Sampaoli con árbol
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Sampaoli con árbol

El máximo candidato a dirigir la Selección Argentina se encuentra camuflado en “Técnico con árbol”, el cuento que él mismo escribió para “Pelota de Papel”. Desde ese libro, que reúne pequeñas obras de grandes referentes del fútbol, nos asomamos para conocer al DT que más partidos dirigió a Chile y que está cerca de volver de España.

Por Anibal Abt para La tinta

Al periodista Juanky Jurado se le ocurrió hace un tiempo reunir a futbolistas -de antes y de ahora- deseosos de escribir cuentos. Así, Editorial Planeta publicó el año pasado Pelota de Papel. Sin saberlo, allí dejó su sello uno de los candidatos a suceder a Edgardo Bauza en la selección nacional.

En el país, Jorge Sampaoli solo dirigió en torneos de la Asociación del Fútbol Argentino durante un par de ciclos al frente de Argentino de Rosario, el ‘Salaito’. Su primera llegada a la institución se dio poco después de ser retratado por el diario La Capital arriba de uno de los tantos árboles que rodean el estadio de su Alumni de Casilda, mirando como sus dirigidos disputaban la final liguera, luego que el árbitro decidiera expulsarlo.

La historia dice que Eduardo López, el particular presidente de un Newell’s que gerenciaba Argentino a mediados de los noventa, conoció la historia y lo tentó. No casualmente, el actual DT del Sevilla escogió una parte de aquellos hechos (y esa particular tarde) para narrar en “Técnico con árbol”, el cuento que ocupa diez páginas del mencionado -y recomendable- libro.

Allí escoge llamarse el ‘Pelado’, tal su apodo de aquellos tiempos, para realizar una narración propia en tercera persona. Sí, como Riquelme; como el Diego.  Y dice que “quería comerse y colonizar el mundo”, que su equipo de jóvenes “no gozaba de confort ni favores” pero quedó “hipnotizado por la satisfacción” después de que en el primer partido sus dirigidos sacaran un empate a pesar de que el árbitro les inclinó la cancha en contra. 

Con el correr del relato, el pelado pasa a ser “el calvo revolucionario” -quizá evocando tiempos en los que se tatuó una frase del Che Guevara en un brazo- mientras se va mezclando el placer por la interpretación que el Negro Fontanarrosa hace del amateurismo y “los destinos que el fútbol profesional le pone por delante”.

Es el relato del hombre que más veces dirigió a la selección de Chile en su historia, incluido el Mundial de Brasil, aquel en el que si el derechazo de Mauricio Pinilla, a poco del final, hubiera ido unos centímetros más abajo del travesaño, eliminaba al local en cuartos.  Es la síntesis de quien sucedió en el proceso más glorioso de La Roja al mismo Marcelo Bielsa al que le supo espiarle entrenamientos en vivo, con binoculares y tras conducir varios kilómetros. 

En juegos de palabras, su primer registro futbolístico adentro de la cancha ubica al zurdo volanteando en Aprendices Casildenses. En algún momento, al periodista rosarino Javier Parenti le pidieron que ubique la foto que vio López en la prensa gráfica de aquellos años. Sin registros digitales, el material tomó forma en papel. Dos ojos lo divisaron y retrataron.

Todo un lector de los tiempos que corren, en aquella final (que Sampaoli ubica en 1994 pero el archivo del diario La Capital de Rosario centra dos años después) tenía enfrente a futbolistas “consagrados, cotizados y otros favorecidos por la prensa”. Tal vez por eso, varios productores periodísticos rebotaron en su Casilda natal en estos días buscando que hablen de su niñez, su adolescencia, su fanatismo por River y su tarde arriba de un árbol.

El entorno del entrenador hizo un cerco de silencio hasta que el panorama se aclare. Un entorno que lo cuida, lo protege. Incluido en este marco está Pablo Paván, periodista que introduce la historia en Pelota de Papel y autor de No escucho y sigo’, la única biografía autorizada del coach. “No me gusta contestar esto, pero es un pacto tácito que prefiero respetar hasta que haya una definición”, escribió vía whatsapp a un novel contacto cordobés.

Que en la pequeña localidad de Los Molinos haya tenido que firmar actas de nacimientos y defunciones como empleado judicial es anécdota, tal vez con menos registros que sus gustos ricoteros,  plasmados con varios tatuajes de la tapa ‘Oktubre’, disco de la banda que lideraba el Indio Solari. 

Hay pequeña muestra de sus gustos que deja entrever  en Técnico con árbol de un equipo suyo que terminó ‘Despedazado por mil partes’ (nombre de la tercera placa de La Renga, del ‘96)  por culpa de un árbitro que lo perjudicó. Y existen varios hechos que hablan de él, como alguna fotografía de diciembre último en la cárcel de Ezeiza, en ocasión de  su visita al Pato Fontanet, con quien entabló amistad hace tiempo y a quien le sustrajeron junto a su biografista el título del libro. 

Por estas horas, posiblemente busque la sombra de algún árbol que le permita resolver su salida de un Sevilla al que llevó a realizar su mejor semestre de la historia en cuanto a sumatoria de puntos, además de encontrar respuestas en un par de dirigentes ante la chance de llevar adelante un ambicioso proyecto deportivo. En su país.


“Técnico con árbol”, por Jorge Sampaoli

En Pelota de Papel, editorial Planeta, 2016

El maestro Roberto Fontanarrosa describió como pocos al fútbol más puro, el que se juega en los potreros, en los clubes de forma interna, en la calle, en el medio de nuestra facultad. En definitiva, ha interpretado muy bien el amateurismo, que es la mejor manera de desarrollar este deporte. Una de sus maravillas escritas es “Viejo con árbol”. Fabuloso cuento que en su título mismo describe al protagonista, su posición y la mirada que puede llegar a tener de lo que observa. El tipo mira fútbol sin aditivos, el más natural. Y termina indignado por una cuestión que toma como propia pero que en principio le era ajena porque, en definitiva, el tipo se apasiona.

La siguiente historia es sobre un apasionado y, también, sobre un árbol. O bien, un par de árboles.

A mediados de los 90, un hombre quería comerse el mundo. No quería conquistar el pequeño sitio en donde vivía. El “Pelado” se planteaba colonizar el mundo. Era entrenador en el club de su vida, en el que ya había sido hincha, jugador, preparador físico y dirigente, todo a la vez. Estudió, puso su mente en funcionamiento y el ensayo constante, a prueba y error, hizo el resto. Corría el año ’94 y el equipo que él mismo se encargó de formar revolucionaba el campeonato liguero. Jóvenes de 20 años les ganaban a consagrados, cotizados y algunos otros favorecidos por la prensa. Tanto ganaron que llegaron a la final del campeonato. Llegaron como pudieron porque todo les costaba el doble. Heridos, despedazados por mil partes. Siempre el escudo como bandera y un entrenador que daba la vida por ellos.

Para peor, y como se preveía, el partido determinante se jugaría contra el rival más exigente. Los que venían de ser campeones y mantenían la base se habían reforzado y tenían todo el dinero del mundo para comprar comodidades. Los del “Pelado” ni gozaban de confort ni favores. Quedó claro a los 10 minutos, cuando el DT protestó un fallo y el árbitro lo expulsó de la cancha, sin contemplaciones. Bramando, cruzó todo el terreno y mientras insultaba como el viejo del cuento de Fontanarrosa, se le vino a la cabeza una imagen. El árbol.

¿Dónde iba a ver el partido en un estadio sin tribunas ni cabinas para los periodistas ni vestuarios bien ubicados? Entre su gente, sí, pero ¿sobre qué plataforma? El árbol. Trepado. Abrazado a una rama. Dio la vuelta hasta que se cansó y saltó el tejido. Pasó detrás de uno de los arcos y arengó a los muchachos de la hinchada. Dos lo siguieron y, cuando intentó trepar el tronco, unieron sus manos y le improvisaron unos escalones humanos. El “Pelado” puso primero la izquierda, luego la derecha y con un brazo estirado, apoyó la palma de la mano en la cabeza de uno de sus amigos. Con la otra, se agarró al árbol para llegar lo más arriba posible.

Desde ese lugar, en medio de la parcialidad visitante, vio el resto del juego. Se desgargantó dando indicaciones, ya liberado, fuera del corralito que encierra a los integrantes del banco de suplentes, tuvo rienda suelta para decir lo que quería al juez. El duelo terminó empatado porque el árbitro siguió haciendo de las suyas. Puso la cancha en un plano inclinado que favorecía al anfitrión. A pesar de este condicionante, los pibes del “Pelado” se la bancaron como en toda la temporada. Por eso el técnico permaneció entre las ramas, con una sonrisa gigante, hipnotizado por la satisfacción. Tildado. Cuando bajó la vista, no quedaba casi nadie. Se preocupó mucho porque estaba a cuatro metros del suelo y sin voz para pedir auxilio. Se abrazó al tronco, se deslizó. Salió tan raspado como los once que lo habían defendido dentro del campo y debió correr como ellos para alcanzar a los rezagados que volvían a la sede del club.

Pasó una semana y, obviamente, el sistema de la Liga no cambió. El juez que dirigió la revancha perjudicó tanto al equipo del “Pelado” que ya no lo expulsó a él sino que tomó como víctimas a tres de sus futbolistas y, entonces, la vuelta olímpica fue ajena.

Pasaron los años y el dolor continuó, pero la energía creció. Así, el calvo revolucionario se potenció y encontró la forma de ganar y ser cada vez más fuerte. Agrandó su confianza y su cuerpo técnico. Ya con preparador físico y asistente, pudo sumar a un espía. Mucho había cambiado para el tan mentado año 2000. La información salía por los poros y a él no podía faltarle. Entonces buscó la forma de infiltrar a su compañero en los entrenamientos de los futuros rivales. Su físico diminuto lo ayudaba a escabullirse. Oculto, jugando a las escondidas, “Súper Hijitus” veía, anotaba y llevaba el bosquejo a su jefe. El apodo lo describía perfectamente. Pequeño, astuto y con poderes mágicos.

Su tarea era impecable hasta que… un día caluroso de octubre, su moral cayó de las nubes al piso. Literalmente. Se vino a pique. “Súper Hijitus” no encontraba un sitio que albergara su tarea de espionaje en el bravo barrio Granaderos a Caballo. La respuesta fue emular a su mentor. Hizo lo que el “Pelado” había hecho unos años antes. Trepó a un árbol. Sonrió confiado y acomodó su espalda para luego pisar firmemente y hacer su trabajo. Nombres, flechas, gestos y más apuntes se dibujaban sobre su cuaderno. Fue tal la satisfacción que empezó a pesarle, y la rama que lo sostenía empezó a doblarse. Se dobló y se rompió. Y “Súper Hijitus” cayó. Cayó y fue descubierto. Fue descubierto, rodeado y apaleado. Terminó en el hospital con los ojos hinchados, algunos huesos rotos y moretones por todas partes. Tal como le había sucedido al “Gordo Bombo” en el mismo barrio, después de un polémico triunfo del equipo del “Pelado”.

Tras una semana en la cama, “Súper Hijitus” decidió dejar de espiar rivales. Se fue a su casa y ya no anotó movimientos tácticos ni jugadas preparadas de los oponentes. Se puso un kiosco, en las hojas del cuaderno que le quedaron sin usar hoy se desgrana la lista de precios que cambia de forma brusca mientras la inflación va y viene cada mañana. Sus familiares le ayudan y le cuidan el boliche en la tarde.

El tiempo, implacable, siguió corriendo. El “Pelado” anda en botines por la vida. Sólo se los saca para subir y bajar de los aviones en los que viaja sufriendo rumbo a los destinos que el fútbol profesional le pone por delante. Mientras tanto, en cada verano, vuelve a su lugar en el mundo. Se queda en su casa paterna y se sienta en la mesa para celebrar las fiestas. Durante esa última semana de cada diciembre, mantiene una costumbre inalterable. Se encuentra con un viejo amigo. Por las tardes, “Súper Hijitus” se pone las zapatillas y pasa por la casa del “Pelado” que lo espera con el auto encendido y la puerta delantera abierta. Juntos recorren las plazas de la ciudad, hasta que se encuentran un puñado de pibes que corren atrás de la pelota y ellos dos se refugian a ver nuevos talentos, cubiertos por la sombra de un árbol.

* Por Anibal Abt para La tinta

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13 Abril, 2017

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