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La Pocha

A los catorce años Lohana llegó a la casa de La Pocha, que estaba en la calle Juana Fernández, para abajo, casi llegando a Independencia. Desde ese día empezaba a pertenecer a otra familia. El único rastro de la suya fue la tía Flora.

Pocha era pobre, una penosa, siempre tenía la puerta abierta de su casa, siempre había un montón de maricas. Entonces yo llegué y empecé a sentir que iba a encontrar la familia ideal. Era la familia donde nada me cuestionaba. Ahí se dieron dos hechos en el mismo instante. Encontrar una familia y perder la niñez. Así de brutal, porque a la misma vez yo ya empecé a escuchar cosas que… ¡bueno! Ahí me llevaron a la prostitución, perdí la niñez. No hubo piedad en mostrar nada… ése iba a ser mi mundo, de felicidad, de realización, pero a su vez la pérdida de mi niñez y después atravesarlo también con temores.

Hasta la Pocha, todo dependía de mí misma cuando me fui de mi casa. Antes, aunque con violencia, era como que sentía que había alguien, en el fondo, estaba mi mamá, mi papá, mi tía, alguien. Pero después: a cara y cuerpo, una frase durísima que usaban las travestis. Había travestis mucho más grandes, nunca escuché nada que me relacionara con la niñez, sentía que era yo y mi propio cuerpo. Acá, a la vida, tenés que defenderla a cara y cuerpo, eras vos y no había más nadie que vos. Después yo, muchas veces, agradecí porque no hubiera podido sobrevivir sin esas lecciones. Eran durísimas, si se armaba un revoltijo, te daban lo mismo, a la más grande, a la más chica. Nunca decían “dejala, es chiquita, ya va a entender”. Si te agarraban a botellazos, era lo mismo y las estrategias de supervivencia eran iguales para todas. Convivamos una de 70 años con otra de 13, todas igual.

La Pocha era salteña, de un pueblito que se llama Irigoyen, ubicado en el cruce de Embarcación y Orán. Su edad era un misterio. Cuando se murió supimos que no era tan grande como creíamos. Quizás diez años mayor que yo, pero parecía mucho más grande por su rol en la casa. Le decíamos mamá y a ella le gustaba. Pero un día vino una trava vieja y se atrevió a decirle mamá. La Pocha hizo un escándalo: cómo este puto de mierda me va a decir mamá, es el colmo. Que le dijéramos mamá las chicas estaba bien, pero una grande…

La Pocha era un ser de otro planeta, era una persona muy buena. Solía enojarse y tener berrinches porque le hacíamos tirar piedras, éramos un montón de maricas. Fluctuaba el número, pero estaban la Maribel, la Dona, la Reni, la Ingrid, la Cinthia, la Norita, la Goma y Perro. La Goma y Perro, le decían, porque parecía un perro de goma. También estaba la catamarqueña, la Mili, la Nene, la Susana. La Susana desapareció un día y no supieron más de ella. Otra se llamaba Patricia. En realidad, las permanentes eran seis, las otras iban y venían, eran “temporarias”, habitantes golondrina. Las chicas que vivían allí tenían entre 14 y 40 años. La Nancy, una marica que todavía no se había asumido como trava pero que para nosotras era aún lo mismo, llegaba y se quedaba para el copeteo. Y otra llevaba flores, porque las vendía en la calle, una trava vieja.

La Pocha no cobraba el hospedaje. Nosotras éramos su familia, no tenía otra. El alquiler de la casa era su responsabilidad, seguramente del aporte diario de las habitantes de la casa se guardaba algo para luego pagar la renta. Sí se compartía el gas, la luz. Cada una ponía según lo que ganaba, no eran partes iguales. Las gaysitas, que eran travas, no tenían nada y no ponían. Era una madre pero su casa no fue pupilaje.

En la casa de la Pocha Lohana aprendió a pintarse y a ponerse los babies para dar forma al cuerpo. La espuma de nylon recorría muslos, pantorrillas, caderas, envolvía el cuerpo con la precisión de una modista de alta costura. La Yeni le enseñó cómo hacerlo. De ella aprendió las mañas de la pintura. Cada tardecita, una vez colocados los babies llegaba al Parque San Martín, media hora antes de que se largara la noche de trabajo y la Yeni la pintaba.

Lohana conformaba a la Yeni, en realidad, el maquillaje no fue su obsesión y dice tener un cuerpo bastante “feminoide” como para andar con babies. Tampoco consumía hormonas. Lo que sí volvía loca a Lohana era la ropa, carteras y zapatos. Cuando juntaba dinero, en esa época se ganaba muy bien, los días sábados eran los elegidos para visitar las tiendas. No era farandulera, pollera tubo, larga, sandalias, cartera haciendo juego. “Nunca fui un cocoliche, fui formal, más bien clásica”.

Los almuerzos eran lindos, eran momentos que Lohana califica de modos de resistencia. El sufrimiento de cada una no cesaba, pero la reunión oficiaba de puesta en común. La maravilla del reconocimiento colectivo en el que el dolor amainaba porque lo tenían todas y si lo tenían todas, no podía ser tan malo. Como Lohana era una de las pocas alfabetizadas del grupo, solía leer el diario. La Pocha le pedía que contara las noticias del día y Lohana las inventaba. “El Jefe de Policía prevé hacer un allanamiento en la casa de una conocida curandera que protege prostitutas”, leía y asustaba al conjunto.

Con el tiempo, Lohana entiende este gesto como una forma de protección hacia ella. Era la menor y había que destacar alguna destreza, la lectura fue la elegida por la Gorda. “Esta se la tira de leída”, decían las maricas. La Pocha frenaba ese impulso por matar la desigualdad y pedía a Lohana el relato de las noticias. Sobrevivió con ello a la diferencia y, sobre todo, a un amor que no podía expresarse o que no se sabía, no había visitado sus vidas de niñas. Lohana descubrió muchos años después que la dureza con que se trataban escondía una versión del amor, aquella que les queda al sólido maltrato del que habían sido víctimas. Cuando lloró la muerte de su amiga Valeria y sintió que no podía parar ese inesperado, no previsto llanto, se dio cuenta que aquella mujer con quien había compartido tantos años la había amado. La principal ignorancia fue el amor.

Hacíamos bailes. Una Navidad empezó el 24 y terminó el 31. Todo lo que teníamos era un grabador penoso, sin tapa para sostener el casete, cuadradito. Nos pasamos esos días bailando el mismo casete, lo pasábamos de un lado para el otro. Había una canción que todavía me acuerdo, era de una tal Sonia Graciela que decía: gracias a dios por este amor, hoy de alegría canta en mi corazón. La Pocha se enganchaba en los bailes, terminaba borrachísima, tirada en el piso.

Las fiestas de cumpleaños eran otro rito de comunión. Hasta la trava más penosa tenía su fiesta y ésta servía para tener conversación el resto de la semana. El vestido de una, los zapatos de otra, la altura de la torta, las empanadas secas, el vino agrio eran las columnas de la próxima radio pasillo.

La casa era muy chica. Tenía dos habitaciones. Una casa tipo chorizo, tenía un comedor que era de tres por tres más o menos, una cocina y un baño. Adelante, otro comedor de seis por seis. Eso era todo. En el fondo, la Gorda tiraba los colchones y ahí dormíamos las que vivíamos todo el tiempo y las que llegaban a cualquier hora de la noche, borrachas, las que se quedaban por el día. Era un amontonadero. Algunas llegaban y como veían que ya no había lugar, empezaban a correr las sillas del comedor, la mesa y tiraban allí.

Había un ropero para todas. Lohana compró el suyo propio y negada a dormir en el piso armó su dormitorio en un pasillo ciego.

Con la Beatriz y la Carlita, la catamarqueña, compramos una cama que entraba justo en ese pasillo, tan justo que solamente podía salir por los pies de la cama. Pero la gorda no me dejaba construir, poner una puerta al pasillo para protegerme del frío, hasta que Beatriz agarró unas telas, las unió y en el medio metió cartón para frenar con eso el frío. Para el invierno vino bárbaro, el problema fue luego el verano, no corría aire. Y allí dormía con la Carlita y a veces la Beatriz.

No sabe el destino de aquellas compañeras de vivienda. La mayoría se murieron. Sólo queda la Mariana, que está en Salta, y Cinthia, la de Constitución. La Pocha murió en 1990. Mucho antes, Lohana dejó Salta por Buenos Aires, previa parada en Rosario.

 

*Por Josefina Fernández publicado en Soy de Página/12 / Foto: Archivo de la Memoria Trans


Un día Lohana Berkins le pidió a su amiga Josefina Fernández que escribiera su historia. Comenzaron a conversar una vez por semana, grabador de por medio. “Hoy nos toca biografiar”, solía recordar Lohana si alguna se olvidaba. “‘La Pocha’ –cuenta Josefina– es un extracto de alguna de esas tantas charlas en las que nos juntábamos a ‘biografiar’. No conocí a La Pocha sino por el amor con que Lohana la recordaba. Es por esto, cuando se cumple un año de la partida de Lohana, que he elegido compartir este relato corto.”

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6 Febrero, 2017

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