La hoguera de los normales
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La hoguera de los normales

No hay intereses de droga ni guita, ni entradas de reventa, ni el control del negocio del estacionamiento. No dispara la Policía (no en esta tribuna, al menos). La barra está en la tribuna del frente, no ahí en la popular Willington. Pero el sábado, a eso de las 5 de la tarde, Emanuel Balbo empieza a ser asesinado e inaugura una forma novedosa de muerte en el fútbol: a Emanuel lo mataron los normales.

Por Gregorio Tatián para La tinta.

Era por ahí por 2008 cuando Capusotto generaba en muchos -entre los que me incluyo- la risita incómoda que se genera cuando uno siente que eso que está viendo en la pantalla no es más que el espejo de la propia estupidez. El sketch consistía en ponerle palabras a la letra un clásico del rock nacional para convertirlo en una canción de cancha: puto, cagones, corriste, aguante, quemar. Porque sos puto, sos cagón. Porque sos cagón, corriste. Corriste porque nosotros tenemos aguante. Como tenemos aguante te vamos a quemar los ranchos/los trapos/el barrio. Esa dinámica. Ya saben más o menos de qué se trata, porque a esas canciones las cantamos todos.

Por ahora, sólo amenazas. Y hasta acá, hasta el cantito, llegamos todos juntos. De acá en adelante ellos son los barras o los pocos inadaptados que arruinan la fiesta de todos. Nosotros seremos ese colectivo conocido como la gente, ese individuo al que llamamos el hincha común. En teoría. Pero resulta que es el clásico y es la popular Willington y la barra está al frente, del otro lado. Resulta que la Policía en esa tribuna ni se metió. Y también resulta que alguien -Sapito Gómez, un hincha de los normales- dice que Emanuel Balbo, hermano de uno de los dos que atropellara y asesinara en 2012, es hincha de Talleres.

Entonces, esos que se hacen llamar la gente le empiezan a pegar con lo que tengan a mano. Y esto es uno de los puntos novedosos: el disparador de la violencia colectiva deriva de forma directa de la prohibición de hinchas visitantes. El señalamiento al supuesto infiltrado sería ridículo sin esa veda, la medida más extrema de las que vinieron a evitar muertes como las que el sábado permitió.

A Emanuel lo tienen varios minutos en la parte alta de la tribuna a trompadas (mucho más de lo que se ve en las filmaciones), hasta que logra zafar y empieza a bajar. En el camino, un montón de señores hinchas que pagan la entrada -no como-la-barra-que-no paga-la-entrada- también le pegan porque si los otros le pegan por algo será y además está el rumor ahí al fondo de que sería hincha de Talleres. En un momento, Emanuel se topa contra una baranda que da a uno de los accesos de la popular y no puede más: lo tiran/se tira hacia abajo desde una altura de unos 4 metros. Cae mal, queda aparentemente inconsciente. Le chorean las zapatillas y algunos testigos dicen que le siguen pegando una vez caído.

Mientras la sangre de Emanuel empieza a rodar escaleras abajo del acceso por el que cayó y sus oídos registran quizás los últimos sonidos de su vida, la “gente”, el “hincha común”, canta a su alrededor: gallina, culiada, puta, reventada, yuta, Belgrano capo cordobés. Sr. Capusotto, bienvenido al mundo real.

Y acá creo que es necesario explorar a Pablo Alabarces en su libro Crónicas del Aguante: “El aguante se transforma […] en una retórica, una ética y una estética. En una retórica porque se estructura como un lenguaje. […] Es una estética porque se piensa como una forma de belleza […] una estética plebeya con cuerpos radicalmente distintos y aceptados. […] Una estética que tiene mucho de carnavalesco. […] Y una ética, porque el aguante es ante todo una categoría moral. […] Una ética donde la violencia no está penada, sino recomendada”.

Si hay algo que muestra este caso a los portadores del discursito típico antibarra -o sea: “Los pocos que arruinan la fiesta de los muchos, que qué bárbaro el Estado que no hace nada, y que la Policía dónde está”- es que ahora hay que hablar de los otros: los normales. Esa masa que se (auto) define como los no-inadaptados de siempre. Ellos que son gente y no bestias como los barras que viven del club y por eso son violentos. La barra estaba en la tribuna del frente. Del otro lado del estadio, un rato antes, una bala de goma de la policía entra en la cara de Diego Frydman, que estaba entrando a la tribuna más cara y más segura, donde nunca pasa nada. Tampoco estaba la barra implicada. El caso Balbo -y en parte también el de Frydman- vienen a decirnos en la cara y a los gritos: “¡No son sólo las barras, pelotudos!”. Balbo fue víctima de la decadencia de los comunes. Emanuel murió en la hoguera de los normales.

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18 Abril, 2017

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