Cuando Córdoba chaya: relatos de tiempos y patios chayeros
Carnaval toda la vida, Cultura

Cuando Córdoba chaya: relatos de tiempos y patios chayeros

La chaya es un ritual agrario americano que viene de siglos. El correr del tiempo y las mezclas culturales hicieron que ese antiguo ritual mutara hasta convertirse hoy en una fiesta popular de La Rioja, pero que no solo se vive en la vertiginosidad montañosa de su geografía. Por eso, es más que una fiesta: es una manera de encontrarnos, de mirarnos, de cantarnos, de volver a creer. No hace falta más que eso para convocarla en otro lugar y darnos los permisos para romper con los límites terrestres y acercarnos a esos cerros azules celebrando su más raigal ceremonia en otras latitudes.

Por Comando “Nuevos chayeros y chayeras de cuanta”

Qué linda que es La Rioja, cuando se está en otros pagos
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Así nacieron las chayas en Córdoba, lejos del paisaje pero cercanas a los sentires. Como un pequeño muestrario de ofrendas, las hay de todo tipo: las grandes y convocantes que hipnotizan con sus escenarios y sonidos; las que como destellos duran solo algunos minutos al ser evocadas en los imponentes escenarios de los festivales cordobeses; las que alguna vez fueron en los clubes de barrio que se animaron a prestarnos un lugar para chayar, sin saber qué significaba exactamente; y las que decidimos hacer en los patios de las casas. Justamente esa multiplicidad es la chaya: en sus cantos y en sus coplas, todos esos espacios la reviven.

En Córdoba, como en La Rioja, Febrero dura hasta marzo. Así son los tiempos de la chaya, desatados del calendario estandarizado: solo así se puede entender y vivir que la chaya sea éste y también aquél fin de semana, que sea más aquí de La Rioja, o más allá.

En 2016, en eso pensábamos cuando decidimos comenzar la historia de la “Chaya del Negro Trigo”. Es que, como sabrán, todas las chayas de patio tienen un nombre, para que nadie se confunda. Raúl Horacio el “Negro Trigo”: uno de los que se fue con esa tormenta negra que se llevó a más de 30 mil chayeros y chayeras en potencia. Al Negro Trigo no lo conocimos personalmente pero sí encontramos su historia en el patio de una casa de Arguello, historia que, siempre supimos, es la nuestra.

El rito comienza temprano, cerca del mediodía, con el sol reclamando su soberanía en la mitad del cielo. Un limonero ofrece sus ramas para que religiosamente los invitados cuelguen sus cajas y bombos. Una albahaca en la oreja (a la izquierda o a la derecha, da lo mismo), y una caricia de harina, y ya no somos iguales a cuando llegamos. Las empanadas, la carne en la parrilla, los escabeches que trajeron amigas y amigos, con el pan sobre la mesa.  En la chaya del Negro Trigo no se vende nada: lo poco o lo mucho se ofrece al compartir de todas y todos. El vino, perfumado de albahaca fresca, es ya protagonista. Aquí no miramos mal el maridaje del vino con el fernet con coca, estamos en Córdoba, ¿cómo olvidarlo? 

Luego de almorzar, el calor de la siesta anuncia su punto máximo para abrir la ronda enharinada de más de media hora de vidalas chayeras que se dicen al unísono de voces, bombos y cajas. Algunos “echan coplas” al viento, expresando sentires, haciéndolo común a todos, celebrando la palabra como el modo mas hermoso de conectarnos y hacernos iguales ante el ritual vidalero. La tarde inicia su curso: ya se suman guitarras, chacareras y gatos en pies que golpean descalzos sobre la tierra. Y que no falte nunca la cueca, la vidala y las zambas para llenar el patio de canciones. En ese embrujo se coronan a la Cuma y el Cumpa de este año: ella y él, guardianes del encanto y campanas del topamiento que ya no puede contenerse: por un lado, changos abrazados, y por el otro, chinitas abrazadas; en el medio, nada más que un cielo de harina y agua.

Al final de la tarde, a plena oración, quemamos el pujllay: Divinidad Diaguita significada en un muñeco de trapo, símbolo contradictorio de la algarabía, del despojo y la pobreza del año que se acaba. Allí nuestras miserias, nostalgias, nuestro dolor de pueblo que camina y canta alrededor, a la espera necesaria pero paciente de que las llamas lleguen para desparramar sus partes por el suelo, como cuando el otoño deshoja los árboles.

 El fuego que deshace y renueva, que es magia y es peligro, ya ocupa el centro de la escena. Ahí nos vamos, ahí volvemos a ser hoy, a ser historia, a existir y reconocernos con otros y otras.  

Y no olvide chayera y chayero amigo: la regla es simple, todos los febreros (aunque ya sea marzo) la chaya nos ata a su embrujo de harina y vino, aquí y allá, con ella y con él; para recordarnos que podemos continuar escribiendo y haciendo esta hermosa historia, nuestra historia. Como decimos por aquí, pal año i volver….

Por Comando “Nuevos chayeros y chayeras de cuanta”. Foto: Fotografía de Prensa.

Producción Colaborativa de La Tinta y Fotografía de Prensa.

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10 Marzo, 2017

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