La frutilla de Salatino
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La frutilla de Salatino

El partido, la competencia, en función de su propia transmisión. El periodismo deportivo ha inaugurado una nueva era. El periodista ya no sólo relata, comenta, opina. Ahora quiere ser protagonista, no sólo narrador. El hecho periodístico por encima del hecho deportivo, comerse a su propia razón de ser. Se llame, como en este caso, Salatino o se llame Bonadeo o Liberman, la nueva moda está entre nosotros.

La frutilla del postre. La coronación, el adorno, el ornamento. El súmmum. Después de una lesión, encima. Cuando todos pensaban que ya no se le iba a dar. La Copa Davis, dice, “era lo único que me faltaba”. Es la frutilla de una torta que ustedes pensarán que se llama Juan Martín del Potro -y debería llamarse- pero que en realidad se llama Guillermo Salatino.

Salatino es un periodista de esos que en las solapas de sus libros califican su trayectoria como “dilatada”, que sus colegas juran que es la biblia del tenis, que es uno de los periodistas que más torneos cubrió en toda la historia. Y es también el tipo que ahora, a minutos de que Argentina haya ganado su primera final de Copa Davis, se planta frente a la cámara de Fox Sports y dice que esa es la frutilla del postre de su carrera. Una carrera que al cabo de casi 150 grand slams, otros cientos de torneos internacionales, kilómetros de vuelo para llegar hasta la luna, está por hacer lo que su dueño, Guillermo Salatino, está por hacer.

– Agárrense.

Pero, antes, unas palabras: recuerda la copa perdida en 2008. El desastre de Mar del Plata. Su pelea con los jugadores en la conferencia de prensa. Perdimos, perdimos, masacramos, ganamos. Usa esos cuatro verbos, don Salatino, surcando su propio discurso con la quinta a fondo de una primera del plural, un nosotros inclusivo, que en realidad -me pregunto si no lo sabe o si lo sabe y se hace el boludo- no lo incluye. Él no tuvo al frente a un ruso de dos metros de un país de Europa del este capaz de mandar una pelotita hacia donde uno está a no sé cuántos miles de kilómetros por hora. Pero, cuando recuerda su promesa, va más allá, Salatino: “En ese momento, dije: si la llego a ganar cruzo la cancha de rodillas”. Esa línea, Salatino. Esa primera del singular. Mamita, Salatino, hombre grande.

– Permítanme.

Eso no lo digo yo, eso dice Salatino. Y acto seguido camina, dando la espalda a la cámara, hasta el otro lado de la cancha. Traslada su pesado cuerpo de hombre de 71 años por esos 11 metros de lejanía televisiva dándole la espalda a la cámara de uno de los canales deportivos más vistos del continente. Para matar el silencio, adelante ustedes muchachos desde estudios centrales:

– Y tal como es, un hombre de palabra, lo que prometió lo va a cumplir.

Entonces cuenta, uno de los muchachos desde estudios centrales, que Salatino estuvo en el Másters de Londres y se cayó. Se golpeó feo, feo. Lo dice así: feo, feo. Que seguro ahora le duele todo. Básicamente, que se lesionó, como un jugador.

– ¡Este es el momento en que Guillermo Salatino cumple la promesa de atravesar la cancha!

La imagen muestra a Salatino haciendo ingentes esfuerzos por poner una rodilla diez centímetros por delante de la otra. Y después la otra delante de aquella, y así. Avanza lentísimo sobre la cancha pero atropella a toda velocidad el frágil terreno del último rincón de la dignidad de una persona: su propio sentido del ridículo. El de estudios centrales deja unos segundos de silencio y va a soltar la línea más maravillosa de toda la secuencia, el coro que aquí les traje y da el mensaje de mi canción:

– Conmovedor…como los jugadores.

En ese momento, en ese exacto momento, Salatino no aguanta más el dolor de sus rodillas, se pone en cuatro patas y empieza a gatear. A reptar, más bien. La acreditación colgada de su cuello, ese tarjetón rojo plastificado que dice que el señor Salatino es un señor periodista, nos regala la mejor metáfora. Se bambolea para un lado y para otro, como si meneara la cabeza, como si el periodismo mismo dijera que no, no puede creer lo que el señor periodista Salatino está haciendo.

Uno, del otro lado del televisor, mastica esas palabras. Como-los-jugadores…uno trata de crear un puente imposible entre esas dos imágenes, la de Salatino ahí, arrastrándose, y la de, supongamos, Federico Delbonis. Pero no, no hay caso, Salatino no conmueve. Podría conmover, quizás, frente a un micrófono, relatando, comentando. Podría explicarnos, educarnos, contarnos lo que él -recordemos, la biblia- sabe y nosotros no. Pero Salatino decide que quiere ser protagonista. O sea, lo que dijo el muchacho de estudios centrales: conmovedor, como los jugadores.

Hay un problema: resulta que el señor Salatino, el señor periodista Salatino, los señores periodistas, no son el sujeto conmovedor del hecho deportivo. Entonces esta escena se convierte en una parodia triste del periodismo gonzo, que gotea frustración por todos lados, egos inconclusos y una necesidad imperiosa de trascender y protagonizar. Una parodia tan innecesaria como otras de moda, como un video que muestre cómo vivió Bonadeo que un deportista argentino haya ganado una medalla de oro. No importa cuál deportista, importa cómo lo vivió Bonadeo. Otra vez, la inversión del rol protagónico. O un periodista -bueh, digamos, periodista- que cree que todos nosotros -o sea, el público- estamos preocupados por su cuenta bancaria en el improbable caso de que la selección de fútbol no clasifique al Mundial. Bienvenidos a la nueva era del periodismo deportivo.

Hasta que el deporte nos convoque nuevamente, amiguitos. Para volver a gritar todos juntos: “¡Muere, maldito periodismo, muere!”.

El Diego
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2 diciembre, 2016

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El Diego


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