Paro docente: Quiénes somos
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Paro docente: Quiénes somos

Se pregunta Carlos Melone, docente y autor de las Crónicas del más acá que ocupan las contratapas de MU. Las respuestas son estas reflexiones sobre qué significa ser docente aquí y ahora, de paro y en la calle.

Por Carlos Melone para La Vaca

¿Quiénes somos?

Muchos.

Los docentes somos muchos. Un montón.

Eso no contesta la pregunta pero inicia un camino.

Ser muchos es una forma de ser. Somos muchos y somos uno con muchos a cuestas. Una suerte de esquizofrenia controlada aunque a veces me pregunto cuanto de controlada tiene.

Un buen ejercicio del oficio docente exige ser Uno y ser Muchos sin dejar de ser Uno.

O sea, siempre terminamos ligeramente del tomate.

En horas de hielo y fuego, pensarse mientras se hace y hacerse mientras se piensa no es un lujo de diletantes fofos tirados en un sillón: es un imperativo de lucha.

Contestar a quiénes somos significa pensar en transitar la vida, los deseos, los anhelos, los sueños y las decepciones entre el olímpico mandato de ser custodios del saber, la cultura, y el futuro de una Nación; ser Atlas sosteniendo el Mundo y por otra parte convivir con la insistente apreciación de ser considerados una piara de vagos que, como tales, trabajan poco, descansan mucho (el increíble 3 meses de vacaciones y 4 horas de trabajo goza de una inédita salud a pesar de su absurdo: jamás ocurrió), quejosos laboralmente y ser vistos más brutos que un arado de madera.

Que trabajadores, que profesionales, que ejemplos de vida, que académicos, que intelectuales, que reproductores sociales, que segunda mamá, que colegiados, que agremiados, que empleados públicos, que funcionarios, que hijos de las artes liberales…

En esa ancha franja de representaciones, se mueven los icónicos guardapolvos blancos y todos los que no usamos guardapolvos pero somos parte de la Jungla.

Aunque la carga más pesada la llevan los maestros. O mejor dicho, las Maestras.

Ellas.

Una naturaleza salvaje que reconoce elegantes jirafas; descontracturados perezosos; temibles felinos; sabios zorros; bellos y delicados cervatillos; pesados elefantes; aburridos e indolentes búfalos; unas cuantas serpientes, un número importante de burros y monos de todos los colores y tamaños.

Somos muchos.

En ese ancho mundo entre apostolados y demonizaciones transita (otra vez) un largo brazo de reclamos que, ya se sabe, a lo largo de la historia no solo fueron paros. Carpa Blanca, Marcha Blanca, Retenciones de Tareas, Mesas de Diálogo, Cortes de Manga, Corte de Puentes y toda la amplia gama de ocurrencias que inunden la imaginería gremial y reclamativa en una Sociedad Fracturada.

¿Quiénes somos?

Somos habitantes de un viejo aparato escolar, constituido y organizado con las lógicas del siglo XIX y lleno de parches, nostalgias, programas especiales que intentan hacer andar el obsoleto cachivache, protagonistas en muchos casos de intentos hercúleos, heroicos de  darle un sentido que se despegue de las viejas tradiciones y que convierta en efectivo y emancipador el viejo derecho de aprender.

Nos sale más o menos.

Somos habitantes de una Sociedad Fragmentada, astillada, estallada, donde la extranjerización del otro, donde la dilución de códigos de articulación para vivir; donde los guetos de todos los formatos y visibilidades vuelven el acto de enseñar un desconcertante imposible freudiano.

Una sociedad de desigualdades pornográficas, donde todo está a la vista y caminamos ciegos en una ironía borgeana.

Si hace algunas décadas la geometría nos ofrecía el triángulo para representar a la sociedad, hoy necesitamos de la geografía para representarla como un archipiélago.

Si enseñar es mostrar mundos… ¿Cómo muestro al que no veo? ¿Cómo navego de una isla a la otra?

¿Cómo se enseña cuando no se conoce al Otro? No se trata de saber direcciones o barrios o situaciones de carencia o de satisfacción.

Es saber quién sos. Es saber quién soy. ¿De qué se tratan nuestras vidas? Sabiendo que no sabré. Pero buscando.

¿Entonces?: Exploradores. Navegantes. Algo de eso somos. Muchos se pierden. Ni hadas madrinas ni  gnomos indolentes.

Tampoco el Holandés Errante.

Aunque de esos hay. Muchos.

Ya lo dije: somos muchos.

¿Los Gobiernos? Hacen lo que hacen todos los gobiernos. Algunos son más cuidadosos y diseñan redes de contención para atenuar los efectos de lo inevitable en tiempos de capital financiero y consumos que incluyen al Otro como objeto. A otros gobiernos se les nota la marca en el orillo, diría mi abuela, y carecen del refinamiento de la sutileza: son brutos y brutales.

Pero todos se quejan de ese aparato pesado, viejo y caro llamado Sistema Escolar. Encima habitado por una multitud contradictoria, confusa, de lobos y corderos. Les gustaría algo más ágil, barato y funcional a ese capital líquido, fluido, inestable. Incluso hay un Ministro al que le parece que sería deseable que disfrutáramos esa inestabilidad, esa incertidumbre que precariza las vidas.

Lo dicho: brutos y brutales. Transparentes.

No se trata de que “no quieren que la gente se eduque o piense”. Quieren que eso ocurra pero…

La parte más importante del trabajo sucio hace un buen tiempo que lo hacen los indefinibles “medios de comunicación”. Y son muy eficaces.

¿Qué hace un gobierno mientras nos preguntamos quiénes somos?

Lo de siempre: regatea, amaga, acaricia con la mano izquierda y golpea con la mano derecha, sacraliza la niñez e instala el mito del niño rehén.

Como si los niños fuesen libres, como si eligieran quién los educa, a qué hora tienen el recreo, que es lo que van a aprender, como van a ser evaluados, que van a mirar en televisión, quién le va a contar de qué se trata el mundo, quién va a decirle quién es él…

¿Quiénes somos?

La pregunta no toma densidad ante el infinito reclamo de mejores condiciones salariales y de trabajo. No paramos la producción de bienes ni hacemos entrar en crisis el modo de producción burguesa. No ponemos en la encrucijada los modos simbólicos de perpetuación del sistema. Ni siquiera somos vendedores de ilusiones que amenazamos con la desdicha de las almas que se entibian con esa ilusión.

La pregunta toma espesura en la cotidianeidad del desencuentro y la energía que toma crear puentes y navegar aguas inquietas.

Hay alguien del otro lado, sea niño o adulto, esté pleno en sus potencialidades o esté rengo en la vida porque la taba cayó de culo.

Siempre hay alguien del otro lado.

Alguien que cree que tiene algo para ofrecer y compartir, todo el tiempo, todos los días, en el espacio aula, en el encuentro casual con un libro, con una película, con una idea, con una situación.

Pasa el conflicto, los Yetis de la comunicación calman sus aullidos, vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas y entonces nos quedamos en un aula, especialmente las Maestras, Ellas, viendo de qué se trata esto, cómo se hace en lo que no se hace, como se enseña lo que no se sabe, como se aprende sin mirar planillas.

Hace un tiempo trabajaba en una escuela muy humilde de Quilmes. Se anclaba en el borde de un barrio/villa que se inclinaba hacia el río. Su pequeño fondo arbolado colindaba con una escuela de las más caras del país. Se veía, ya que nos separaba un alambrado modesto, una espléndida cancha de rugby, instalaciones amplias e confortables y al fondo una pileta de natación cercana a las medidas olímpicas.

También nos separaba una numerosa y discreta guardia de seguridad y un universo de sentido y de vida.

Mis pibes veían todos los días a los otros. Pero no eran vistos.

Entre mis estudiantes tenía una nena de 16 años que jamás hablaba en clase. Se esforzaba en hacer su tarea y le costaba una enormidad. Me escuchaba con atención voraz, nos quedábamos trabajando en los recreos pero no hablaba más que o no. Cuando le preguntaba algo sobre su vida, preguntas inocentes y clásicas, bajaba sus ojos oscuros y callaba. Cuando le hacía preguntas de la materia por escrito, contestaba siempre, con tropiezos y golpes pero lo hacía. Cuando le preguntaba lo mismo oralmente, callaba.

Sabía, por sus compañeros, que vivía muy modestamente con su abuela y que lavaba ropa para otros.

Un día de calor, estábamos trabajando en el patio bajo unos árboles añosos y corpulentos y veíamos a los pibes del otro colegio jugando al rugby. En un instante en que estaba escribiendo en su carpeta un ejercicio de análisis social (yo sospechaba que le gustaba que le escribiera consignas y ejercicios en su carpeta), Ella, sin dejar de observar a los muchachos jugando me dijo:

-Profe, ¿cómo será esa vida?

Me quedé helado. Había hablado, y vaya que lo había hecho.

Después de unos instantes, le contesté:

No tengo idea. Pero seguro que ellos no tienen que lavar la ropa como tengo que hacerlo Yo cuando llegue a casa.

Se le iluminaron los ojos, se rió con una frescura que no le conocía y me dijo que ella también tenía que hacerlo. Nunca más dejamos de conversar, como si nunca hubiese existido silencio entre nosotros, hasta que terminó el año.

Navegar, a veces, es azar. Los cristales se rompen en cualquier momento.

Como cuando sonreímos la primera vez que escribimos en un papel cualquiera nuestro nombre.

De eso se trata lo que somos.

Pero no termina ahí.

Sigue en la calle.

 

*Por Carlos Melone para La Vaca. Foto: Emergente.

8 Marzo, 2017

Autor

La Vaca www.lavaca.org


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