Lobo suelto, Cordera atado
Cultura, Música, Rock y Machismo

Lobo suelto, Cordera atado

“¡Pero si las minitas subían solas al escenario, che!”

No, salame.

Las minas no subían obligadas por Gustavo Cordera ni por nadie: subían a mostrarle las tetas a 20 mil tipos obligadas por un sistema que te pone enfrente a un cantante de rock, y el mercado dice que ese cantante es Dios y vos como mina tenés que tener sexo con él y mostrarle las tetas porque sino no vas a ser la mujer que estuvo con Dios, con el guerrero, con el macho proveedor; ya seas una mina de 30 años o una “pendeja de 16 con la concha caliente” (Cordera dixit).

Mirá, está todo el mundo esperando que muestres tus tetas, todos esperan ver tu ritual de iniciación, pendeja, a ver cómo te portás ante Dios y ante la masa que te juzga con la masturbación y los aplausos. Ése es el problema de esta sociedad machista de metida en todos lados, en la Cultura Rock también. Y podemos llevar la misma situación a la oficina donde para ascender de puesto hay que hacerle “favores” al jefe, sucede con los deportistas, sucede cada fin de semana en el Sargento Cabral o en el Estadio del Centro cuando miles de chicas se agolpan en las vallas del escenario para chapar con la Mona, agarrarle el “bulto” o terminar tras bambalinas con un sexo fugaz.

“Tragala. Tragala o te rompo la cara, ¡puta!” (“La mujer perfecta”, Bersuit Vergarabat, 1996)

El machismo atraviesa todo lo que nos rodea. Pero en el rock quizá la cuestión es paradigmática. En una entrevista realizada a los Led Zeppelin en EEUU por el periodista Cameron Crowe de la revista Rolling Stone, Robert Plant tuvo que aclarar que ellos no comían mujeres y que no tiraban los huesos por las ventanas de los hoteles. Hace, por lo menos, 45 años que el rock mantiene entre sus mitos más vigentes la idea del rockstar como un Dios omnipotente, protagonista de la también mítica trilogía “sexo, drogas y Rock & Roll” que justifica todos los excesos.13933569_10208952634427049_666691294_n

Pero el rock es un lugar complejo. Durante muchísimo años no se cuestionó el uso de bengalas en los shows hasta que hubo 194 muertos en Cromañón, tampoco se cuestionó el falocentrismo rockero en la figura del rockstar sometiendo a sus fans llamadas despectivamente “groupies”, las fanáticas deseosas de ser poseídas por Dios. Y quizá acá no se está hablando de deseo, sino de un mandato social y cultural.

Resulta extraño ver hordas de tipos queriendo acostarse con una modelo o mostrando el pito en un show de Beyoncé, pero no en espectáculos donde el centro de la atención es un varón o varios. Quienes hemos sido –y somos- asiduos asistentes a recitales de rock, lamentablemente nos hemos acostumbrado a convivir con situaciones muy violentas que, como decía antes, no nos atrevíamos a denunciar porque eran parte del rito: nadie cuestionaba el uso de las bengalas, nadie cuestionaba el abuso por parte de muchos músicos a sus fans, la circulación indiscriminada de drogas, bebidas, etc. Eso, para muchos, era el rock, o lo necesario para ser considerado alguien “del palo” dentro del ambiente. Con el público ocurría -¿ocurre?- lo mismo.

Afortunadamente desde hace unos diez años a esta parte la sociedad ha ido creciendo y se han solidificado luchas que hoy permiten denunciar abiertamente actitudes y dichos reprochables, como la denuncia del joven Jonatan Dalinger, estudiante de periodismo el instituto Tea Arte (CABA), quien publicó en Facebook una situación aberrante por parte del cantante Gustavo Cordera sucedida en un ensayo de conferencia de prensa en la que, entre otras cosas, dijo: “(…) Es una aberración de la ley que si una pendeja de 16 años con la concha caliente quiera coger con vos, vos no te las puedas coger. Si yo tengo algo bueno para darte puedo desvirgarte como nadie en el mundo (…) Hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo porque son histéricas y sienten culpa por no poder tener sexo libremente. A mí lo discursivo no me dice nada. ¿Qué son los ‘Derechos de la mujer’? A mí hablame de cómo te sentís y te entiendo, pero si me hablás de los derechos no te escucho porque no creo en las leyes de los hombres, sí en las de la naturaleza”.

“Tengo olfato sensible a la fragancia vaginal. Te descubriré, te encontraré, te seduciré, te empotraré…” (“Coger no es amor”, Bersuit Vergarabat, 2004)

Más de una vez, el cantante se definió como un sexópata, un psicópata, un hijo del culo, y un artista provocador que siempre está al límite intentando generar reacciones adversas frente a situaciones naturalizadas. ¿Justifica esto las declaraciones anteriores? De ninguna manera. El periodista cordobés Dante Leguizamón, autor del libro La Marca de la Bestia, una investigación sobre el violador serial Marcelo Mario Sajen, afirmó que ninguna víctima de abusos y violaciones podrían referirse de maneras similares respecto a una situación de vulnerabilidad de la intimidad sexual. En las múltiples declaraciones que el Pelado dio a los medios luego del escándalo, el cantante deja deslizar un detalle de lo más llamativo, y lo reveló en una entrevista realizada por Jorge Lanata. En este reportaje Cordera se defiende alegando que para él eso era un ensayo de conferencia y jugó a la provocación esperando la reacción de los asistentes, y que se atrevió a sobrepasar los límites porque –curiosamente- nadie reaccionaba frente a lo que se decía. Estudiantes de periodismo. Casualmente, el episodio tuvo lugar en un momento donde alguien le preguntó acerca de las acusaciones por abuso atribuidas a Cristian Aldana (cantante de El Otro Yo) y a Migue del Popolo (cantante de La Ola Que Quería Ser Chau). Es difícil creer en la ingenuidad de Cordera al pensar que sus dichos no saldrían de ese recinto, como también resulta difícil creer su rol de provocador en un espacio académico.

Las redes sociales se hacen eco de millones de gendarmes de la moral, pero será la Justicia quien deba determinar la gravedad de los dichos del cantante calvo, y actuar en el caso de que comiencen a destaparse situaciones como las denunciadas por las víctimas de Aldana y de Del Popolo.

0E5“Nadie lo podrá impedir, esta noche iré hasta el fin con los locos, los borrachos, con las putas y los guachos.” (“El viejo de arriba”, Bersuit Vergarabat, 2000)

Quizá para muchos ésta resulte una discusión retrógrada y moralista, pero justamente una parte de la sociedad se atrevió a poner sobre el tapete asuntos que desnudan una doble moral: matamos al Pelado, pero nos la pasamos viendo culos en Tinelli; vamos a las marchas del Ni Una Menos, pero tratamos de putas a nuestras novias; y así, un sinfín de situaciones similares.

Pocas cosas existen en la vida más placenteras y hermosas que el sexo. En esta nota no se pretende cuestionar el deseo, sino cómo es direccionado. Las exigencias del mercado mezcladas con un machismo consuetudinario generan un cóctel duro de tragar y el rock sigue siendo un lugar propicio para ese caldo de cultivo. ¿Será el comienzo de la autocrítica? Ése es el problema de esta sociedad machista de mierda metida en todos lados, en la Cultura Rock también.

(*) Santiago Pfleiderer para La Tinta – san.pflei@gmail.com

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11 agosto, 2016

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