don Durito de La Lacandona.

El 1 de enero de 1994 el mundo conoció al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que de manera sorpresiva salió a la luz desde el sureste mexicano, en Chiapas, el mismo día que entró en vigencia el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Las demandas históricas de los pueblos indígenas mexicanos se hacían escuchar con fuerza, retumbando en las luchas de pueblos muy distantes entre sí. Más de dos décadas han pasado desde aquel alzamiento armado. Los ecos y las maneras creativas del zapatismo de reinventarse, no dejan de crecer desde entonces.

A través de comunicados del subcomandante Marcos, el EZLN nos contó que nacieron mucho antes del alzamiento, y que su historia llevaba mucho caminado, que un pequeño grupo de militantes maoístas que provenían de la izquierda de vanguardia habían decidido internarse en la selva Lacandona, y que en casi diez años de historia se fueron transformando en lo que conocimos ese 1 de enero. En el diálogo con el pueblo indígena oprimido se dieron cuenta “no sólo que no nos entendían, sino que su propuesta era mejor” (Sucomandante Marcos).

Ese quiebre en el modo de comprender la lucha -que ha sido un faro para la militancia autonomista latinoamericana- se puso de manifiesto en 1994 con el levantamiento y su presentación como ejército con las Leyes Revolucionarias, entre ellas la Ley Revolucionaria de Mujeres.

Las mujeres indígenas de México

“Mi nombre es Esther, pero eso no importa ahora. Soy Zapatista pero tampoco importa en este momento. Soy indígena, soy mujer, y eso es lo único que importa ahora. En este país fragmentado vivimos los indígenas condenados a la vergüenza de ser el color que somos, la lengua que hablamos, el vestido que nos cubre, la música y la danza que hablan nuestra tristezas y alegrías, nuestros historia. Nosotras las mujeres indígenas no tenemos las mismas oportunidades que los hombres, los que tienen todo el derecho de decidir de todo. Sólo ellos tienen el derecho a la tierra, la mujer no tiene derecho como que no podemos trabajar también la tierra, y como que no somos seres humanos. Las mujeres indígenas no tenemos buena alimentación, no tenemos vivienda digna, no tenemos un servicio de salud ni estudios. No tenemos proyecto para trabajar, así sobrevivimos la miseria”. (Subcomandanta Esther, Tierra de Mujeres, 2003)

Si bien las comunidades indígenas desarrollaron formas comunales que les permitieron resistir estos cinco siglos de explotación, las mujeres fueron puestas en lugares subordinados.

Ya en las últimas etapas de la clandestinidad del EZLN, cuentan los zapatistas que Juanita, la compañera del viejo Antonio, tuvo un rol decisivo en poner en cuestión el rol de la mujer indígena chiapaneca y la dominación ejercida sobre ella en el interior de sus comunidades.  Las zapatistas fueron quienes se comenzaron a preguntar por su lugar como pobre, como indígena, pero también como mujer .

Ley Revolucionaria de Mujeres

“Las mujeres llegaron a entender que es importante su participación para
cambiar esta mala situación”. Comandanta Ramona.

Esta ley con la que se presentaban al mundo en 1994, y que asumían como compromiso transformador, garantizaba una serie de derechos para las mujeres de las comunidades zapatistas, entre ellas, el de participar en la lucha revolucionaria y de los asuntos comunales. Además, las mujeres podrían tener cargos si fueran elegidas; tendrían derecho a trabajar y recibir un salario justo; a decidir cuántos hijos tener y cuidar; a recibir atención primaria de salud; buena alimentación y educación; a elegir libremente a su pareja. Es explícita además en torno a la prohibición de la violencia física y la violación, delitos castigados severamente.

“Es como una construcción de humanidad lo que se quiere… es lo que estamos tratando de cambiar, otro mundo es lo que se quiere… es la lucha de todo lo que estamos haciendo, hombres y mujeres, porque no es una lucha de mujeres ni es una lucha de hombres. Cuando se quiere hablar de una revolución, es que van juntos, va para todos entre hombre y mujeres, así es la lucha”. Del Caracol II, Oventik. Escuela zapatista. 2013

Las leyes revolucionarias fueron declaraciones de principios hacia el afuera, y hacia el adentro que se estaba construyendo en Chiapas. Para muchas feministas mexicanas significó un hecho importantísimo que en los años ´90 una organización revolucionaria se presentara con una herramienta exclusivamente de género, ubicando a esa lucha en el mismo lugar que, por ejemplo, la lucha agraria. Hacia adentro del movimiento que surgía, la ley generó mucha resistencia, que las mujeres zapatistas pacientemente des-anudaron.

Ellas explican que los hombres de sus comunidades tenían internalizado las costumbres del opresor, aprendidas de terratenientes y finqueros, quienes usaban a las indígenas como meros objetos a explotar de cualquier forma. “Se les fue metiendo esa idea de los capitalistas como es la historia que la mujer no vale nada” (En apunte de Escuela Zapatista, 2013).

Más allá de un cuerpo de derechos a cumplirse, la ley, en tanto revolucionaria, pretendió sentar las bases de lo que se desarrollarían desde entonces en las comunidades. Las mujeres zapatistas tuvieron un papel central en la difusión, en explicar la urgencia y la necesidad de cambios en relación a las relaciones de género hacia adentro de las comunidades. Se pretendía un cambio cultural, de mirada: desnaturalizar el papel de las mujeres en sus comunidades, muy arraigado en las costumbres del pueblo.

“Las leyes de las mujeres que acababa de leer Susana significaban, para las comunidades indígenas, una verdadera revolución. Los varones se miraban unos a otros, nerviosos, inquietos. De pronto, casi simultáneamente, las traductoras acabaron y en un movimiento que se fue agregando, las compañeras empezaron a aplaudir y hablar entre ellas. Ni que decir que las leyes de mujeres fueron aprobadas por unanimidad. Algún responsable tzeltal comentó ‘lo bueno es que mi mujer no entiende español, que sino…’ Una oficial insurgente, tzotzil y con grado de mayor de infantería, se le va encima: ‘te chingaste, porque lo vamos a traducir en todos los dialectos’. El compañero baja la mirada. Las responsables mujeres están cantando, los varones se rascan la cabeza” (Millán, 2014: 77)

Con esfuerzo y lucha diaria, el zapatismo avanzó en mejorar la condición de las mujeres dentro de la construcción de la autonomía de sus comunidades (salud, educación, trabajo, entre otros ejes).

En cuanto a la participación, Ramona, ícono de esta lucha, explicó: “Las Juntas de Buen Gobierno nunca hubieran sido sin las mujeres. Sin la participación de las mujeres no sería la lucha del pueblo. Sería lucha de hombres, pero no lucha del pueblo”.

En la construcción de autonomías, siendo la lucha “un paso cotidiano”, la participación de las mujeres también es promovida en toda la vida comunitaria. Desafiando el lugar del trabajo fuera de la casa como ámbito masculino, se crearon espacios de trabajos colectivos de mujeres, donde se encuentran en un ámbito de cooperación y enseñanza mutua, un espacio entre-mujeres. Las ganancias de los trabajos realizados son utilizadas de manera colectiva, para poder desarrollar nuevos proyectos, o sostener la estructura organizativa, por ejemplo cubrir los gastos de las que tienen un cargo y deben viajar para asistir a reuniones. Estos espacios además desafían la división entre producción y reproducción de la vida, es decir la división sexual del trabajo, mientras que se oponen a la economía de mercado.

Simultaneidad y complementariedad

Las mujeres zapatistas demandan una transformación profunda en los modos de relaciones con sus propia comunidad, a la vez que buscan construir un “equilibrio” en la relación con los hombres, sabiendo a la vez, que comparten, tanto hombres como mujeres zapatistas, discriminaciones y vejaciones por ser indígenas.

La doble opresión que viven las mujeres indígenas, no les obtura la necesidad de una lucha conjunta, que se complementa y no puede darse sino en simultáneo. La cosmovisión de los pueblos mesoamericanos no jerarquiza las luchas, no las prioriza, no se pregunta cuál es la más urgente e importante, si la racial, de clase, o la patriarcal. Las ven como parte de un todo.

En ese sentido, la Ley revolucionaria de las mujeres sólo puede ser entendida en su densidad real, si se tiene en cuenta que es una propuesta colectiva, no de ejercicio individual, en tanto para estos pueblos es imposible pensar de forma separada las personas de la comunidad, el individuo del todo, desafiando la mirada occidental de opciones excluyentes.

Raquel Gutierrez Aguilar desarrolla un concepto interesante para pensar la política que desarrolla el zapatismo. «La política en femenino, explica la autora, no tiene la ambición de gestionar la acumulación del capital, sino que su búsqueda se centra en limitarlo. No se propone la toma del Estado, o su ocupación, sino que se centra en la defensa de lo común. Por último, dispersa el poder, habilitando la reapropiación de la palabra, y la construcción colectiva de decisiones sobre “asuntos que a todos competen porque a todos afectan” (Raquel Gutierrez, 2014).

“Quiero que todas las mujeres despierten
y que siembren en sus corazones la necesidad de

organizarnos”.
Comandanta Ramona

* Fotografías gentileza Colectivo Manifiesto.

Palabras claves: EZLN, feminismo, Raquel Gutierrez, revolución

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