Cultura Visual, Fotografía Enero

Kusch, fotografía y topamientos

kfyt01Rodolfo Kusch explica porqué conviene revisar un poco esa realidad un poco fotográfica e inteligible en que nos vemos, en la cual todo se halla inteligentemente clasificado y donde los bárbaros son bárbaros, los civilizados son civilizados, y donde dios ocupa su trono y el diablo su infierno.

Después de un viaje, sabemos mostrar las fotografías tomadas en su transcurso. Los viajes siempre se ligan a la operación de obtener una enorme cantidad de pequeñas superficies de cartón donde, suponemos, se registra algún acontecimiento u objeto con toda fidelidad.

Pero cuando las mostramos a algún familiar o amigo, notamos con extrañeza que nos sentimos incómodos, y que ellos, por su parte, se aburren. Una fotografía indudablemente, es un poco el residuo de un viaje, la versión delimitada, clasificada y fiel de lo que hemos visto y, por lo tanto, su fidelidad es relativa.

La fotografía es en cierta medida la superación de aquel asombro original, nunca el asombro mismo. Da la versión clasificada, circunscrita, en el terreno de la inteligencia fotográfica, pero nunca la conmoción de nuestro sentimiento ante ese algo viviente con que nos topamos en la puna.

Y es natural. Creemos que nada de extraño tiene toparse con un indio en la puna. Sin embargo, todo topamiento es misterioso. Primero se da un asombro original, luego el reconocimiento del prójimo, luego nos surge la frase “es un indio”, y, al fin, tomamos la fotografía. Se trata de un proceso instantáneo cuya resultante es un cartoncito, en el cual se fija la realidad, pero que surgió al final, nunca al principio del encuentro. La fotografía es en cierta medida la superación de aquel asombro original, nunca el asombro mismo. Da la versión clasificada, circunscrita, en el terreno de la inteligencia fotográfica, pero nunca la conmoción de nuestro sentimiento ante ese algo viviente con que nos topamos en la puna.

Por eso, cuando un amigo exclama ante la fotografía del indio, lo sucio y mal vestido que está, nosotros, que hemos vivido el episodio, pensamos que esto último en ningún momento nos interesó. La fotografía indudablemente es un residuo inteligente de una vivencia inexpresable. Por eso nunca es vida, sino apenas su registro.

Y he aquí el problema. Se puede relatar un viaje fotográficamente, por el lado de los finales de todos nuestros encuentros, pero también se lo puede relatar por el lado del asombro original que nos suscitaba al principio, antes que pudieras decir “es un indio”, cuando aún sentimos que se nos cae la realidad encima, y levantamos el brazo para protegernos.

Y he aquí el problema. Se puede relatar un viaje fotográficamente, por el lado de los finales de todos nuestros encuentros, pero también se lo puede relatar por el lado del asombro original que noskfyt02-3 suscitaba al principio, antes que pudieras decir “es un indio”, cuando aún sentimos que se nos cae la realidad encima, y levantamos el brazo para protegernos.

Aquella actitud supondrá una realidad ya hecha; ésta, en cambio, implica renovar todas las preguntas. Aquella describirá las cosas, ésta resolverá las raíces de esas cosas. En la misma distancia que media entre inteligencia y vida, como si se tratara por otra parte, de una planta ya realizada y, por la otra, de una semilla sin germinar.

Y hacer el relato por el lado de la semilla es difícil. Implica hacer jugar la pura vida, aún antes de saber si se trata de un indio o de un árbol. Porque ahí se funden los opuestos, dios y el diablo, miseria y pobreza, indios y porteños. Ahí se halla pegada la realidad aún a nuestra carne, fundida con nuestra piel, como si se creara recién el mundo, en su primer balbuceo, antes de que haya cosas.

¿Y por qué relatar así las cosas? Porque conviene revisar un poco esa realidad un poco fotográfica e inteligible en que nos vemos, en la cual todo se halla inteligentemente clasificado y donde los bárbaros son bárbaros, los civilizados son civilizados, y donde dios ocupa su trono y el diablo su infierno. Es probable que cristo y el diablo sean dos hermanos gemelos como piensan los indios, y también lo es que bárbaros y civilizados sean la misma cosa.

Hacer esto es difícil. Pero de ahí la tesis de una búsqueda de los dioses.  Un dios, cualquiera que sea, siempre concilia opuestos, porque implica una apelación a la vida y brinda la posibilidad de volver a crear un nuevo sentido para este nuestro mundo ingenuamente repartido entre lo blanco y lo negro.  Necesitamos renovar el sentido de nuestra realidad, y nada mejor que apelar entonces a una pura vida poblada por dioses. Ellos siempre están ansiosos de que se les devuelva el papel de creadores en nuestro quehacer ciudadano, y a nosotros siempre nos falta tiempo para contemplar esa posibilidad.

 

* Rodolfo Kusch. Prólogo de su libro “Indios, porteños y dioses”

Fotos: Martin Chambi

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9 noviembre, 2016

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