África en las calles de Córdoba

África en las calles de Córdoba
17 febrero, 2017 por Julieta Pollo

Muchos sueñan con un negocio en lugar fijo, pero sin distinciones se les dice manteros. Aunque pronto serán cordobeses como la peatonal, extrañan la mezquita. Son musulmanes y a veces les dicen, “negro andate a tu país”.

Por Sofía Jalil, Gastón Klocker, Luciano Riccio, Julieta Pollo,
Mirco Sartore y Jerónimo Maina para El Cactus de la FCC-UNC

Esquina San Jerónimo y Obispo Salguero. Un charco de agua sucia debajo del busto del obispo Diego Salguero; una botella de vino vacía descansa sobre su pedestal. Mástiles sin bandera, algunos comercios, un bar. En el piso, los restos de papeles se mezclan con las hojas del otoño.

Al frente, la Iglesia San Roque, monumento histórico, en plena recuperación. Las campanas están tapadas por bolsas negras y un obrero de casco amarillo circula por los techos. En su puerta de madera maciza, tres metros de ancho, un grafiti pide una ley de trabajo sexual. Recostada sobre una vieja cabina telefónica, una chica de ojos claros toma notas en su libreta.

Personas que van, personas que vienen; algunas piden precios, compran o no. En cinco puestos desmontables, una oferta variada de bijouterie y accesorios: carteras, aros, morrales, crucifijos, dijes con el Diego o el Che. Todo es tan familiar, pero parece otro mundo; nuestro propio mundo ocupado por otro. Los vendedores de tez oscura hablan entre ellos una lengua incomprensible. Mientras ordenan la mercadería y bromean, están pendientes del celular.

En perfecto español, un joven vendedor intercambia animado algunas palabras con una señora robusta, rubia. Él es flaco y muy alto. Se recuesta sobre una pirca. Echado como los leones en sus fosas de cemento. Se pone los dos auriculares y se concentra en el teléfono móvil. De reojo mira el puesto. Tranquilo reposa, trabaja, espera. Tranquilo.

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Modou Faye tiene 26 años y ya conoce tres continentes. Sus padres y hermanos viven en Abidján, la capital económica de Costa de Marfil. Antes de llegar a Córdoba estuvo trabajando en Europa. Viste una remera roja, bermuda de jean, gorra y sandalias; su piel deslumbra por el contraste con la de todos por ahí. No quiere grabaciones ni fotografías, pero cuenta su historia sin vacilar. Antes de llegar aquí estuvo un tiempo en Nápoles, de donde se fue por miedo a la mafia y a la discriminación. Cuenta brevemente que los carabinieri lo sacaron con violencia de un bar. Una cuestión de piel, dice. Prefiere no ahondar. Modou no dudó en abandonar el viejo continente.

En el consulado argentino consiguió una visa, y hacia acá partió. “Hay diferencias entre los italianos y los argentinos… el español es más fácil”, asegura. En Buenos Aires estuvo tres meses. Primero, un hotel y luego la casa de un joven senegalés. Antes de instalarse en Córdoba, que dice, le encanta, conoció Salta y Catamarca.

“Viajando ves cosas que el otro no ve; te abre la cabeza”, asegura mientras atiende a una pareja que pregunta el precio de unas pulseras.

Aunque gracias al esfuerzo y perseverancia de su padre, su familia tiene un mejor pasar económico, él prefiere trabajar solito y quedarse aquí. Modou es monotributista. Su anhelo es abrir un local en el centro. Un lugar estable. “Dejar la calle para pensar en algo más grande”, afirma. Lo mismo quieren Ariel y Desir. Ariel, en realidad, es un nombre adoptado porque es más fácil pronunciarlo. Su amigo lo llama Falú. Como Ariel no domina el español, se comunican en francés. Pero Ariel prefiere el wolof, su lengua nativa en Senegal.

Trabajan juntos sobre la calle Santa Rosa en la entrada de una galería de cuya reja cuelgan sus mercaderías. Ariel cuenta que vino a la Argentina por argent, palabra francesa que significa dinero. Llegó hace diez meses desde Senegal, después de pasar por Dakar, Madrid, Sudáfrica y Buenos Aires.

En el centro cordobés hay decenas de manteros y puesteros. No es lo mismo ofrecer las mercaderías en el piso sobre una manta, en un maletín, o en un puesto montado. Y muy distinto, claro, el ansiado local. La antigüedad del inmigrante puede calcularse según el estatus del puesto.

Bamba llegó hace 9 años. Al momento de la entrevista está visitando a su amigo, quien tiene junto a su familia un local en Bv. Illía casi Tránsito Cáceres de Allende. Conserva las ropas típicas de Senegal. Una túnica turquesa, que se usa en la mezquita o para celebraciones especiales. Gorro negro y zapatos marroquíes. Bamba es musulmán y cuenta que recién viene del Salat -reunión de musulmanes que se realiza todo los viernes-. Aunque lo que más le gusta de Argentina es el asado, cuando se le pregunta por lo que extraña, serio, dice: “La comida, la sociedad. Todo. La religión, que puedo practicar acá, pero no es lo mismo”.

Mientras Bamba y su vecino hacen chanzas, Mery, penetrantes ojos y burka, permanece callada junto al mostrador. Parece tímida. Atiende el local con su marido, de 9 a 21. “No tenemos otra cosa que hacer; trabajar y si hay tiempo nos juntamos todos los senegaleses”, dice. Su pequeña hija, Eva, corretea entre carteras y se esconde tras las empleadas, dos chicas cordobesas. Eva tiene un año y seis meses, nació en Argentina. Será plurilingüe. En su casa se habla wolof, francés y español. Ahora sus padres quieren que aprenda español. “Nació y vive aquí, tiene que ir al colegio y saber español”, dice la mamá.

Mery llegó a Córdoba hace tres años, después de su marido, quien se había adelantado para abrir el camino. Argentina carece de sede diplomática en Senegal. “Tienes que ir a Nigeria o Marruecos y no es barato”. Mitad en francés y mitad en español, cuenta que en Senegal era maestra. “Hay mucha libertad para la mujer, también religiosa. La mujer de la casa no trabaja, es obligación del hombre mantener el hogar”. Claro que mantener una familia, o dos, o tres, puede ser muy costoso. En Senegal existe la poligamia. Pero aquí, “lamentablemente no se puede”, bromea Bamba quien está casado con una senegalesa. “No escriban eso, es un chiste”. Mery mira cómplice a su esposo, quien bromea en wolof con Bamba. Se muestran alegres, distendidos, cómodos. “Los senegaleses somos sociables. A quien llega puedes llevarlo a vivir a tu casa por 3 o 4 meses. Nos ayudamos entre nosotros”, aseguran.

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Buenos Aires es el principal destino de los migrantes africanos en Argentina. Según el último Censo Nacional de 2010, la población nacida en África residente en el país asciende a casi 3.000 habitantes. Asegura Diego Buffa, director de Estudios Africanos del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, que cerca del 7% de esa inmigración se ubica en nuestra provincia, el segundo lugar elegido, después de la capital (75%). En ambos casos la mayoría proviene de Senegal.

África vivió con su deuda externa un proceso similar al de Argentina. Padece además la secesión de territorios debido a la guerra entre el Estado y grupos rebeldes. La globalización, las recetas neoliberales y ajustes del Estado, las secuelas post Guerra Fría, la lucha por los recursos naturales y los territorios que ocupan es un cóctel que los africanos conocen tanto como los latinoamericanos.

Asistimos a un proceso mundial de migraciones. Al vaivén de sus necesidades económicas, algunos Estados oscilan entre aperturas utilitaristas y restricciones inmigratorias. Con ese mar de fondo, crece la trata de personas, la explotación laboral y los migrantes que mueren en el intento. Estamos hablando del mar Mediterráneo y la mortal osadía de llegar a costas europeas. Según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), el Mediterráneo es hoy la frontera más peligrosa del mundo para inmigrantes irregulares. Durante los primeros meses de 2016, 130 mil refugiados provenientes de África y Oriente Medio han migrado hacia Europa. Pero la frontera europea, permeable para capitales y mercancías, es una trampa mortal para migrantes y refugiados. Si bien la diáspora africana se ve impulsada por crisis socioeconómicas y guerras internas, Europa tiene responsabilidad en la crisis que quiere frenar en sus fronteras. “Los procesos de inestabilidad política en África, estuvieron en muchos casos manipuladas por las ex-metrópolis europeas. A partir del derrocamiento de gobiernos populares, democráticos, etcétera, instalaron una política de neocolonialismo, en alianza con élites, militares o no, legitimadas a través de elecciones populares, que les permitieron seguir teniendo acceso a recursos estratégicos en la región”, subraya Buffa.

Como explica la socióloga Gisele Kleidermacher (UBA), la presencia africana en Argentina se remonta al tráfico de esclavos, para trabajar en las estancias y en las casas de las familias acomodadas. Los descendientes de dichos esclavos son los llamados hoy afroargentinos. “Y a partir de los años 90’ se produce una nueva oleada inmigratoria africana hacia nuestro territorio. En Argentina está concentrada la mayoría de la inmigración senegalesa en Latinoamérica”, acota el historiador Buffa.

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Casi todos los inmigrantes africanos entrevistados por El Cactus están inscriptos como monotributistas, pagan Afip, exhiben la Data Fiscal, tienen obra social y aportes jubilatorios. Desde la Dirección Nacional de Migraciones de Córdoba se asegura que el inicio de trámites de residencia de africanos ha decrecido. Pero es información informal ya que Migraciones carece de datos sistematizados. En tanto, en dependencias municipales, como Desarrollo Social o Participación Ciudadana, miran con desconcierto cuando se les pregunta acerca de ese sector de la población.

Entonces, mejor ni consultar sobre políticas públicas para los nuevos inmigrantes. Marta Guerreño vino desde Paraguay hace 30 años. Es la fundadora y presidenta de la Unión de Colectividades de Inmigrantes de Córdoba (UCIC). Cuenta que los africanos “ni siquiera se han acercado” a la organización. Varias veces, asegura, la institución los ha invitado a distintos eventos pero no demostraron interés. Para Guerreño, los inmigrantes africanos pertenecen a una red de comerciantes que funcionan de forma independiente. Si no tienen suerte, sin problema se mudan a otra parte. “Yo no le llamaría comunidad, son vendedores”, dice, y detalla: “Creo que es oportunidad de negocios pura y exclusivamente. No hay deseo ni necesidad de radicarse”.

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Cuando viajamos, algo se moviliza. Buscamos miradas cómplices para reemplazar un abrazo o un diálogo. Cosas simples. Algunos africanos vienen conectados, aconsejados, por una red. Así pueden conocer y establecer vínculos con otros compatriotas en su misma situación. Una red de acogida que amortigua el desarraigo. En algunos casos, la red suele ser religiosa y se la conoce como cofradía: congregación o hermandad que forman algunos devotos, con autorización competente, para ejercitarse en obras de piedad, según la Real Academia Española. En este caso, las cofradías son hermandades que nacen en el seno de la fe islámica. Más del 90% de los senegaleses se identifican como musulmanes. Todos nuestros entrevistados en Córdoba lo son, y muchos regulares practicantes. “Las cofradías religiosas les dan el paraguas espiritual pero también la razón de pertenencia, y a partir de eso se genera un entorno de orden comercial”, apunta Diego Buffa.

Se nota fácilmente. Los africanos vinculados al comercio callejero, o incluso en locales, ofrecen las mismas mercancías. “No hay mucha diferencia entre los productos que venden los senegaleses acá o en Europa -explica Buffa-. No significa que la cofradía reciba parte del negocio, pero sí establece los vínculos entre las personas”.

-¿De dónde viene la mercadería?

-Desde Chile, por Mendoza -murmura seco, cortito y realiza un ademán con la mano como quien pierde una partida de truco-. Me la trae un chico, o de Brasil, también. Yo le pago a él. Aunque quiero comenzar a ir yo, comprar yo.

Otro dice que se la traen de Once y Flores. Sobre los problemas con las autoridades policiales o inspectores, cuenta que sí los tienen, pero no donde venden sino donde las compran.

Cofradías, redes de hermandad, comunidades globales, comunicación global. Las 24 horas un celular despierto. Uno postergó una entrevista una y otra vez, hasta cancelarla, porque esperaba una llamada transatlántica. Ariel dice que usa Facebook a diario para hablar con su familia. Nar está conectado permanentemente. Extraña todo y a todos. Pero ya hizo nuevas redes en Córdoba. Todas las semanas un partido cosmopolita de fútbol.

Nar es senegalés, tiene 25 años y vive en un departamento en Nueva Córdoba. Vende en la esquina de Chacabuco y Bv.Illia. Los autos transitan con velocidad, el ruido de los motores es constante. Al lado de un kiosco, debajo de un cartel grande de Topline y una pantalla publicitaria, está la mesa con mochilas, billeteras, relojes y otras cosas. Nar, sentado, de a ratos se para cuando llega gente. Con respuestas secas, accede a la entrevista. Se afloja un poco cuando ve un ejemplar de El Cactus. Habla bien el español, aunque dice no entender algunas preguntas. Vino sin hablar ni una palabra de castellano, pero de a poco fue aprendiendo con la gente. Responde corto a los potenciales clientes que curiosean.

«Los procesos de inestabilidad política en África, estuvieron en muchos casos manipuladas por las ex-metrópolis europeas. A partir del derrocamiento de gobiernos populares, democráticos, etcétera, instalaron una política de neocolonialismo, en alianza con élites, que les permitieron seguir teniendo acceso a recursos estratégicos en la región”

Cerca de la terminal de ómnibus, la Plazoleta José Ignacio Rucci ha sido rebautizada con un tachón, Plazoleta Gringo Tosco. Algunas parejas se abrazan sobre el pasto seco. El movimiento es incesante. Sobre una de las esquinas está Juan. Tiene 22 años, y es de Senegal. “Vos poné Juan”, dice con sonrisa pícara. Llegó a Argentina tras su hermano mayor y tiene novia cordobesa. Dice que extraña a su familia, a los amigos, pero sabe que quiere quedarse en esta ciudad “para siempre”.

Con la policía y los inspectores, parece que la relación es tranquila. “Nosotros estamos trabajando, no molestamos a nadie”, se defiende, mientras los manteros de Buenos Aires son desalojados de la calle. En cambio, dice, varias veces alguien les gritó, “negro andate a tu país”.

Según el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), la discriminación racial surgió en Argentina entre fines del Siglo XIX y principios del XX, por la frustración de las clases dominantes ante las corrientes inmigratorias que llegaron al país. Inmigrantes de las zonas rurales con poco desarrollo capitalista, en vez de gente de países ricos y desarrollados de Europa, como las élites criollas esperaban. Así surgió un discurso xenofóbico que se extendió a lo largo de años y mantuvo un carácter eurocéntrico y discriminatorio.

La Constitución Nacional es muy clara al respecto: “El Gobierno federal fomentará la inmigración europea”, dice en su artículo 25 de 1853, que no fue modificado en la reforma de 1994. Tampoco el artículo 15 que reza: “En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución”. Un lapsus, seguramente. Muy revelador, como saben los psicólogos.

Argentina también tiene tradición católica. Hay un desconocimiento generalizado sobre otras religiones. “Me ven y la gente dice este negro fuma marihuana, pero no, nunca fumé ni tomé en mi vida”, cuenta el marfileño Modou. Es musulmán y la religión le prohíbe fumar y beber. Mohamed Khalarsany viste una túnica blanca, un gorro cuadrado del mismo color y sandalias. Es alto, moreno y usa una frondosa barba negra sin bigotes. A veces por la calle, alguien se ha hecho la señal de la cruz al verlo. “No sé qué significa, pero a mí no me pasa nada por eso”, cuenta con tranquilidad. Nació en Durban, Sudáfrica, y pasó su juventud en las calles de Johannesburgo, trabajando principalmente como vendedor de miel, hasta que decidió probar nuevos mundos. Desde hace un año es almacenero en la calle Corrientes en Córdoba Capital; reza cinco veces al día, toma mate, ve fútbol, come asado. Sobre el Islam dice: “Estamos hablando de fe, principalmente. Los cristianos dicen que creen en Dios, bueno, yo también creo en Dios y soy musulmán. No es otro Dios. Alá no es otro Dios. Alá es Dios. Pero nosotros no compartimos la idea de que Jesús es Dios”.

Otro Mohamed, Farid, nació en Egipto hace 29 años. Fue guía turístico en Giza y allí conoció a Laura, su esposa argentina por quien está aquí. Ella se convirtió al Islam y él actualmente dirige el restaurante de comida árabe Baba Ganoush en Barrio Jardín. Allí está preparando una charla para refutar a Darwin: “Hay evolución en el Universo pero hecha por Dios. Tenemos tres cosas como seres humanos: la mente, el corazón y la fe. Si vos querés pensar solamente con la mente, jamás llegarás a la verdad. Darwin sólo piensa con la mente”. Con respecto a la mujer, en el Islam se considera que debe parecerse a María y no mostrar su cuerpo en la calle.

Nar también cumple con las cinco oraciones diarias y asegura que lo más importante de la religión son los valores que deja; viste de manera occidental e invita a la mezquita a la que asisten. Todos los viernes al mediodía la Sociedad Árabe Musulmana les abre sus puertas a los feligreses musulmanes. “El Islam no hace distinción de nacionalidad, raza ni ideología política. En el Islam, todos somos iguales”, asegura Marina Aranjuez, referente de la institución. “A la hora del Salat (oración), todos nos ponemos en línea juntos, uno al lado del otro, no hay distancia. Somos todos iguales. No hay exclusión”, retrata.

Los inmigrantes africanos negros son minoría. Al terminar la Salat, se retiran. Los otros fieles se dirigen hacia el salón donde comparten un café humeante con facturas. El idioma de los musulmanes es el árabe, como en El Corán. En otros lugares del mundo, ser árabe se ha vuelto sospechoso. En la Sociedad Árabe Musulmana se dictan clases de árabe para los inmigrantes que llegan al país sin hablarlo. Los africanos suelen recibir ayuda a pesar de no formar parte de la organización.

“Lo que más extraño es la mezquita”, dice con brillo en los ojos Modou. En Senegal, son parte del paisaje. A la hora en que los minaretes -torres de las mezquitas, delgadas como agujas – hacen el llamado a la oración y, esté donde esté, todo musulmán se arrodilla, o recuesta a rezar.

*Por Sofía Jalil, Gastón Klocker, Luciano Riccio, Julieta Pollo, Mirco Sartore y Jerónimo Maina para El Cactus de la FCC-UNC. Fotografías: Celeste Barreto.

Palabras claves: Inmigración

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