Lucha y arte de mujeres palestinas

Lucha y arte de mujeres palestinas
1 marzo, 2017 por Redacción La tinta

Por Júlia Dolce y Victor Labaki para Resumen Medio Oriente

En Occidente el estereotipo de las mujeres árabes, principalmente las musulmanas, casi siempre está vinculado a la sumisión y la pasividad. La noción de superioridad de las naciones occidentales se fundamenta muchas veces en una supuesta idea de que vivimos en una sociedad más avanzada en relación a derechos e igualdad social.

Sobre la base de este estigma hasta se justificaron las intervenciones militares en países de Oriente Medio. En la Palestina ocupada no es diferente: Israel se privilegia constantemente de una máscara “democrática” en relación a las cuestiones de género para deshumanizar y oprimir a la población palestina. Mientras tanto, de guerrilleras como Leila Khaled a poetisas como Rafeef Ziadah, las mujeres palestinas vienen destruyendo ese estereotipo hace décadas.

Recientemente, el poderoso discurso de la activista palestina-estadounidense Linda Sarsour en la Marcha de las Mujeres, en Washington, al día siguiente de la posesión de Trump, se viralizó en internet: “Yo me coloco aquí frente a ustedes, sin disculparme por ser musulmana-americana, sin disculparme por ser palestina-americana”.

En este reportaje, conversamos con tres mujeres palestinas que, a través de liderar proyectos sociales y culturales, ejemplifican su empoderamiento y fuerza. Una actriz, una escritora y una profesora de cocina. Dos musulmanas, una agnóstica. Activistas. Una ya estuvo presa y fue torturada en dos momentos de su vida. La segunda es refugiada y desarrolla un proyecto para madres de niños con discapacidad en el Campo de Aida (Belén). La tercera ya realizó performances en diversos países, pero casi perdió su show en Jerusalén debido a las restricciones a la movilidad impuestas por Israel. Todas ellas no dudan en decir: “Las mujeres palestinas tienen mucho poder”.

Sireen Khudairi

Yo nací en el norte del Valle del Jordán (Cisjordania, pero clasificado, en su mayor parte, como Área C, lo que significa que está bajo el control militar de Israel). Hoy en día vivo en el campo de refugiados de Dheisheh, en Belén, con mi marido. Era voluntaria en la Campaña de Solidaridad con el Valle del Jordán y hacía tours con turistas extranjeros para que ellos sepan de nuestra situación. Pero después de un tiempo, especialmente después de haber estado presa dos veces, fue difícil para mí volver a hacer las mismas cosas.

Comencé a pensar en cómo cambiar eso y conquistar mi poder nuevamente. Entonces comencé a estudiar teatro. Estudié el Teatro del Oprimido en la compañía Ashtar Theatre, en Ramallah. Cuando usted respeta su historia, comienza a mirarla, percibe que es solo una historia. Yo recordé algo que mi hermano me contó luego de que estuve presa. Él dijo:

La ocupación puede destruir tu casa y todo a tu regreso, robar tu agua, tu electricidad, tus derechos, mandarte a la cárcel. Pero ellos no pueden ocupar tu esperanza. El momento en que ocupan tu esperanza, realmente vives bajo ocupación.

Entonces, tuve la idea de un proyecto para recoger historias de diferentes personas, y contar los relatos a niños y ancianos. Comencé a recolectar relatos de personas del Valle del Jordán. Cada detalle aquí en Palestina es una historia. Así comencé a trabajar como contadora de historias. Las personas gustan y necesitan ser oídas, especialmente las mujeres. Ellas tienen historias con detalles más profundos, porque son todo en la comunidad. Si usted va al Valle del Jordán, va a ver que en la práctica las cosas las hacen las mujeres, incluso en los lugares más simples. Ellas cuidan de los animales, venden los productos, cuando el ejército israelí realiza demoliciones, son ellas quienes comienzan la construcción de las casas. Ellas tienen mucho poder.

Hay muchos proyectos hechos por mujeres en Palestina. Pero creo que nosotros tenemos que trabajar más con la cultura, desarrollar proyectos con significados de lucha para nosotros, porque nosotros luchamos todos los días, pero no sabemos de eso. A veces yo le preguntaba a una mujer lo que ella hacía de la vida y ella respondía ‘nada’, aunque hiciera muchas cosas. Ahora estoy comenzando a escribir un libro, juntando esos relatos con mi propia historia.

La primera vez que fui presa fue en 2013, en el camino de regreso de la universidad. Dos soldados me llevaron a confinamiento solitario en la prisión militar. Eso es el inferno… No tienen vida ninguna, usted tiene que crear vida en un ambiente de un metro por dos metros, con una letrina dentro. Estuve allá un mes y medio. Me acuerdo que la primera vez que salí no conseguía abrir los ojos porque la luz era muy fuerte. Hay pequeños detalles sobre la prisión que nadie comenta, pero significan mucho. Por ejemplo, yo pedía cosas chistosas para los soldados, tipo un espejo. Después de un mes yo quería ver mi rostro…

Dentro de la celda tenía un caño de agua que goteaba toda la noche, era imposible dormir. Yo era interrogada todo el tiempo, no me dejaban descansar. Me quedaba sentada en la silla del detector de mentiras por 12 horas sin mover un músculo, apenas respondiendo ‘si’ o ‘no’. Me preguntaban si amaba a mis padres, si le había mentido a mi madre. Claro que le mentí. Yo hacía yoga durante los interrogatorios para aguantar… Ellos decían ‘usted fue entrenada para usar armas’. Decían que yo estaba en contacto con enemigos de Israel en Gaza. Yo decía que conocía muchas personas allá, tengo familiares en Gaza y ellos probablemente ya sabían eso. Encontré activistas palestinas increíbles en la cárcel, como Lena Jarboni, que está presa hace más de diez años. Usted no puede imaginar cuánto poder ella tiene…

Pero mi segunda prisión fue la peor… El ejército atacó la casa de mis padres buscándome. Mi hermano me llamó y me dijo que no vuelva. Arrojé mi teléfono, estuve fugitiva tres meses. Fui a una casa pequeña y me quedé pensando qué hacer con mi tiempo. Tuve la idea de escribir un libro sobre el Valle del Jordán, pero lo terminé en una semana. Entonces pensé que debería visitar lugares que no conocía en Cisjordania. Tiré mi hijab, me cambié el color del cabello, cambié de nombre. Decía en los checkpoints que mi nombre era Maya.

Me arrestaron en la ciudad de Nablus, una noche en que hacía menos 4 grados y nevaba. Estaban tan irritados que parecía que me iban a matar con la mirada. Me llevaron a la cárcel y fue el momento más horrible de mi vida. Me colocaron en un lugar abierto, amarraron mis pies y me vendaron. Me sacaron los zapatos y la chaqueta. Yo sentía piedras y agujas en el piso. Entonces me pidieron correr. Soltaron perros atrás de mí. Yo corrí y sentí que había perdido toda mi resistencia. Hasta hoy, no consigo oír ladridos de perros.

Pero el teatro me devolvió mi poder. Cuando estoy en el teatro, siento que tengo el poder de todas las personas del mundo, especialmente si tengo un público. Cada vez que termino una actuación siento que nací de nuevo. Es un sentimiento extraño. Cuando el director nos pide recordar la voz de los opresores en el entrenamiento, es como una revolución. Tienes que pasar por eso para poder resistir.

Islam Jameel Abu Auda

Nosotros comenzamos el proyecto Noor Women’s Empowerment Group (Luz: Grupo de Empoderamiento de Mujeres), en 2010, cuando una chef brasileña llamada Sandra vino aquí al campo de refugiados de Aida (Belén) con una amiga belga y vieron a mi hijo mayor, que tiene parálisis cerebral y epilepsia.

Ellas trataron de ayudar a mi hijo y nosotras conversamos mucho sobre él y sobre los muchos otros niños como él aquí en el campo. Nosotros hablamos sobre cómo ayudarlos a todos. Yo dije que no me gustaba que las personas donaran dinero para mi hijo. Ella pensó y tuvo la idea de que yo haga un curso de cocina junto con otras mujeres del campo que tienen hijos con discapacidad, para recaudar dinero para su rehabilitación. Nosotros comenzamos en mi casa, en esta misma cocina. Me gustan las clases de cocina porque con ellas nosotros enseñamos nuestra cultura a los turistas, queremos que ellos vean nuestra cultura y lo que las mujeres pueden hacer.

Pero era difícil para mí las primeras veces. Yo tengo seis hijos y no hablaba inglés, era muy tímida. Era Sandra quien hablaba con las personas y yo no entendía. Después ella trajo un voluntario que nos enseñó inglés. Hoy en día consigo comunicarme mejor y eso fue gracias al proyecto.

La iniciativa creció y necesitábamos más espacio porque mi casa era pequeña. Mi marido me ayudó a montar los ambientes y después de dos años y medio, salimos de mi casa. Nosotras hacemos muchas actividades para mujeres. Bordado, traemos psicólogas, enseñamos a las madres y a los niños. El significado del nombre ‘empoderamiento’ es porque nosotros comenzamos con 3, 5, 10, 13 y ahora son 30 madres en el proyecto.

Las madres necesitan de alguien que venga a ayudarlas, antes ellas tenían miedo de venir aquí, ahora ellas ven al proyecto y dicen que necesitaban de algo y alguien para ayudarlas. Conseguimos hasta hacer una escuela, ese era nuestro sueño. Cuando comenzamos el proyecto con las clases de cocina nosotras soñábamos en hacer algo más grande para los niños. Mi hijo hoy tiene 17 años y no puede ir a la escuela porque no hay escuelas especiales para él.

Ahora tenemos 3 mujeres empleadas, trabajando para 120 niños. Una fisioterapeuta, una profesora y una psicóloga. Es difícil y nosotros no tenemos ninguna asociación que venga y ayude al proyecto, solo las mujeres. Para mí eso es increíble, porque las mujeres y las madres hacen todo solas.

Muchos maridos aquí tienen miedo hasta de cargar en la falda a los hijos con discapacidad. ¿Quién trae sus hijos aquí? Las madres. Quien va a trabajar puede que sean los maridos, pero muchos hombres no trabajan, no tienen empleos y aun así no hacen nada. Yo fui a las casas y vi que quien cuida de los niños con discapacidad son las madres.

La ocupación israelí es muy dura para todos, pero es mucho más difícil cuando usted tiene un hijo con discapacidad. Yo recuerdo una noche en que los soldados israelís lanzaron gas dentro de mi casa. Mi hijo no conseguía respirar y él no puede caminar. Intentamos abrir la puerta y cargar mi hijo, él es pesado y todas mis niñas me ayudaron. Él también desarrolló un trauma frente al sonido de las bombas. A veces el celular de alguien suena, él siente miedo y comienza a golpearse en la cabeza. La profesora enseña a los niños a jugar, para que se distraigan, pero ellos siempre recuerdan lo que acontece aquí, los niños que fueron arrestados y asesinados. Nosotros tratamos de cambiar y solucionar esto, pero esa es la realidad de la ocupación.

Nosotras las mujeres cambiamos mucho, ahora nosotras nos sentimos fuertes, tal vez ya éramos fuertes antes, pero ahora lo somos más. Antes las personas no querían hablar acerca de que tenían niños con discapacidad, ahora ellas vienen aquí y preguntan si las podemos ayudar. Yo me siento muy orgullosa.

La UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas de Asistencia a los Refugiados de Palestina) no hace nada sobre esto. Si nosotros no teníamos nadie que nos ayude, necesitábamos trabajar juntas. Si trabajamos juntas, Inshallah (“Si Dios Quiere”, en árabe) en el futuro conseguiremos algo para las madres y para los niños. Las personas están tan preocupadas con la ocupación que se olvidan de los niños con discapacidad y de sus madres.

Riham Isaac

Yo vengo de una familia cristiana, de la ciudad de Beit Sahour. Las personas no saben, pero ni todos los palestinos son musulmanes, ni todas las musulmanas escogen usar el hijab. Pero yo no soy religiosa, mi religión es el arte. Ser mujer aquí y hacer arte fue muy desafiante, no es algo que se espera de una mujer. Ellos esperan que nosotras nos graduemos de la escuela, nos casemos o vayamos a la universidad para conseguir marido. Son las expectativas para las mujeres en muchos lugares del mundo, aquí no es diferente.

Fue una sorpresa para las personas cuando comencé a hacer teatro. Soy graduada en fisioterapia y eso era respetado, yo podría trabajar en un hospital y ganar dinero. Pero mi familia me apoyó mucho. Si yo hubiera escuchado a la sociedad no tendría este estudio ahora, no haría nada de esto. El propio estudio se volvió objeto de chismes en la ciudad, las personas observan quien soy, lo que estoy haciendo –aunque conozcan mi familia. Preguntan si estoy casada.

En mi opinión, las mujeres palestinas son muy fuertes, aun cuando no estén alzando sus voces en una asociación. Ellas mandan en los pueblos, pero el estereotipo que sale al mundo es que somos vulnerables, débiles. Ya encontré muchas mujeres inspiradoras en Palestina. Ellas trabajan en el campo, recogen uvas, atraviesan checkpoints diariamente, se levantan temprano y trabajan duro.

Palestina está, de cierta forma, basada en muchas tradiciones que nos impiden obtener derechos y justicia. Pero también tenemos mucha fuerza. Las cosas están cambiando, estamos estudiando más, trabajando más. Pero, como en el resto del mundo, aún tenemos una larga jornada por nuestros derechos.

Para mí fue natural alejarme de la fisioterapia. Yo hacía teatro al mismo tiempo y estaba sobrecargada. De mis proyectos, con el que más me identifico es el último que hice, “I Am You”, una performance que junta música, danza, identidad y conexiones. La performance cuestiona el hecho de ser todos un ser, sufriendo de la misma forma y sintiéndonos solos en este mundo caótico. Es una presentación “clown”, bastante independiente. Mi payaso es bastante normal, honesto y vulnerable. Es un viajante del mundo, que trata de descubrir lo que estamos haciendo aquí, de una manera sensible. Yo no uso maquillaje, solo la nariz roja.

Hay mucha presión para que artistas palestinos hagan arte político. Las personas tienen expectativas y nos colocan en posición de víctimas necesariamente. Ya hice otras presentaciones más politizadas. En una de ellas, me vestí con la ropa de una palestina de Belén, que fue fotografiada tirando piedras en la Primera Intifada, y empujaba una piedra enorme por las calles de Ramallah. Ella se vestía con un vestido negro, un velo y zapatos amarillos. La foto es bastante famosa y yo me siento muy orgullosa de esa mujer, porque ella parecía muy elegante, común, como si hubiese salido de misa y se hubiera detenido para participar un poco de la Intifada. No quería vestirme con algo cliché para la performance, como una Keffiyeh (pañuelo tradicional palestino con bordado a cuadros).

No estoy en contra de hacer política, porque vivir en Palestina hace que yo esté muy conectada con este lugar. Pero el arte no necesita ser hecho de esa forma, y yo no debo hacer algo sobre el muro, o sobre los checkpoints, solo porque soy artista. Me sentí muy libre cuando salí de ese ciclo y pude escoger como expresarme sobre la humanidad.

Es muy importante para mí hacer arte en un lugar como este. A nivel personal, cuando usted vive en un espacio limitado, sin poder moverse libremente, el arte le da espacio para soñar y crear cosas nuevas. Yo enseño a niños y universitarios aquí y siento que están sedientos de arte. Nuestro sistema educacional es muy duro, hasta culturalmente, por la manera en que nuestra sociedad funciona.

Yo viví en Londres un año, hice una maestría en performance en la Universidad de Goldsmiths. Me presenté en diferentes países, inclusive en Brasil, en Belém del Pará. Ustedes también tienen una Belén… Pero sentí que necesitaba reconectarme con mis raíces, y que debería compartir cosas con el pueblo aquí. Hay nuevas ideas emergiendo en el mundo y yo siento que soy más necesaria aquí, presentando esas iniciativas que no son esperadas por nadie, creando un nuevo movimiento.

Pero aquí la ocupación funciona principalmente limitando nuestra libertad. Para mí, lo más crítico es no poder moverme. Es más fácil para mí conseguir un visado que presentarme en Jerusalén, que queda a 15 minutos de aquí. Mi último desafío fue conseguir presentarme allá, en una galería, en enero. Estuve esperando mucho tiempo por la autorización de Israel, en cierto punto creí que no la conseguiría. Tuve que atrasar el show, y todo el tiempo pensaba como estaba tan cerca pero yo no podía simplemente ir allá. Conseguí la autorización tres días antes del show. Depende puramente de la voluntad de las Fuerzas Armadas, ellas pueden muy bien detenerte si así lo deciden. No hay reglas.

*Por Júlia Dolce y Victor Labaki para Resumen Medio Oriente

Palabras claves: Géneros, Palestina

Compartir: