Feminismo ayuda a resistir la sequía en el Nordeste de Brasil

Feminismo ayuda a resistir la sequía en el Nordeste de Brasil
29 diciembre, 2016 por Redacción La tinta

«Este huerto cambió mi vida», dice Rita da Silva en el Asentamiento Primeiro do Maio, donde viven 65 familias. Allí, un grupo de mujeres se organizó para cultivar colectivamente hortalizas y frutales para consumo de la comunidad y la venta en la feria de Caraúbas, una ciudad cercana del Nordeste de Brasil.

Rita da Silva forma parte del Grupo de Mujeres que se organizó en 2001 y adoptó como identificación la consigna “Unidas para vencer”, con el objetivo de tener sus propias actividades productivas, reafirmar sus derechos y enfrentar el machismo.

“Yo vivía solo entre la casa y la labranza, sin derecho a salir, ir a la ciudad. Con el huerto empecé a ir a la ciudad para vender nuestros productos en la feria, con la oposición del marido y del hijo mayor”, recordó Da Silva a IPS.

“Traer dinero a la casa, cuando el marido estaba enfermo”, ayudó a doblegar la resistencia de los varones. “Hoy mi hijo, ya casado, tiene otra actitud hacia su pareja”, celebró.

Con 60 años y tres hijos ya adultos, ella comparte con otras cinco mujeres del asentamiento el cultivo de cilantro, lechuga, cebolla, tomate, mandioca (Manihot esculenta, yuca), papaya, coco y otras hortalizas y frutas, en una hectárea de tierra colectiva del poblado.

La dificultad es el transporte de los productos hasta la ciudad de Caraúbas, a 22 kilómetros de distancia. Pagan cerca de 25 dólares por un vehículo contratado y también costean el mantenimiento y la limpieza del quiosco de venta.

“No dormimos en la víspera, despertamos a las dos de la madrugada para estar en la feria todos los sábados”, contó Antonia Damiana da Silva, de 41 años y con cuatro hijos.

Pero “nuestra vida cambió para mejor, comemos lo que producimos, sin venenos, y somos otras personas, más libres, decidimos que hacer y lo comunicamos a los maridos”, sostuvo.

El asentamiento congregó en el lugar a familias campesinas que vivían en los alrededores, sin tierra propia. Fue el resultado de la ocupación de un predio improductivo por dos veces. El primer intento, en 1997, duró 18 días pero se frustró por una orden judicial de expulsión, en respuesta a una demanda de los propietarios.

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Dos años después una nueva ocupación logró que el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria destinara la tierra a los campesinos, asignando a cada familia 13 hectáreas y buenas viviendas en la agrovilla. Además obtuvieron un área común para la cría de animales, la sede de la asociación comunitaria y el huerto.

La agrovilla identifica en Brasil a los asentamientos rurales establecidos en áreas aisladas, donde viviendas e instalaciones comunitarias y de servicios se concentran en las cercanías de las parcelas, en una solución adoptada dentro de la reforma agraria en el país, que brinda a los campesinos ventajas urbanas, como escuela puestos de salud y en ocasiones saneamiento.

La sequía que ya se prolonga por cinco años en el interior semiárido del Nordeste brasileño se nota en la vegetación gris, aparentemente muerta, de casi todo el bioma exclusivo de Brasil, denominado caatinga. Pero sus árboles bajos y retorcidos, más bien arbustos, suelen enverdecer algunas horas después de una simple llovizna.

El Asentamiento Primer de Mayo surge en el paisaje casi como un oasis, por el verde de sus árboles y el huerto. Allí convergen pájaros y otros animales.

Los cultivos tradicionales de las familias, en general de maíz y frijol, se perdieron por la sequía. Pero sigue productivo el huerto, irrigado con agua de un pozo y manejado según principios del agroecología, como la diversidad de siembras y el mejor uso de todos los recursos naturales, incluso la paja.

Para eso cuentan con asistencia técnica y apoyo de Diaconía, una organización social sin fines de lucro compuesta por 11 iglesias de confesión evangélica, de fuerte actuación en el Nordeste.

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El ingreso aportado por el huerto empodera las mujeres, especialmente en esa época de agricultura tradicional inviable.

Aun así el Grupo inicialmente compuesto por 23 mujeres se redujo a seis, que se turnan para cuidar del huerto y vender la producción en la feria de Caraúbas. Las dificultades de comercialización y el machismo dentro de los hogares, tan presente como poco mencionado, estimularon  las deserciones.

El huerto irrigado sin desperdicio de agua es una forma de producción promovida por la Articulación Semiárido Brasileño (ASA), un movimiento que congrega cerca de 3.000 organizaciones sociales  del Nordeste, como asociaciones de variados tipos,  sindicatos, entidades religiosas y no gubernamentales.

“Convivencia con el semiárido” es su orientación básica, en oposición a la vieja política oficial de “combate a la sequía” que acumuló un fracaso tras otro, al construir grandes embalses, acueductos y canales que no ofrecen soluciones a la población más vulnerable, los campesinos pobres y dispersos.

El Asentamiento Primeiro do Maio fue una de las ocho experiencias visitadas por  participantes en el Encuentro Nacional de ASA, que reunió unas 500 personas del 21 al 25 de noviembre en Mossoró, otra ciudad de estado de Rio Grande do Norte, a 80 kilómetros de Caraúbas.

“Sin feminismo no hay convivencia con el Semiárido”, sostienen los integrantes de ASA, al explicar su apoyo a la organización de Grupo de Mujeres y a otras iniciativas a favor de la equidad de género en las comunidades rurales.

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Las “tecnologías sociales” que impulsan esa convivencia son en general abrazadas con más rapidez y determinación por las mujeres.

Damiana, por ejemplo, cuenta con un arsenal de recursos en el patio trasero de su casa para afirmar que disfruta de “una vida maravillosa”.

Un biodigestor, alimentado con las heces de sus pequeños animales, le asegura el gas para su cocina. En el pueblo hay otras 10 casas con esa “tecnología”, consistente en contenedor cerrado herméticamente donde se fermentan desechos orgánicos hasta producir gas metano y fertilizantes naturales.

El “bioagua”, una cadena de filtros que limpia el agua servida de su casa, permite la reutilización en el huerto y los frutales. Además ella cría peces en un pequeño estanque de tres metros de diámetro. La especie escogida es la tilapia azul (Oreochromis niloticus), proveniente del río Nilo, muy productiva en la piscicultura.

Vanusa Vieira, de 47 años y dos hijos, es otra participante en el Grupo que cultiva el huerto colectivo, aunque reconoce que le gustan más los animales. “Adoro la cría, no logro vivir sin animales, los cuido desde la madrugada a la noche”, confesó a IPS en un patio con aves, chivos y una vaca.

“Aprendí con mi padre y mi madre, que tenían su ganado y gallinas”, justificó. Ahora que tiene su casa con un patio grande puede tener su aviario y corrales.

Pero paga el precio de esa afición. Con la sequía tuvo que reducir su rebaño. El maíz se encareció demasiado y el agua escasea, explicó. La miel que ha sido otra producción importante se paralizó porque los bosques están secos y sin flores, después que  “nos ayudó a comprar una camioneta” para la familia, contó Vieira.

Los pequeños animales, como chivos y ovejas, que logran sobrevivir con alimentos y agua limitada, constituyen de todas formas un recurso que ayuda a convivir con las prolongadas sequias como la que azota el Nordeste brasileño desde 2012.

A paliar esa sequía contribuye también que las familias de la agrovilla reciben un pequeño subsidio del programa social Bolsa Familia, destinado a los más pobres de este país de 202 millones de habitantes. Además, algunos varones trabajan como jornaleros para ampliar los ingresos ante la caída de la producción de sus parcelas.

*Por Mario Osava para IPS

Palabras claves: agroecología, Brasil, feminismo comunitario

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