Mi vandalismo te duele más que mi muerte
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Mi vandalismo te duele más que mi muerte

Aguafuertes de sangre

Desde “estas resentidas que desprestigian el movimiento”, “¿pero que piensan lograr sin usar la diplomacia?”, “¡así no van a lograr que las escuchen!”, “vayan a buscarse un trabajo” hasta “¡este feminismo no me representa!”, los ninguneos hacia las mujeres que se manifestaron como mejor les salió en el último Encuentro Nacional de Mujeres 2016 han sido para cortar, juntar y poner en un álbum de recortes.

¿Puede criticárseles a esta “buena gente”, esta falta de originalidad?

¿Puede criticárseles esta falta de humanidad?

Recorramos la historia del término “vandalismo” y saquen sus propias conclusiones.

¿Es el ayer un poquito igual que el hoy?

La palabra vandalismo en su definición enciclopédica se refiere a “acciones de devastar y destruir cualquier cosa con obtusa maldad, especialmente si es bonita o útil”. Fue acuñada por primera vez en 1794 por Henri-Baptiste Gregórie, un “moderado” de la Revolución Francesa. Este hombre que pese a pugnar por el pronto guillotinamiento de los reyes, aspiraba a un puesto de Obispo de la Iglesia Católica; empleó este término como forma de repudiar lo que consideró los peores ejemplos del extremismo popular: la destrucción de varias iglesias durante los disturbios llevados a cabo por los sectores más combativos de la clase trabajadora durante la Revolución.

La alusión clara era a los vándalos, identidad étnica de lengua germano-báltica que fue una de las protagonistas de las “invasiones bárbaras” que acabaron con lo que quedaba del poder del Imperio Romano en el siglo V de la era común. El episodio aludido era el saqueo de la mismísima ciudad de Roma por los guerreros vándalos ocurrido en el año 455. Roma ya había perdido su mítica inviolabilidad 45 años antes, cuando fue saqueada por los visigodos. La destrucción sufrida en aquella ocasión fue tan impresionante que quedó en la memoria colectiva como proverbial.

O por lo menos, eso fue lo que pensó Henri-Baptiste…

La realidad es que antes de ese episodio, infinidad de ciudades y poblaciones mas pequeñas habían sido saqueadas, invadidas, destrozadas, masacradas, reducidas a la nada y sus habitantes sometidos a la esclavitud. En los 600 años previos a aquel acto de los vándalos, gran parte de esos saqueos y masacres fueron perpetrados por tropas de la misma Roma, ya sea conquistando, reconquistando, pacificando o reprimiendo alguna parte de su vasto imperio.

Sin embargo, algo tenia de especial aquel saqueo —como el visigodo—, que el conservadurismo burgués relacionó con lo que sucedía en la Francia revolucionaria. Los que estaban ejerciendo la violencia y el poder, enseñoreándose en la capital del Mundo Antiguo eran los marginados, los habitantes de la periferia, la gente de los pueblos a los que Roma compraba como esclavos a sus mismos compatriotas. Y no intentaban conquistar, no intentaban apropiarse de ese poder. Intentaban expresamente destruirlo, quebrar su orgullo, deshacerlo como símbolo.

Por eso la destrucción “con obtusa maldad” de “cosas bonitas y útiles”.

Los de abajo estaban ejerciendo el poder, de forma brutal. Y había que dejar claro que eso era por si sólo algo diferente, mucho más grave y horripilante que el tratamiento brutal al que esos de abajo eran sometidos de manera diaria.

Por eso se acuña la palabra vandalismo.

El concepto es acuñado por un conservadurismo burgués naciente y consciente de que acababa de desplazar a la aristocracia terrateniente. Mientras que en los tiempos de la Revolución Francesa se habían necesitado medios para desestabilizar el poder, ahora que se lo poseía debían encontrar modos de apuntalarlo. Poner una barrera entre ellos, los nuevos poderosos respetables, y el pueblo que quería llevar la revolución hasta el final, hasta terminar con la opresión.

La vieja aristocracia apelaba a su superioridad de origen, que era su derecho por nacimiento, para tachar de pecaminoso a quienquiera que —ignorando el designio divino en ese origen— se atreviera a agredirlos. La nueva burguesía demócrata, en cuya base ideológica estaba la igualdad universal entre las personas —hombres blancos, propietarios— necesitaba un mito diferente para erigirse en intocable. Para construirlo, se usó como base los miedos de los numerosos miembros de la masa trabajadora y de la pequeña burguesía que, después de todo, eran pequeños propietarios o aspiraban a serlo. Se apeló a esa pulsión egoísta, básica, primaria de las personas a defender “lo suyo”, tan justificada por la ideología de la propiedad privada. De esa manera, se presenta el ataque a esa propiedad privada como un acto aberrante; algo digno de un sociópata, un bárbaro incivilizado o un individuo bestial, sin respeto alguno por ese naciente orden burgués.

Si alguien es capaz de destruir lo que te costó tanto trabajo, ¿qué les haría a ustedes si los tuviera enfrente?

Por supuesto que esto era meramente una construcción discursiva hacia afuera. El verdadero subtexto es exactamente el mismo que pasaba por las mentes de los antiguos aristócratas pre-burgueses: ¿cómo se atreven los dominados a atacar nuestras propiedades?

Poco han cambiado las cosas desde entonces, siguiendo como seguimos bajo el mismo orden burgués. Aún hoy, la violencia de los dominados para hacerse oír es vista como algo mucho más horripilante que la violencia que ellos —o ellas— tienen que sufrir. No debería extrañarnos que les parezcan más importantes las paredes que las vidas humanas. Eso está claro cuando usan la palabra vandalismo, que es un síntoma inequívoco de cómo piensan y de cómo reaccionan, porque nunca se usó de otra manera.

Por supuesto que les importan más las paredes, los monumentos y la limpieza de las calles que las vidas de las mujeres… como también valoran más que a ellas la “respetabilidad” de sus familias protegidas por el aborto clandestino, y el “honor” de sus “hombres de familia” protegidos por el encubrimiento a los abusos sexuales.

Porque las posesiones del burgués —o del pequeñoburgués que se piensa su igual— valen más que las vidas de otras personas, por la simple razón de ser suyas. Y debido a esto, la mujer vale más como posesión que como persona. Por eso debe cuidarse, como se cuida la propiedad privada. Y siguiendo la misma lógica, encuentran impertinente que —hoy— sean las mujeres, que “deberían estar calladas la boca y sufrir lo que les tocó”, las que se atrevan a poner en duda esa importancia y esas prioridades que los valores burgueses asignan tácitamente a cada quién.

Así, esos ataques vandálicos demuestran que las mujeres ya no tienen miedo porque ya no les queda miedo que tener. Están dispuestas a pasar por encima de esos valores, que le dan más importancia a su categoría de cosa valiosa que a su condición de persona. Eso, en esas mentes retrógradas, es muchísimo peor que una mujer asesinada porque desafía algo mucho más importante: sus estructuras.

Del mismo modo que hace 1600 años el saqueo por parte de los bárbaros era un horror mucho mayor que las masacres que había cometido Roma, y lo mismo hace 200 con las destrucciones causadas en Francia por las masas revolucionarias. Por la sencilla razón de que el blanco de los ataques eran las estructuras de poder y aquello que las sostenía.

Cuando discutimos con argumentos como éstos, debemos tener en claro que es totalmente inútil tratar de conciliar o de llegar a un punto medio. Porque desde el principio están pensados con la lógica de que el oprimido no tiene derecho a “faltarle el respeto” a las reglas diseñadas para oprimirlo. Cuando se esgrimen estos planteos, aludiendo a la preocupación por las formas de una protesta o por la agresividad de los militantes —sonando casi a cinismo para quien se ve sensibilizado de verdad por una problemática como la misoginia—, lo que en realidad se está diciendo es que están preocupados porque el orden no se altere.

Quien toma esta posición, consciente o inadvertidamente, esta señalando que necesita quitarle legitimidad a la protesta —no importa lo desesperada de ésta—, si ese orden no se respeta, porque la protesta está poniendo en jaque reglas mucho más profundas. No entienden, o no quieren entender o aceptar, que es precisamente ahí donde la acción necesita apuntar. Desafiar la estructura que asegura la dominación, la misma que protegen a las propiedades del vandalismo.

La ley de los dominadores.

Son elementos que el poder y sus voceros necesitan dejar claro. Necesitan dejar en claro que sus paredes valen más que las vidas de las personas a las que oprimen. Aunque hoy en día la corrección política les obligue a decirlo de forma encubierta. Porque el vandalismo es ese significante que utiliza el privilegiado pequeñoburgués para expresar el terror a perder sus privilegios y la caída del sistema que lo sostiene.

Fuente: Aguafuertes de sangre

Redacción La Tinta

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17 Marzo, 2017

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