México: el periodista es un objetivo más en la Guerra del narco

México: el periodista es un objetivo más en la Guerra del narco
6 abril, 2017 por Redacción La tinta

Por Kiko J. Sánchez para Zero Grados

México es una marea constante de buen periodismo. Algunos de los mejores textos, medios y proyectos nuevos surgen a ese lado del muro del que tanto hablamos hoy. Por eso, cualquiera que quiera saber cómo se hace eso de informar y de contar historias ha de asomarse de puntillas para mirar tras él. Pero el periodismo mexicano sobresale porque es valiente y arriesgado. Porque ha tenido que reinventarse para hacer frente al peligro. El periodista mexicano no se permite el lujo de recrearse en lo accesorio porque se juega la vida en cada letra. El periodista mexicano independiente es un objetivo más en la Guerra del narco.

Iraq, Afganistán y México. Los tres países en los que en 2016, según la Federación Internacional de Periodistas (FIP), murieron asesinados más reporteros. Llama la atención: hablamos de dos de los escenarios bélicos más cruentos del siglo XXI y de Siria, probablemente el territorio más conflictivo de la actualidad, donde murieron violentamente cinco periodistas menos (6) que en México (11). La situación en el país es de una violencia perturbadora. Organizaciones armadas, redes de tráfico -de armas, de personas, de drogas- y las diferentes instituciones del Estado se enfrentan y entrelazan. Y en el medio la población que arriesga –y pierde- la vida. Centenares de miles de asesinados, secuestrados, desplazados y decenas de miles de desaparecidos, desde que un 11 de diciembre de 2006 el gobierno de Felipe Calderón declarara –oficialmente- la guerra al narco. Un contador macabro que se aceleró con la llegada en 2012 de Enrique Peña Nieto a Los Pinos.

“Ejecutómetro”, así se refiere Marcela Turati –una de las cronistas mexicanas más destacadas- a este periodismo que presenta “las estadísticas de la muerte y su comportamiento demográfico”. Cifras que estallan y se acumulan, que nos sacuden un momento y nos indignan. Que se olvidan.

Esa fue, dice, la primera forma en la que las consecuencias de la narcoguerra llegaron a los medios: notas frías, solo cifras, sin rostro ni historia. Eran notas que, además, debido a la concentración mediática y las presiones, replicaban el discurso oficial. Con el tiempo, reporteros de medios locales e independientes comenzaron a mirar más allá. Investigaron, reconstruyeron, escucharon a las víctimas, dieron forma al contrarrelato. Y destaparon las mentiras, las inconsistencias, las alianzas, las conexiones, las consecuencias, las pérdidas, el desamparo; el problema en movimiento.

La seguridad de los periodistas, en paralelo, se fue volviendo más precaria. Aumentaron las amenazas, los secuestros y las muertes, y comenzaron a surgir grupos de reporteros e investigaciones y medios colaborativos. Maneras de protegerse y ser más eficaces ante el problema y su amenaza. Y los periodistas se convirtieron en un objetivo preferente: porque la muerte de un reportero comprometido no es solo su muerte, es también la garantía de que otras muertes serán silenciadas.

Marzo de 2017, tres periodistas muertos en menos de un mes

Dicen de Miroslava Breach Velducea que su profesión le apasionaba. También la montaña a la que escapaba en cuanto podía del ruido de la ciudad y la amenaza latente. En casi tres décadas como periodista había estado siempre del lado de las víctimas. Sus compañeros señalan que era una periodista incisiva e incómoda. Uno de ellos declaró a Univisión que su asesinato era, sin duda, fruto de su periodismo –algo que a estas horas nadie se atreve a cuestionar- y que dio la vida “por no quedarse callada, por no tener miedos”. Su último reportaje y sus últimas investigaciones son ejemplo de ello. La reportera, que había expuesto durante décadas los daños medioambientales, la violencia contra civiles y los ataques de los distintos cárteles en los territorios indígenas de las montañas de Chihuahua o su compra e imposición de candidatos del PRI y el PAN a alcaldías y gobernación, había destapado en los últimos meses dos hechos relevantes: la aparición de una fosa común y pruebas de nuevas expulsiones de indígenas en la sierra a manos del narco para nuevas plantaciones de amapola.

La mañana del 23 de marzo Miroslava, montó en una camioneta roja, junto a su hijo al que llevaba a la escuela. Eran menos de las 8 de la mañana cuando un hombre se acercó a la ventanilla del conductor y disparó en ocho ocasiones su arma calibre 38. De camino al hospital, Miroslava falleció en la ambulancia. Tenía 54 años y era una de las más reputadas periodistas del diario La Jornada, en el que trabajaba desde hacía 15 años, tras pasar por las redacciones de Norte y El Diario de Chihuahua. En los últimos meses había denunciado ante diferentes instituciones y organismos que ella y su familia estaban recibiendo amenazas de muerte.

Todos señalan hoy que se sabía que Miroslava estaba en peligro, también que el Estado no hizo nada por protegerla.

El día 19 de marzo Ricardo Monlui Cabrera estaba desayunando junto a su mujer y su hijo en un restaurante de Yanga, Veracruz. A sus 57 años arrastraba tres décadas de oficio periodístico y decenas de posibles enemigos. Monlui Cabrera acumulaba espacios desde los que contar la realidad. Oriundo de Córdoba (Veracruz), era presidente de la Asociación de Periodistas y Reporteros Gráficos de Córdoba y director del periódico El Político. También escribía columnas en el Diario de Xalapa y el Sol de Córdoba. Desde allí había denunciado las internas en el PRI -partido del presidente Enrique Peña Nieto y el exgobernador Duarte- y la falta de transparencia en las candidaturas a alcaldías.

Monlui ya sabía lo que arriesgaba al no ceder a las presiones. En diciembre de 2010, su hijo Ricardo fue abandonado en un camino tras sobrevivir a un secuestro y un tiroteo a manos de policías municipales. Sin embargo, continuó denunciando, desde la columna de la publicación Crisol, la connivencia política y la corrupción dentro del sector de la caña de azúcar. En una región agricultora como Veracruz, la caña era una fuente importante de dinero, y los asesinatos de líderes sindicales o la oscuridad en la adquisición y venta de ingenios eran moneda común. Monlui había sido jefe de prensa de la Unión Nacional de Productores de Caña de Azúcar y conocía bien el negocio, por ello los exgobernadores Fidel Herrera y Javier Duarte siempre sintieron el peso de su mirada acechando.

Esa mañana, mientras desayunaba, varios individuos se acercaron a su mesa, se dirigieron a Ricardo y sin mediar palabra dispararon a quemarropa.

En septiembre de 2015, Cecilio Pineda Birto fue atacado a balazos en su casa en el centro del municipio de Coyuca de Catalán, en Guerrero. Milagrosamente no solo salvó la vida, además salió ileso. Sin embargo, el pasado día 2 de marzo la amenaza se consumó. Que su vida corría peligro era algo sabido, él mismo lo había denunciado públicamente. En torno a las 20 horas el reportero esperaba en una hamaca para recoger su camioneta en un centro de autolavado del municipio de Pungarabato, en la región de Tierra Caliente. Dos individuos, montados en una moto, pasaron a su lado y le dispararon con armas de gran calibre. La vida de Cecilio se apagó a causa de los múltiples impactos en la ambulancia que le trasladaba al hospital.

Pineda había colaborado en medios como la Voz del Sur, El Universal y La Jornada de Guerrero, y actualmente escribía en El Debate de los Calentanos. Desde la sección de policiales se encargaba de narrar las consecuencias de la lucha entre distintos grupos armados que disputaban el control de Tierras Calientes.

Horas antes de ser asesinado, Pineda, que tenía 31.641 seguidores, presentó a través de Facebook Live una serie de pruebas que, presuntamente, demostraban un pacto entre funcionarios y el gobernador de Guerrero, Héctor Astudillo Flores, y miembros de la célula ‘Los Tequileros’ del cártel de Michoacán.

Miroslava Breach Velducea, Ricardo Monlui Cabrera y Cecilio Pineda Bito son los tres últimos periodistas asesinados en México. Los tres perdieron la vida en tres de los lugares más violentos del país: Guerrero, Chihuahua y Veracruz. Los tres tenían varias cosas en común: eran periodistas experimentados, asumieron el riesgo por desvelar la verdad e investigaban los lazos que trenzan un conflicto en el que crimen organizado y política difuminan sus márgenes. Allí donde no se sabe quién planifica, quién ejecuta, quién ordena, quién secuestra y asesina; qué manos se reparten las ganancias de la guerra del narco.

Con ellos, desde que cambiamos de milenio, 123 reporteros han sido asesinados por ejercer su trabajo. Y esa cifra se hace más grave si se considera que en los últimos seis años fueron 30 los asesinatos y cerca de 800 las denuncias por agresión. Y ahí no se terminan los datos alarmantes de este “ejecutometro” mayestático: el 99,7% de los casos se cierran sin sentencia. Nadie investiga los crímenes, nadie detiene a los responsables, las autoridades se hacen a un lado, cuando no entorpecen las investigaciones para encubrir a los culpables. La impunidad se impone. Como dicen los periodistas que firman la carta abierta #YaBastaDeBalas, “el gobierno mexicano y los de los estados no han actuado para impedir que los comunicadores sigamos siendo asesinados. La vida de ningún mexicano vale más que la de otros. Pero a esta sociedad la están dejando sin ojos ni oídos, inerme ante la violencia”.

Un cuaderno y un matrimonio como resumen de una realidad.

“SÍ MEREZCO ABUNDANCIA, SÍ MEREZCO ABUNDANCIA, SÍ MEREZCO ABUNDANCIA…”. Así, con esa afirmación sin tilde, en mayúsculas y con letra casi adolescente, llenaba las páginas de un cuaderno Montblanc la mujer del gobernador del estado de Veracruz. La metáfora encuadernada apareció en una bodega junto a otros documentos y abundantes bienes –desde material escolar hasta sillas de ruedas- extraídos al estado. En ese cuaderno también había un mapa con decenas de propiedades, y numerosos nombres y detalles que revelaban una gran trama de corrupción y blanqueo. Para entonces Javier Duarte y su esposa Karime Macías ya residían en Paradero Desconocido. En noviembre de 2016, el gobernador interino Flavino Ríos había solicitado un helicóptero oficial y todas las atenciones para un gobernador y despedido a Duarte que, buscado ya por la justicia, desapareció. Aquel gobernador regordete y simpático, admirador de Franco “por compartir timbre de voz” y por “su fortaleza, entusiasmo y energía”, se había convertido en uno de los políticos más corruptos de uno de los países más corruptos de la tierra.

El caso de Javier Duarte todavía está siendo investigado. Hace unos meses se demostró que dosis de quimioterapia llegaron al mercado negro mientras adolescentes y niños enfermos de cáncer morían tras recibir un tratamiento a base de agua destilada. Es solo un ejemplo atroz. Aunque nadie se atreve a descartar su implicación en asesinatos y desapariciones ni sus relaciones con el cártel de los Z. El dinero sustraído a los veracruzanos se calcula en miles de millones de dólares.

Sin periodistas independientes y valientes, Duarte y Macías seguirían mereciendo abundancia. Pero denunciar la ambición desmedida, la falta de escrúpulos, la corrupción, la connivencia con el crimen organizado o la impunidad exigen coraje: el Veracruz de Duarte es también el estado donde más periodistas mueren en uno de los países que más periodistas asesina del planeta.

*Por Kiko J. Sánchez para Zero Grados

Palabras claves: México, Narcotráfico, Periodismo

Compartir: