Lejos de la revolución

Lejos de la revolución
25 abril, 2017 por Redacción La tinta

Una evaluación sobre la Revolución rusa suponía, de manera inevitable, un juicio sobre la viabilidad del comunismo. Por eso distintas corrientes se disputaron su significado y fue objeto de tironeos ideológicos que van desde la justificación complaciente de la izquierda tradicional hasta la feroz condena de la derecha. El especialista de UNSAM, Martín Baña dice que es uno de los acontecimientos más estudiados pero también uno de los peor conocidos. ¿Cómo construir aquel relato en un contexto donde la propia idea de revolución está en retirada? ¿De qué manera ilumina lo contemporáneo?

Por Martin Braña para Anfibia

Para algunos fue la Gran Revolución Socialista de Octubre que dio origen al paraíso de los soviets. Para otros, se trató de un oportunista golpe de Estado que apartó a Rusia del camino de la civilización. Para unos, Lenin fue un héroe; para otros, simplemente un villano. Casi desde el inicio de la Unión Soviética, la narración de su momento fundacional se convirtió en objeto de una dura disputa que fue desde la justificación complaciente de la izquierda tradicional, hasta la feroz condena de la derecha más recalcitrante. Tanta disparidad puede explicarse por los diferentes contextos de producción historiográfica y, sobre todo, por los intereses ideológicos puestos en juego: una evaluación sobre la Revolución rusa suponía de manera inevitable, un juicio sobre la viabilidad del comunismo. Por esa misma razón, y paradójicamente, es uno de los acontecimientos más estudiados pero también es uno de los peor conocidos.

Y sin embargo, cuando todavía hoy existen muchas de las condiciones contra las cuales se rebelaron los cientos de miles de hombres y mujeres en 1917, podemos aprender mucho de la primera revolución anticapitalista triunfante en el mundo si dejamos de lado las narraciones celebratorias y reprobatorias, y nos concentramos en una historia que rescate los deseos, las prácticas y las encrucijadas de esos ancestros de carne y hueso que quisieron construir un mundo emancipado. A cien años de un evento crucial para la historia de la humanidad, quisiera presentar un breve recorrido por las formas dominantes en que fue contada la Revolución rusa para luego sugerir algunas pistas que nos ayuden a construir un relato que valore la pluralidad de voces que tomaron parte de ella y que empatice con sus anhelos de igualdad y justicia social. Y, por qué no, que también pueda colaborar en la construcción de alternativas emancipatorias tan necesarias para nuestro presente.

Interpretar la Revolución rusa

Un chiste circulaba entre los historiadores soviéticos: decía que en la URSS el pasado era imprevisible. Con ello se refería a los continuos cambios que solía atravesar la historia oficial de acuerdo a los climas creados por las diversas coyunturas políticas. Sin embargo, la visión sobre la Revolución que vio la luz en la Historia del Partido Comunista de la URSS en la década de 1930 se mantuvo casi sin cambios. Según ella, una continuación de modos de producción conducían a los eventos de 1917 que habían permitido el paso de un modo de producción capitalista a uno socialista.

La revolución, se decía, fue encabezada por una clase -el proletariado- que enterraría al capitalismo, conducida por el partido más consciente de esa clase -el bolchevique. Por otra parte, Octubre, y no Febrero, era remarcado como el momento decisivo para la empresa. De esta manera, la Revolución rusa se presentó como una sucesión de hechos que llevaron de manera inevitable a la toma del poder por parte de los bolcheviques y a la instauración del régimen soviético. De hecho, de aquí se derivaron las denominaciones que actuaron como sinónimos: “Revolución obrera”; “Revolución bolchevique”; “Revolución de octubre”.

Este relato, aquí simplificado, se estructuraba a partir de un esquema lineal y abstracto de la historia que reducía las múltiples acciones desarrolladas durante la revolución y que colocaba la lupa solo sobre los eventos políticos y el desempeño de las elites. Al tiempo que legitimaba al Partido en el poder, dejaba de lado la variedad de grupos sociales que habían participado, como también la insurgencia desplegada más allá de la esfera política. Esta narración monopolizó la lectura de la Revolución no sólo dentro del régimen sino también en gran parte del campo de la izquierda tradicional. A pesar de que surgieron otras interpretaciones que intentaron cuestionar la ortodoxia (como la esbozada por el trotskismo), la visión que prevaleció siguió centrándose en Octubre, la clase obrera y los principales líderes del Partido bolchevique.

Luego de la Segunda guerra mundial, y en plena Guerra Fría, una gran cantidad de recursos fluyó hacia las universidades norteamericanas en pos de “conocer al enemigo” y, de paso, desprestigiarlo a los ojos de la opinión pública mundial. Así surgió la sovietología clásica, corriente que construyó un relato condenatorio y simplista de 1917. A través de una lente liberal e influenciados por la llamada Escuela del Totalitarismo -en la que participó teóricamente Hannah Arendt y que suponía que tanto la URSS como el nazismo eran regímenes totalitarios– los investigadores edificaron una historia que le negaba a Octubre su condición de revolución. En su lugar, lo presentaba como un “golpe de estado”. Gracias a un partido bien organizado y altamente disciplinado por un líder oportunista como Lenin, los bolcheviques pudieron aprovechar la situación de crisis abierta por la guerra y la debilidad del zar para hacerse con el poder. Para los sovietólogos, la revolución no era más que un “trágico accidente” que apartó a Rusia del camino “normal” de la historia.

Esta visión buscó negarle a la Revolución rusa su carácter social y popular. Más aún, desarrolló la idea de que existía una línea de continuidad entre el leninismo y el estalinismo en la cual el primero conducía sí o sí al segundo. Pero se trató de una interpretación apoyada más sobre una buena dosis de ideología que sobre fuentes empíricas, y actuaba más como una fábula que como un relato histórico. Como toda fábula tenía su moraleja (conservadora): no importan los esfuerzos que los sujetos pongan en cambiar el mundo, todos los intentos de transformación radical conducen necesariamente a un régimen totalitario.

Hacia la década de 1960 surgieron las primeras voces críticas contra esta interpretación ideológica a través de una corriente revisionista. El contexto había cambiado: en la Unión Soviética se producía una relativa apertura a partir de la destalinización khruscheviana y en los Estados Unidos se alzaba una autocrítica luego de la fallida experiencia en Vietnam. De esa manera, autores como Sheila Fitzpatrick o Stephen Cohen, por citar los casos más notorios, rescataron el componente social de la Revolución. Para ellos fue resultado de una genuina movilización popular y los bolcheviques formaban parte de una tradición más amplia. Gracias a un mejorado acceso a las fuentes, los investigadores revisionistas demostraron la formación de una conciencia revolucionaria en los sujetos que caracterizó al Partido bolchevique de modo más democrático y reconocieron que, al haber alternativas al totalitarismo, se quebraba la línea de continuidad entre Lenin y Stalin.

Dentro del campo académico estas dos grandes corrientes se disputaron la producción de sentidos sobre la Revolución rusa y cada una prevaleció de acuerdo a los contextos en los que habían surgido. La disolución de la Unión Soviética en 1991, sin embargo, desprestigió a ambas: a los sovietólogos clásicos, por su incapacidad de prever el final, y a los revisionistas, por la confirmación de la inviabilidad de un proyecto comunista. De este modo, en la década de 1990 empezó a hacerse visible una corriente que buscó interpretar a la Revolución y a la experiencia soviética basándose en lo que podríamos denominar el “giro cultural”. El nuevo contexto conformado por la imposición de las políticas neoliberales, el impacto del posmodernismo y la expansión de ideologías como la del “fin de la historia” se expresó en un desdén por el período de la Revolución y por un creciente interés, en cambio, por el régimen estalinista. A este último no solo se lo caracterizó como una “civilización”, como por ejemplo hizo Stephen Kotkin en su trabajo pionero sobre la vida cotidiana de la ciudad de Magnitogorsk, sino que además pasó a ser identificado como el verdadero cambio radical en Rusia. En un contexto en donde la idea de revolución como medio para transformar la realidad iba quedando desacreditada, los eventos 1917 fueron dejados de lado o, a lo sumo, fueron evocados para actualizar los viejos prejuicios de la sovietología clásica.

La historia de la Revolución rusa cien años después

¿Cómo contar entonces una historia de la Revolución en su Centenario? ¿Cómo construir un relato en medio de un contexto en el que la propia idea de revolución está en retirada? La tarea no es sencilla y es imposible resolverla en estas líneas. Ofrezco a continuación, en cambio, una serie de insumos que se desprenden de algunas investigaciones recientes para imaginar, al menos, cómo podría ser ese nuevo relato.

Una nueva historia de la Revolución rusa debería efectuar un cambio significativo en la cronología. El impacto que tuvo la Primera guerra mundial en la reconfiguración del panorama político europeo, en la desintegración del Imperio ruso y, sobre todo, en las transformaciones que inspiraron a las instituciones soviéticas obligan a incorporar a la Revolución dentro de un más amplio “continuum de crisis” que arrancaría en 1914 y no en 1917. Así, por ejemplo, cambiaría la perspectiva sobre la violencia desplegada durante esos años: no fue un efecto de la ideología marxista o del “atrasado” pueblo ruso, como se creía, sino más bien el resultado de la diseminación de prácticas nacidas durante la contienda que, en el contexto ruso, se colocaron al servicio de la transformación radical de la sociedad. A su vez, los relatos no deberían ir más allá de 1921, cuando ya finalizada la Guerra Civil los bolcheviques reprimieron el levantamiento de los marineros de Kronstadt: a partir de entonces se consolidó un nuevo orden que se apartó de los principios soviéticos y se concentró en la dictadura de un solo partido.

Si se modifica el tiempo, también lo hace el espacio. En Europa Oriental la Primera guerra mundial supuso un proceso de descolonización que no solo puso final poder de los imperios allí reinantes sino también cuestionó el mismo dispositivo de dominación imperial. En ese sentido, la acción de las periferias nacionales anticiparía la oleada descolonizadora que se desplegaría con más fuerza luego de la Segunda guerra mundial. Desde este enfoque, la historia de la Revolución dejaría de centrarse en explicaciones domésticas y ampliaría su alcance territorial de un modo exponencial. El propio espacio se transformaría para pensarse no a través de las rígidas fronteras de los estados nacionales (algo que, por otra parte, Rusia nunca fue) sino a partir del nuevo lugar en donde los fenómenos se conectan, se potencian y se transforman.

Incluso si se centrara en el año 1917, un nuevo relato de la Revolución debería dejar de lado la división entre dos revoluciones. Una, “democrático-burguesa” en febrero, y otra, “socialista”, en octubre y no considerar a esta última como decisiva. Esta división, basada en un criterio político, sirvió para legitimar -o condenar, de acuerdo a cómo se lo mire- el rol de los bolcheviques. La evidencia muestra, sin embargo, que la burguesía estuvo prácticamente ausente y que las clases subalternas protagonizaron las acciones, incluso a veces contra la parálisis de sus dirigentes. Se trató más bien de un solo proceso revolucionario que desde el inicio tuvo una orientación socialista, con varios momentos de radicalización entre los cuales se encontraba Octubre. Allí las masas se sintieron con la fuerza necesaria para proclamar el gobierno de los soviets y, de hecho, así lo iban a hacer durante el II Congreso de los Soviets programado para el día 25 de ese mes. Sin embargo, los bolcheviques se les adelantaron, tomaron el poder de manera unilateral el día anterior y se presentaron al Congreso con el hecho consumado, para no tener que compartir el poder con el resto de los partidos socialistas.

En sentido estricto, la revolución de Octubre fue apenas un episodio modesto comparado con Febrero: mientras aquí la ciudad quedó paralizada por las huelgas y las manifestaciones, la toma del Palacio de Invierno fue una simple operación militar conducida por un partido político que no alteró la rutina de la capital.

Un nuevo relato debería descartar la idea de que la dinámica revolucionaria de Petrogrado -es decir, el surgimiento del doble poder del Gobierno Provisional y los soviets, el ascenso de estos últimos y el apoyo creciente a los bolcheviques- se había replicado sin cambios en el interior de Rusia.

En las provincias la situación fue bastante diferente: colaboración entre soviets y dumas, soviets con distintos grados de influencia, coaliciones de varios partidos, bolcheviques locales que armaban agendas propias más allá de las directivas del centro y soviets que variaban de acuerdo a su composición, como el de los desempleados de Odesa, que tuvo una importancia significativa y desafió a su par de obreros. Las condiciones particulares de cada región impactaron en el modo en el cual el poder político se reconfiguró y así la Revolución tuvo derivas impensadas hasta por los propios bolcheviques.

La multiplicidad también debe tenerse en cuenta para los sujetos sociales que hicieron la Revolución. La clase obrera tuvo un rol fundamental: protagonizó las huelgas y manifestaciones que crearon la agitación revolucionaria. Pero también tomaron parte los soldados, quienes se amotinaron, crearon sus propios comités y defendieron a la revolución de sus enemigos. Y los campesinos, quienes ocuparon las tierras y con sus costumbres aportaron a la formación del clima mental de la Revolución. Los artistas de vanguardia, quienes advirtieron la promesa de una reconstrucción del mundo parecida a la que venían explorando en sus obras; las mujeres, quienes vieron la posibilidad de liberarse del patriarcado; los intelectuales, quienes se entusiasmaron con la oportunidad de que un nuevo mundo reorganizado por la razón valorara más sus saberes; los jóvenes, quienes pudieron sacarse de encima la opresión ejercida por sus mayores, sobre todo, en el campo.

La Revolución, entonces, fue protagonizada por una multiplicidad de sujetos que si bien tenían motivaciones particulares pudieron ser articulados por una incipiente subjetividad revolucionaria compartida.

La Revolución fue rusa, obrera y bolchevique. Pero fue mucho más que eso. Tal vez la mejor manera de evocarla sea escribiendo una historia que reconozca toda su complejidad y rescate, todavía hoy, esas formas de cooperación y solidaridad humanas que, hace apenas cien años, buscaron ir en contra y más allá del capitalismo.

*Por Martin Braña para Anfibia

Palabras claves: Revolución Rusa, Rusia

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